Sertorio, el elegido de la diosa blanca 98
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Llegaron los idus de octubre.

Se acercaba el mediodía cuando los sacerdotes trajeron al Foro la cabeza de uno de los caballos vencedores. Ni Sertorio ni sus Mirmidones presenciaron la carrera o el sacrificio posterior. Lo que les importaba iba a ocurrir en el Foro, donde llevaban ya varias horas aguardando.

Algunos habían catado ya el vino, sobre todo Helvio, aunque Sertorio los había convencido de que se moderaran para mantenerse lo más serenos posible.

No podía decirse lo mismo del resto de los suburanos, apiñados bajo los soportales de las Tabernas Nuevas junto a su caudillo, el musculoso Estertinio.

Muchos habían bebido más de lo prudencial antes de una batalla.

Entre voces y risotadas, se daban palmadas y abrazos, se golpeaban el pecho alardeando de sus proezas, y algunos se excedían tanto en sus aspavientos que tenían que sujetarse a algún compañero para no darse un cabezazo contra una columna o caer de bruces al suelo.

Con la boca caliente y la lengua suelta, pronto empezaron a lanzar pullas y a entonar cánticos contra sus enemigos.

La mayoría de ellos llevaban al cuello el pañuelo negro que los distinguía del color rojo de sus adversarios, aunque algunos, como el propio Estertinio, se lo habían anudado en la cabeza, y otros lo ondeaban como si fuera un estandarte.

A Sertorio lo tranquilizó observar que los sacravienses, que respondían con sus propios cantos e insultos desde las Tabernas Viejas, también estaban achispados. Las tornas parecían igualadas, al menos en eso.

Otra cosa era la superioridad numérica del adversario.

Cuando intentó repasar su plan con Estertinio, este le pasó un odre de vino, al que Sertorio dio apenas un sorbo, lo justo para cumplir. El jefe de los suburanos le apretó el hombro con su manaza y le dijo:

—Espero que seas tan listo como me han dicho. Si hacemos el ridículo por tu culpa, te voy a dar tal patada que vas a aparecer colgado junto a la bandera del Janículo.

—Yo también lo espero —respondió Sertorio, clavándole la mirada—, porque antes se congelará el Averno que yo te deje ponerme un pie encima.

Estertinio se quedó callado unos instantes. Luego soltó una carcajada, recuperó el pellejo de vino y despidió a Sertorio con un sonoro palmetazo en la espalda.

—¡Vamos, cachorro bravucón! ¡Ocupa tu puesto!

De regreso con los Mirmidones, mientras aguardaban la llegada del flamen Martialis y su séquito, Sertorio se hizo visera con la mano y dirigió la mirada hacia el otro lado del Foro.

Este no era demasiado ancho en aquella zona, lo que le permitía distinguir los rostros de la gente que se disponía a contemplar la contienda desde allí.

Para su sorpresa, reconoció entre ellos a Lucilio, acodado en la barandilla de la balconada que sobresalía sobre la taberna de Nisa.

Unos días antes, mientras jugaban al latrunculi , el viejo poeta le dijo que, cuando llegara el Caballo de Octubre, no pensaba acercarse a menos de media milla del Foro. No soportaba ese tipo de espectáculos tan multitudinarios y tumultuosos.

—Pero tú haz lo que tengas que hacer —añadió, mientras colocaba las piezas para una nueva partida.

A esas alturas, era Sertorio quien le concedía dos piezas de ventaja. Al principio, Lucilio se había negado a aceptarlas, pero después recapacitó.

—Hay que resignarse. Llega un momento en que los guerreros más jóvenes superan a los viejos.

Ahora, al verlo allí arriba respondiendo a su saludo, Sertorio pensó que el cambio de opinión del poeta era un buen augurio.

Valerio Flaco, el flamen Martialis , subió los tres peldaños del estrado con paso solemne. Sobre la cabeza llevaba el apex , el casquete ritual rematado por un palo de olivo que se alzaba rígido sobre su coronilla, confiriéndole un aire severo y arcaico.

O, como comentó Quirinio al verlo de lejos, dándole una pinta ridícula.

Detrás del sacerdote, sus ayudantes colocaron la cabeza del caballo sobre un lienzo rojo, desplegado encima de la lona que cubría la plataforma.

El heraldo tocó la trompeta para ordenar silencio.

La algarabía del Foro se fue atenuando poco a poco, aunque seguían oyéndose murmullos aquí y allá.

En Roma era casi imposible conseguir un mutismo absoluto.

No obstante, el sacerdote debió de considerarlo suficiente y, con voz engolada, comenzó a recitar los versos en honor de Marte, Conso y Neptuno Ecuestre.

Conforme la fórmula se acercaba a su final, Sertorio notó que se le estaba acelerando el pulso.

—Solo quedan cuatro versos —murmuró Remo, detrás de él.

—Tranquilo —respondió Sertorio, aunque él mismo distaba mucho de estarlo.

En ese momento se oyó un grito agudo, prolongado, como si estuvieran asesinando a alguien, que procedía de la zona del lago Curcio.

Valerio Flaco se detuvo a mitad de una frase, con la boca abierta entre el desconcierto y la indignación.

Cuando se hizo evidente que aquel escándalo no era más que un cochinillo chillando, a su alrededor estallaron las risas.

La algarabía, que había empezado junto al estrado, se propagó como un incendio por todo el Foro.

«¿Qué ha ocurrido, qué ha ocurrido?», se preguntaban quienes, como Sertorio, estaban a pie de calle y no alcanzaban a distinguir lo que pasaba por encima de las cabezas de la multitud.

Él, sin embargo, sabía bien lo que acababa de suceder sin necesidad de verlo. En el momento oportuno, Atalanta había soltado un cochinillo al que previamente asestó unos cuantos pinchazos en las ancas, para que chillara como si le estuvieran arrancando la vida.

—Justo a tiempo —dijo Quirinio exhalando un suspiro de alivio.

Una vez que el animal fue apresado de nuevo y el bullicio se apagó poco a poco a fuerza de trompetazos, Valerio Flaco, que era uno de esos sacerdotes a la antigua usanza que repiten el ritual completo si se comete un solo error, reemprendió el recitado desde el primer verso.

Fue entonces cuando llegó Minucio, jadeando y con las mejillas arreboladas.

—¡Se la han llevado!

—¿Qué quieres decir? —preguntó Quirinio, alarmado.

Agitando un dedo delante de la cara de Sertorio, Minucio exclamó:

—¡Ha sido el idiota de Dagulfo! ¡Tu esclavo ha dejado que le robaran el saco en sus mismas narices!

Sertorio le agarró el dedo y se lo retorció para obligarle a bajarlo, mientras con la otra mano le tapaba la boca.

—Cállate. No digas nada.

Por debajo de sus dedos, Minucio farfulló algo parecido a «Mmmmf… avisar a Estertinio… mmmf».

Sertorio le dobló un poco más el dedo. No le gustaba abusar de la fuerza con alguien más débil que él, pero no le quedaba otro remedio.

—¿Te vas a callar?

Minucio buscó la mirada de Helvio para pedirle ayuda, pero este tenía la vista fija en el sacerdote. Al comprobar que su amigo no le prestaba atención, asintió.

Sertorio retiró la mano de su boca y le soltó el dedo. Minucio sacudió los hombros para recolocarse la túnica con gesto digno, pero no dijo nada más.

—Ahora, todos atentos —dijo Sertorio.

Quirinio se acercó a él y le susurró al oído:

—¿Qué va a pasar ahora? Cuando lleguemos, la cabeza no va a estar donde…

—La cabeza estará. Confía en mí.

Durante unos segundos, pareció que Quirinio iba a objetar algo. Por fin, asintió y devolvió su atención al estrado, como los demás.

Al segundo intento, Valerio Flaco terminó de recitar sin más interrupciones.

A continuación, con la lanza de Marte, la misma con la que había herido de muerte al caballo, golpeó tres veces en un pesado escudo de bronce que sostenían ante él dos asistentes, ¡clang, clang, clang!

Cuando el eco del último tañido metálico se apagó, el heraldo proclamó:

— Currite, Quintes!

«¡Corred, quirites!».

Dicho esto, el sacerdote y sus ayudantes bajaron de la plataforma sin dilación y se alejaron unos pasos de la zona que, en cuestión de segundos, se iba a convertir en un campo de batalla.

En ambos equipos, los corredores más veloces llevaban ya un rato preparados, sin sobrepasar la línea roja pintada en el suelo. Al oír la señal, arrancaron a correr, seguidos por el resto de sus compañeros, entre los rugidos de la multitud que atestaba el Foro.

En el caso de los suburanos, los más rápidos eran los gemelos, Rómulo y Remo, que bien habrían podido llamarse Calais y Zetes, los hijos de Bóreas a los que nadie venció jamás en una carrera.

Corriendo a la par, pues hasta en eso eran idénticos, llegaron los primeros al estrado, se encaramaron a él de un salto y se abalanzaron sobre la cabeza del caballo.

Mientras la mayoría de los contendientes convergía en tropel hacia el lago Curcio y la plataforma, diez sacravienses, siguiendo la táctica que tan buen resultado les había dado los años anteriores, se separaron del grueso y corrieron a apostarse como barrera en el acceso al Argileto.

En cuanto a los suburanos, pese a que estaban en desventaja —treinta y dos contra cuarenta—, contaban también con una pequeña fuerza de reserva.

Formada por tan solo tres efectivos.

Quirinio, Tigelio y el propio Sertorio.

En lugar de correr con los demás, se dirigieron con paso tranquilo hacia las Tabernas Viejas, donde hasta hacía un instante estaban los sacravienses. Al verlos, Nisa la tabernera exclamó, coreado por varios de sus clientes:

—¡Sertorio, que no es por aquí! ¡Al otro lado!

Él se limitó a hacerle un guiño. En ese momento, notó una mirada que se clavaba sobre él, y levantó los ojos. Acodado en el maenianum , Lucilio había levantado la mano para saludarlo. Sertorio, que lo conocía bien, interpretó su sonrisa.

«Tienes una pieza escondida bajo la túnica, muchacho».

Mientras tanto, alrededor de la plataforma la refriega ya se había trabado entre los pañuelos negros de los suburanos y los rojos de los sacravienses.

Los gemelos entregaron la cabeza a Estertinio, y en torno a él se cerró de inmediato un círculo de cuerpos.

La carrera se convirtió entonces en una batalla de empujones.

Hombro contra pecho, antebrazo contra cuello, codos clavándose sin miramientos en el abdomen y los riñones de los contrincantes, e incluso de los camaradas si eso servía para ganar terreno.

Estertinio alzó la cabeza del caballo por encima de la suya y, pese a que pesaba más de cien libras, la agitó con furia, como si fuera un estandarte.

—¡Seguidme, suburanos!

Aquel año habían cambiado de táctica. Tras comprobar una y otra vez que era inútil tratar de llegar a la Torre Mamilia por el camino más directo, el Argileto, Estertinio y los suyos tomaron otra dirección y trataron de abrirse paso hacia la basílica Fulvia, en la parte norte del Foro, y desde allí siguieron por la vía Sacra para dirigirse al este.

Como los tebanos de Epaminondas en su batalla contra los espartanos, los suburanos avanzaban a pasos cortos, apretados unos contra otros a modo de falange.

Los sacravienses, por su parte, los tenían cercados, y no dejaban de presionar, empujar, golpear, y algunos incluso saltaban y estiraban las manos sobre las cabezas de sus adversarios para tratar de echarle mano al trofeo.

—¡Imbéciles, nos vais a llevar la cabeza a casa! —gritaban, sin dejar de hostigarlos ni de frenar su avance cuanto podían.

Mientras miles de gargantas rugían, aclamando a unos e insultando a otros, los espectadores que se habían acercado demasiado se dieron cuenta de que la masa de contendientes cambiaba de dirección y se les echaba encima.

Entonces se desató entre los más imprudentes otra competición, distinta y no mucho menos violenta, con empujones, codazos, protestas y gritos de miedo, mientras unos buscaban refugio bajo los pórticos, otros se aplastaban contra las columnas, y más de uno tropezaba y caía antes de lograr ponerse a salvo.

Evidentemente, y pese a las burlas de los sacravienses, el plan de los suburanos no era ahorrarles el esfuerzo llevándoles el trofeo a la Regia.

La idea era otra. Al llegar al final de la larga columnata de la basílica, harían una finta para colarse por el callejón que se abría a la izquierda y, atravesando el gran mercado del Macellum, intentarían llegar al Argileto por un camino más largo.

La táctica no suponía ningún secreto. Los propios suburanos la habían comentado la víspera en todas las tabernas del Foro y sus aledaños, y no precisamente en voz baja.

Esa falta de discreción formaba parte del plan de Sertorio.

En cuanto a los diez sacravienses que se habían quedado de retén en la boca del Argileto, al ver que sus adversarios tomaban otra dirección, abandonaron su puesto y corrieron para reforzar a los suyos y unirse a la contienda.