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Sertorio regresó a casa con Dagulfo. En esta ocasión, el esclavo teutón sí había estado presente durante la partida.
De Titipor, por otra parte, no sabían nada.
Puede que se hubiera ido con Tito, o quizá se encontraba en compañía de alguno de esos hombres que solían tirar de su mano para subirlo por las escaleras de la taberna y pasar un rato con él.
Los comentarios de Dagulfo, cuyo mayor don no era la sutileza, no hicieron mucho por tranquilizar a Sertorio.
—El amo se ha enfadado mucho. Él nunca lo ha visto así. Espera que no castigue mucho a joven amo.
Sertorio empezaba a intuir el alcance de lo que había hecho.
O eso creía él. En realidad, estaba muy lejos de captarlo.
En cualquier caso, iba muerto de miedo. Las tripas se le retorcían por dentro como aquella vez que le sentaron mal unas sardinas.
Si no llegaban a casa pronto, iba a tener que buscar cualquier rincón para vaciar sus intestinos.
—¿Tú sabes lo que es arruinarse, Dagulfo?
Sertorio caminaba de la mano del gigante. Hacía mucho tiempo que no lo hacía. En lugar de los diez años que afirmaba tener o de los siete (a punto de cumplir ocho) que en realidad tenía, se sentía como un crío de cuatro.
—Él cree que arruinarse es perder todo lo que uno tiene.
—¿El dinero?
—El dinero, sí.
—Pero la casa no, ¿verdad? La casa no se puede perder.
—Él no lo sabe, amo.
No iban a tardar en averiguarlo.
Septimuleyo tenía motivos suficientes para sonreír y dedicarle un brindis a aquel renacuajo. Todo había salido a la perfección.
Siendo sinceros, la auténtica perfección habría sido no tener que entregarle la mitad de las ganancias a Cepión.
Pero, a fin de cuentas, apenas había gastado dinero en aquella operación.
Sí, al principio tuvo que soltar unos miles de sestercios para enganchar al iluso de Tito Sertorio, convenciéndolo de que en la taberna de Vibio se iba a hacer de oro.
Pero no tardó en recuperarlos y multiplicarlos con creces.
Esta vez su asociación con Cepión sí había rendido beneficios dignos del tiempo y el esfuerzo invertidos.
No ocurrió así años atrás, cuando él y sus hombres irrumpieron en casa de Tito Sertorio aprovechando el caos de los disturbios contra Graco.
Al contrario, el saldo de aquella acción fue muy negativo para él.
Septimuleyo perdió a dos de sus sicarios de confianza, Mamerco y Cilurno, porque el mejor de sus gladiadores, el hijo de la grandísima zorra de Stígmata, los mató y después huyó de Roma.
Unos meses después, Septimuleyo y Cepión volvieron a asociarse, enviando a tres hombres a Masaba para que siguieran a Artemidoro.
El mismo griego que estaba en casa de los Sertorio aquella noche, y a cuya putita rubia mataron Cepión y su bestia, para que luego fuera, una vez más, Septimuleyo quien tuviera que encargarse de recoger los destrozos y deshacerse del cadáver.
Artemidoro, según habían sabido, conocía el paradero de un tesoro con el que se podría haber demolido el hórreo de Laverna para levantarlo de nuevo con ladrillos de oro y vigas de plata.
La pista la obtuvieron gracias a un esclavo de Gayo Mario al que habían extorsionado —un muchachito muy guapo del que Septimuleyo disfrutó un par de veces mientras sus hombres se lo sujetaban—.
Por boca de aquel esclavo se enteraron de que Artemidoro tenía intención de viajar a Masalia y, desde allí, internarse en la Galia hasta el lugar donde estaba sepultada aquella increíble fortuna.
De los tres agentes enviados tras el griego —dos sicarios de Septimuleyo y un liberto de Cepión, el hijo de puta siempre perdía menos que él— no se volvió a tener noticia.
Durante un tiempo, Septimuleyo creyó que quizá habían encontrado el dichoso tesoro y vivían a cuerpo de rey oriental en algún rincón del mundo.
Pero Cepión lo convenció de que, de ser así, se habrían enterado.
—Cuando el oro sale a la luz y circula, es imposible esconderlo.
Todo había sido una fantasía, concluía Cepión, un espejismo al que se habían dejado atraer por culpa de un griego chiflado.
Lo que acababa de ganar Septimuleyo a costa de Tito Sertorio no era ningún espejismo. No serían los miles de talentos de oro y plata de ese fabuloso tesoro, pero sí millones de sestercios contantes y sonantes.
Una cifra muy superior a los cuatrocientos mil sestercios necesarios para ingresar en el orden ecuestre. Si lo conseguía, ¿por qué no soñar luego con convertirse en senador? Entonces podría mirar de igual a igual a ese bastardo petulante de Servilio Cepión.
El golpe maestro para terminar de sacarle los hígados a Tito Sertorio fue usar a su hijo y su habilidad para el latrunculi .
Si el pobre diablo se hubiera limitado a seguir jugando al mendacium , todavía habría tardado meses en arruinarse.
Pero estaba tan convencido de que el crío era capaz de sacarle las castañas del brasero que se tragó el anzuelo con lombriz, hilo y caña.
Días antes, durante las Saturnales, Septimuleyo había consolado a Tito con unas jarras de vino después de que perdiera diez mil sestercios a los dados y los sumara al montante de su deuda.
—El otro día —le dijo— estuve en el Foro y vi a tu muchacho jugar al latrunculi .
—¿A Titipor? ¿Qué hacía jugando el muy zángano? —preguntó Tito, mientras al aludido lo enculaba un cliente de la taberna en el piso de arriba.
—No, a tu hijo. ¡Qué talento! En mi vida he visto jugar tan bien como ese chico.
Septimuleyo no sabía ni siquiera cómo se colocaban las piezas, pero le constaba que Tito era tan ignorante como él en ese terreno.
Su contable Polifrón, sentado en la mesa de al lado y debidamente aleccionado, se volvió hacia ellos como si hubiera pillado su conversación al azar y dijo:
—Es cierto. No quiero pecar de inmodesto, pero yo, que tengo cierto nivel, no me atrevería a enfrentarme a ese crío por no hacer el ridículo.
El tabernero Vibio, a quien le traía cuenta llevarse bien con Septimuleyo si quería mantener la cantina, había contribuido con su propio comentario mientras cambiaba la jarra vacía por otra rebosante de vino añejo.
—Cuida bien a ese muchacho, Tito. Te puede hacer más rico que Craso.
Vibio se refería a Craso Agelasto, el hombre sin risa. Se decía de él que una vez, una única vez en su vida, se había reído de un chiste, y que su hijo pequeño estaba tan poco acostumbrado a sus carcajadas que empezó a llorar y se orinó encima de puro pavor.
Con risas o sin ellas, Craso llevaba años amasando una fortuna con ínsulas que poseía en el Aventino.
Septimuleyo procuraba llevarse bien con él, y él con Septimuleyo.
De hecho, los Lavemos actuaban a veces como brigada de extinción de incendios en beneficio de Craso.
Lo que significaba que, en realidad, alimentaban las llamas para reducir a escombros edificios en cuyos solares Craso quería construir ínsulas más altas y rentables.
Otro de los esbirros de Septimuleyo, el pedante de Oráculo, había puesto su ladrillito en el muro palmeando la espalda de Tito y diciéndole:
—Yo no sé si tu hijo te hará tan rico como Craso, pero lo que sí sé es que podría llegar a ser rival del mismísimo Félix.
Por lo que Septimuleyo sabía del latrunculi , eso equivalía a decir de un gladiador que habría podido competir, en sus tiempos, con el mismísimo Stígmata —que Príapo lo enculara allá donde estuviere— o con aquel animal que atendía al nombre de Nuntiusmortis.
Entre el vino y los comentarios que escuchaba, Tito, que hasta ese momento tenía los hombros caídos y la mirada gacha por el dineral que acababa de perder, empezó a animarse.
En ese momento, un joven que estaba jugando al latrunculi en una mesa cercana, levantó la mirada del tablero para decir:
—No creo que sea tan bueno. Eso tendría que verlo yo.
Tres días después, cuando Tito regresó a la taberna —y cuando volvió a perder dinero y a firmar más pagarés, que terminaron todos en manos de Septimuleyo—, ese mismo joven apareció llevándose las manos a la cabeza de asombro.
—He estado en el Foro esta mañana y he visto jugar a tu hijo. ¡Es increíble! Si quieres ganar dinero con él, deberías traerlo aquí antes de que corra la voz de lo bien que juega. Si no, nadie va a querer enfrentarse a él. ¡Conmigo, desde luego, no cuentes!
El joven en cuestión era, por supuesto, otro Laverno, que más que mover las piezas de latrunculi las empujaba y que esa mañana no había pasado por el Foro, porque estaba descargando tinajas y barriles en los embarcaderos del Emporio.
Aquella representación teatral perfectamente conjuntada acabó embaucando a Tito, que aceptó la propuesta de traer a su hijo a la taberna de Vibio para enfrentarlo con otros jugadores.
El plan era que se confiara y lo apostara todo contra el mejor jugador del lugar, Félix.
La víspera, al ver cómo el crío ganaba una partida tras otra, Septimuleyo había empezado a temer que, como decía el proverbio, la cuerda del arco se rompiera y le saltara un ojo al arquero. Hablando con Oráculo, que de latrunculi sabía algo más que él, le preguntó:
—¿Tú crees que puede ganar a Félix?
—Yo creo que aún está verde para eso, pero imposible no es…
La pieza clave era Félix.
Lucio Cornelio Sila, el Afortunado.
Un patricio de ilustrísima familia, pero también un crápula que disfrutaba más codeándose con la chusma en los garitos del Tíber y el Aventino que reuniéndose en el Foro con otros aristócratas.
Vivía al día con una renta que le daba para pagar el alquiler de un apartamento y poco más, y el resto de sus gastos —vestuario y fiestas, principalmente— conseguía que se los sufragaran otros.
A algunos les sacaba los sestercios jugando a los dados o al latrunculi , pero también se las arreglaba para algo aún más difícil.
Vivir de las mujeres.
En concreto, de su madrastra, a la que se tiraba para consolarla en su viudedad, y de una cortesana llamada Nicópolis que, ahora que sus encantos empezaban a ajarse, iba gastándose en Félix los ahorros acumulados cuando tenía las tetas enhiestas y la cara sin arrugas.
Un auténtico artista, en opinión de Septimuleyo.
Félix no era tan pobre como se lamentaba a veces.
Su problema era que gastaba como si nunca fuera a amanecer.
Al estilo de un Cepión, pero sin las rentas de un Cepión.
Siempre necesitado de dinero, aceptó representar su papel para terminar de desplumar a Tito Sertorio a cambio de una suma nada módica.
Septimuleyo en persona había negociado con él, ya que Cepión no quería que Félix, otro patricio que en algún momento podía hacer carrera política, lo viera implicado en aquellos tejemanejes.
Septimuleyo, que aun siendo de extracción social más baja que Félix tenía, en la práctica, más poder, debía reconocer que la mirada gélida de aquel hombre lo intimidaba. ¡A él, acostumbrado a ver cómo los demás temblaban de miedo cuando lo veían acercarse con el cuchillo en la mano!
No era el único que pensaba así. Félix era un compañero de juerga muy divertido, que cantaba bien, bailaba mejor y gastaba con generosidad, pero cuando se le borraba la sonrisa y, sobre todo, cuando aquella piel tan pálida se moteaba de manchas rojas, todos sabían que era mejor apartarse de él.
Septimuleyo le había dado unas cuantas vueltas a la idea de la partida entre Félix y aquel renacuajo.
Tal como le dijo Oráculo, existía el riesgo de perder. Al final, no obstante, había decidido que merecía la pena.
Si el crío ganaba, las deudas de Tito quedarían saldadas.
Lo que significaba que, simplemente, habría que tener paciencia y esperar a que se endeudara de nuevo hasta las orejas.
(Esas orejas carnosas y peludas. ¡Repugnantes!).
Quienes caían bajo el embrujo del juego ya eran tan incapaces de apartarse de la mesa de dados como un borrachín de alejarse de las cantinas.
Y si el crío perdía…
Si el crío perdía, ocurriría justo lo que acababa de ocurrir.
Aunque Septimuleyo no sabía leer, el documento que ahora tenía ante sí —escrito en tinta sobre lujoso papiro, no en cera que cualquiera podía borrar— certificaba que la domus de Tito Sertorio en la colina de la Salud, la misma que había puesto como garantía de la última apuesta, le pertenecía ahora a él.
A Aulo Vitelio Septimuleyo.
¡Cómo se alegraba ahora de no haberla incendiado en su momento! Pensaba sacarle mucho más dinero a esa mansión del que le habría pagado Cepión en aquel entonces.
Cepión. Pensando en él, se le escapó un gruñido.
Tenía que darle a él la mitad de lo que sacara por la domus, y de su propia mitad todavía había que descontar la parte de Félix. Lo cual era el motivo de que Septimuleyo estuviese pensando en vender o alquilar aquella casa, en lugar de mudarse a ella.
Eso, y no alejarse demasiado de sus negocios en el Aventino. A decir verdad, ¿qué pintaba él entre aquellos finolis estirados del Quirinal?
Quienes tampoco iban a pintar nada allí eran los Sertorio. Tal como certificaban las firmas de Tito y de tres testigos, en las calendas de febrero su lujosa mansión dejaría de pertenecerles.