Sertorio, el elegido de la diosa blanca 91
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Tenía ya once años. Fiel a su mentira, fuera de casa aseguraba que eran catorce. Puesto que igualaba en estatura a muchos chicos de esa edad y hablaba con la madurez —o la pedantería— de un estudiante de retórica, su engaño no llamaba la atención.

En esta segunda ocasión se hallaba algo más preparado. Lo cual no significó que el encuentro terminara bien. Aquellos gamberros habían dejado de ser niños para convertirse en matones adolescentes.

Cuando volvió a cruzarse con ellos, su vida había cambiado mucho. Algunos de los cambios eran para peor, otros para mejor, y no faltaban los que presentaban a la vez ventajas e inconvenientes.

Ejemplo de esto último era el apartamento donde vivían ahora.

Sin ser un cuchitril, era mucho más pequeño que su antigua domus.

No tenía jardín ni espacio suficiente para Coto y Briareo, de manera que se los regalaron a Antiodemis, para disgusto de Sertorio y alivio de su madre, que nunca se había sentido demasiado tranquila cerca de aquellos perrazos.

Como compensación, la vida en la Subura resultaba mucho más estimulante que en el aristocrático Quirinal.

Otro cambio evidente era que Sertorio se había convertido en huérfano de padre. Y seguiría siéndolo, porque su madre declaró dos cosas.

La primera, que no pensaba casarse de nuevo. No estaba dispuesta a depender nunca más de un varón, al menos en la medida en que pudiera evitarlo. Lo más parecido a un tutor legal para ella y para Sertorio era Tito Pomponio, de quien aceptaba consejos, pero jamás órdenes.

La segunda, que no iba a permitir que nadie adoptara a su hijo.

Seguiría siendo Quinto Sertorio a secas, no Gayo Mario Sertoriano, Tito Pomponio Sertoriano ni nada por el estilo.

Cierto era que, durante un tiempo, Rea había desarrollado aversión por aquel apellido.

Pero ahora que el único que lo ostentaba era su hijo, ya no le sonaba mal.

La orfandad, en sí, no molestaba a Sertorio.

Se hallaba en una edad en que resultaba fácil adaptarse a nuevas situaciones.

Además, nunca había sentido demasiado apego por su padre.

Las últimas imágenes de él que conservaba en su memoria —metiendo mano a una prostituta, intentando estrangular a Rea— solo le provocaban repulsión.

Como hijo de viuda, quedaba exento del servicio militar.

Eso no significaba que pretendiera huir de las armas, como hizo su difunto progenitor durante toda su vida.

Pero ser huérfano le permitiría no entrar en el sorteo anual y, por tanto, no verse reclutado a la fuerza bajo el mando de un general como, sin ir más lejos, el aborrecido Servilio Cepión.

Cuando llegara el momento, se alistaría con un comandante elegido por él.

A ser posible, con Mario.

Hubo más cambios relacionados, precisamente, con Mario.

Al ver que su carrera política se estancaba tras regresar de Hispania, se había casado con una mujer llamada Julia.

La novia aportaba el apellido ilustre de una familia patricia, los Julios Césares, que sin embargo llevaban tiempo sin alcanzar el consulado y que, como otros linajes antaño egregios, parecían haber entrado en declive.

La unión con Mario suponía una forma de infundirles sangre nueva, ambición política y —aunque fuera de mal gusto decirlo en alta— dinero.

Por su parte, Mario también salía ganando.

Cada vez tenía más ascendiente sobre la plebe que años antes acaudillaran los hermanos Graco.

La contrapartida era que esa popularidad despertaba suspicacias entre muchos senadores.

Incluso quienes no eran hostiles a la causa del pueblo llano lo miraban con cierto desprecio y se resistían a aceptar a un advenedizo en la cima de la política romana.

Ya era bastante malo que Mario hubiera llegado a pretor, pero ¿cónsul?

¡Por Júpiter Tonante, qué idea tan descabellada!

El matrimonio con Julia barnizó al supuesto cateto de Arpino con una pátina de nobleza arcaica. Eso le permitió suavizar asperezas con algunos clanes senatoriales.

—Y de paso, es joven y guapa —había comentado Edetana cuando creía que nadie la escuchaba, sin contar con que los tímpanos de Sertorio lo captaban todo.

—No es más guapa que nuestra ama —respondió Amaltea, arrodillada para fregar las baldosas del suelo.

Desde que la plantilla doméstica se vio mermada a la mitad, Amaltea doblaba o triplicaba tareas pese a estar entrada en años.

Seguía cocinando, como antes —aunque para menos bocas—, pero también limpiaba y, cuando había que tejer o coser, se sentaba con las demás esclavas.

Esto último, nunca en compañía de su ama.

En su viudedad, Rea se había vuelto más hacendosa, pero siempre en la finca y nunca con aguja, hilo o huso, utensilios que detestaba.

—Hay pocas mujeres más guapas que nuestra ama —replicó Edetana—. Pero ya tiene su edad, mientras que esa Julia es treinta años más joven que Mario.

—¡Ah, los hombres! —respondió Amaltea—. ¡Si es que tiran más dos tetas que una yunta de bueyes!

—¡Qué me vas a contar a mí!

Sertorio, al oírlas desde el otro lado del tabique, se imaginó que Edetana se agarraba los pechos para ilustrar su comentario y los apretaba.

Aquello lo puso nervioso —Quirinio habría dicho «cachondo»—, porque estaba en esa edad en que los ojos se le iban al escote de la criada hispana como si tuvieran voluntad propia.

«¡Cómo triscaría ver desnuda a tu esclava!», le decía Quirinio, que con la pubertad se estaba volviendo aún más aficionado a la belleza femenina.

Fuera por evitar habladurías o porque a su nueva esposa no le agradaba que cultivara la amistad con otras mujeres, Mario apenas visitaba ya el apartamento de la Torre Mamilia.

En su lugar, enviaba esclavos para que recogieran a Sertorio y lo llevaran a su casa, o al Campo de Marte, donde él mismo le enseñaba a montar a caballo, a lanzar el venablo e incluso a nadar en el Tíber cuando las aguas bajaban tranquilas.

No volvió a haber más partidas de latrunculi entre él y Rea. Sertorio creyó al principio que su madre se disgustaría por ese distanciamiento, pero estaba demasiado ocupada con la administración de la nueva finca y con sus frecuentes viajes a Gabios como para preocuparse por ello.

Ver cómo su madre, tras años de cierta holganza, se convertía en una mujer activa y pletórica de energías, se desprendía de las libras que se le habían pegado a las caderas y moderaba su consumo de vino, hizo pensar a Sertorio en algo que había leído.

La ociosidad hace que la mente de los soldados maquine cosas que rara vez son buenas. Hay que tenerlos siempre ocupados: si ya no quedan zanjas que cavar, manda que las rellenen con las palas y después las vuelvan a abrir con los picos. Pero no dejes jamás que estén mano sobre mano.

El texto pertenecía a un manual militar escrito por Escipión Emiliano para un círculo reducido y no para su publicación, algo que se notaba en el estilo algo tosco y en el desorden de los asuntos tratados.

Era muy interesante e instructivo, pero Sertorio solo lo podía leer en casa de Mario, no llevárselo prestado como hacía con otros libros.

Si había dos objetos que Mario valoraba por encima de todo eran ese opúsculo, dedicado personalmente por Escipión, y una espada que también le regaló su antiguo general.

Las inscripciones grabadas en la hoja fascinaban a Sertorio.

—¿Qué dicen? —le preguntó el primer día que Mario le mostró el arma fuera de la funda.

—Que esta espada fue forjada durante un eclipse de luna, con hierro caído de las estrellas.

—¡Hala! —exclamó Sertorio. Las imágenes que le evocaban aquellas palabras no podían ser más sugerentes—. ¿Tú sabes leer estas letras?

—No. Las leyó otro hombre por mí. Son caracteres púnicos.

—¡Quiero aprender a leerlos!

—¿Para qué? Cartago fue destruida hace años, tal como quería el viejo Catón. Más cuenta te traerá aprender cosas que te sirvan para tu futura carrera militar.

Dejando aparte los tratados bélicos de casa de Mario, donde más leía Sertorio era en la Pequeña Alejandría, la biblioteca de Tito Pomponio.

Este se convirtió en su tutor legal desde la muerte de su padre, que lo había designado así en su testamento para que cuidara de la educación del niño.

La cláusula la introdujo a instancias de Rea, que bajo ningún concepto quería que, en caso de enviudar, su hijo quedara bajo la guarda de su propio padre, Valerio Tapón.

Pomponio aceptó aquella responsabilidad con entusiasmo.

A diferencia de Mario, no albergaba ambiciones políticas ni militares.

Amaba los libros y, sobre todo, las conversaciones cultas y pausadas.

Para Sertorio, crecer bajo su tutela significaba disponer de un refugio tranquilo, mucho más silencioso que la Torre Mamilia.

Y repleto de libros, cada uno de los cuales, en palabras del propio Pomponio, era «una puerta que se abre a otro mundo, un barco que te transporta a otros países sin la molestia de los mareos ni el temor a los naufragios».

—¿Tú sabes la tranquilidad de la que disfruto aquí?

—le decía a Sertorio—. Muchas mañanas, cuando salgo de casa, no sé ni cuándo voy a volver.

Si me dejo arrastrar por los compromisos, puedo empezar siendo testigo en el testamento de un amigo, pasar después por casa de otro a firmarle un empréstito, asistir a la toma de la toga viril del hijo de un cliente, a mediodía a la lectura de un poeta y al atardecer a una fiesta de esponsales.

¡Y eso cuando no hay un funeral, que raro es el día en que no muere alguien importante en Roma!

—¡Cuánto trajín!

—En cambio, cuando me hago fuerte aquí, en mi biblioteca, no tengo que escuchar más palabras que las que yo mismo murmuro al leer en voz baja.

¡Y ya procuro que no sean insensateces escritas por cualquier indocumentado!

Como tampoco hablo con nadie, no me tengo que arrepentir al día siguiente de haber pronunciado palabras de más.

Créeme, hijo: en la vida no hallarás mejor compañía que los libros.

Pese a ese panegírico sobre los placeres de la vida solitaria en el retiro de su biblioteca, fue el propio Pomponio quien le insistió a Rea en que el niño debía ir a la escuela y educarse con otros muchachos de su edad. La misma cantinela con que, años antes, había tratado de convencerla Mario.

En esta ocasión, ella cedió.

Por fin.

La escuela en la que se matriculó Sertorio era la de Ático el gramático. El cartel que lo anunciaba tenía esa misma ritma interna que el propio maestro reconocía como poco elegante, pero sin duda pegadiza.

Allí estudiaba también Quirinio, motivo principal por el que Sertorio se empeñó en asistir a ella y por el que Rea, que sentía simpatía por aquel muchacho, accedió.

Había otras escuelas más caras y prestigiosas, situadas en los aledaños del Foro y no en la Subura, como aquella.

Pero el del precio era un argumento importante para su madre desde que esta se decidió a tomar el timón de sus finanzas.

Mario y Pomponio podían ser benefactores a los que les estaba agradecida, pero no quería depender de ellos.