Sertorio, el elegido de la diosa blanca 93
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«A cada cerdo le llegan sus Feronias», decía un refrán popular, porque noviembre, mes de esas fiestas, era también el más habitual para la matanza tradicional de ese animal.

Era la hora cuarta, pasada ya la media mañana. Sertorio y Quirinio deberían estar en la escuela, pero vagaban por otras calles. Se habían escapado o, como decían ellos recurriendo a su verbo polivalente, «se habían triscado las clases».

Era algo que hacían a menudo en los últimos tiempos.

Ático, su maestro, tenía ya poco que enseñarles.

Nada, prácticamente, en el caso de Sertorio.

Sus lecturas iban muy por delante de las de los demás, gracias en gran parte al privilegio de consultar la biblioteca de Tito Pomponio.

De modo que pasar tantas horas sentado en un taburete, con la espalda doblada sobre las tablillas para repetir ejercicios que resolvía en la cuarta parte de tiempo que sus compañeros, se le antojaba una pérdida de tiempo.

Lo que era aún peor, se aburría mortalmente.

Una vez que terminaba las tareas, se dedicaba a escudriñar su entorno en busca de pautas, pero incluso eso tenía un límite.

Ya conocía cada veta y nudo de los escabeles de los alumnos y del sillón del maestro, cada desconchón de la pintura, cada sombra y cada haz de luz —según la hora— en la pared que quedaba frente a las celosías.

Ni las nucas de sus compañeros ni los pliegues del manto de Ático guardaban secretos para él.

En rigor, no podía decirse que Ático fuera mal maestro.

Hablaba un buen griego —no el de Atenas, pese a su sobrenombre—, poseía más cultura de la que correspondía a sus emolumentos y no carecía de ingenio.

Además, en comparación con otros profesores, no era tan aficionado a la vara y no hacía madrugar tanto a sus alumnos.

Cuando Quirinio y Sertorio iban a su escuela, que estaba en la segunda planta de una ínsula cercana a las fauces Macelli [34] , pasaban por delante de otra más barata y mucho más estricta.

Allí, alumnos más pequeños que ellos recitaban tablas de sumar desde antes del amanecer, tiritando bajo simples toldos y cortinas que apenas los separaban de la calle, mientras sufrían los pescozones y los tirones de orejas de un litterator mucho más joven y severo que Ático.

La relajación de este se extendía también a su ética, que tenía mucho de cínica.

Citaba con frecuencia a un filósofo de esta escuela de pensamiento, Bion de Borístenes.

La suya había sido una vida muy asendereada.

Hijo de una prostituta y de un liberto con la cara marcada por la crueldad de su antiguo amo, vendido como esclavo por los delitos de su padre, comprado por un rétor y convertido después en su heredero.

Un legado que Bion no agradeció demasiado, ya que lo primero que hizo a la muerte de su benefactor fue prender fuego a su biblioteca y marcharse a Atenas «a filosofar».

Esto último, por muy ingenioso que fuera el tal Bion, sacaba de quicio a Sertorio. ¿Quién podía quemar libros y después llamarse filósofo?

(El mismo conocía ya la respuesta: Platón, en su República ).

Pocos días antes, Ático había preguntado en clase:

—¿Sabéis lo que dijo Bion usando como modelo el mito de las edades de Hesíodo?

—Si ni siquiera sabemos quién era ese Hesíodo —respondió desde el fondo de la clase Marco Helvio.

Como era habitual en él, su tono bordeaba la insolencia por la frontera interior.

Aunque Helvio tenía dieciséis años, igual que Quirinio, aparentaba ser mayor que los demás por la anchura de sus hombros y porque había empezado a afeitarse incluso antes de tomar la toga viril.

Los demás alumnos —por no hablar de las cuatro chicas que compartían aula con ellos— apenas podían exhibir bozos o pelusas incipientes.

Helvio parecía estar siempre enfadado con el universo entero.

A Sertorio le resultaba antipático, y procuraba tratar con él lo menos posible.

Ya lo había visto meterse en un par de peleas con otros compañeros.

Por esta vez, el maestro pasó por alto la impertinencia de su intervención.

—¿Alguien conoce el mito de las edades?

De los veinticinco estudiantes que atestaban la pequeña aula, el único que había leído a Hesíodo era Sertorio. Pero ya tenía comprobado que exhibir un exceso de conocimientos no ayudaba a adquirir popularidad, de modo que mantuvo la boca cerrada.

—Según Hesíodo —explicó Ático—, en el origen de los tiempos existió la raza de oro. Luego vinieron la de plata, la de bronce y, por último, la de hierro, que es la que gobierna esta triste edad que habitamos. Cada metal, como veis, menos valioso que el anterior.

Sertorio frunció el ceño. ¿De verdad el hierro era menos valioso que el bronce? Puede que no brillara tanto, pero resultaba más práctico para forjar armas y herramientas.

—Pues bien, Bion de Borístenes dijo que los alumnos son también de tres razas. Los alumnos de oro pagan al maestro y aprenden de él.

Ático sonrió y abrió los brazos, como si abarcara a toda la clase.

—Después están los de plata, que pagan, pero no aprenden.

El bastón del maestro señaló a Fabricio, que se distraía con cualquier mosca que pasaba junto a la ventana donde tenía apoyado el codo.

—¿Eh? ¿Qué pasa, qué pasa? —preguntó el aludido, como si despertara de la siesta, arrancando carcajadas al resto de la clase.

—Luego vienen los de bronce, que aprenden, pero no pagan.

El bastón apuntó ahora a Taronio, hijo de un astrólogo.

—Mi padre dice que el mes que viene tendrá dinero y te pagará todos los atrasos, maestro —se apresuró a decir el muchacho.

—¿Lo ha visto en las estrellas?

Las risas se redoblaron.

—¿Hay alumnos de hierro, maestro? —intervino Quirinio.

—Claro que los hay. Son los que no aprenden… ni pagan.

El bastón indicó la última fila, donde se sentaba Helvio. En esta ocasión, se oyeron más murmullos que carcajadas.

—¿Qué he hecho yo ahora? ¿Se puede saber por qué me señalas?

—Marco Helvio, te he dado la oportunidad de ponerte al día con tus atrasos, tanto académicos como monetarios. Pero incluso mi paciencia tiene un límite. ¿Ves en qué dirección apunta mi caduceo?

El bastón al que Ático se refería de forma tan pomposa señalaba ahora la puerta. Helvio se levantó, empujando a quienes encontraba a su paso, y al salir dio un portazo tan violento que la hoja rebotó y volvió a abrirse.

Algo que, en opinión de Sertorio, deslució un tanto la espectacularidad de su salida.

Se alegró de perder de vista a aquel chico.

Quién le iba a decir que a poco tardar se convertiría en compañero suyo dentro de una peculiar hermandad.

Sertorio se preguntaba en qué «raza» lo encuadraría Ático.

¿La de oro?

No. En una superior. Quizá en la de auricalco, el legendario metal con que los habitantes de la Atlántida decoraban sus palacios. Porque no solo aprendía —más por sus lecturas fuera que en clase, cierto era—, sino que pagaba incluso más que otros.

Todos los idus, cuando traía de casa la cuota mensual, añadía un tercio adicional como propina.

O como soborno, por decirlo de forma más descarnada, con el fin de que Ático hiciera la vista gorda cuando se marchaba antes de tiempo o, directamente, se triscaba las clases.

Aquel dinero extra lo obtenía del latrunculi . Nunca apostaba grandes sumas, no olvidaba cómo había terminado su padre. Solo las suficientes para mantener un pequeño peculio.

Gracias a ello sobornaba al maestro, se escapaba de clase y, en ese tiempo libre, jugaba de nuevo, se dejaba vencer en algunas partidas y ganaba las importantes. De ese modo, volvía a conseguir dinero para el siguiente soborno.

Una anguila que se mordía la cola.

Rea no sospechaba nada. Las notas que recibía de Ático, estimuladas por el sobresueldo, eran siempre laudatorias.

«Magnífica la composición poética de tu hijo sobre la caída de Cartago», o «Es un alumno excelente que escucha con modestia y cuando interviene lo hace con suma discreción».

O incluso: «Muchas gracias por el pastel de carne que me hiciste llegar a través de Quinto».

En cualquier caso, ya les quedaba poco tiempo de seguir asistiendo —o faltando— a la escuela de Ático.

Después del verano, ambos muchachos planeaban estudiar retórica con un maestro especializado.

Sertorio, porque lo exigía la carrera política a la que lo tenía encaminado tío Mario.

Aunque lo atraía más la vida militar que los discursos en el Senado o los pleitos del Foro, la elocuencia se había convertido en un requisito imprescindible para ascender socialmente.

En cuanto a su amigo, su familia estaba dispuesta a apretarse el cinturón y soltar unos cientos de denarios extra con el fin de que se abriera camino como asistente junto a Gayo Fabio Máximo Eburno.

Este joven abogado no era un cualquiera.

Su padre había sido cónsul, iba a ser el próximo censor y, además, era patrono del padre de Quirinio.

Aunque Ático no era estrictamente un rétor, ya les hacía practicar algunos rudimentos de la oratoria. Cada pocos días, por ejemplo, organizaba controversias sobre temas elegidos por él o por los propios alumnos.

Al día siguiente les correspondía el turno de debatir a Sertorio y Quirinio. El primero debía elogiar las virtudes como guerrero de Odiseo, y el segundo las de Aquiles.

A Sertorio le correspondía loar al rey de Itaca, pero no las tenía todas consigo.

—Lo tuyo es mucho más fácil.

—¿Tú crees? —dijo Quirinio—. Aquiles era una picadora de carne, un asesino, mientras que Odiseo es el guerrero astuto por antonomasia.

Quirinio había aprendido la palabra «antonomasia» unos días antes y la incrustaba en sus diálogos viniera a cuento o no.

—A mí me parece que su astucia era bastante primitiva —replicó Sertorio.

—¿Y qué me dices del caballo de Troya? ¡Ahí lo triscó lo más grande!

—¿Te parece que lo del caballo fue una buena idea? Los troyanos estuvieron a punto de quemarlo, con Odiseo y los demás guerreros dentro.

—Estuvieron a punto, pero no lo hicieron. O sea, que funcionó.

—Solo porque tuvo la suerte de que Casandra dijo justo a tiempo: «¡Ni se os ocurra meter ese caballo en la ciudad!». Como nadie creía sus profecías, hicieron lo contrario y lo metieron dentro. Si no, ¿de qué se iban a tragar una trampa tan burda?

—Pero al cíclope sí que se la metió doblada, no me vas a decir que no.

—Emborrachar a alguien y después hincarle una estaca ardiendo en el ojo no me parece un prodigio de sutileza —respondió Sertorio, pensando que, cuando su difunto padre dormía la mona, podrían haberle clavado un palo en cada ojo, o incluso en algún sitio peor, y aun así hacerle unas cuantas perrerías más sin que despertara.

—¡Ajá! ¡Tengo un tercer ejemplo, como mandan los paradigmas de la retórica!

«Paradigma» era otra de las palabras nuevas a las que recurría Quirinio, aunque en este caso tal vez debería haber usado «cánones», y emplear «paradigma» en lugar de «ejemplo».

—Desembucha.

«Desembuchar» sí que no era un término al que recurriesen en sus debates delante de Ático. Pero estaban los dos solos y paseando por las calles, no en la Rostra ni ante un tribunal.

—¡Las sirenas! ¿Qué te parece cómo se las arregló para poder escuchar su canto sin poner en peligro el barco? El único navegante, e incluso diría el único mortal que ha sido capaz de oír la voz de esas criaturas sin triscar su nave contra las rocas. ¡Hazlo tú!

—¿Tu dirías que fue una gran astucia tapar los oídos de sus compañeros con cera para que no las oyeran?

—Y hacer que a él lo ataran al mástil, no te olvides de eso. Si no, él mismo se habría arrojado al agua y se habría ahogado nadando hasta ellas.

—Te admito lo del mástil, pero lo de la cera no.

—¿Por qué no?

—Porque no funciona.

—¿Ah, no? ¿Cómo es que estás tan seguro?

—Como que yo mismo lo he hecho para dormir, y no hay manera. Siempre se oye algo.

—Es que para dejar de oír los ronquidos de Dagulfo, en lugar de taparte los oídos con cera, tendrías que irte a vivir a Taprobana.

Sertorio había leído sobre esta isla remota del Indico en la Geografía de Artemidoro, y desde entonces él y Quirinio la utilizaban como sinónimo de «lo más lejos posible» cuando no querían recurrir a expresiones más vulgares que también conocían.

—No me refiero solo a Dagulfo, sino a los pasos en el edificio, el chirrido de los carros en la calle o los perros ladrando. Si la historia de las sirenas fuera auténtica, Odiseo y sus hombres habrían acabado triscándose contra las rocas.

—¡Oye, pues me acabas de dar los argumentos perfectos para aplastarte mañana cuando debatamos!

Sertorio le palmeó la espalda.

—Mañana encontraré otros argumentos y te aplastaré yo a ti. Lo que he hecho es darte unas piezas de ventaja, como hacemos con los principiantes en el latrunculi .

—¿Principiante yo? Te vas a…