Sertorio, el elegido de la diosa blanca 94
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—Espera. Quédate ahí —lo interrumpió Sertorio, agarrándolo del manto para que se detuviera.

Estaban llegando a la bocacalle del cruce del Fauno, llamada así por una estatua tan erosionada que apenas conservaba los rasgos caprinos del dios.

Allí estaban los mismos matones que les dieron una paliza en la plaza de la Bola Pétrea. Los cuatro. No faltaba ninguno.

Dos de ellos habían crecido tanto que más parecían adultos que muchachos: el de la cabeza tiñosa y el de la manzana, de quien Sertorio había averiguado que se llamaba Milón y era aprendiz en la herrería de su padre.

Pese al frío, llevaba el manto recogido atrás para que se le vieran bien los músculos de los brazos, endurecidos por el martillo y la fragua.

Los otros dos no habían dado tanto estirón, pero no dejaban de ser mayores y más fuertes que Sertorio y Quirinio.

En esta ocasión no estaban ahumándose con ningún tipo de droga. O, si lo habían hecho antes, habían decidido cambiar su entretenimiento por lo que parecía ser su verdadera vocación.

Abusar de los más débiles.

Su víctima era otro chaval, más pequeño que ellos.

Vestía un manto humilde, lleno de remendones, que apenas lo abrigaba por debajo de las rodillas.

Sertorio pensó que era esclavo y le calculó trece años.

Luego supo que tenía quince, aunque estaba poco desarrollado para su edad, y que era de condición libre.

Los matones daban vueltas en corro alrededor de él y se divertían propinándole golpes.

El muchacho se giraba a uno y otro lado todo lo rápido que podía, tratando de adivinar por dónde iba a llegar el siguiente ataque, pero siempre quedaba detrás alguno que le atizaba una patada en el trasero, un papirotazo en la nuca o un puntapié en los tobillos.

Curiosamente, antes de hacerlo daban una palmada, como para avisar por dónde iba a venir el golpe.

No servía de nada. Una y otra vez, el chico llegaba tarde.

Sertorio observó que tenía los labios apretados en un gesto extraño, mezcla de obstinación y concentración.

Pronto comprendió la causa.

Era sordo.

Los matones no se conformaban con golpearlo, sino que lo insultaban. Una tortura absurda e inútil, ya que él no podía oírlos.

—¡Tarado! ¡Idiota!

—¡Si tu padre no se hubiera tirado a tu hermana, no habría salido un aborto como tú!

Sertorio apretó los puños. El recuerdo de la manzana contra su cabeza en el Foro, sumado al de las patadas que él y Quirinio habían recibido junto a la fuente, lo asaltó de golpe.

Pero ¿qué podía hacer?

—Cobardes —masculló Quirinio.

Mientras Sertorio se debatía contemplando la escena, sin decidirse a actuar, apareció otro muchacho, corriendo desde el extremo opuesto de la encrucijada, y se arrojó sobre la espalda de Milón. Colgándose de su cuello, empezó a golpearlo con el puño mientras gritaba:

—¡Cabrones, no os metáis con mi hermano!

Los demás estallaron en carcajadas al ver cómo el hijo del herrero se revolvía a uno y otro lado, como un caballo sin domar tratando de librarse de su jinete.

No tardaron en cansarse de la diversión.

El tiñoso agarró del pelo al recién llegado y, de un tirón, lo arrancó de la espalda de su amigo y lo estampó contra el suelo.

No cabía duda de que el segundo chico era gemelo del primero. Ni el mejor artista habría podido esculpir una copia tan fiel.

La llegada del hermano del muchacho sordo solo sirvió para espolear la agresividad de los matones. En lugar de dar collejas a mano abierta y puntapiés más humillantes que dañinos como habían hecho hasta ahora, pasaron a los puños cerrados y a las patadas con todo el peso del cuerpo.

A Sertorio se le revolvió el estómago. No había olvidado la forma tan lamentable en que terminó la última vez que hizo de héroe al rescate.

Aun así, tenía que hacer algo.

Recordando un principio del manual militar de Escipión Emiliano —«El general debe aprovechar los elementos del terreno como si fueran soldados bajo su mando»—, buscó a su alrededor.

Al lado de la bocacalle se alzaba una ínsula desvencijada, con una escalera de madera pegada a la pared que subía a un balconcillo donde se veían varias macetas.

—Ven —le dijo a Quirinio, señalando hacia arriba.

Su amigo asintió. Los dos subieron por la escalera, que crujió bajo sus pies como si fuera a venirse abajo en cualquier momento. No lo hizo, y ambos se asomaron al saledizo, que les brindaba un ángulo perfecto por encima de los cuatro matones y sus dos víctimas.

La puerta que daba a la terraza estaba cerrada. Sertorio esperaba que no saliera nadie en aquel momento, ya que pensaba utilizar las macetas que había en el rellano a modo de armas, y prefería no tener que discutir con sus dueños.

Levantó un tiesto donde crecía una planta de albahaca un tanto mustia. El peso de la arcilla cocida y de la tierra compactada lo sorprendió. Dudó por un instante.

¿No sería desproporcionado lo que pensaba hacer?

Después recordó otro precepto del manual.

«Cuando entres en combate, hazlo con todas tus fuerzas. Aniquila al enemigo sin vacilar, porque él no vacilará en aniquilarte a ti».

Sacó los brazos por encima de la balaustrada, calculó y soltó.

Ya no había vuelta atrás.

Obedeciendo a las leyes de la naturaleza tan bien establecidas por Aristóteles —las cosas caen por su propio peso para ocupar el lugar que les corresponde en el universo—, el tiesto siguió una trayectoria perfectamente rectilínea que acabó contra el cráneo de Milón.

«Esto por la manzana, hijo de perra», pensó Sertorio.

El impacto fue sordo, brutal. La maceta aguantó, pero después, al rebotar y caer al suelo, se hizo añicos, desparramando sobre las losas trozos de arcilla cocida y tormos de tierra oscura.

Milón se tambaleó un instante, como si el cielo se le hubiera desplomado encima, y después cayó de rodillas llevándose las manos a la cabeza.

Al comprobar que las tenía llenas de sangre, empezó a proferir blasfemias, pero estaba tan aturdido que no sabía ni de dónde le había venido el ataque y no levantó la mirada hacia Sertorio.

—Que sea lo que los dioses quieran —murmuró Quirinio.

Tomando una segunda maceta, en lugar de soltarla, la lanzó con fuerza. El proyectil alcanzó a otro de los agresores entre la cara y el hombro.

No fue un impacto tan certero como el de Sertorio, pero causó el daño suficiente como para que el matón dejara de dar patadas al muchacho sordo.

Solo quedaba un tiesto. Fue Sertorio, de nuevo, quien lo cogió y lo arrojó. En esta ocasión su objetivo, el tiñoso, estaba prevenido y se apartó a tiempo.

Lo que los pilló a todos por sorpresa fue la acción de Quirinio.

Brincando sobre la balaustrada, que a punto estuvo de venirse abajo, se abalanzó desde arriba sobre el tiñoso.

Aunque este era más grande que él, el peso y el ímpetu del salto lo derribaron.

A horcajadas sobre él, Quirinio empezó a golpearlo con los puños a toda velocidad: izquierdo, derecho, izquierdo, derecho.

«De perdidos al Tíber», pensó Sertorio. Si se había arriesgado por unos gemelos a los que no conocía de nada, en ningún caso iba a dejar solo a su mejor amigo. Imitando a Quirinio, saltó sobre la barandilla y se lanzó a la refriega.

Para su sorpresa, en lugar de unirse a la pelea, los hermanos se levantaron del suelo, se escabulleron entre sus agresores y corrieron calle arriba a una velocidad pasmosa, para desaparecer por una costanilla que llevaba hacia las alturas de la Subura, en dirección a la sinagoga de los judíos.

Era la segunda vez que alguien auxiliado por Sertorio lo abandonaba a su suerte.

Quirinio y él se levantaron y retrocedieron, hombro con hombro.

Frente a ellos, los cuatro matones formaron una fila.

Milón sangraba a chorros por la frente, pero había logrado ponerse en pie con la ayuda de un compañero.

El tiñoso, por su parte, tenía roto un labio por los puñetazos de Quirinio, y se estaba pasando la lengua por encima como si el sabor de la herida lo excitara.

En cuanto a los otros dos, se los veía en perfecto estado físico y con ganas de pelea.

—¿No dijo el tal Bion que no hay buena acción que no reciba su castigo? —dijo Quirinio.

Sertorio respondió con una carcajada seca. Ya que iba a morir, se alegraba de hacerlo junto a un amigo que afrontaba el final con entereza.

—Agarrad a ese, pero me lo dejáis a mí —dijo el herrero, señalando a Sertorio—. Cuando acabe con él, no va a valer ni para salchichas.

Algo silbó en el aire.

Esta vez no era una manzana, sino una piedra. Y no golpeó a Sertorio, sino que impactó en la oreja de Milón.

Sertorio no pudo evitar sonreír de satisfacción, no tanto por el grito de dolor del hijo del herrero como por el crujido del cartílago machacado.

Una segunda piedra pasó rozando la cabeza del tiñoso, y una tercera golpeó la espalda de otro de los matones.

Los gemelos no habían huido, sino que habían ido a buscar refuerzos.

Ahora bajaban la cuesta corriendo a toda velocidad, y tras ellos venían otros seis muchachos, armados con palos y piedras, e incluso con una honda.

Para sorpresa de Sertorio, uno era Marco Helvio, el compañero al que Ático expulsó de la escuela unos días antes.

Y, para mayor sorpresa aún, uno de los seis chicos no era tal, sino una chica.

Los matones debieron de echar cuentas rápidamente, decidieron que aquella no era una batalla que pudieran ganar y huyeron en dirección opuesta.

Sertorio recogió del suelo una piedra y la arrojó contra Milón. Tenía buena coordinación y mejor ojo, y el lanzamiento alcanzó la nuca de su enemigo.

—Esta también va por la manzana, hijo de puta —dijo, esta vez en voz alta, mientras saboreaba la escena de Milón sangrando por una nueva herida y huyendo con la ayuda de sus compañeros.

Después se dio la vuelta para recibir a los recién llegados.

Aquel fue su primer encuentro con la pandilla de la Subura a la que él mismo, olvidándose de Odiseo y pensando en Aquiles, bautizaría como «los Mirmidones» y convertiría en su pequeño ejército.

Mientras tanto, Stígmata, el hombre de las cicatrices, recién enviudado, abandonaba Masalia para dirigirse a Hispania.

Su camino y el de Sertorio y sus Mirmidones se acabarían cruzando. Pero aún faltaba tiempo para eso.