Sertorio, el elegido de la diosa blanca 99
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Mientras tanto, Sertorio y sus dos amigos, apartados de la refriega, rodearon la plaza por su parte sur, colándose entre la gente que atestaba los pórticos de la basílica Sempronia y acompañados por miradas de extrañeza, algunos insultos y bastantes gritos de ánimo.

Al parecer, los pañuelos negros de los suburanos eran más populares que los rojos de los sacravienses.

Cuando estuvieron lo bastante cerca del estrado, abandonaron la protección de los soportales y corrieron hacia él.

—Espero que sepas lo que estás haciendo —dijo Quirinio.

—No dudes de ello.

Al llegar junto al tablado, Sertorio se agachó y levantó el faldón de la lona que lo cubría.

Allí debajo, en el suelo, tal como esperaba, había un saco de piel.

Tras soltar un suspiro de alivio («¡Gracias, Giges!

»), tiró de él con ambas manos. Pesaba incluso más de lo que había calculado, pero consiguió arrastrarlo hasta sacarlo de debajo de la plataforma.

Era lógico que pesara, pues dentro estaba la cabeza del caballo sacrificado.

La auténtica.

La otra, la que Estertinio había enarbolado en alto para que se viera bien durante un instante para, a continuación, ocultarla entre los cuerpos de sus compañeros, no era más que un simulacro, un señuelo elaborado por la habilidosa Atalanta.

No con piel de zorra como recomendaba Lisandro, ni siquiera de caballo, sino con la de dos cabras de pelaje rojizo, de un color casi idéntico al de los alazanes que corrían en el ritual.

Los ojos eran gruesas canicas de cristal pintado.

Las crines, auténticas. En cuanto al relleno, Atalanta había usado una mezcla de estopa, serrín y cola animal, apretándola y moldeándola para darle la forma de una cabeza real.

Por supuesto, no faltaba la corona con trozos de pan.

La imitación era lo bastante buena como para engañar a cualquiera que no se detuviera a examinarla de cerca.

Una vez fabricada la falsa cabeza, lo complicado era dar el cambiazo.

Había que acercarse al estrado con la bolsa que contenía el señuelo, tirar la cabeza auténtica al suelo, empujarla a patadas para esconderla bajo la plataforma de madera y dejar el simulacro en su lugar. Todo ello, sin llamar la atención.

Era por ese motivo por el que Atalanta había soltado el cochinillo, para crear una distracción y alejar lo más posible las miradas de la parte trasera del estrado.

El resto debía hacerlo Minucio, experto en sustraer bolsas, robar comida de los puestos callejeros e incluso arrancar pendientes de las orejas de sus dueñas sin que se enteraran.

Pero, incluso para un ratero tan habilidoso como él, no podía ser lo mismo pasar desapercibido hurtando unas cuantas monedas que cargar con una cabeza de caballo sin que nadie se percatara.

Por eso, Sertorio había pensado en otra solución.

Que no le reveló a nadie.

Al ver el saco de cuero, Quirinio exclamó:

—¡Pero si Minucio ha dicho que se lo habían robado a Dagulfo! ¿Qué ha pasado aquí?

—Ya te lo contaré algún día —respondió Sertorio. «O no», añadió para sí.

Mientras tanto, Tigelio, sin poner objeciones y aceptando los hechos tal como venían, se agachó, agarró el saco, se incorporó y se lo echó al hombro, resoplando por el esfuerzo.

—¿Puedes con él? —preguntó Sertorio.

—¡Y con dos como este! ¡Vamos!

A no muchos pasos de allí, el sacerdote de Marte, protegido de golpes y zarandeos por la verja que rodeaba el lago Curdo, se dio cuenta de lo que hacían y empezó primero a increparlos y después a exigir a gritos que alguien los detuviera.

Luego, al comprobar que nadie le hacía caso, pues la atención de la gente se hallaba centrada en las inmediaciones de la basílica Fulvia, donde se libraba la batalla, empuñó la lanza y empezó a golpear con ella el escudo de bronce con tal violencia que casi derribó al sirviente que lo sostenía.

—¡Ya podemos correr! —exclamó Sertorio.

—¡Viva la limpieza de las competiciones! —dijo Quirinio.

Los tres se dirigieron hacia el arranque del Argileto. Ahora, el único obstáculo para internarse en la calle lo constituían los curiosos, que, al verlos llegar como almas huidas del Averno, se apartaron de su camino para no ser arrollados.

Una vez en el Argileto, la distancia hasta la Torre Mamilia no llegaba a los doscientos pasos.

En otras circunstancias habría sido poco más que un paseo, un trayecto trivial.

No lo era cargando con un saco que pesaba ciento y pico libras, bastante más que el simulacro por el que decenas de muchachos seguían atizándose puñetazos en el Foro.

Aunque Tigelio era muy fuerte, incluso él empezó a acusar el esfuerzo. Aguantó cuanto pudo, pero al final tuvo que pararse y, con un gruñido, dejó el saco en tierra.

—Llevadlo vosotros un rato —pidió, tratando de recuperar el resuello. Sin sacar la cabeza de la bolsa, Quirinio y Sertorio la cogieron por ambos extremos. El cuero empapado de sangre resbalaba, y tenían que avanzar casi de lado, coordinando sus zancadas para no tropezar entre sí.

Los doscientos pasos se estaban haciendo eternos, pese a que allí, en su calle, la gente no dejaba de jalearlos y aplaudirlos.

No habían recorrido todavía la mitad del trayecto cuando oyeron a su espalda voces que ya no eran de ánimo.

Sin detenerse, Sertorio echó una mirada atrás.

—Oh, oh.

—¿Qué ocurre? —preguntó Quirinio, jadeando—. ¿Es lo que me temo?

—Sí.

Los sacravienses habían descubierto por fin el truco.

Los dos bandos rivales subían ahora mezclados por el Argileto, corriendo sin dejar de golpearse unos a otros, en una batalla móvil y caótica.

La mayoría de ellos ya habían perdido los pañuelos que los distinguían, arrancados por los rivales o caídos en la refriega, y resultaba difícil diferenciar quién era quién en aquella masa enardecida.

—¡Rápido, dádmela otra vez! —exclamó Tigelio.

Echándose el saco al hombro de nuevo, volvió a acelerar el paso, seguido a poca distancia por Sertorio y Quirinio.

La Torre Mamilia ya estaba a la vista. Alzando las manos hacia la estatua de Circe, que se recortaba contra un cielo despejado, Quirinio imploró:

—¡Conviértenos mañana a todos en cerdos si quieres, pero ahora danos la victoria!

Estaban a poco más de veinte pasos de la ínsula. Desde allí, se veía la escalera que Dagulfo les había dejado preparada contra la pared, entre la zapatería de Vopisca y la tahona, para que pudieran alcanzar el gancho donde tenían que colgar la cabeza del caballo.

Sertorio volvió a mirar atrás. Mientras el grueso de los perseguidores se quedaba enredado en la pelea con los suburanos que trataban de detenerlos, cuatro se habían destacado del resto y venían directos hacia ellos.

Dos llevaban aún los pañuelos rojos de los sacravienses. Los otros dos no, pero no cabía duda de a qué bando pertenecían.

—¡Sigue tú, Tigelio! —gritó Sertorio—. ¡Nosotros los detendremos!

Mientras su compañero seguía corriendo hacia la ínsula, ya tan cercana, Sertorio y Quirinio se detuvieron y se dieron la vuelta, dispuestos a plantar cara a aquellos cuatro.

Apretando los puños, Quirinio lanzó una mirada de reojo a Sertorio y, con una sonrisa torcida, dijo:

—¿Preparado para que nos den otra paliza juntos?

Sertorio se limitó a asentir.

Uno de los cuatro adelantados era el jefe de los sacravienses, Valerio Flaco hijo. Sin detenerse, ordenó a sus compañeros que se encargaran de Sertorio y Quirinio.

—¡El grande es mío! —exclamó, señalando a Tigelio, que ya estaba casi al pie de la escalera.

Sertorio consiguió agarrarle la túnica y frenarlo un instante, pero otro sacraviense se arrojó encima de él y lo derribó. Ambos rodaron por el suelo, revolcándose y forcejeando mientras cada uno trataba de golpear la cara del otro y al mismo tiempo proteger la suya.

Aquel muchacho era un corredor rápido, pero no era muy fuerte ni se le daba demasiado bien pelear. Tras varios intentos, Sertorio logró acertarle en la mandíbula con un puñetazo que lo dejó momentáneamente fuera de combate.

Incorporándose a toda prisa, vio que Quirinio seguía en el suelo, enzarzado con otro adversario.

—¡Estoy bien! —gritó su amigo, aunque tenía dos dedos del rival metidos en la boca, tirándole de la comisura de los labios como si se los quisiera arrancar—. ¡Ayuda a Tigelio!

Sertorio echó a correr hacia la ínsula, jaleado por cientos de vecinos, unos pegados a los lados de la calle y otros asomados a ventanas y balcones.

Valerio Flaco y su acompañante, que le llevaban ventaja, habían llegado al pie de la escalera y se disponían a derribarla para impedir que Tigelio, que ya estaba trepando, alcanzara el gancho.

El joven Mirmidón, que había sacado la cabeza del saco antes de iniciar la subida y la llevaba sobre el hombro derecho mientras usaba el brazo izquierdo para agarrarse a los peldaños, soltó por un instante la escalera, aferró el trofeo con ambas manos y, estirándose cuanto pudo, clavó el cuello cercenado del caballo en el gancho con todas sus fuerzas.

Probablemente, el ímpetu de su movimiento habría bastado para hacerlo caer de espaldas. Además, los dos sacravienses tiraron al mismo tiempo de la escalera.

Con un grito a medio camino entre el triunfo y el miedo, Tigelio braceó un instante en el aire y se precipitó al suelo.

La suerte para él, que no tanta para su adversario, fue que Valerio Flaco estaba justo debajo y su cuerpo amortiguó el golpe.

Ambos rodaron por el suelo, convertidos en un manojo de brazos y piernas.

La caída de Tigelio fue acompañada por un grito ensordecedor, «¡Victoria!», que brotó de innumerables bocas, rebotó como un eco en las fachadas de los edificios y se propagó por las calles adyacentes.

Aquello supuso el final del combate entre suburanos y sacravienses.

No terminó de golpe, ya que no era fácil enfriar los ánimos después de tanto rato repartiendo patadas y puñetazos, sino paulatinamente, con unos cuantos empellones, insultos proferidos entre labios rotos y dientes mellados, y algún que otro golpe aislado.

Al ver que Tigelio se incorporaba sin mayores problemas y que incluso tenía la generosidad de ayudar a Valerio Flaco a levantarse, Sertorio acudió en ayuda de Quirinio. Este y su adversario ya se habían separado, y el sacraviense regresaba cabizbajo junto a los suyos.

Los dos amigos se miraron. Quirinio tenía un labio partido y Sertorio sangraba por una ceja, y los pelos de ambos estaban revueltos y pegados de sudor.

Durante unos instantes, se limitaron a contemplarse mientras recuperaban el aliento.

Después, alzaron la vista hacia la cabeza del caballo, que desde su nuevo lugar de descanso, entre la zapatería y la tahona, parecía mirar al otro lado de la calle.

—¿Te acuerdas cuando me preguntaste qué decía esa placa? —dijo Quirinio.

EQVVS·OCTOBER·SVBVRANVS

—No te lo pregunté, ya sabía leer.

—Bueno, pero yo te expliqué lo que era el Caballo de Octubre. Y te dije que nunca había competido porque todavía me faltaba campamento.

—Sí.

—¡Pues ya tenemos los dos campamento de sobra!

Se abrazaron y se palmearon la espalda, levantando una nube de polvo que hizo toser a Sertorio. Luego se separaron y volvieron a examinarse mutuamente. Aparte de las heridas en la cara, ambos tenían las túnicas desgarradas, y rodillas, nudillos y codos se veían despellejados y manchados de sangre.

—Estamos hechos un desastre —dijo Quirinio.

—Para desastre, el que me va a caer a mí —replicó Sertorio, señalando hacia la puerta de la ínsula.

Su madre acababa de salir del edificio. Tras alzar un momento la mirada hacia la cabeza del caballo, se dirigió hacia ellos.

Con lo poco que le gustaban a Rea las fiestas salvajes como esa, o como las Saturnales y las Lupercales, Sertorio estaba seguro de que le aguardaba una buena reprimenda.

Para su sorpresa, su madre, siempre tan remilgada con la suciedad, no dudó un instante. Sin importarle ni el polvo ni la sangre, lo abrazó con fuerza, le apartó el flequillo para comprobar la herida de la ceja y lo besó en la frente. Después se separó de él para mirarlo despacio.

Tenía los ojos empañados, y una sonrisa entre triste y orgullosa que hizo que Sertorio se sintiera extrañamente conmovido.

—Ya no eres un niño —dijo Rea, como si se diera cuenta por primera vez.