Sertorio, el elegido de la diosa blanca 97
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Durante la breve existencia de aquel pequeño ejército, sus crónicas nunca escritas recogieron victorias y derrotas.

Gracias al liderazgo de Sertorio, hubo más de las primeras que de las segundas.

Escaramuzas con otras bandas como la suya, tanto en la Subura como en el Esquilino —la parte extramuros de esta colina se había convertido en su campo de acción favorito—, peleas a pedradas entre las zanjas que quedaban abiertas en los solares de edificios demolidos, hurtos de estandartes entre aquellas minúsculas unidades militares.

En una ocasión, los Mirmidones emularon a los Diez Mil de Jenofonte retirándose a través de territorio enemigo en su propia anábasis.

En su caso, en lugar de marchar desde Mesopotamia hasta el mar, tuvieron que atravesar la parte oriental de la cuesta Suburana, feudo de los Jabalíes, más numerosos y violentos que ellos.

Lograron salir de aquel apuro sin más daño que unas cuantas contusiones y, en el caso de Horriblius, un diente menos al que él no le dio más importancia, ya que su ausencia dejaba más espacio al resto de sus «legionarios borrachos».

Una de sus primeras hazañas —no dudaban en llamarlas así, contagiados del espíritu épico de Sertorio—, y de las que más recordarían con el tiempo, fue la batalla por el Caballo de Octubre.

Reflexionando a partir de lo que aprendía en los libros de historia y los relatos de dos veteranos del ejército como Mario y Lucilio, Sertorio había llegado a la convicción de que sus compatriotas sobrevaloraban la acometividad y el coraje.

Eran cualidades nobles y dignas, sin duda, pero no bastaban en la guerra cuando el enemigo era un estratega inteligente y con recursos.

Un siglo antes, gracias a la astucia —acompañada, innegablemente, de otras virtudes bélicas—, Aníbal había engañado y derrotado una y otra vez a cuantos comandantes enviaba la República contra él.

Cierto era que terminó vencido, pero ello se debió sobre todo a que, igual que antes le sucediera a Pirro, no pudo sostener el ritmo con el que Roma, tan generosa a la hora de conceder la ciudadanía a sus aliados, reclutaba soldados sin cesar y desplegaba legiones por medio Mediterráneo.

—No trisques —le decía Quirinio cuando discutían sobre aquel asunto—. ¿No crees que Escipión tuvo algo que ver?

—No digo que no, pero es que Escipión había aprendido del propio Aníbal.

La teoría de Sertorio era que, pasados cien años desde aquella guerra, no parecía que los generales romanos hubieran aprendido la lección.

—Tenemos muchos más Varrones que Escipiones —decía, refiriéndose a Gayo Terencio Varrón, principal culpable del desastre de Cannas.

La prueba más sangrante era la guerra que se libraba en el norte contra los cimbrios, un enemigo que aparecía en masa, atacaba de forma devastadora y después se desvanecía sin dejar rastro.

Los dos ejércitos consulares que se enfrentaron a ellos resultaron sorprendidos y aplastados en sendas emboscadas.

Con el agravante de que, en la primera de ellas, fue el cónsul Papirio Carbón quien intentó tender una celada a los cimbrios, pero con tanta torpeza que acabó cayendo en su propia trampa.

Mario, que se hallaba en Numidia como legado de Cecilio Metelo en la campaña contra Yugurta, había escrito a Sertorio una carta en la que le manifestaba su inquietud por la guerra del norte en la que, era obvio, habría preferido participar.

Muchos en Roma creen que los cimbrios y los pueblos que los acompañan acabarán perdiéndose o disgregándose entre los bosques y las montañas del norte. Yo no. Como los lobos, han olido sangre. Sangre romana. Y no dejarán de volver, una y otra vez, hasta que nos destruyan o los destruyamos.

Mario estaba impaciente, casi desesperado por tener que obedecer las órdenes de Metelo cuando él tenía ideas propias. Tanto para liquidar de una vez aquel asunto de Yugurta, que llevaba arrastrándose años, como para enfrentarse al enemigo que más peligroso consideraba, los cimbrios.

Sé que estoy destinado a ser yo quien acabe con los cimbrios.

Pero también sé que las envidias y las conspiraciones de mis enemigos no me dejarán hacerlo a no ser que antes demuestre mi valía aquí en África, eliminando de una vez esta pústula que ha infectado a media Roma y que responde al nombre de Yugurta.

Mas para eso, tengo que ser cónsul, y no puedo presentarme a las elecciones mientras Cecilio Metelo me retenga aquí. En sus manos, soy tan inútil como una espada guardada en la vaina.

Cuando lo expresaba en esos términos, «estoy destinado», Sertorio sospechaba que se refería a alguna predicción de Marta, a la que Mario seguía consultando con frecuencia.

En otra carta, Mario hacía planes para Sertorio.

Cuando vuelvan los cimbrios —que volverán—, todavía sufriremos algún desastre más, me temo.

El momento tardará en llegar, pero al final Roma acudirá a mí como único general capaz de batirlos.

Para entonces, puede que ya tengas edad de alistarte.

Entonces, bajo mi estandarte, podrás iniciarte en las armas contra un enemigo más honorable que estos esquivos númidas, cuya táctica preferida es disparar desde la distancia y huir a lomos de sus caballos.

A tal fin, procura seguir aprendiendo el idioma bárbaro de tu esclavo Dagulfo. Se sabe que entre la horda invasora hay teutones, y que hablan el mismo lenguaje que los cimbrios.

Sertorio imaginaba que Mario consideraba más honorables a los cimbrios porque no eludían el combate cuerpo a cuerpo. No era de extrañar que no lo rehuyeran. Según los informes de los supervivientes que se enfrentaron a ellos, hombre por hombre eran guerreros imbatibles.

Pero eso no significaba que no supieran recurrir a la astucia, y así lo habían demostrado ya dos veces.

De todo esto habló con los Mirmidones unos días antes del Caballo de Octubre, en su guarida de la cueva Lupercal.

Por supuesto, no se trataba de la auténtica Lupercal, la gruta sagrada al pie del Palatino donde la loba amamantó a Rómulo y Remo.

La suya estaba situada en el extremo opuesto de la ciudad, al norte del cementerio del Esquilino, en una hondonada sobre la que se alzaba lo que ellos llamaban pomposamente «el acantilado».

No llegaba a los treinta pies de altura, pero a media ladera se abría una cueva que habían acondicionado como si fuera una bodega para convertirla en su lugar de reunión.

El nombre de Lupercal fue una ocurrencia de Rómulo, que lo escribió en su tablilla.

A los demás les hizo gracia, y Lupercal se quedó.

Estaban discutiendo qué habría que hacer para vencer en la competición anual contra los del barrio de la vía Sacra. Aquel año, los Mirmidones tenían edad para participar, siempre que el jefe de los jóvenes de la Subura los admitiera.

Sertorio sostenía que, si los suburanos seguían empeñados en vencer a las bravas, fiándolo todo a esas virtudes tan romanas del valor y la acometividad, iban a perder de nuevo.

Helvio, que era en sí mismo un tratado no escrito de agresividad, le dijo:

—¿Qué tienen de malo esas virtudes? A ver, ¿cómo se gana una pelea? ¡A puñetazos!

—¡O a pedradas! —añadió Flaco, haciendo girar en el aire una de las hondas que siempre llevaba encima. Le gustaba recordar que fueron sus proyectiles los que pusieron en fuga a Milón y a sus secuaces sin necesidad de llegar al cuerpo a cuerpo.

—No digo que no —respondió Sertorio—. Pero hay que saber cuándo y dónde es mejor aplicar el puño, la piedra o la espada.

Estaban en las nonas, a solo ocho días del Caballo de Octubre.

El ritual empezaría en la mañana de los idus con una carrera de bigas, todas ellas tiradas por caballos alazanes sin tacha ninguna.

Aunque los carros no competían en el Circo Máximo, sino en el Campo de Marte, la celebración congregaba cada año a miles de espectadores.

Sin embargo, lo que interesaba a los jóvenes de la Subura en general, y a los Mirmidones en particular, venía después.

Terminada la carrera, el corcel que corría por el lado derecho del carro ganador era ofrendado a Marte, patrón de la ciudad.

El flamen Martialis [36] lo sacrificaba con la lanza sagrada del dios, y la sangre que brotaba se recogía en un ánfora para mezclarla con las cenizas de un becerro arrancado del vientre de su madre durante la fiesta de la Fordicidia, en abril.

Unidos, los espíritus del otoño y la primavera garantizaban la fertilidad de las tierras y protegían las cosechas venideras.

Una vez sacrificado el corcel, los sacerdotes le cortaban la cabeza y la engalanaban con una corona adornada con trozos de pan.

Después la llevaban al Foro, donde la exhibían sobre un estrado, levantado para la ocasión junto al lacus Curtius , el lago que no era tal, sino un enlosado rodeado por una reja en el que en alguna época hubo agua.

A unos treinta pasos de allí, dos equipos rivales aguardaban el momento de competir entre ellos por la cabeza del caballo.

Los mozos de la Subura se reunían bajo las Tabernas Nuevas, y los de la vía Sacra, bajo las Viejas.

Entre ambos grupos y la plataforma donde se depositaba el trofeo se dibujaba un triángulo de unos treinta pasos de lado, pues las condiciones debían ser las mismas para todos.

Cuando el flamen daba la orden, empezaba una nueva carrera, con jóvenes en lugar de corceles.

Al menos, esa era la teoría.

En la práctica, cuando los dos grupos convergían al pie del estrado y trataban de apoderarse de la cabeza del caballo, lo que se desencadenaba era una pelea en toda regla, un combate que atraía tanto público como la propia carrera de bigas.

Los participantes solo tenían permitido valerse de manos y pies, nada de armas. No se trataba de juegos gladiatorios, ni la intención era que los jóvenes romanos se mataran entre sí antes de tiempo.

Con todo, de cuando en cuando el ardor guerrero se convertía en un incendio fuera de control, la violencia se recrudecía y algún que otro contendiente acababa perdiendo la vida.