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Vivía en el cuarto piso de una ínsula mucho más destartalada que la Torre Mamilia. Aunque su familia se reducía a cuatro personas —él, sus padres y su hermana, sin esclavos—, el apartamento era demasiado pequeño incluso para ellos.
Su padre era un borracho que gastaba en vino lo poco que ganaba con empleos esporádicos de peón, descargando carros, llevando recados o cualquier otra cosa que le permitiera seguir bebiendo.
Si la familia conseguía ir tirando era gracias a que su madre trabajaba en una pescadería y llevaba un salario a casa, y también a que podían comprar trigo barato gracias a la ley frumentaria de Gayo Graco, que los enemigos de este no habían conseguido derogar.
Su hermana Helvia, un año mayor que él, tenía «amigos», gracias a lo cual se procuraba unos ingresos de los que solo dejaba una pequeña parte en la casa.
Por lo que Sertorio llegó a entender, el padre había empezado a acostarse con su propia hija incluso antes de que fuera púber.
Algo que mal podía disimularse en un cuchitril tan pequeño.
Eso explicaba que la muchacha pernoctara fuera siempre que podía, y también que Helvio se hubiera enfrentado a menudo a su padre.
Este acababa siempre amenazándolo con ejercer su derecho de vida y muerte, como paterfamilias que era.
—Al día siguiente, cuando se le pasa la borrachera ya ni se acuerda —decía Helvio.
Aunque renegaba de su progenitor, el propio Helvio estaba empezando ya a abusar del vino y a mostrar indicios de un carácter tan lujurioso y violento como él. Sertorio, al conocerlo un poco más, pensó que, en realidad, la persona a la que más aborrecía Helvio era a sí mismo.
Si hubo uno de los Mirmidones con quien no llegó a entenderse nunca fue con Helvio. A Minucio, sin ser verdaderamente amigo suyo, conseguía manejarlo.
Lo mismo ocurría con Flaco, un chico delgado, de enormes orejas de soplillo, que solía andar resfriado, sorbiéndose la nariz y limpiándosela en la túnica o, directamente, en el antebrazo o el dorso de la mano.
Aquello exasperaba a Atalanta, no porque fuera una fanática de la pulcritud, sino porque Flaco estaba empeñado en echarle el brazo por encima cada vez que se le presentaba la ocasión.
Sin ser el más avispado de los Mirmidones, nadie igualaba su puntería arrojando piedras, ya fuera con las manos desnudas o con las hondas que llevaba enrolladas a la cintura y en la frente, a la manera de los honderos baleares.
Era él, precisamente, quien había acertado con el primer proyectil en la cabeza de Milón.
El quinto miembro del grupo, Tigelio, era el más grande de todos.
Su corpulencia y su estatura habían contribuido, sin duda, a ahuyentar a los cuatro matones.
A Sertorio le recordaba a Dagulfo por el cabello rubio y el tamaño, aunque no alcanzaba sus medidas descomunales.
Por otra parte, aunque Tigelio tenía buen carácter, no vacilaba tanto como el esclavo teutón a la hora de soltar los puños.
En un territorio tan duro como las calles de la Subura, eso suponía una ventaja para sobrevivir.
De todos ellos, Tigelio era el que poseía la voz más melodiosa.
Le gustaba cantar, y no se hacía de rogar cuando se lo pedían.
También bailaba con una gracia y una soltura sorprendentes, pese a su tamaño.
Si no se decidía a entrar en una compañía de actores era por no perder sus derechos cívicos, ya que pretendía alistarse en las legiones en cuanto alcanzara la edad legal.
En eso coincidía con Helvio, aunque por motivos bien diferentes.
Tigelio era un ferviente patriota romano.
Lo único que quería Helvio era alejarse lo más posible de su padre.
El último miembro del grupo era un muchacho algo más alto que Sertorio —aunque este no tardaría en sobrepasarlo—, de tez morena, delgado y nervioso como un látigo.
Todo ello quedaba eclipsado por su rasgo más llamativo.
Era feo.
Extremadamente feo.
Al principio, al ver aquella nariz aplastada y desviada hacia la izquierda, Sertorio pensó que se la habrían roto de un puñetazo.
Pero era así de nacimiento, como también lo eran el ojo derecho estrábico que apuntaba en dirección opuesta a la nariz, las cejas unidas en una sola línea negra y tupida, y la mandíbula de caballo.
Por ancha que fuera esta, los dientes no habían encontrado espacio suficiente para distribuirse bien y formaban una hilera irregular a la que él mismo llamaba «mis legionarios borrachos».
—Este es Horriblius —les dijo Remo.
Quirinio y Sertorio intercambiaron una mirada incrédula.
¿Horriblius? ¿En serio?
El muchacho se rio de buena gana. Según creía recordar, en alguna época de su vida se había llamado Genucio, aunque no estaba del todo seguro. Al ver que él mismo, lejos de acomplejarse, se tomaba a broma su fealdad, ellos también acabaron riendo.
El padre de Horriblius era un adivino que recorría el Foro vendiendo horóscopos y profecías de toda clase.
Según su propio hijo, no era más que un charlatán.
Suburano de toda la vida, Marco Genucio iba por ahí proclamando que se llamaba Belantiagor, caldeo nacido en la mismísima Babilonia, y para demostrarlo recitaba supuestos versos en arameo que no eran más que una jerigonza inventada.
Horriblius —que blasonaba de que su fealdad era toda suya y no se la debía a sus antepasados— había heredado la labia de su padre.
Sertorio no tardó en comprobar, con asombro, que era quien más éxito tenía con las chicas.
No con Atalanta, que dentro del grupo era como una hermana o como un muchacho más, sino con otras a las que conocía en sus andanzas.
Aseguraba haber perdido la virginidad a los trece años con una mujer de veintitantos, y Sertorio, cuando lo veía en acción, lo creía.
Con el tiempo, Sertorio comprobaría que la cola de carpintero que mantenía unido a aquel grupo era Horriblius. Era el único que se llevaba bien con todos, incluso con el arisco Helvio.