Sertorio, el elegido de la diosa blanca 92
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A mediados de febrero, Sertorio, como llevaba haciendo desde primeros de mes, sugirió a Quirinio que, al regresar de clase, pasaran por la plazuela de la Bola Pétrea.

Lo hizo con la esperanza de propiciar un encuentro que llevaba tiempo buscando.

Dicho encuentro se produjo, pero no como él habría querido.

El destino le reservaba otro mucho menos agradable.

El camino que proponía Sertorio implicaba dar un pequeño rodeo.

Para justificarlo, alegaba pretextos variados.

Unas veces que el empedrado era mejor y había menos charcos, otras que se tardaba menos —una falsedad evidente—, o incluso que de ese modo evitaban encontrarse con un grupo de alumnos de la escuela que les caían mal.

—Ya, ya.

Quirinio le dejaba hacer. Sin ser un observador tan perspicaz como su amigo, le bastaba mirarlo a la cara para percatarse de que había algo más.

Sertorio, por su parte, se daba cuenta de que Quirinio se daba cuenta. Trataba de disimular, en cualquier caso, porque le daba vergüenza reconocer el verdadero motivo.

Desde hacía unos meses, lo había encandilado una chica que acudía a lavar la ropa a la fuente de esa plaza. Aunque ignoraba su nombre, había averiguado que era esclava, propiedad de un miembro del colegio de lictores y de su esposa.

Ni él mismo habría sabido decir por qué se fijó en ella la primera vez, pero desde entonces se había obsesionado.

La muchacha tenía la boca y la nariz muy finas, lo que resaltaba aún más el tamaño de sus ojos, oscuros y tan grandes que parecía imposible que los párpados pudieran cubrirlos por completo.

Su frente era ancha, sin llegar a ser protuberante, y su piel muy clara, de una blancura que recordaba a las gentes del norte, aunque sus cabellos no eran rubios como los de Dagulfo, sino castaños.

En conjunto, irradiaba un aire lánguido que le confería una cualidad extraña, casi etérea, como si en plena ciudad, entre la muchedumbre que atestaba las calles, se hubiera materializado una hamadríade llegada de bosques lejanos y brumosos.

(Las lecturas adelantadas a su edad y los materiales de sus propios sueños habían convertido a Sertorio en un fantasioso enamoradizo. Como si su cuerpo de once años se hubiera creído la mentira del censo y hubiese decidido adelantar su propia pubertad).

En una de esas ocasiones, al cruzarse con aquella chica, Sertorio no pudo evitar mirarla a la cara fijamente, aun sabiendo lo inquietantes que podían resultar sus ojos para algunas personas.

Ella, lejos de apartar los suyos, le devolvió la mirada un instante.

Y le sonrió.

En aquel momento, Sertorio notó cómo la sangre le subía al rostro en un torrente tan furioso que la oyó como la corriente de un río desbordado atravesando sus orejas.

Estas le ardieron como brasas. Al mismo tiempo experimentó una sensación extraña, y no supo si el corazón se le había detenido, acelerado o volcado dentro del pecho.

O todo a la vez.

En resumen, comprendió que se acababa de enamorar. De forma irremediable y para siempre.

La chica debía de tener doce años, trece a lo sumo. Su manto pardo y áspero no se ceñía lo bastante como para saber si ya le despuntaban los pechos. Daba igual. Por aquel entonces el enamoramiento de Sertorio tenía más de flechazo idealizado que de lujuria carnal.

La sonrisa de la muchacha, que apenas duró un par de latidos —Sertorio pudo contarlos, porque percutieron en su pecho igual que dos redobles de tambor, bmmm, bmmm —, se le quedó grabada en la memoria como si estuviera tallada en el relieve de un templo.

Pasados los días, seguía siendo capaz de reconstruir esa sonrisa y de añadirle los rasgos del resto de la cara y el cuerpo con la precisión y el realismo de un escultor.

Para lograrlo, abstraía mentalmente todos los elementos que rodeaban aquella visión: la plaza, la fuente, la gente que rellenaba la escena como un coro cacofónico y desafinado, detalles que captó sin querer y que insistían en permanecer en su memoria como un lastre indeseado.

Finalmente, había conseguido desprenderse de ellos y depurar el recuerdo hasta que la muchacha flotaba sobre un fondo tan neutro como la pradera a la que él se retiraba en sus trances.

Incluso se permitió vestirla con una túnica blanca, tejida con hilos de plata y jirones de niebla, que ondeaba a su alrededor.

Después de aquella sonrisa —tan devastadora como si Cupido hubiera vaciado en él su carcaj entero—, pasaron varios días sin que volviera a encontrarse con la muchacha. ¿Estaría enferma? ¿La habrían vendido a nuevos amos fuera de Roma?

¿Y si había muerto?

Mientras se torturaba pensando en los motivos posibles de la desaparición de su amada, llegaron los idus de febrero y, justo después, las Lupercales. Aunque a Sertorio le habría gustado ver la carrera callejera que constituía el rito central de las fiestas, su madre no se lo permitió.

—Son una grosería de pésimo gusto —le dijo.

No es que Rea se escandalizara al contemplar cuerpos masculinos casi desnudos, pero no le hacía ninguna gracia que un energúmeno borracho pasara corriendo a su lado y la azotara con una correa de piel de cabra para, supuestamente, propiciar su fecundidad.

Lejos de los oídos de Rea, pero no de los de Sertorio, la esclava Metilia le comentó a Edetana:

—Lo que no quiere el ama es que uno de esos correazos la vuelva fértil de golpe. ¡Vaya lío tendríamos!

A lo que Edetana respondió con sorna que, si de azotes se trataba, a la señora ya se los daban en privado, «y no precisamente con una piel de cabra».

Por aquel entonces, Rea recibía ya visitas de Lucio Cornelio Sila, a quien Sertorio había conocido como Félix. Los presentó Mario, tal vez porque se sentía culpable por haber abandonado sus partidas de latrunculi y quería compensarlo ofreciéndole como sustituto a un jugador de mayor nivel.

La situación económica de Sila había mejorado en los últimos tiempos gracias a que su madrastra, una mujer pudiente, tuvo el generoso y oportuno detalle de morirse dejándole una suculenta herencia.

Al verse con el caudal suficiente para emprender una carrera política, el joven patricio decidió, por una parte, dejar de derrochar —el dinero que le habían pagado en su momento por vencer a Sertorio lo dilapidó en menos de un mes—, y, por otra, buscar el patrocinio de Mario.

Aunque las ideas de este chocaban con las suyas, no dudó en camuflar su auténtico pensamiento.

Estaba convencido de que aquel hombre tan testarudo llegaría, finalmente, a los puestos más elevados de la República, y él podría dejarse arrastrar en su estela.

La primera vez que Sertorio se encontró con Sila en el apartamento, compartiendo el tablero de juego y una jarra de falerno con su madre, se sobresaltó tanto que se quedó clavado en el umbral.

No obstante, supo disimular su reacción.

En un aparte que mantuvo posteriormente con Sila, ambos acordaron no mencionar lo ocurrido entre ellos en la taberna de Vibio. No tenían nada que ganar si la madre de Sertorio se enteraba.

No volvieron a jugar entre sí, porque a Rea, siempre acaparadora de atención, no le gustaba quedarse mirando mientras eran otros quienes movían las piezas del latrunculi .

Sertorio, observando las partidas entre ambos, se dio cuenta de que Sila rebajaba ligeramente su nivel de juego a fin de mantener equilibrada su cuenta de victorias y derrotas con Rea.

Se trataba de una estrategia con la que buscaba tenerla contenta para seguir cultivando su amistad. Pues, dejando aparte el latrunculi , sus encuentros no eran tan castos e inocentes como los que Rea mantenía con Mario, con Pomponio o con los otros Rheani .

Sertorio había empezado a sospecharlo. Sobre todo, desde que su madre empezó a sugerirle que saliera de casa en días en que no tenía clase, incluso por las tardes, para visitar a Quirinio, Mario, Lucilio, Antiodemis o quien se terciase.

Por muy fértil y vivida que fuese la imaginación de Sertorio, a la hora de pensar en lo que pudiera estar ocurriendo cuando su madre y Sila se quedaban a solas, prefería vendarse los ojos, cerrar las puertas de su mente, echar el candado y arrojar al Tíber las llaves.

¿Qué ocurriría si su madre se enteraba de que Sila había sido, indirectamente, responsable primero de la bancarrota de su marido y después de su muerte?

La manera en que miraba a aquel hombre tan apuesto, nueve años más joven que ella, hacía pensar a Sertorio que, en el fondo, se sentiría incluso agradecida.

Él mismo no podía dejar de reconocer el magnetismo de Sila, su atractivo, la elegancia que irradiaba con la aparente falta de esfuerzo de los dioses.

Pero, a veces, cuando lo sorprendía distraído, percibía en sus ojos un destello glacial, tan distante e inhumano como la mirada de una estatua, y sentía un escalofrío.

Su madre era una mujer que sabía cuidarse sola. Aun así, Sertorio se quedaría más tranquilo el día en que Mario alcanzara el consulado y, tal como había prometido a Sila, se lo llevara lejos de Roma como oficial bajo su mando.

Dos días después de aquellas Lupercales que su madre le había censurado, Sertorio volvió a ver a la chica.

Aunque las horas de luz iban aumentando y anochecía cada vez más tarde —un hecho nada sorprendente, pero que suscitaba entre los vecinos conversaciones tan cíclicas como las propias estaciones—, el sol parecía una flor mustia, incapaz de desplegar sus pétalos.

A cada rato se levantaban rachas de aire gélido que resbalaban por el empedrado y que, al llegar a la altura de los tobillos, se colaban por debajo del manto y de la túnica y les trepaban hasta los riñones.

Sertorio y Quirinio caminaban con las tablillas de clase bien escondidas bajo los pliegues de los abrigos, sin sacar las manos fuera para que no se les quedaran ateridas.

—Mira, ahí tienes a tu amiga —dijo Quirinio cuando llegaron a la plaza de la Bola Pétrea—. No te preocupes tanto, que sigue viva.

—¿Qué amiga? No sé de qué me hablas.

Por supuesto, Sertorio ya la había visto antes que Quirinio.