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Sertorio se incorporó como pudo. Le dolían los muslos y la espalda allí donde las botas lo habían alcanzado. Ocho patadas, exactamente.
Incluso en esa situación, había sido incapaz de no contarlas. La peor seguía siendo la primera, la que todavía le dificultaba respirar.
Miró alrededor.
La vida en la plaza parecía seguir su curso como si no hubiera ocurrido gran cosa.
Dejando aparte a las tres lavanderas que habían intervenido, el resto de la gente se limitó a observar.
Había mujeres esperando turno en la fuente mientras comentaban lo que acababan de ver como espectadoras del circo, un cliente que discutía con el barbero porque este le había hecho un corte en la cara mientras atendía más a la pelea que a la navaja, y un pastorcillo que pasaba aguijando a sus cabras ajeno a todo.
La niña, en cambio, había desaparecido.
Ni rastro de ella ni de su colada. La damisela socorrida —la misma que aquel día le sonrió trastornándole el corazón— ni siquiera se había quedado para darle las gracias.
—¿Estáis bien, chicos? —preguntó la lavandera, poniendo los brazos en jarras.
Sertorio y Quirinio se miraron. Sus caras parecían indemnes, al menos, pero era difícil que en casa pudieran disimular lo ocurrido. Cuando se dieron la vuelta para examinarse mutuamente por detrás, comprobaron que sus ropas estaban hechas un desastre.
Conociendo a Quirinio, eso debía de mortificarlo tanto o más que los golpes. Aun así, se las arregló para poner buena cara a la mujer y darle las gracias por su ayuda.
Sertorio recogió del suelo el cuaderno de su amigo.
La madera forrada de cuero que hacía de portada estaba rota por una esquina.
Una grieta atravesaba la cera de la primera tablilla, dejando un surco irregular sobre los ejercicios copiados en clase esa misma mañana.
Sertorio pasó el dedo por la hendidura para borrarla, pero el frío había endurecido la cera y la marca permaneció.
En cuanto a su propio políptico, seguía donde lo llevaba, protegido bajo la ropa, y parecía haber corrido mejor suerte que el de Quirinio.
Por fin, tras despedirse de la lavandera y agradecerle de nuevo su ayuda, se marcharon de la plazuela.
—Este lugar va a ser, desde ahora, nuestro Cannas —dijo Quirinio—. No me vas a convencer para que vuelva a pasar por aquí.
—Yo los conocía —dijo Sertorio, y le contó cómo había sido el incidente de la manzana en el Foro, el mismo día en que él y Quirinio se conocieron en el teatrillo de marionetas.
—No sé si has sido un valiente o un insensato por querer ayudar a esa chica —concluyó su amigo—. Para el caso que te ha hecho después…
Pensando en ello, Sertorio se dio cuenta de que su enamoramiento se había evaporado de golpe, como si un cirujano militar le hubiera extirpado del pecho todas las flechas que le había clavado Cupido.
El tratamiento, eso sí, había sido doloroso. Ahora que podía respirar un poco mejor, cada uno de los golpes recibidos mientras estaba en el suelo se empeñaba en hacerse notar.
—Tú sí que has sido valiente, por venir a defenderme —dijo, poniendo la mano en el hombro de Quirinio y apretando.
Su amigo la apartó con una mueca.
—Ahí no, que duele.
Después se echó a reír.
—¡Menudo papel el nuestro! Que haya tenido que salvarnos una lavandera…
—Cuatro lavanderas vamos a necesitar para arreglar estas ropas —repuso Sertorio, que acabó riendo también.
—Yo ya sé lo que me espera. Subirme a la cuba y bailar sobre el manto hasta que no quede ni una mancha… o hasta que no me queden pies.
Ese era uno de los motivos por los que iba siempre impecable.
Los esclavos y empleados de la fullonica de su padre lavaban la ropa de los demás, pero a Quirinio le obligaban a encargarse de la suya.
Disciplina de batanero, lo llamaban en su casa.
Así que él procuraba mancharse lo menos posible para ahorrarse horas de trabajo.
En cuanto al hogar de Sertorio, por suerte para él, su madre llevaba un par de días en Gabios y no estaba allí para interrogarlo. Cuando llegó, le contó a Edetana que se había resbalado bajando una cuesta por culpa de un charco inoportuno y que por eso traía la ropa en un estado tan lamentable.
Ella asintió muy seria, como si fingiera creerlo. Tras escuchar el breve relato, señaló las huellas de pies claramente marcadas en la lana del manto y comentó:
—La próxima vez que te caigas, amo, procura no hacerlo encima de las botas de nadie.
Esa noche Sertorio durmió mal. En cualquier postura que adoptara, le dolía algo. Cuando no eran las piernas, eran la espalda o los hombros. Entre las molestias y el propio recuerdo de la pelea, no hacía más que dar vueltas en la cama.
A diferencia de otras noches, la imagen de la niña apenas asomó a su mente. En su lugar, veía los rostros de los cuatro matones, sobre todo el del que le lanzó la manzana años atrás. Al menos, se dijo a modo de consuelo, ese se había llevado un buen puñetazo de Quirinio.
Estaba convencido de que volvería a encontrarlos. Y, si no ocurría por azar, cuando se sintiera preparado, los buscaría él mismo.
Y esta vez —se prometió, mientras apretaba los dientes en la oscuridad— se iban a reír mucho menos.