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De modo que ese era el nombre del individuo que se comportaba como si fuera el amo de la taberna de Vibio.
Por los aires que se daba ahora al atravesar el zaguán, también parecía considerarse el dueño de la casa en la que acababa de entrar.
Sertorio decidió que lo más conveniente para él era escabullirse.
Sin decir una sola palabra, se escurrió entre Edetana y Salvio, subió al piso de arriba y se metió en su cuarto.
Una vez allí, cerró la puerta, levantó la alfombra de piel de ciervo, se tendió en el suelo y se asomó al agujero por el que solía espiar lo que ocurría en la planta inferior.
Al principio no vio nada. Solo escuchaba pasos, voces lejanas y puertas que se abrían y cerraban. Al parecer, su padre le estaba enseñando la casa a Septimuleyo.
Pasado un rato, ambos entraron en la estancia que quedaba justo debajo de la habitación de Sertorio. Era la antigua alcoba de Rea, antes de que se trasladara al piso superior.
De eso estaba hablando Septimuleyo con su padre.
—Esta sala era antes un dormitorio, ¿no? Me acuerdo de que había una cama.
¿Cómo era posible que supiera eso? ¿Aquel hombrecillo feo y desagradable había estado en su casa? No era el tipo de gente a la que su madre —y ni siquiera su padre— solía invitar a su hogar.
La pregunta de Tito lo confirmó.
—¿Que te acuerdas? ¿Qué quieres decir con eso? ¿Cuándo has estado tú en mi casa?
Ahora que su padre y Septimuleyo se hallaban en el centro de la estancia, Sertorio podía verlos a través de su mirilla secreta.
Tito parecía enfadado y, al mismo tiempo, amedrentado.
Uno de los acompañantes de Septimuleyo, un hombretón ancho como un armario, con la nariz aplastada y las orejas deformadas, le puso la mano en el hombro en un gesto que simulaba ser amistoso.
Por la mueca de dolor de Tito y la forma en que torció el cuello, de amistoso tenía poco.
—La cama era bastante grande —dijo Septimuleyo—. ¡Ya me gustaría tener un colchón tan ancho como ese! Seguro que aquí le echabas unos polvos de muerte a tu mujer.
Sertorio no conocía aquella expresión, pero sospechó que estaba relacionada con las que usaba Quirinio cuando hablaba de mujeres desnudas y de lo que triscaba verlas y hacer cosas con ellas.
Por alguna razón le vino a la cabeza la imagen de su padre metiendo la mano bajo la ropa de aquella fulana de la taberna, y se sintió muy violento.
—Me han dicho que tu esposa está muy buena —insistió Septimuleyo—. ¿Por qué no ha salido a recibirnos?
—Ya tienes lo que querías —respondió Tito—. No es necesario que seas tan grosero.
Septimuleyo se acercó aún más a Tito y dijo:
—El que sí que echaba buenos polvos con ella era…
El final de la frase lo pronunció tan pegado al oído del padre de Sertorio que este no llegó a captar sus palabras.
Quien sí las oyó fue Tito, que empezó a temblar y se puso rojo como las ascuas de un brasero. Pero el hombretón de la nariz plana lo sujetaba con fuerza y no lo soltaba, mientras que Septimuleyo, humillándolo a la manera de Servilio Cepión, le daba bofetaditas y pellizcos en la cara.
—Él se negó a acostarse con la vestal Emilia, y mira que está para comérsela —insistió Septimuleyo—. Pero con tu mujer no puso pegas. ¿Qué encantos tiene, dime?
Sertorio no quiso saber más. Tapando el agujero con la alfombra, se levantó del suelo, se tumbó boca abajo en la cama, se cubrió la cabeza con la almohada y se la apretó contra las orejas.
Con un oído tan fino como el suyo, aquello no bastaba para silenciar los ruidos. Instantes después, oyó pasos que salían de la antigua alcoba de su madre, voces confusas y, por último, la puerta de la calle cerrándose.
Los intrusos se habían ido.
Durante un breve rato, reinó la calma. Sertorio rezó para que no ocurriera nada más.
En vano.
De pronto su padre, que se había quedado en la sala de abajo, profirió un alarido inhumano, más aullido que grito. Después, sus pasos hicieron crujir la escalera con una rapidez insospechada en alguien tan gordo.
«Viene a pegarme», pensó Sertorio.
Había llegado el momento. Por fin iba a recibir los azotes de los que se venía librando hasta entonces.
Las pisadas de Tito pasaron de largo ante su puerta. La que se abrió de golpe fue la del dormitorio de su madre.
Su padre volvió a gritar.
—¡Tú! ¡Con un gladiador! ¡En mi casa!
Su madre intentó responder —«¿Qué crees que estás…?»—, pero su voz se apagó de pronto y se transformó en un sonido gutural.
Sin pensárselo dos veces, Sertorio saltó de la cama y corrió por el pasillo.
La puerta de su madre estaba abierta, con el pestillo arrancado. Su padre la había forzado de una patada. Sertorio nunca lo había visto recurrir a la violencia. Al parecer, se debía más a su indolencia natural que a falta de capacidad para ello.
Rea estaba de rodillas, junto a la ventana, mientras su esposo le apretaba el cuello con ambas manos.
Ambos tenían la cara roja. Él, de ira. Ella, porque no podía respirar.
—¡Zorra! ¡Adúltera del infierno! ¿Cuántos te han follado, puta? ¡En mi propia casa!
Rea le clavaba las uñas en las muñecas y en los dedos, tratando de zafarse.
«La va a matar», comprendió Sertorio.
Tenía que impedirlo.
—¡Suéltala!
A la vez que gritaba a su padre, intentó separarle las manos del cuello de su madre. Al ver que no conseguía abrirle los dedos, y que él seguía apretando mientras las uñas de Rea le abrían surcos sangrientos en la piel, empezó a propinarle puñetazos en los riñones.
Tito volvió la mirada hacia él. Tenía los ojos surcados de venillas rojas que parecían a punto de reventar.
—¡¿De dónde has salido tú?! —le gritó.
—¡Padre, suéltala!
—¡¿De dónde?!
—¡Por favor, la estás ahogando!
Mientras con la mano izquierda seguía estrangulando a su esposa, Tito agarró a su hijo por la túnica, lo atrajo hacia sí y después lo empujó con violencia para quitárselo de encima.
«Qué fuerza tiene», alcanzó a pensar Sertorio, sorprendido.
Aquello fue lo último que recordaría después.
Del golpe contra el arcón que lo dejó inconsciente no guardó memoria alguna, aunque el chichón del tamaño de un huevo de codorniz que le salió sobre la nuca le serviría durante días como prueba de que aquello no había sido un sueño, sino una pesadilla hecha realidad.
Una pesadilla que terminó con un cadáver, un funeral y un entierro.