89
Sertorio tuvo que averiguar por boca de otros lo que ocurrió en la alcoba de su madre a partir del golpe que lo dejó inconsciente.
Al menos, en esta ocasión consiguió que los testigos, directos o indirectos, fueran algo más sinceros con él que en lo relativo a la tempestuosa noche de su nacimiento.
Aun así, necesitó tiempo para reunir todos los fragmentos.
Mientras los demás siguieron considerándolo un niño, trataron de hurtarle los pormenores más escabrosos y truculentos.
Con aquellos fragmentos, Sertorio fue ensamblando su propia versión de los hechos.
Una versión que no tenía por qué coincidir exactamente con lo acaecido.
La violencia y la rapidez del suceso habían desbordado a todos los presentes, de modo que los detalles que transmitía cada uno resultaban confusos, incluso contradictorios.
Por eso estaba convencido de que, aun sin golpearse la cabeza, ni él mismo habría podido captarlo todo con claridad. El torbellino de los acontecimientos lo habría sobrepasado igual.
Aunque los recuerdos hubieran sido propios y no prestados, nada garantizaba que hubiesen permanecido inmutables.
Si algo había comprobado al reflexionar sobre la memoria —incluso la suya, que era excelente—, era que no funciona como un simple almacén y que los recuerdos no son vestidos que se sacan intactos de un arcón para luego volver a guardarlos.
No. Cada vez que los evocamos, se destiñen, se avivan o incluso cambian de naturaleza.
Lo que fue un áspero sagum hispano puede convertirse en un suave himatión de Mileto o incluso en una túnica de seda, y viceversa.
Nunca regresan igual al baúl. Incluso mientras están dentro, se transforman por sí solos, y cuando los recuperamos ya no son los mismos.
Esas reflexiones sobre la memoria, más propias de un filósofo anciano, se las hacía ya de crío.
Se las guardaba para sí, como tantas otras, para no parecer más bicho raro todavía.
Le bastaba mirar a su alrededor para darse cuenta de que cavilar sobre esas materias era inusitado, incluso extravagante, en un niño de su edad.
Pero no podía evitarlo.
La memoria, la percepción, los sueños.
Las visiones.
Los trances.
Todo lo relacionado con el mundo interior de la mente lo fascinaba.
Ya se lo advertía su madre.
«Vas a acabar tan chiflado como Sócrates».
En cualquier caso, Sertorio consideraba que la versión de los hechos que había reconstruido basándose en testimonios ajenos era fiable.
En el momento en que su cabeza se golpeó contra el arcón, solo había tres personas en la habitación.
Él.
Su padre.
Su madre.
Los puñetazos que Sertorio le propinó a Tito en los riñones apenas surtieron efecto, pero bastaron para que soltara un instante el cuello de Rea y se librara de él arrojándolo contra un baúl.
A partir de ahí, Sertorio ya no fue consciente de nada.
El primero en irrumpir en la estancia fue Dagulfo.
El teutón se quedó paralizado. Entretanto, Tito volvió a aferrar el cuello de su esposa y lo apretó con ambas manos, sin dejar de llamarla «puta», «adúltera» y «bruja del infierno».
Dagulfo debía lealtad a Rea, su verdadera ama. Pero, si intervenía, no tendría más remedio que ponerle las manos encima a Tito. En el estado de enajenación en que se encontraba este, tendría que hacerle mucho daño o incluso matarlo para impedir que acabara estrangulando a su mujer.
Para un esclavo, dar muerte a un amo significaba la crucifixión.
Dagulfo nunca había sido rápido ni de reflejos ni de pensamiento. El golpe que le hundió la frente solo sirvió para volverlo aún más lento.
En aquel momento se quedó petrificado, con los brazos en alto como si ya los sintiera clavados al travesaño de una cruz.
Cuando se lo contó tiempo después a Sertorio y este le preguntó cómo creía que habría reaccionado y qué habría hecho al final, Dagulfo contestó, mientras dos lagrimones gruesos como canicas le rodaban por las mejillas:
—Salvar al ama. Él salva al ama.
Puede que aquella fuera su intención, pero lo cierto era que no había llegado a actuar.
Mientras seguía indeciso, abriendo y cerrando las enormes manos como si temiera descubrir de lo que eran capaces, apareció un nuevo actor en aquella tragedia que rozaba la pantomima.
Titipor.
Más joven y, sobre todo, más veloz que Dagulfo, sorteó el corpachón de este —ese detalle lo añadía por su cuenta la imaginación de Sertorio al visualizar la escena, pero resultaba verosímil—, agarró los cabellos de su amo con la mano izquierda y tiró de su cabeza hacia atrás con fuerza.
Solo eso podría haberle costado que le despellejaran la espalda a latigazos.
Pero no se detuvo ahí.
El joven gétulo llevaba en la mano derecha un cuchillo deshuesador largo y aguzado que, tal como se supo después, había desaparecido de la cocina varios días antes.
Aprovechando el tirón con que había dejado al descubierto el cuello de su amo, Titipor le asestó hasta cinco puñaladas mientras exclamaba: «¡Ahora te taladro yo a ti, hijo de puta! ».
La punta del cuchillo atravesó varias veces la capa de grasa de la papada que Tito había alimentado durante décadas, y le seccionó tanto la carótida como la yugular. La sangre brotó a borbotones y saltó sobre el rostro y sobre la túnica de Rea.
Quizá ella gritó, quizá no. Nadie se lo aclaró a Sertorio y él no sabía qué imaginar.
Tito había soltado el cuello de su mujer para defenderse del ataque de su esclavo, pero a esas alturas Rea apenas podía respirar.
Durante varios días después de aquello, su voz sonaría como el graznido de un cuervo.
Dagulfo seguía inmóvil. Quizá por el horror de lo que acababa de presenciar, quizá porque aún no sabía cómo actuar.
Tal como le confesó después a Sertorio, en aquel instante solo podía pensar en la cruz.
Si un esclavo asesinaba a su amo y los demás esclavos de la casa lo encubrían, todos eran automáticamente condenados a muerte.
¿Qué debía hacer?
Al menos, atrapar a Titipor y evitar que huyera o que, en su locura, apuñalara también a su ama.
Cuando llegó a esa conclusión, ya era tarde.
Pese a que podía parecer un arrebato, todo indicaba que el joven gétulo tenía ya planeada la muerte de su amo. El ataque de este a Rea solo precipitó los hechos.
Así lo sugerían tanto las palabras que gritó al apuñalarlo como lo que hizo a continuación.
Mientras Tito boqueaba en el suelo, tratando en vano de contener la hemorragia con sus dedos carnosos, Titipor empuñó el cuchillo con ambas manos, se apoyó la punta en la escotadura entre las clavículas y el esternón y lo hundió con todas sus fuerzas.
El clásico golpe de gracia. Pero asestado por él mismo.
El esclavo africano se había suicidado como un auténtico romano.
Para entonces, ya había más testigos. Edetana, que echó a correr hacia la habitación al escuchar los gritos —todo había ocurrido mucho más rápido de lo que se puede describir—, entró a tiempo de ver cómo asesino y asesinado se desangraban uno al lado del otro.