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Cuando Sertorio y Dagulfo llegaron a casa después de la partida con Félix, su padre aún no había aparecido.
Nada más cruzar la puerta, sin tan siquiera saludar a los perros como solía hacer, el niño corrió a encerrarse en la letrina y tardó más de lo habitual en salir. Cuando al fin lo hizo, su madre, al verlo demudado, le preguntó qué le había ocurrido.
«Me han sentado mal unas sardinas», estuvo a punto de responder, recordando la otra ocasión en que sufrió una diarrea parecida.
Si lo hacía, su madre empezaría a interrogarlo.
«¿Dónde las has comido?».
Ahí empezarían los problemas.
Se encontraba ante un dilema terrible, demasiado exigente para sus años. Tanto para los que tenía como para los que afirmaba tener.
La víspera, antes de llevarlo a la taberna de Vibio, su padre le hizo prometer que no le contaría nada a su madre y que fingiría haber ido al Foro a jugar con Lucilio, como tantos otros días.
¿Iba a ser capaz de mantener esa mentira?
Mucho se temía que, en cuanto ella lo apretara un poco, empezaría a contradecirse y aquel andamiaje tan endeble se derrumbaría sobre él.
Por otra parte, en el caso de que dijera la verdad, ¿qué pasaría cuando su madre descubriera que, por su culpa, se habían arruinado, fuera lo que fuese lo que significaba exactamente «arruinarse»?
Una vez más, se preguntó cómo y, sobre todo, ¡por qué!, había tenido la nefasta idea de dejarse ganar.
Años después, un maestro de retórica le encargaría redactar una disertación sobre el destino. Sertorio la inició de este modo:
¿Cuántas de las acciones y decisiones de un hombre determinan su futuro? ¿Cuáles son las que simplemente se acumulan en su biografía como ladrillos de una pared y cuáles las que se convierten en la dovela clave del arco, aquellas que provocan mudanzas del destino sin vuelta atrás?
En la mayoría de las ocasiones no es fácil saberlo. Es posible que la mayor parte de nuestros actos sean insignificantes e irrelevantes.
«La mayor parte de nuestros actos» no significaba «todos».
Mientras Sertorio declamaba aquellas palabras ante sus compañeros de clase, no dejaba de venirle a la memoria aquel día en la taberna de Vibio y, en particular, el instante en que decidió perjudicar a su padre permitiendo que Sila el Afortunado se llevara la victoria.
Estaba convencido de que, si no hubiera actuado de ese modo, su vida habría sido muy diferente.
Probablemente se equivocaba.
Su padre, con la colaboración de Septimuleyo y Servilio Cepión, habría encontrado igualmente la forma de tirar su vida por la cloaca.
Como recordaba un verso de Menandro: «Dioniso ha hundido a más hombres que Poseidón».
—Mírame a los ojos —le dijo Rea, tirándole de la barbilla para levantarle la cara.
Ella misma reconocía que muchas veces le costaba mantener la mirada de su hijo. Comentario que no hacía nunca en su presencia, pero Sertorio tenía los oídos tan finos como Coto y Briareo, los perros que guardaban la casa, y lo había escuchado.
Esta vez, sin embargo, Rea aguantó hasta que fue el niño quien tuvo que apartar los ojos.
Un segundo después empezó a desembaularlo todo.
O casi todo.
Del sistema de señales que su padre y él habían inventado para el mendacium no dijo nada.
En cuanto a lo sucedido en la taberna de Vibio, se lo contó con ciertos matices.
Por ejemplo, se reservó un detalle que no carecía de importancia.
El hecho de que había perdido la última partida a propósito.
Al menos, consiguió hablar sin llorar. No le resultó fácil, porque tenía un nudo en la garganta que por momentos reducía su voz a un hilo a punto de quebrarse.
Pero lo logró, manteniendo la promesa que se hizo a sí mismo en el Foro el día en que aquella manzana lo golpeó en la cabeza.
«Los hombres no lloran. No volveré a llorar».
Cuando terminó su relato, incompleto y algo tendencioso, Rea, que lo había escuchado todo con los labios apretados y el ceño fruncido, levantó la mano.
Sertorio alzó los ojos y la miró a la cara. No pretendía desafiarla, sino demostrarle que aceptaba el castigo, que sabía que se lo merecía y estaba dispuesto a recibir las bofetadas que hicieran falta.
Rea mantuvo el brazo en alto un instante.
Antes de que la mano descendiera, Sertorio sintió un zumbido leve en los oídos.
La estancia desapareció.
Y, con ella, su madre.
Se hallaba en Limenia.
De nuevo.
A diferencia de lo ocurrido unas horas antes en la taberna, esta vez no entró en trance voluntariamente.
¿Por qué había ocurrido ahora?
Quizá era una forma de huir, sin darse cuenta.
Algo parecido, pero a la inversa, a lo que le ocurría cuando, en una pesadilla, una lamia, un licántropo o un cíclope antropófago estaban a punto de atraparlo y él se ordenaba a sí mismo: «¡Despierta!
», con lo que lograba salvarse justo a tiempo.
(Ya entonces solía preguntarse qué podía ocurrirle si moría dentro de un sueño).
Pero él no quería escapar de su madre, ¿verdad? Había puesto la cara para recibir su castigo.
Bueno, quizá había cerrado los ojos, y eso había hecho que apareciera allí.
Miró en derredor. Esta vez no se veía a nadie más en la pradera.
Ni al hombre tuerto, ni a Marta, ni a ningún otro intruso.
Se sentó sobre aquella hierba sin textura que no era auténtica hierba, y dejó que su mirada se desenfocara un rato, perdida en aquel cielo de un azul imposiblemente uniforme.
¿Y si se quedaba en Limenia para siempre?
Allí no podrían entrar ni su padre, ni aquella mujer tan vulgar que se sentó en sus rodillas en la taberna, ni los demás clientes del lugar, Félix y el hombre de la arruga en la frente incluidos.
Lo malo era que tampoco podría ver a su madre, Dagulfo o Quirinio, ni jugar con Thot y con los perros.
A cambio, en aquel lugar era posible convencerse a sí mismo de que no había pasado nada, de que todo lo ocurrido en los dos últimos días no era sino un sueño algo más vivido de lo normal.
¿Qué le había dicho Marta?
«Si conoces el futuro, ya lo estás cambiando. Si lo cambias, se vuelve distinto, así que ya no es el futuro que conoces».
O algo parecido.
Puesto que ahora sabía que el futuro consistía en que su familia no iba a tener dinero, porque él acababa de arruinar a su padre, eso significaba que el mero hecho de saberlo lo estaba cambiando, y que ya no iban a estar arruinados. ¡Todo arreglado!
¿No?
No.
Incluso a sus siete, ya casi ocho años, comprendía que aquel argumento tan embrollado no valía. Estaba intentado convencerse a sí mismo con lo que Lucilio llamaba «sofisma», un razonamiento con trampa.
No había manera de deshacer lo ocurrido, del mismo modo que, cuando se le caía un plato al suelo y se rompía, era imposible amontonar los añicos de nuevo sobre la mesa y esperar que se unieran solos.
Con un suspiro, cerró los ojos y decidió que no tenía otro remedio que regresar. Limenia era un buen lugar para descansar del mundo. No para vivir.
Cuando abrió los párpados de nuevo, Dagulfo y él estaban solos en el atrio. Su madre había desaparecido.
Rea se había encerrado. No en el salón del piso de abajo, donde solía jugar al latrunculi o recibir visitas cuando la temperatura no era lo bastante agradable para salir al jardín, sino en su dormitorio, en el piso de arriba.
Durante esos días reinó en la casa un silencio extraño, ominoso.
Los esclavos, comprendiendo que sucedía algo grave, conversaban en susurros.
Incluso Edetana, tan vocinglera otras veces, procuraba no elevar el tono.
Andaban casi de puntillas y, en lugar de arrastrar sillas y muebles para barrer y fregar, intentaban levantarlos o deslizados con la mayor suavidad posible.
Mientras su madre seguía sin salir de la alcoba y se negaba a abrirle la puerta —solo permitía que pasara Edetana para llevarle comida y agua—, su padre todavía no había dado señales de vida.
Sertorio quería salir de la casa, huir de aquella atmósfera opresiva. Salvio, el atriense, le dijo que, sin permiso de ninguno de sus progenitores, no iba a correr el riesgo de dejarle cruzar la puerta de la calle.
Al segundo día de encierro, Quirinio se pasó por allí a buscarlo. Sertorio no se atrevió a salir, ni tampoco a invitarlo a jugar en el patio.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó su amigo, extrañado.
—No lo sé —respondió él.
Su respuesta habría sido más precisa y sincera si hubiera admitido que lo que ignoraba no era lo que había pasado, sino lo que iba a pasar.
Rea llevaba ya tres días sin salir de la alcoba cuando, por fin, Tito se presentó en casa.
Venía borracho, cosa que no sorprendió a Sertorio.
Algo debía de haber descansado, sin embargo, en casa de algún amigo.
Si hubiera seguido bebiendo sin parar desde que se marchó de la taberna de Vibio, habría sido incapaz de mantenerse en pie.
Traía el mismo manto, con algunas manchas que Sertorio no recordaba, pero llevaba puesta otra túnica, distinta de la que había rasgado con sus propias manos tras el desenlace de la partida con Félix.
Lo peor era que no venía solo. Lo acompañaban el hombre de la arruga en la frente y otros tres individuos de aspecto inquietante.
Altos, corpulentos, mal afeitados, de mirada hosca.
A Sertorio le recordaron a Nuntiusmortis.
No los envolvía esa aura negra que parecía flotar en torno al exgladiador, pero la sensación de amenaza que emanaba de ellos era casi palpable.
Cuando Polión les abrió la puerta, Sertorio se dio cuenta de que el esclavo estaba muy asustado.
Otras veces, cuando se ponía nervioso, se pasaba la lengua por la hendidura que dividía en dos su labio superior.
Ahora no dejaba de mordisquearla, mientras mantenía la mirada gacha y las manos escondidas bajo el manto, como si quisiera pasar desapercibido.
Tal vez era lo más prudente.
Edetana, que estaba detrás de Sertorio, le susurró a Salvio:
—¿Qué hace aquí Septimuleyo?
—Sé tanto como tú —respondió Salvio. El temblor de su voz delataba el mismo temor que la actitud de Polión.
—Ese hombre es un criminal —murmuró Edetana—. No puede traer nada bueno.
Septimuleyo.