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La versión oficial fue que Tito Sertorio había fallecido de un síncope. Tito Pomponio, el mejor amigo de Rea en ausencia de Gayo Mario, se implicó en persona para asegurar el silencio y evitar el escándalo. Tras reunir a toda la servidumbre de la casa, les advirtió:
—Si alguna vez escucho un solo rumor sobre lo que ha ocurrido aquí, os haré a todos cómplices —las palabras «del asesinato» quedaron flotando en el aire, sobreentendidas— y seréis crucificados en el Esquilino.
Se dice que la boca de un esclavo aguanta más tiempo un carbón encendido que un chismorreo malicioso, sobre todo si este atañe a sus amos. Pero la amenaza de una muerte lenta y dolorosa en la cruz bastó para disuadirlos de cualquier filtración.
Los funerales de Tito fueron muy parcos.
El cadáver se expuso en el atrio de la casa, donde no había máscaras mortuorias porque en su familia, aunque pertenecía al orden ecuestre, nadie había alcanzado magistraturas importantes.
Por la misma razón no se tomó un molde en cera de su rostro.
Se pusieron coronas de flores y se quemó incienso, pero Rea, al enterarse del ruinoso estado en que la dejaba el difunto, se negó a contratar siquiera a dos tristes plañideras.
Durante un par de días desfilaron por la casa algunos visitantes.
No demasiados, y más por curiosidad que por afecto al fallecido.
Para evitar que alguno intentara examinar el cuerpo y extraer conclusiones, Rea hizo que un embalsamador del santuario de Libitina cosiera y disimulara las heridas del muerto antes de envolverlo hasta la nariz con un grueso sudario.
El ambiente de la domus durante aquellas jornadas fue inusualmente opresivo, más incluso de lo habitual en los velorios.
No se oían lamentos ni suspiros. En aquel silencio, cada paso resonaba como un mazazo, y los murmullos, aunque mínimos, se desvanecían al instante, absorbidos por la propia atmósfera de la casa.
Pese al incienso y las maderas aromáticas, al segundo día comenzó a percibirse el olor a cadaverina.
En sus últimos años, Tito Sertorio se había consagrado a la tarea de destruir su propio cuerpo a fuerza de vino y atracones.
Ahora sus entrañas, que ya en vida debían de estar en pleno proceso de descomposición, desprendían un tufo que ni sahumerios ni pebeteros podían disimular.
Al tercer día, un cortejo fúnebre, tan reducido que mal se podía llamar desfile, transportó el cadáver hasta la puerta Esquilina sobre una litera de madera sin adornos.
Al otro lado de la muralla, donde la impureza de la muerte y sus rituales anejos no mancillaban el recinto sagrado del pomerio, los funcionarios de Venus Libitina tenían preparada la pira.
Al día siguiente, las cenizas del finado, mezcladas con las de la litera, fueron recogidas en una urna y enterradas a poca distancia. La lápida rezaba simplemente:
T. SERTORIVS T. F. NVR. HIC IACET
VT VIXIT ITA MORTVVS EST [31]
Los parientes de Tito —una hermana, un cuñado, dos sobrinos y un par de primos— llegaron de Nursia unos días después, a tiempo tan solo de presentar sus respetos ante la sepultura. Rea les explicó de forma somera que habían tenido que adelantar el entierro porque el cadáver ya empezaba a heder.
Si a los familiares les extrañó la ronquera de Rea, no dijeron nada. En cuanto a los moratones de su cuello, la madre de Sertorio los cubrió con un pañuelo negro. Del mismo modo, el velo oscuro disimulaba el pómulo hinchado por el puñetazo que Tito le había asestado antes de intentar estrangularla.
Unos días después, Rea viajó a Nursia para poner en orden los asuntos de su marido.
La acompañó Tito Pomponio, como amigo de la familia y antiguo socio del difunto.
Una vez allí, tras varias jornadas de negociaciones, Rea vendió las propiedades de su esposo a sus propios familiares.
No consiguió el precio que deseaba, pero tampoco las liquidó a precio de ganga como pretendían ellos…
Con lo obtenido, más un cuantioso préstamo que le ofreció el propio Pomponio, Rea podría haber intentado recuperar la domus que Tito había ofrecido y perdido como garantía de sus deudas.
Pero para ello tendría que haber tratado con Septimuleyo, el mismo que convirtió a su esposo en un apostador empedernido, lo arruinó y después le envenenó la mente contra ella.
Por no hablar de que, años antes, Septimuleyo había intentado incendiar su mansión. Con ella dentro, la misma noche en que dio a luz.
Rea ya había decidido que no quería saber nada más de aquella casa en la que había estado a punto de perecer dos veces. La primera, abrasada. La segunda, asfixiada por su marido.
No estaba dispuesta a brindarle una tercera oportunidad a la parca.
Tifilnia aseguró que su ama hacía muy bien en abandonar aquella casa, ya que, por el motivo que fuera, estaba maldita y los penates la habían abandonado hacía tiempo.
Edetana, a quien la idea de mudarse no le agradaba —entre otras razones, porque no estaba segura de que, en el proceso, su dueña no fuera a desprenderse de ella—, sugirió que recurrieran a Marta la siria a modo de psykhagogós para invocar a los espíritus malignos y propiciarlos o, si persistían en su malevolente actitud, expulsarlos de la casa.
—¡Esa mujer no debe entrar aquí! —exclamó Tifilnia—. ¡La miasma que dejó cuando vino todavía sigue flotando en el aire!
De alguna manera, la anciana sospechaba lo que los demás ignoraban.
Que Marta estaba detrás de los hechos que culminaron en la perdición de Tito Sertorio.
La casa no solo rebosaba de recuerdos tristes, sino también violentos. A ello se sumaban tanto la posibilidad de que estuviera realmente maldita como el dineral que costaba mantenerla.
Todos esos argumentos combinados terminaron de decidir a Rea.
Que Septimuleyo se quedara con la domus y que la maldición recayera sobre él y sobre sus descendientes, si es que aquel tipejo tripudo y feo como un batracio era capaz de engendrarlos.
(Lo había sido, aunque ni él mismo lo sabía todavía. Sertorio lo descubriría de manera accidental y accidentada unos años después).
Una vez liquidadas las deudas, sumando el dinero obtenido de las ventas en Nursia y un préstamo de Pomponio más modesto que el primero que le había ofrecido, Rea sopesó comprar un apartamento.
Fue el mismo Pomponio quien se lo desaconsejó. Considerando que las relaciones de Rea con su padre no eran buenas y que no parecía improbable que él le legara toda o casi toda la herencia a Decia Súbula, su segunda esposa, le sugirió:
—Es mejor que inviertas el dinero en adquirir una propiedad en el campo, algo que sea barato y esté cerca de Roma.
—¿Me has visto pinta de campesina?
—Tú estarías elegante incluso con una azada, un capote de piel de cabra y el cabello trenzado como una gala —respondió él.
Piropos aparte, Pomponio la convenció argumentando que una finca le permitiría obtener unas rentas con las que ella y su hijo podrían vivir con cierta holgura, incluyendo el pago de un alquiler.
—Si el apartamento donde vives no te gusta, siempre podrás mudarte con más facilidad.
Finalmente, Rea compró una villa rústica en Gabios, un pueblo a poco más de diez millas de Roma. Gabios, otrora un lugar próspero, había ido perdiendo población conforme sus habitantes se mudaban a la urbe. Gracias a eso, Rea pudo adquirir la finca por un buen precio.
En cuanto al lugar donde se instalaron, el destino parecía empeñado en seguir atando nudos alrededor de Sertorio.
Se fueron a vivir a la Torre Mamilia.
Al mismo apartamento que hasta entonces ocupaba Antiodemis. La propia actriz, que acababa de comprar una domus en el Viminal —modesta, pero bien construida y con jardín—, fue quien medió entre el casero y Rea.
Sertorio se enteraría después de que, antes que ellos y que Antiodemis, había vivido allí un sabio versado en muchas ciencias llamado Artemidoro de Éfeso.
Las coincidencias eran sorprendentes, ya que fue precisamente Artemidoro quien atendió a su madre durante el embarazo.
Era de suponer que también estuvo presente en el parto, pero de eso no se hablaba en su casa.
En la época de dicho embarazo, Artemidoro tuvo que trasladarse a otro apartamento más barato dentro de la misma Torre Mamilia.
Un apartamento del que había desaparecido después de que se produjera en él un asesinato, hecho del que no tuvieron noticia ni por Antiodemis, ni por el portero, ni por los vecinos, ni por el propietario del edificio.
Si acabaron oyendo hablar de él fue gracias a la segunda visión de Tifilnia.
Cuando se mudaron a la Torre Mamilia, los diecisiete criados que servían en la mansión del Quirinal se vieron reducidos a nueve.
Rea vendió a algunos y trasladó a otros, como el mañoso Catúrix, a la finca de Gabios, donde trabajaban junto a los esclavos comprados para ese fin y algunos aparceros libres.
Entre los criados de los que se desprendió Rea estaba, por ejemplo, el mayordomo Salvio.
Rea había calculado que el costo de su manutención no compensaba el trabajo que habría podido desempeñar en una vivienda mucho más pequeña.
En la domus disponían tanto de bodega como de despensa, ambas cerradas con sendas llaves bajo la custodia de Salvio.
Ahora que apenas contaban con una alacena y había que comprar más a menudo en el mercado, las dotes de Edetana para regatear resultaban mucho más útiles.
La pizpireta hispana se convirtió, de hecho, en lo más parecido a una atriense que tenían en aquella morada sin atrio.
En la práctica, el servicio doméstico de los Sertorio se limitaba a ocho personas.
A sus noventa años —dos arriba, dos abajo, ni ella misma lo sabía—, Tifilnia, ciega y medio inválida, era poco más que una boca.
No tanto por lo que comía, que era cada vez menos («Si sigues así, te vas a desvanecer como la ninfa Eco», le decía Sertorio, recordando la fábula que había visto representar a Antiodemis), sino por lo que hablaba.
No había perdido la costumbre de refunfuñar, vaticinar desgracias y avisar de presencias malignas.
Como hizo el primer día que se instalaron en la nueva vivienda.
—Hace frío aquí —se quejó.
—Pues acércate al brasero —respondió Edetana.
—No es ese frío. Es un frío distinto —replicó Tifilnia. Dirigiendo hacia el techo su mirada ciega, añadió—: Es el frío de la respiración de los muertos. ¡Ahí arriba!
La intuición de la anciana no andaba errada. Merced a ella, acabaron enterándose de aquel crimen que todos en la ínsula querían tapar, pese al hecho llamativo de que el apartamento permanecía sin arrendar desde entonces.
Antiodemis podría habérselo contado, pero seguía sintiéndose culpable por su relación con el responsable del asesinato de Urania.
Había amenazado a sus esclavos con flagelarlos y venderlos a las minas si se les escapaba la menor insinuación sobre aquel asunto delante de Rea o de cualquiera de sus criados.
En cualquier caso, Sertorio no conocería los detalles del crimen hasta años después, por boca del propio Artemidoro.
Para entonces, el antiguo erudito ya no respondía por ese nombre.