Sertorio, el elegido de la diosa blanca 100
73%

100

Durante muchos días, se siguió hablando de la victoria de la Subura sobre la vía Sacra.

No sin polémica, porque Valerio Flaco, en su condición de flamen Martialis , protestó airadamente ante el Senado, y ante cualquiera que estuviera dispuesto a escucharlo.

Según él, la victoria de los suburanos era ilegítima, y sustituir la cabeza del corcel por un simulacro no solo había sido una trampa indigna, sino una blasfemia contra Marte y contra medio panteón.

—¡Han profanado el sacrificio! —se quejaba—. ¡Esto traerá desgracias y calamidades sobre la ciudad, podéis estar seguros!

Por suerte, un buen amigo de Gayo Mario, el cónsul Aurelio Escauro —a cuyas órdenes serviría Sertorio pocos años después—, intervino para decirle a Valerio Flaco que se dejara de excusas.

Si los compañeros de su hijo no habían sido capaces de aprovechar que eran bastantes más que sus rivales para vencerlos, lo mejor que podían hacer era callarse.

—Y lo mejor que puedes hacer tú es dejar de llorar por las esquinas como una plañidera mal pagada —añadió.

—¡Pero esos granujas de la Subura han hecho trampas! —insistió Valerio Flaco.

—No llames trampa a lo que no es más que astucia e inteligencia —respondió Escauro—. Que también son virtudes more romano [37] .

Unas palabras que Sertorio podría haber suscrito sin cambiar una sílaba.

Dos días después del Caballo de Octubre, Sertorio acudió a un encuentro que había pactado antes de la contienda.

Ignoraba si Giges se acordaría. Probablemente no. No recordaba su propio nombre —el de Giges se lo había puesto Sertorio por tener algún modo de dirigirse a él—, y la mayor parte del tiempo ni siquiera estaba seguro de quién era.

Antes de bajar al río, se asomó a la taberna de Vibio por si Giges, olvidándose de la cita, se encontraba en su rincón habitual.

No llegó a entrar del todo. Le bastó echar un vistazo desde la puerta para comprobar que no estaba allí.

Desde el mostrador, la hija del tabernero lo saludó con la mano y le sonrió.

En los cinco años transcurridos desde su partida contra Sila, mientras él crecía y dejaba de ser un niño, ella parecía haber envejecido el doble.

Había adelgazado bastante, tenía las ojeras más pronunciadas y un aire de cansancio constante, como si cargara con el peso no ya de aquel local, sino del mundo entero.

Pero a Sertorio siempre le sonreía.

Tras saludar, a su vez, a Víbula, se marchó. No preguntó por Giges. Habría sido inútil. Sabía de sobra que allí nadie lo conocía.

Y no porque nunca hubiera pasado por delante de ellos, sino porque nadie se fijaba en él.

Ni en la taberna de Vibio ni en ningún otro lugar de Roma.

Si acaso, verduleras, panaderos, carniceros o pescaderas sabían que, de vez en cuando, bastaba con apartar la vista un instante para que, al mirar de nuevo, faltaran unas manzanas, una hogaza, unas salchichas o un par de sardinas en salazón.

Atribuían esas desapariciones a ladrones extremadamente hábiles o incluso a espíritus traviesos, sin sospechar que el autor era un hombrecillo que entraba y salía por la puerta delante de sus narices.

Con la particularidad de que, sin saber por qué, todos miraban en otra dirección cuando él estaba delante.

Sertorio encontró a Giges donde esperaba.

Más allá de la taberna, río abajo, el Tíber formaba un recodo tranquilo entre las cañas, una pequeña ensenada de aguas mansas. Sertorio imaginaba que el lugar donde se detuvo la cesta de mimbre de Rómulo y Remo debía de parecerse mucho a aquel.

Allí, entre el carrizal, había alguien agachado, removiendo con las manos un pequeño montículo de tierra suelta. Sertorio se aproximó despacio, se detuvo a cierta distancia y lo saludó desde allí para no asustarlo acercándose a él de repente.

—¡Hola!

Giges se incorporó. Cada vez que lo veía, Sertorio tenía la impresión de que era más pequeño, aunque no sabía si era debido a que aquel hombrecillo encogía con los años o a que él mismo no dejaba de crecer.

—Eres tú —dijo él.

(Una tautología que, en opinión de Sertorio, nunca era errónea. Lo extraño habría sido decir: «Soy tú» o «Eres yo».

El tipo de ocurrencias por las que su madre decía que no iba a acabar chiflado, sino que ya lo estaba).

El hombrecillo seguía tan desastrado como siempre, con la barba mal recortada, el cabello grasiento, la túnica ceñida con un cordel sucio y el manto raído.

A través de las correas de las sandalias, se le veían los pies negros de polvo y de cieno.

Cualquiera que hubiera pasado junto a él por la calle podría haber pensado que solo era un mendigo más, y se habría asombrado al saber que atesoraba miles de sestercios en una tinaja enterrada.

Pero, para eso, tendrían que haber reparado en que estaba allí.

Sertorio levantó la bolsa de monedas y la agitó.

—¿Recuerdas que habíamos quedado tú y yo?

—Sí. Claro —respondió él.

Pero sus pupilas ni se contrajeron ni se dilataron. Era obvio que lo había olvidado.

Al menos, parecía consciente de con quién estaba hablando.

Con la única persona capaz de verlo.

En cualquier caso, a Sertorio le daba igual que Giges se acordara de la cita o no. Se había comprometido a pagarle, y a eso venía. Era la recompensa por el servicio que Giges les había prestado a él y, sin que ellos lo supieran, a los Mirmidones y al resto de los suburanos.

Poco antes del Caballo de Octubre, mientras repasaba los detalles de su plan, Sertorio no dejaba de pensar que, por mucho que distrajeran a la gente con el cochinillo o con cualquier otra maniobra, y por muy hábil que fuera Minucio como ladrón, era casi imposible que, entre cientos, miles de pares de ojos, alguno no se diera cuenta de que estaba cambiando la cabeza de caballo auténtica por una imitación.

Entonces se acordó de Giges.

El hombrecillo había accedido. Con una condición.

—No quiero que me vean. No quiero que nadie me vea —dijo, sin dejar de toquetear el anillo, comprobando que la esmeralda seguía girada hacia la palma de la mano.

Sertorio no le contó a nadie aquel cambio de planes por no traicionar la confianza de Giges revelando su existencia.

A ello se añadía que, si exponía su idea en voz alta, lo más probable era que todos, incluso Quirinio, lo tomaran por loco.

De hecho, él mismo pensaba que era una locura.

Y, sin embargo, había funcionado.

Sospechaba que lo habría hecho incluso sin la distracción del cochinillo, y que la gente que atestaba el Foro habría encontrado algún pretexto para apartar los ojos y mirar al cielo, a sus vecinos, al ridículo tocado del flamen Martialis o a los testículos del caballo de Marcio Trémulo.

A cualquier sitio, menos a aquel hombrecillo que se deslizaba por la existencia resbalando como una gota de aceite en el agua.

No era de extrañar que Giges, a fuerza de no hablar con nadie ni sentir sobre sí la mirada de sus congéneres humanos, ya no supiera quién era ni cómo se llamaba.

Por supuesto, no recordaba dónde había nacido, quiénes eran sus padres ni cuál era su verdadera edad.

Hablaba latín con un acento raro, como si no fuera romano de origen.

Si Sertorio se dirigía a él en griego, lo entendía y le contestaba, pero lo hacía con una pronunciación tan tosca que era evidente que tampoco se trataba de su idioma natal.

Por otra parte, cuando le preguntaba de dónde había sacado el anillo que tan importante era para él y que parecía volverlo invisible a ojos del resto de la gente, el hombrecillo aparentaba recuperar la memoria y le contaba una historia.

Cada una diferente de la anterior.

Había, sin embargo, una que se repetía más a menudo.

En esa versión, él era un pastor al servicio de un rey muy poderoso.

Un día, mientras apacentaba su rebaño, se produjo un terremoto tan fuerte que el suelo se abrió en una gran grieta por la que se precipitaron tres ovejas.

Temeroso de que su señor lo castigara, el pastor se coló por la oquedad para buscarlas, y de ese modo llegó a una cueva donde encontró un enorme caballo de bronce, tumbado sobre un costado.

El caballo estaba hueco y tenía una puerta con bisagras.

Llevado por la curiosidad, el pastor entró y vio que dentro del caballo, ¡oh, maravilla!

, yacía un hombre de gran estatura, casi un gigante.

Estaba desnudo y parecía dormido, pero al tocarlo descubrió que estaba tan frío como el mármol.

Lo único que llevaba encima el cadáver era un anillo con una gruesa esmeralda. Pensando que debía de ser muy valioso, se lo quitó. Aunque la mano del cadáver era mucho más grande que la suya, el aro encajó perfectamente en su dedo.

Desde entonces, no se lo había quitado.

Por la noche, al reunirse con otros pastores alrededor del fuego, comprobó que, si volvía la joya hacia dentro, dejaban de verlo de repente y se ponían a hablar como si no estuviera allí.

Solo reparaban en él de nuevo si giraba la sortija de modo que la esmeralda volviera a asomar junto a sus nudillos.

Después de eso, el hombrecillo no recordaba mucho más.

La historia no era cierta, evidentemente. La razón por la que Sertorio lo sabía era que él mismo se la había contado después de leerla en la República . Desde entonces, el hombrecillo la asumió como un recuerdo propio.

Puesto que el pastor protagonista del relato de Platón se llamaba Giges, Sertorio había decidido llamar así a su peculiar amigo. Cuando se dirigía a él de ese modo, a veces le respondía, mientras que otras se quedaba mirando a la nada sin reconocer el nombre.

Cuando Sertorio le entregó la bolsa, Giges la abrió, metió los dedos dentro, sacó un par de monedas y las examinó al sol, deleitándose por un instante en su brillo. Luego las volvió a guardar y se dirigió al lugar donde estaba enterrada la tinaja en la que almacenaba su tesoro.

Al principio, Sertorio se preguntaba para qué querría aquel hombre el dinero.

No podía comprar nada con él, puesto que para eso tendría que haberse relacionado con otras personas, algo a lo que tenía pánico.

Robaba comida para mantenerse y ropa para abrigarse, y se colaba en templos, pórticos o áticos destartalados para no dormir a la intemperie.

Al final, acabó aceptando que al hombrecillo, simplemente, le hacía feliz ir juntando esas monedas.

Giges se agachó, levantó el trozo de arpillera cubierta de tierra y paja que usaba para disimular la boca del ánfora, levantó la tapa y volcó dentro el contenido de la bolsa. Sertorio observó que el nivel de la pila de monedas que contenía el recipiente había subido tanto que pronto rebosarían.

—¿Qué ocurrirá cuando ya no te quepan más monedas en la tinaja? —le preguntó—. ¿Empezarás a llenar otra?

Giges lo miró perplejo. Después tapó el ánfora, lo volvió a camuflar todo con la tela y se levantó. Al hacerlo, las rodillas le crujieron como ramitas crepitando y partiéndose en una hoguera.

—Nada.

—¿Qué quieres decir? ¿Que no ocurrirá nada?

—Nada —insistió él.

El gesto había cambiado de la confusión al miedo, como si la pregunta lo hubiera sumido en una duda que hiciera peligrar su propia vida.

Sertorio estuvo a punto de ponerle la mano en el hombro y decirle que no importaba, que no hacía falta que le respondiera, pero sabía que el hombrecillo no quería que lo tocaran.

Sin decir más, se dispuso a marcharse. Cuando estaba a mitad de la cuestecilla de la ribera, oyó que Giges decía algo a su espalda. Se dio la vuelta.

El hombrecillo estaba mirando el anillo, mientras frotaba la piedrecilla. Siempre en la dirección de la palma de su mano.

—Nada. Cuando esté llena, yo no seré nada.

Sertorio sintió un escalofrío. Después se giró de nuevo y se alejó de allí.

Ya no volvería a ver a Giges.