Sertorio, el elegido de la diosa blanca 97 #2
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Cuando eso ocurría, según un verso del poetastro Cecina: «Desde las alturas, el belicoso Marte sonríe».

Si los sacravienses lograban hacerse con la cabeza del caballo, la consagraban en la pared de la Regia, el edificio situado en la entrada oriental del Foro, donde antaño moraban los denostados reyes y donde ahora residía el pontífice máximo, Metelo Dalmático.

Si los vencedores eran los suburanos, el trofeo se clavaba en la ínsula donde vivía Sertorio, la Torre Mamilia.

La primera vez que Sertorio contempló la torre, Quirinio le había hablado del ritual, mostrándole el gancho donde los suburanos colgaban la cabeza. «Es el mes que viene —le dijo—. A ver si esta vez ganamos. Los sacravienses llevan ya cinco años quedándose con la cabeza del caballo».

No solo el deseo de Quirinio no se cumplió aquel año, sino que después los sacravienses siguieron venciendo una y otra vez.

Cuando Sertorio conoció a los Mirmidones, las cabezas de los sucesivos caballos de octubre llevaban diez años seguidos luciendo como trofeo de guerra en la Regia.

Aquello suponía una humillación para los jóvenes de la Subura, que se consideraban mucho más duros que los «pijos» de la vía Sacra, pero que desde hacía una década no conseguían demostrar esa dureza con hechos.

Buena parte de culpa, si no toda, recaía en el sacerdote de Marte y en los demás organizadores del festival.

El flamen Martialis era Lucio Valerio Flaco, que había sucedido a su difunto padre en ese cargo.

Patricio de antigua estirpe y pariente lejano de la madre de Sertorio, sin que entre ambas familias hubiera trato alguno, favorecía sin el menor escrúpulo a los muchachos de la vía Sacra.

No en vano, su hijo mayor era el cabecilla de los sacravienses.

Año tras año, Valerio Flaco permitía que el bando de su hijo se presentara con una superioridad numérica que nunca bajaba de una proporción de cuatro a tres.

Gracias a ella, los sacravienses se podían permitir el lujo de dividirse.

Mientras el grueso de sus fuerzas se lanzaba a la carrera y la pelea por el trofeo, diez o doce jóvenes se apartaban del resto y se apostaban en la salida del Foro que daba al Argileto, paso obligado para los suburanos si querían llevar la cabeza hasta la Torre Mamilia.

De ese modo, incluso cuando alguno de los muchachos de la Subura lograba adelantarse y echar mano al trofeo, su victoria era efímera.

Al intentar acceder al Argileto, se encontraban el paso taponado por los sacravienses de reserva, mientras que los demás los atacaban por la espalda y cerraban el cerco.

A la larga, la fuerza del número acababa imponiéndose, la cabeza del caballo cambiaba de manos —si es que los sacravienses no se habían apoderado de ella antes— y terminaba, invariablemente, colgada en la pared de la Regia.

Sertorio estaba convencido de que, tal como planteaban la batalla los suburanos, volverían a perder. Y así se lo estaba argumentando a los demás Mirmidones.

A esas alturas, ya se los había ganado hasta el punto de que lo trataban casi como si fuera el jefe de la cuadrilla.

Lo que pretendía Sertorio era borrar el «casi» y el «como si».

Quería ser el jefe de los Mirmidones, sin rodeos.

No tanto por afán de dominio ni por rivalidad con Helvio, aunque algo de eso había, sino porque consideraba aquella etapa un buen entrenamiento para cuando, más adelante, se alistara en el ejército.

Tenía el pálpito de que el Caballo de Octubre podía ser la oportunidad de afirmar su liderazgo.

Si ahora lograba convencer a los Mirmidones de que había que cambiar la estrategia, el siguiente paso sería persuadir también al jefe de los suburanos.

Ese papel lo desempeñaba desde hacía algunos años Marco Estertinio, un mocetón que ya había cumplido los veintiuno. Su principal mérito, aparte de sus músculos y su afición a recurrir a los puños ante el menor conflicto, era ser nieto de quien era.

Lucio Estertinio, su abuelo, presidía el gremio de zapateros.

Dicho así sonaba inofensivo, pero todo el mundo sabía que, en realidad, era el jefe del hampa de la Subura.

De hecho, cuando se mudaron a la Torre Mamilia, Antiodemis informó a Rea de que le convenía hacer donativos periódicos a Apolo Sandaliario, patrón de dicho gremio.

—Es la manera de que los hombres de Estertinio os protejan.

—¿De que nos protejan de qué? —había preguntado Sertorio, colándose en la conversación.

—De ellos mismos, si no pagáis.

A Sertorio, todavía niño, aquel argumento le pareció un chiste, pero Antiodemis lo había expuesto con toda seriedad.

Años después, ya casi adulto, pensaría que lo que hacían Estertinio y su gremio en la Subura —cobrar a cambio de brindar protección contra la amenaza que representaban ellos mismos— no se diferenciaba demasiado de lo que, a otra escala, hacía la República con los «aliados y amigos» del pueblo romano.

Lucio Estertinio pasaba de largo los setenta años, pero seguía gobernando los bajos fondos del barrio con la energía de alguien mucho más joven y, sobre todo, con una inteligencia que sus descendientes no habían heredado.

El menos brillante de todos era su nieto Marco. Horriblius decía de él:

—Si le quitan solo un dedal más de sesos, se irá cagando por la calle como las vacas.

A ese individuo tan cerrado de mollera era a quien Sertorio debía persuadir.

Si lograba convencer antes a sus amigos.

Astucia. Esa era la clave.

—¿Creéis que existían en Grecia otros soldados más valientes y fuertes que los espartanos? —preguntó Sertorio.

—No —respondió Tigelio.

—¡Ni de coña! —dijo Atalanta.

—Seguro que había otros mejores, aunque tú no lo hayas estudiado —contestó Helvio, siempre a contracorriente.

—Bueno, Epaminondas y sus tebanos les dieron alguna que otra vez por la retaguardia —terció Quirinio.

—¿Quién coño eran los espartanos? —preguntó Flaco.

Ser torio esperó a que sus amigos se callaran para proseguir.

—Pues bien, fue el general Lisandro, ¡espartano nada menos!, quien dijo: «Donde no llega la piel del león, hay que coser un parche de piel de zorra».

—¿Y eso qué coño quiere decir?

De nuevo, Flaco. La agudeza que tenía para poner la piedra donde ponía antes el ojo no le sobraba para otras cosas.

—Que a veces más vale astucia que fuerza —tradujo Horriblius.

—¿Y quién demonios era Lisandro?

Aunque el principio de la pregunta podría haber salido de boca de Flaco, era Helvio quien la había planteado.

Quirinio, que era de la opinión de que un jefe no debe dar explicaciones cuando se las piden, sino cuando él lo considera oportuno, respondió en nombre de Sertorio para reforzar la autoridad de su amigo.

—Pues nada menos que el general espartano que se triscó de golpe y porrazo todo el poderío ateniense allí donde eran más fuertes, en el mar. ¿Sabíais eso?

—Ah, pues yo creía que donde eran más fuertes era dejándose dar por culo —respondió Helvio.

Tras algunas carcajadas de Minucio y Flaco, que siempre le reían las gracias a Helvio, Atalanta intervino.

—Supongo que nos estás contando todo esto de la astucia porque se te ha ocurrido algo. ¿Dónde está la piel de zorra que tenemos que coser?

Flaco empezó a decir: «Pues es la piel de tu…», pero Atalanta le propinó tal pescozón que lo hizo callar.

—Me alegro de que me preguntes eso —respondió Sertorio—. Porque en lo que estoy pensando es en coser una piel. Pero no de zorra, sino de caballo.

El comentario despertó la curiosidad de los demás el tiempo suficiente como para que le dejaran exponer su idea sin interrumpirlo demasiadas veces. Al final de la explicación, Horriblius se encogió de hombros y sentenció:

—Lo peor que puede pasar es que no funcione y que nos trisquen la misma paliza que el año pasado.

Después de aquello, solo quedaba convencer al jefe del equipo suburano de que el plan era bueno. Para sorpresa de Sertorio, Helvio, que era quien más trato tenía con él, dijo:

—Me has convencido. ¿Cuándo quieres que hablemos con Estertinio?

Fue la primera ocasión en que Helvio se dirigió a Sertorio como si fuera un jefe de verdad.

Pero la mirada que le echó después fue harto elocuente.

«No te acostumbres».