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Aparte de la cordialidad y el humor de Horriblius, otro de los elementos que mantuvo hermanado al grupo durante el breve periodo de su existencia fue el nombre.
Los Mirmidones.
Desde niño, a Sertorio le llamaban la atención aquellos valerosos guerreros, seguidores de Aquiles y descendientes del héroe Mirmidón, hijo de una princesa tesalia y del mismísimo Zeus.
Cuando empezó a aprender griego y se enteró de que el nombre de las hormigas era mýrmekes , no pudo evitar relacionar a los Mirmidones con aquellos ejércitos en miniatura con los que experimentaba en los jardines de su casa, y acabó dando ese nombre a las hormigas negras que enfrentaba contra las «dagulfas», de color trigueño.
Nunca se lo confesó a sus amigos, ni siquiera a Quirinio, sospechando que no les haría demasiada gracia compartir nombre con unos insectos.
La idea de llamarlos Mirmidones se le ocurrió unos meses después de conocerlos, durante las vacaciones.
¡Las vacaciones! Al recordarlas años más tarde, las vería como un tiempo irreal, casi eterno, con veranos que parecían extenderse siglos enteros.
Lucilio, quizá evocando su propia infancia —a veces le hablaba a Sertorio de un profesor particularmente déspota al que apodaban «el Calvaron»—, había compuesto unos versos sobre el particular.
Que duerman las férulas y descanse la mano del maestro,
que callen las aulas hasta los idus de octubre.
Si los niños llegan sanos al otoño, bastante han aprendido.
Más enseña el descanso que los crueles azotes.
Sertorio pasó buena parte de aquel verano en Gabios, junto a su madre (sin que faltaran las visitas de Sila).
Allí, además de perfeccionar sus dotes de equitación cabalgando por bosques y prados, sudó lo suyo participando en las labores agrícolas, protegiéndose la cabeza y los ojos del sol con un sombrero de paja exageradamente ancho que él mismo llamaba «el escudo de Hefesto».
Aunque para alguien del orden ecuestre no resultaba decoroso ni apropiado usar las manos en las tareas domésticas, sí lo era trabajar en el campo.
Lo avalaba nada menos que la autoridad de Catón el Censor, que afirmaba en su tratado Sobre la agricultura : «De los labradores surgen los hombres más valientes y los soldados más fuertes».
Para entonces, Quirinio ya ayudaba a sus padres, no lavando túnicas en los barreños ni batiendo mantos con los pies en las enormes tinas de la fullonica , sino llevando las cuentas del negocio.
Aun así, le dieron permiso para visitar a Sertorio en Gabios más de una vez.
En una de esas ocasiones lo acompañaron Horriblius y Tigelio, y los cuatro, junto a Dagulfo y Catúrix —el esclavo celta que llevaba ya años en la finca y conocía bien los alrededores—, hicieron una excursión a los montes Albanos y al lago Nemi.
Aquel lugar fascinó a Sertorio. El lago, un círculo casi perfecto, yacía en el fondo de una hondonada en forma de caldera, rodeado de laderas frondosas y escarpadas.
Sus aguas, protegidas del viento, eran tan tranquilas que se lo conocía como el Espejo de Diana, diosa que tenía consagrados en sus orillas un santuario y un bosquecillo.
En este se alzaba, algo apartado, un árbol singular, un roble más alto y viejo que los demás, en torno al cual se celebraba el extraño y salvaje ritual del Rey del Bosque.
Una sacerdotisa les explicó a los muchachos en qué consistía.
—En este bosque buscan su libertad muchos esclavos fugitivos. Si alguno de ellos logra arrancar del roble una rama de muérdago, le concedemos permiso para desafiar al Rey del Bosque. Si lo vence en duelo y le da muerte, ocupa su puesto y reina en su lugar hasta llegue otro que haga lo mismo con él.
Durante su visita no vieron que nadie intentara arrebatarle el puesto al actual Rey del Bosque, pero sí comprobaron que aquel hombre, un tipo enjuto y de movimientos nerviosos, llevaba siempre una espada a la cintura mientras rondaba junto al árbol, vigilando que nadie se acercara a robar el brote de muérdago.
La mujer les contó también que hubo un tiempo, en los días del gran Alejandro, en que llegó al santuario un luchador al que llamaban Mirmidón.
—Durante muchos años, nadie pudo derrotarlo. Algunos decían que se trataba del mismísimo Aquiles, que no pereció en Troya como decían los poetas, sino que vagaba por el mundo, condenado a vivir para siempre por culpa de las aguas de la Estigia en las que su madre lo sumergió de niño.
—¿Y qué ocurrió con él? —quiso saber Sertorio.
—Un día desapareció, sin más.
—Entonces, se retiró invicto.
—Así es.
—¿Pero acabó muriendo? —preguntó Tigelio.
—Quién sabe —respondió la sacerdotisa.
De modo, reflexionó Sertorio, que Mirmidón nunca había sido derrotado. ¿Qué mejor nombre que el suyo para unir a sus nuevos compañeros y atraerles la buena suerte?
Un mes después, ya en septiembre, cuando las clases aún no habían comenzado y llegó el tiempo de la vendimia, Sertorio invitó a Gabios al resto del grupo.
Salvo Atalanta, a quien sus padres no permitieron salir de Roma, los demás pasaron allí unos días.
Durante ese tiempo colaboraron a ratos con los esclavos y aparceros recogiendo uvas, pero donde se emplearon con más entusiasmo fue pisándolas en las cubas del lagar.
Allí, entre risas, canciones y el perfume dulzón del mosto a medio fermentar, incluso el adusto Helvio se relajó y se olvidó por un rato de odiar al mundo.
Fue entonces, manchados de púrpura hasta las rodillas, cuando Sertorio levantó una humilde copa de madera y propuso un brindis, citando las palabras de Aquiles arengando a sus hombres antes de la batalla:
—Myrmidónes! Takhípoloi! Eríeres hetaîroi!
«¡Mirmidones de veloces caballos! ¡Mis leales compañeros!».
El único que montaba a caballo con regularidad era él, pero todos repitieron el brindis y, desde entonces, se llamaron así con el orgullo de auténticos guerreros aqueos.
Los Mirmidones.