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Los Mirmidones. Un grupo improbable de amigos. Pero ¿acaso no lo son todos?
En puridad, no podía decirse que los ocho fueran amigos, ni que fuese la amistad el mayor vínculo que los unía.
Reflexionando sobre ello, Sertorio —que a todo le daba mil vueltas en la cabeza, como bien le recordaba su madre— sacó la conclusión de que aquel grupo, al que Quirinio y él se incorporaron los últimos, convirtiéndolos en diez, se había reunido por una combinación de azar y necesidad.
Algunos eran compañeros de aula desde niños, todos vivían en la Subura y, sin ser proletarios, ninguno pertenecía a la clase alta.
Sertorio, que seguía formando parte del orden ecuestre pese al quebranto económico de su familia, destacaba entre ellos casi como un cónsul.
A veces pensaba que, de no haber aparecido Quirinio y él en aquel momento, aquella cuadrilla tan peculiar no habría tardado mucho en disgregarse de nuevo.
Incluso con ellos, la existencia del grupo fue breve.
No llegó a los dos años desde que Quirinio y Sertorio se incorporaron a él, y ni siquiera año y medio desde que Sertorio les impusiera aquel nombre un tanto presuntuoso.
Después de que sus caminos se separaran, el destino o la casualidad volverían a reunir a bastantes de ellos lejos de Roma, a orillas de un río más largo y mucho más caudaloso que el Tíber.
No a todos. Porque para entonces algunos ya habrían cruzado al otro lado de la Estigia.
Tras la huida de los matones, los dos hermanos se acercaron a Sertorio y Quirinio para darles las gracias por haber intervenido en su ayuda.
El que era sordomudo lo hizo a su manera, escribiendo en una tablilla de cera que llevaba colgada al cuello y que había mantenido protegida bajo la ropa durante la pelea.
MVLTAS·GRATIAS·VOBIS·MAXVMAS·AGO [35]
—Soy Sexto Petronio —dijo el gemelo parlante—, y esta copia mía mal falsificada es Quinto. Pero podéis llamarnos Rómulo y Remo, como todo el mundo.
«Tú sí que eres una copia mal hecha», escribió su hermano en la tablilla.
—¿Quién es Rómulo y quién es Remo? —preguntó Quirinio.
—Él es Rómulo, el rey de Roma —respondió el muchacho que, por eliminación, tenía que ser Remo. Con una carcajada, añadió—: A mí me toca la peor parte, ya sabéis.
Sexto Petronio, alias Remo, era tan parlanchín como silencioso por obligación lo era su hermano. Gracias a él, Sertorio y Quirinio no tardaron en conocer detalles de la vida y obras tanto de ellos como del resto del grupo.
El padre de los gemelos, Gayo Petronio Sabino, era cliente de Lucio Baso, un miembro del orden ecuestre que, entre otros negocios, se dedicaba a contratar carros, bueyes y mulas para el ejército.
El propio Petronio poseía un par de vehículos y varios animales de tiro, con los que participaba en campañas que, en ocasiones, lo llevaban muy lejos de Roma.
La más reciente, según él, había sido la última.
«Una y no más», decía. Había salvado el pellejo de milagro y no estaba dispuesto a continuar tentando la suerte a sus años.
Que no eran pocos, pues engendró a los gemelos a una edad tardía.
Si seguía vivo era porque el tren de bagajes que acompañaba a la expedición del cónsul Junio Silano marchaba rezagado, a varias millas por detrás del grueso de las legiones.
Gracias a ello, no cayó en la emboscada junto al lago Lemano, donde los cimbrios masacraron por segunda vez al ejército romano.
—¡La próxima vez iréis vosotros a jugaros el cuello! —les repetía a sus hijos.
Por el momento, los dos hermanos mayores le habían dado el relevo para llevar, literalmente, las riendas del negocio.
Pero Rómulo y Remo sospechaban que, a no mucho tardar, la adolescencia semiociosa de la que disfrutaban por las calles de Roma —aunque el verbo «disfrutar» no era siempre el más adecuado, como se acababa de demostrar en su pelea contra los matones— llegaría a su fin.
Rómulo había nacido unos minutos antes que Remo.
Sobre la primogenitura entre gemelos existían teorías discrepantes.
Para unos, el mayor era el hermano que abandonaba primero el útero materno.
Para otros, el segundo, ya que eso significaba que la semilla paterna había penetrado antes y fructificado más adentro de la matriz.
En la familia nunca se preocuparon demasiado por esa cuestión, pues antes que ellos habían nacido otros dos varones.
Se lo considerase mayor o menor que Remo, Rómulo sufrió en su primer año de vida unas fiebres que estuvieron a punto de llevárselo a la tumba. Aunque logró superarlas, descubrieron que había perdido por completo el oído. Debido a ello, como era tan pequeño, nunca aprendió a hablar.
Cuando tenía siete años, su padre envió a Remo con un litterator para que aprendiera a leer, escribir y echar cuentas. Habilidades que, esperaba, le resultarían útiles en su negocio. En cuanto a Rómulo, ¿para qué matricularlo? ¿Qué podía aprender un sordomudo como él?
Remo se negó a asistir a la escuela si no era junto con su hermano. Por más azotes que le dieron tanto su padre como su madre, resultaba imposible separarlos, y al final se resignaron a enviar también al niño sordomudo.
Fue en la escuela donde les pusieron los apodos.
—Espero que os sigáis llevando bien de mayores —les decía el maestro—, y que uno no acabe matando al otro con una azada.
Cuando Remo le repetía estas palabras con gestos, Rómulo sacudía la cabeza con energía. No, no, no, venía a decir. ¡Él jamás haría daño a su hermano!
Aquel litterator nunca se molestó en enseñarle nada a Rómulo, a quien trataba como si fuera un mueble más. Mueble por el que, eso sí, cobraba una cuota. Más reducida que la de Remo. Si de algo entendía el padre de los muchachos era de negociar y regatear.
Pese al desinterés del maestro, Rómulo aprendió a escribir gracias a su hermano.
No resultó fácil, pero con infinita paciencia y con la ayuda del lenguaje de signos que ambos habían desarrollado, lo consiguió.
Una vez que dominó el arte de escribir, lo hacía constantemente y a una velocidad endiablada, ya que era su forma natural de comunicarse con el mundo.
Para ello, llevaba siempre colgado del cuello un díptico de cera.
A menudo era capaz de «escuchar» lo que le decían, observando atentamente los labios de su interlocutor.
Si este hablaba muy despacio y vocalizaba de manera exagerada, tal como le había acostumbrado Remo, podía entender lo que le decían.
En caso contrario, se descolgaba del cuello las tablillas y se las ofrecía a la otra persona, siempre que esta fuera mínimamente letrada.
Obviamente, Sertorio no descubrió toda aquella información de golpe. La fue recibiendo poco a poco en los días que siguieron a la pelea, del mismo modo que fue conociendo detalles sobre la vida del resto de los que pronto se llamarían Mirmidones.
La chica del grupo respondía al nombre de Atalanta.
Su padre, un liberto, se llamaba Publio Carfuleno por su antiguo dueño, pero conservaba también su nombre griego original, Ménalo.
Como este era también el del padre de la heroína Atalanta —única mujer que navegó con los Argonautas en busca del vellocino de oro—, se le ocurrió la humorada de llamar así a su hija, aun cuando el nombre oficial debería haber sido Carfulena.
—Suena mucho mejor Atalanta, qué duda cabe —dijo Quirinio al conocerla, con una leve inclinación de cabeza, como si se encontrara en una recepción oficial del Senado.
Atalanta era, en parte, como su modelo mitológico.
Una auténtica guerrera. Alta, de hombros anchos, con manos y pies grandes y fuertes.
Sus pechos, sin ser turgentes, se hallaban ya lo bastante formados como para que sus amigos le gastaran bromas que ella solía replicar con pescozones o incluso a puño cerrado.
Desde niña estaba habituada a volver a casa con rasguños y magulladuras, fruto de jugar con los chicos a peleas de caballos, enfrentarse a los de las calles vecinas en pedreas épicas, saltar zanjas y trepar a los árboles.
A su madre la sacaba de quicio, pero su padre se limitaba a encogerse de hombros y decía: «Ya cambiará». Para luego añadir, con resignación casi filosófica: «O no».
En lo que sí se diferenciaba de su homónima era en la belleza. La Atalanta de los mitos era tan hermosa que innumerables pretendientes la pidieron en matrimonio, aun sabiendo que, si no la vencían en una carrera —condición necesaria para desposarla—, el destino era la muerte.
La Atalanta de la Subura no era fea, pero sus rasgos resultaban un tanto duros.
Tenía la mandíbula cuadrada, los ojos estrechos y la nariz ancha, con un ligero caballete.
Sertorio no se imaginaba a sí mismo arriesgándose a perder la vida por casarse con ella, ni siquiera buscando manzanas de oro para seducirla, como había hecho el ladino Hipómenes con la Atalanta original.
El siguiente al que les presentaron se llamaba Minucio.
El nombre, que en su caso era auténtico y no un mote, le venía pintiparado, ya que era menudo en todos los sentidos.
Tres años mayor que Sertorio, medía casi cinco dedos menos.
Tenía manos y pies manos diminutos, y era igualmente rápido con ambos.
Tanto para correr como para robar. Era una afición que practicaba por su cuenta, y siempre con víctimas ajenas al grupo desde que Helvio lo sorprendió tratando de hurtarle unas monedas y le propinó una buena paliza.
Desde entonces, paradójicamente, Minucio parecía adorarlo.
Helvio, que era hombre de pocos amigos, se dejaba querer, sin más.
De todos los miembros del grupo, Helvio era quien estaba más al margen.
—Ya nos conocemos —dijeron Sertorio y Quirinio cuando Remo se lo presentó.
—¿Seguís siendo alumnos de ese viejo baboso? —fue su respuesta.
Al tratar con él un poco más, Sertorio llegó a comprender, hasta cierto punto, por qué aquel muchacho estaba tan enfadado con el mundo y con la humanidad que lo habitaba.