Sertorio, el elegido de la diosa blanca 101
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Sertorio tomó la toga viril pocos días antes de cumplir catorce años, una edad inusualmente temprana.

Sin embargo, cuando le ajustaron el último pliegue del manto y se volvió hacia los invitados manejando aquella aparatosa prenda con tanto señorío como un magistrado en la Rostra, cualquiera habría podido creer que tenía ya los diecisiete que fingía ante quienes ignoraban su verdadera fecha de nacimiento.

Que no le asomara ni sombra de bozo quedaba compensado porque con sus cinco pies y nueve pulgadas de estatura superaba de largo a la mayoría de los muchachos de su edad.

La ceremonia fue modesta. A falta de un atrio espacioso, Sertorio se despojó de la pretexta en el medianum y consagró en un pequeño larario tanto la bula de plata que llevaba desde niño como su viejo caballito de madera, Quirón.

Pomponio había ofrecido su domus, donde disponía de espacio de sobra «para albergar a media Subura» —una hipérbole evidente—, pero Rea insistió en celebrar el festejo en el apartamento.

—Esta es nuestra casa. Aquí es donde vivimos y aquí es donde se celebrará —dijo para zanjar la cuestión.

Los asistentes eran pocos, aunque selectos. Para añadir distinción a la ceremonia, el invitado principal, el que puso la mano en el hombro derecho de Sertorio mientras este pronunciaba las fórmulas rituales, era uno de los hombres más importantes de Roma.

Gayo Mario. Cónsul de la República desde las calendas de enero.

Mario se hallaba, por fin, en la cima de la pirámide.

Por añadidura, a mediados de junio su esposa había dado a luz a un niño sano.

Medio año más tarde, el pequeño Gayo Mario seguía creciendo y engordando con tanta salud como la que, salvo por el achaque de las varices, siempre había disfrutado su padre.

En una de sus visitas para jugar al latrunculi con Rea, Sila le dijo a Sertorio en un aparte: «Es una pena. Parece que ese mocoso peludo te ha sustituido en el cariño del viejo».

En lo de peludo, Sila llevaba razón. El bebé había nacido con un cabello negro y espeso, e incluso con una capa de lanugo que le recubrió el cuerpo durante varios días antes de desaparecer por sí sola.

En lo demás, Sertorio se negaba a creerlo. El hecho de que Mario asistiera a la ceremonia era una prueba.

Tanto el consulado como el nacimiento de su hijo deberían haber sido motivos suficientes para que Mario se sintiera satisfecho, incluso feliz. Sin embargo, nadie lo habría juzgado así por el gesto serio, casi malhumorado, que mantuvo durante la mayor parte del ritual.

Si Sertorio se estaba adelantando a su edad, no ocurría lo mismo con Mario, que tenía ya cincuenta y dos años, diez por encima de la edad mínima para el consulado.

De su carrera se podían afirmar muchas cosas, salvo que hubiera sido fulgurante.

Había logrado ser tribuno de la plebe al segundo intento y fracasado dos veces en su aspiración al puesto de edil.

Incluso cuando resultó elegido pretor, fue el candidato que obtuvo menos votos.

Algunos, con evidente mala intención, decían de él que no era el pretor iunior , sino el iunissimus .

Si, de por sí, ese último puesto le ofrecía pocas esperanzas para el futuro —se nombraban seis pretores cada año, pero solo dos cónsules, así que muchos eran los llamados y pocos los elegidos—, su pretura quedó empañada, para colmo, por una denuncia de corrupción electoral.

En el juicio se salvó de la condena por una diferencia de votos aún más escasa que la que lo había separado del candidato que quedó por debajo de él en las elecciones.

En aquel entonces, le confesó a Rea que lo que más lo indignaba era que lo acusaran de corrupto cuando era el único de los candidatos que no había recurrido al soborno para falsificar las actas de votación.

Sus posibilidades empeoraron cuando regresó de Hispania, una vez cumplido su mandato como gobernador, ya que el Senado se negó a otorgarle el honor de celebrar un triunfo. ¿La causa? No haber matado a suficientes enemigos en batalla campal.

Lucilio, hablando con Sertorio acerca de los desfiles triunfales, ya había anticipado que Mario no conseguiría el suyo por ser demasiado honrado. Cuando su predicción se cumplió, comentó:

—Si tu tío Mario hubiera comprado a los oficiales que mandaron los informes al Senado, seguro que le habrían concedido el triunfo.

El triunfo no era condición indispensable para el consulado, pero sin él resultaba mucho más arduo obtener la popularidad y el respeto necesarios.

Fue entonces cuando Mario, asumiendo que tenía muchos más enemigos que partidarios entre la élite, se casó con Julia y buscó mejorar sus relaciones con el bando de los boni .

Aun así, todo transcurría para él con una lentitud exasperante.

Mario no dejaba de recordar aquel chiste que le contó Gayo Graco, el del samnita que se empeñaba en ir a Boviano contra la voluntad de Mercurio, mientras que este lo convertía en rana y lo arrojaba a un charco del camino una y otra vez.

A veces pensaba que los dioses habían decidido castigarlo por su impaciencia impidiéndole llegar a su Boviano particular, el primer consulado que necesitaba para empezar a cumplir la profecía de Marta.

Los políticos con carreras más rápidas acostumbraban a alcanzar el consulado tres años después de ejercer el cargo de pretor, a veces incluso dos.

En cambio, Mario no se presentó a las elecciones a cónsul hasta pasados siete años de su última magistratura.

Si, por fin, decidió hacerlo entonces se debió a dos motivos.

El primero, que sus amigos en Roma le informaron de que los candidatos rivales eran fáciles de derrotar, ya que ninguno pertenecía a las familias más poderosas de la ciudad.

Tuvo más importancia, sin embargo, el sucinto mensaje que recibió en una tablilla lacrada:

«Es el momento. Marta».

Pese a ello, el destino o los dioses se empeñaban en hundirlo de nuevo en la charca.

Aunque el consulado del año siguiente —el 647.

º desde la fundación de la urbe [39] — parecía asequible, el problema era que él se hallaba fuera de la ciudad.

Uno de los requisitos imprescindibles para inscribirse como candidato era hacerlo en persona, lo cual solo era posible estando en Roma.

Un año antes, Quinto Cecilio Metelo, cónsul encargado de liquidar la guerra contra el intrigante Yugurta, se lo había llevado a Numidia como legado.

Mario pronto descubrió que Metelo no lo había escogido porque confiara en sus dotes militares, sino para mantenerlo alejado de Roma, donde su prestigio entre las clases bajas no dejaba de crecer, hasta el punto de que muchos lo consideraban el sucesor de los Graco.

Con todo, una vez en campaña, Mario se encontraba en su elemento.

Su reputación entre la tropa no dejó de crecer gracias a su talento para la organización, su pericia táctica y su forma de tratar con los soldados.

Era llano y directo sin ser blando ni permisivo.

Mandaba con el ejemplo, comiendo el mismo rancho y bebiendo la misma posea que los soldados, durmiendo sobre una manta deshilachada, levantándose en plena noche para inspeccionar los puestos de guardia y combatiendo en persona en las peligrosas escaramuzas contra los huidizos jinetes númidas.

Por no hablar de que podía jurar como un arriero y hablar un latín tan vulgar como un legionario de la Subura o el Bajo Esquilino.

Mientras que otros generales actuaban así por bienquistarse con la tropa, Mario disfrutaba realmente compartiendo las penalidades y también los sencillos placeres de los hombres que servían bajo sus estandartes.

A Metelo, que no dejaba de observar cómo crecía la popularidad de su legado, se lo llevaban todos los demonios del Averno.

A mediados de la primavera, cuando ya llevaba casi un año en Numidia, Mario se presentó ante su superior y le pidió permiso para ausentarse.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó el general, barruntando las intenciones de su legado.

—El necesario para viajar a Roma y presentarme como candidato a cónsul —respondió Mario.

Metelo se encontraba en la tienda pretoria, despachando asuntos con su hijo mayor, que lo acompañaba como rufulus , uno de los tribunos que el general tenía la potestad de designar.

Tras escuchar la petición de Mario, se quedó mirándolo un rato, entrecerró los ojos como si se le hubiera ocurrido una profunda reflexión y soltó:

—¿Por qué no te esperas un poco y te presentas con mi hijo? Haríais una pareja perfecta, él como cónsul sénior y tú como júnior.

Teniendo en cuenta que Mario le sacaba treinta años a Metelo júnior, se trataba de un comentario deliberadamente ofensivo.

La continuación de aquella escena era bien conocida en Roma.

Varios testigos la habían divulgado, unos por carta y otros de viva voz al regresar a la ciudad.

Al parecer, Mario se puso tan colorado que por un momento temieron que le diera un síncope o que agarrara por el pescuezo a Metelo para estrangularlo. En lugar de ello, le dijo:

—Aquí y ahora te digo que me darás ese permiso, me presentaré a cónsul, ganaré y conseguiré que me den tu puesto. ¡Así he hablado!

Aunque su estallido no fue precisamente una muestra de sutileza, lo que hizo a continuación Mario demostró que no carecía de astucia.

Lejos de resignarse ante la negativa, emprendió una campaña de propaganda por correo más intensa que si se hubiera dedicado a patear el Foro embutido en la toga de candidato.

Además de escribir cartas a diario a senadores y a équites influyentes, se las ingenió para que la correspondencia que enviaban los soldados a sus familiares en Roma le sirviera también como publicidad.

Del mismo modo que el viejo Catón remataba sus discursos con la célebre coletilla: «Ah, por cierto, y no os olvidéis de destruir Cartago», los soldados y muchos centuriones se despedían en sus misivas escribiendo: «¡Por Marte, por Belona y por el bien de Roma, conseguid que nombren cónsul a Gayo Mario! ».