Sertorio, el elegido de la diosa blanca 92 #2
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La muchacha estaba retorciendo un manto para escurrirlo, con la colaboración de otra esclava a la que ella acababa de ayudar a hacer lo mismo. Cuando la prenda dejó de chorrear, la colocó en un gran barreño sobre el resto de la colada.

—Es muy guapa —dijo Quirinio—. Pero a mí me gustan mayores.

«Como Antiodemis», pensó Sertorio. Cada vez que iba a casa de la actriz con algún recado de su madre, Quirinio se alistaba voluntario.

Si al principio se quedaba tan embobado que no articulaba más de tres palabras seguidas, con el tiempo había superado aquel apocamiento inicial y ahora tenía ocurrencias que hacían reír de buena gana a Antiodemis.

—Tu amigo es muy ingenioso —le decía a Sertorio, que no podía evitar cierto cosquilleo de celos. Su reciente enamoramiento no era óbice para que siguiera fascinado por la actriz.

Ahora que por fin volvía a ver a la chica que tanto le aceleraba el pulso, Sertorio pensó que se la veía desmejorada.

Tal vez era el frío, o el cansancio, o una enfermedad reciente.

Tenía los labios lívidos, unos cercos morados alrededor de los ojos y un gesto entre la resignación y el agotamiento.

La luz que resplandecía en su semblante la primera vez se había extinguido, y ahora su rostro se veía tan gris como las cenizas de un brasero que llevara días apagado.

La muchacha había terminado ya la colada y, tras despedirse de la otra esclava, se disponía a llevársela a casa de sus amos.

Seguramente la pondría a secar cerca del fuego, porque tenderla bajo aquel sol escuálido habría sido tan inútil como transportar agua en un cántaro agujereado.

Tenía el balde agarrado de las asas y, para compensar el peso de la ropa húmeda, se veía obligada a doblar la espalda hacia atrás como un arco.

«¿Y si la ayudo?», se preguntó Sertorio.

No se acabó de decidir. La niña era una esclava y él un —futuro— ciudadano libre.

En casa ya se había llevado más de un capón de su madre por echar una mano a las criadas, algo que hacía más por su temperamento inquieto que por verdadera solidaridad.

«Tus manos no están hechas para eso —solía decirle Rea—, y lo único que puedes conseguir es que las sirvientas se vuelvan más perezosas e insolentes».

Mientras estos pensamientos cruzaban por su mente, la muchacha siguió su camino con el barreño en vilo.

Concentrada en su esfuerzo, no reparó en los cuatro chavales que llevaban un rato sentados en los peldaños de un altar dedicado a Egeria, a poca distancia de la fuente.

Si estaban allí no era para ofrecer sacrificios ni rendir culto a la ninfa.

Se pasaban de mano en mano un recipiente de barro agujereado con cañas incrustadas por donde escapaban volutas de humo.

Lo aspiraban por turnos, entre risotadas que sonaban cada vez más estridentes y comentarios que, seguramente por efecto de aquel sahumerio, se les debían de antojar lo más gracioso del mundo.

—Vaya colocón se están triscando esos idiotas —comentó Quirinio.

Sertorio no respondió. Acababa de reconocer a dos de ellos.

Había pasado un lustro, una eternidad en su escala vital, pero no los había olvidado.

Uno era el que en el Foro le lanzó una manzana a la cabeza y, no contento con ello, lo insultó y le enseñó la mentula .

El otro era uno de sus compinches de aquel día.

Los dos restantes tenían el mismo aire, harapos y mugre llevados con tanta altanería como si fueran uniformes de legionario.

Quirinio advirtió el cambio en el semblante de su amigo.

—¿Ocurre algo?

«Va a ocurrir», pensó Sertorio.

Y así fue.

Cuando la chica pasó junto al altar, uno de los matones, cuya cabeza estaba sembrada de calveros de tiña, estiró la pierna lo justo para hacerla trastabillar.

Decidida a salvar el barreño, la niña no lo soltó, cayó con los brazos estirados y se golpeó con la barbilla en el suelo.

Su llanto de dolor provocó carcajadas aún más estentóreas. No contentos con haber provocado la caída, los cuatro se levantaron de los escalones, volcaron el barreño y se dedicaron a pisotear las túnicas y el manto recién lavados, mientras la muchacha imploraba:

—¡Dejadme en paz! ¿Qué os he hecho yo? ¡El ama me va a matar!

El matón de la manzana fue incluso más lejos. Levantándose la ropa —seguía sin llevar taparrabos—, orinó sobre la colada esparcida en el suelo. Al parecer, sufría un impulso irrefrenable por sacar a relucir el miembro a la mínima ocasión.

Sertorio, que llevaba unos segundos paralizado, reaccionó por fin.

Fue un impulso repentino, igual que en aquella ocasión en que se interpuso ante el mismísimo Nuntiusmortis para defender a Dagulfo. Como si una mano invisible, pero no por eso menos tangible, se hubiera plantado en sus riñones y lo empujara hacia delante.

Cuando se quiso dar cuenta, ya estaba en el centro del corrillo que formaban los matones y le había propinado un puntapié en la espinilla al de la manzana.

Quizá al agredido le dolió. Esperaba que sí, porque había puesto toda su alma en aquel golpe.

Pero lo verdaderamente doloroso fue la respuesta, una patada que le lanzó el compinche de la cabeza tiñosa.

El impacto, seco y certero, justo en la boca del estómago, lo dejó sin aliento. Sertorio se dobló sobre sí mismo y cayó de rodillas, incapaz de respirar.

Dos manos le sujetaron los codos por detrás para inmovilizarlo. Se dio cuenta de que estaba indefenso y podían golpearlo a placer, pero por ahora lo que más lo preocupaba era que a duras penas conseguía introducir pequeñas bocanadas de aire en los pulmones.

El muchacho de la manzana ya se había repuesto de la patada en la pantorrilla y estaba echando atrás el brazo derecho, tomando impulso y puntería como quien arroja una pelota.

Antes de que llegara a golpear en la cara a Sertorio, fue su propio rostro el que recibió un violento puñetazo.

—¡Hijos de puta, dejad a mi amigo!

Quirinio se acababa de lanzar a la refriega. Volvió a golpear al de la manzana, pero esta vez no lo pilló desprevenido y sus nudillos solo le impactaron en el antebrazo, sin causar apenas efecto.

Cualquiera de aquellos chavales era mayor que ellos dos, tanto en edad como en tamaño.

Y, para su desgracia, sumaban cuatro contra dos.

El tiñoso le echó el brazo al cuello a Quirinio y lo derribó con una llave de lucha, mientras que otro aprovechó que caía para patearle las costillas.

El que sujetaba a Sertorio por los codos lo soltó, pero solo para darle una patada entre los omóplatos, con tanta fuerza que lo derribó de bruces.

Los dos amigos quedaron tirados sobre las losas húmedas y embarradas. Se abrazaron instintivamente, encogidos, tratando de protegerse la cabeza y la cara mientras los cuatro matones se ensañaban con ellos a puntapiés, entre insultos, risotadas y escupitajos.

Sertorio pensó que aquello podía acabar muy mal. Acurrucado bajo la tormenta de golpes, se le grabó una idea nítida. Si alguna vez volvía a verse en una pelea —contando con salir vivo de esta—, jamás permitiría que lo tiraran al suelo. Allí no era más que un monigote indefenso.

—¿No os da vergüenza? ¡Fuera de aquí, matones!

El chaparrón de patadas se detuvo en seco. Sertorio, encogido aún sobre el empedrado, se giró y aventuró una mirada a través de los dedos con los que trataba de protegerse la cara.

Una lavandera se había apartado de la fuente para acudir en su auxilio.

Era una mujer robusta, que por su aspecto formidable bien podría haber parido a aquellos cuatro abusones uno tras otro para después levantarse a seguir trabajando.

Blandía en la mano la pala de madera con la que un momento antes aporreaba una manta en el agua.

Tras ella venían otras dos, quizá menos dispuestas a entrar en la pelea, pero con la lengua tan afilada que su repertorio de escarnios e insultos habría hecho enrojecer a un arriero.

Los cuatro chavales recularon. Primero con risitas nerviosas, luego, conforme veían acercarse a la lavandera, a paso más rápido.

Mientras retrocedían, respondían con sus propios improperios, pero no podían competir ni en potencia de voz ni en ingenio con aquellas mujeres.

Al final se rindieron, giraron sobre los talones y se perdieron por un callejón que llevaba al corazón de la Subura.