Sertorio, el elegido de la diosa blanca 86
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Estaba de nuevo en Limenia. El prado donde todas las briznas de hierba eran iguales y donde el cielo entero, de horizonte a horizonte, era del mismo azul sin matices. El lugar donde no había detalles con los que obsesionarse, donde podía descansar del agotador esfuerzo de ser él mismo.

¿Descansar? Cuando se asomó a la charca, sus ojos empezaron a dibujar sobre el espejo del agua patrones con hilos de oro y plata, tejiendo un intrincado tapiz.

Un tapiz que representaba la partida que acababa de jugar con Félix.

Al verla de ese modo, la comprendió mejor y descubrió cuáles habían sido sus errores.

Después, los patrones se borraron por sí solos. En su lugar, como si flotara por debajo de la superficie, apareció un rostro.

Hacía mucho tiempo que no lo veía, pero allí estaba de nuevo.

El hombre tuerto.

El reflejo de lo que le esperaba.

¿Cuándo perdería el ojo? ¿Sería hoy mismo? ¿Y si el rival que le había buscado su padre era uno de esos que, como le advirtió Víbula, tenían mal perder?

¿Y si era su ojo lo que se había apostado su padre para que todo quedara saldado?

Algo interrumpió sus pensamientos.

Para su sorpresa, el hombre del reflejo se dirigió a él.

Era la primera vez que Sertorio escuchaba su voz. Sonaba extraña, desacompasada. Era como si, en lugar de provenir del fondo del agua, la arrastrara el viento de algún lugar remoto, de tal manera que los movimientos de los labios iban medio latido por delante de las palabras que pronunciaban.

—Cuando pasen los años, tus piezas y las de ese hombre al que llaman «el Afortunado» se enfrentarán muchas veces.

—¿Jugaré con él al latrunculi igual que juego con Lucilio?

—Al principio sí. Después no manejaréis fichas de madera ni marfil sobre vuestro campo de batalla, sino de carne y hueso.

—¿Quieres decir soldados de verdad?

—Así es.

«Entonces es verdad. Mandaré ejércitos».

—¿Quién vencerá?

—Obtendrás muchas victorias, pero al final tus propios…

La quietud del agua se quebró. Algo, un pequeño objeto que acababa de caer justo en el centro geométrico, la había roto. El reflejo desapareció, y las últimas palabras se perdieron en al aire.

¿Cómo había podido ocurrir, si en Limenia no existían piedras ni ramas, nada que se pudiera arrojar a la charca?

Entre furioso y asustado, giró sobre sus talones.

No le sorprendió demasiado ver que la intrusa era, una vez más, la mujer del rombo en la frente. Marta, la adivina siria. ¡Colándose de nuevo en su pradera privada!

—No es bueno conocer el futuro —dijo Marta. No había disculpa en su tono, no se estaba justificando por haber interrumpido la conversación de Sertorio con su sosias del futuro. Unicamente se limitaba a constatar algo que consideraba un hecho.

—¿Por qué?

Él estaba convencido de que conocer cosas, del tipo que fueran, no solo era bueno. Era lo mejor del mundo.

—Porque, si conoces el futuro, desde el mismo momento en que lo conoces ya lo estás cambiando. Y, si lo estás cambiando, ya es distinto del futuro que crees conocer. Es como un perro que corre dando vueltas tratando de morderse la cola, pero la cola que muerde deja de ser la suya.

—No entiendo nada —respondió Sertorio.

«Ni quiero entenderlo», añadió para sí.

—Ahora deberías volver.

—¿Por qué?

Su madre le había dicho no hacía mucho tiempo: «Si por cada vez que preguntas “por qué” se apagara una estrella, el cielo ya llevaría dos años a oscuras».

—El tiempo corre más lento en este lugar, pero eso no significa que deje de avanzar del todo —respondió Marta—.

Si te quedas más rato aquí, los que están en esa taberna y te ven se darán cuenta de que llevas mucho sin moverte ni decir nada, y pensarán que has entrado en trance y que compartes la locura de las profetisas y los vates. Y no es eso lo que quieres.

«Es verdad», reconoció él. Nunca había querido que pensaran que estaba loco.

Así que cerró los ojos con fuerza y…

Cuando los abrió de nuevo, Fénix lo estaba mirando con gesto de perplejidad.

—¿Te ocurre algo? ¿Te has mareado?

Sertorio sacudió la cabeza con energía para decir que no, y empezó a distribuir sus piezas por los escaques. Esta vez le correspondían las blancas, de modo que iba a empezar moviendo su rival.

La segunda partida duró más que la primera.

Félix tabaleó menos a menudo con el pulgar, porque Sertorio, pese a jugar con blancas, llevó la iniciativa desde el principio y sus ataques lo forzaron a la defensiva.

Aun así, resultó un contrincante correoso.

Sertorio tuvo que improvisar una táctica por dos flancos que, para sus adentros, bautizó como «Gaugamela», recordando lo que había leído sobre la gran victoria de Alejandro en un libro de Clitarco.

La táctica rindió sus frutos. Quince movimientos después del inicio de Gaugamela, Félix, a diferencia de Darío —que huyó de Alejandro como un cobarde—, extendió la mano caballerosamente sobre el tablero para declararse vencido.

—¿Te dije que me parecías bajito para tener diez años?

—Sí, me lo has dicho —respondió Sertorio.

—Pues ahora me gustaría pensar que tienes treinta, porque has jugado como si tuvieras el doble de experiencia que yo. ¿Estás dispuesto a la batalla decisiva?

Sertorio asintió, y empezó a colocar piezas de nuevo. Notaba las orejas calientes. Se dio cuenta de que se había ruborizado. Era más por la satisfacción de haber ganado y la emoción de sentirse el centro de atención de toda esa gente que por timidez.

Ente aplausos y felicitaciones, que esta vez cambiaron de bando, se pidieron más rondas de bebida y varias bolsas de dinero pasaron de unas manos a otras. Al parecer, la gente no apostaba únicamente por el resultado final de aquella contienda, sino por cada uno de los asaltos individuales.

Tito seguía resoplando como un fuelle, pero esta vez era de alivio.

La mujer que antes lo abanicaba se había sentado sobre sus rodillas.

Desde allí, miró a Sertorio y le hizo un guiño.

Llevaba el párpado pintado de verde y, como el ojo que cubría eran muy saltón, a Sertorio le recordó a una aceituna.

No le gustaba esa mujer. Apartó la vista.

Cuando Félix y él terminaron de colocar las piezas, no pudo evitar lanzar otra mirada de reojo a su padre.

A apenas un paso de él, tan cerca que si se estiraba un poco podría tocarlo, se estaba dedicando a hurgar por debajo de la túnica de su nueva amiga.

(Sertorio comprendería más tarde que era una prostituta).

Aunque se dio cuenta de que su hijo lo estaba observando, no por eso retiró la mano de su entrepierna.

Al contrario, se encogió de hombros y sonrió, como si buscara su complicidad.

O como si creyera que ya la tenía, que era una posesión garantizada.

A Sertorio se le revolvió el estómago.

Pensó en su madre. Aunque no alcanzaba a comprender qué sentimientos podía haber entre ella y su padre —un amor como el de Héctor y Andrómaca o el de Penélope y Odiseo no parecía que fuera—, de lo que estaba seguro era de que Rea se sentiría asqueada si contemplara esa escena.

Tito le dijo algo. Con aquel guirigay costaba distinguir las voces, pero su padre repitió sus palabras vocalizando exageradamente, y esta vez Sertorio lo entendió.

—To-do sal-da-do.

Tras sonreírle, con una felicidad que Sertorio no había visto en el gesto de su padre desde hacía mucho tiempo, volvió el rostro hacia la mujer y la besó en la boca.

Sertorio creía que lo de antes le había dado náuseas. Ahora, al ver cómo se entrelazaban las lenguas de ambos, estuvo a punto de vomitar.

Mientras tanto, Félix ya estaba moviendo la primera pieza.

Un cuarto de hora y sesenta y cuatro movimientos después, cuando Sertorio renunció a su trigésimo tercer movimiento para rendirse y estrechar la mano de su vencedor, la alegría de Tito se convirtió no en tristeza, sino en la desolación de alguien que hubiera perdido a sus seres más queridos en un revés de la fortuna.

Primero se quitó de encima a la mujer como si ella tuviera la culpa, con tal ímpetu que la derribó en el suelo con las piernas por alto.

(No era de esas prostitutas finas que se depilan entre los muslos).

Después se levantó gritando y gimoteando, se agarró el cuello de la túnica con ambas manos y tiró de la tela con una fuerza insospechada hasta que consiguió rasgar el tejido.

No contento con ello, volcó el taburete de una patada, tomó una jarra, volcó sobre su cabeza el vino que quedaba dentro y después la golpeó una y otra vez contra la mesa, hasta que solo le quedó el asa en la mano.

Descargar su frustración contra objetos inanimados no debió de parecerle suficiente. Volviéndose hacia su hijo, levantó el brazo y cerró el puño para golpearlo.

Una mano de piel nacarada lo agarró por la muñeca y se lo impidió.

—Un general que manda a niños para que peleen sus batallas por él no tiene derecho a castigarlos —dijo Félix.

Tito se volvió hacia él como si fuera a pegarle, pero aquellos ojos azules lo dejaron congelado. Tras apartar la mirada, se zafó de la presa de Félix como pudo, murmurando algo ininteligible, dio media vuelta y salió de la taberna a toda prisa.

Sin mirar atrás, sin preocuparse de dejar a su hijo en aquel tugurio.

Sertorio permaneció como estaba, arrodillado sobre el taburete y con los ojos clavados en el tablero. Parecía mirar las fichas, pero, en realidad, no las estaba viendo.

Ni él mismo sabía muy bien qué acababa de ocurrir.

En parte, había obedecido a un arrebato, un pronto parecido al que, en su momento, le hizo encararse con Nuntiusmortis por defender a Dagulfo sin pensar en las consecuencias.

El impulso que había seguido ahora era el de borrar la sonrisa de su padre que tanta repugnancia le había provocado.

Había algo más, sin embargo.

Le vino a la memoria cómo conoció a Quirinio. Aquel día, mientras contemplaba el teatrillo de marionetas, se preguntó si en la vida real existirían titiriteros ocultos que manejaban a las personas con hilos invisibles.

Ahora, como ya le sucediera entonces, Sertorio volvió a acordarse de Marta.

Se miró las manos. Por un instante, le pareció ver dos cuerdecillas muy finas, casi transparentes, atadas a sus muñecas, tirando de ellas.

Levantó la mirada hacia las vigas del techo.

Allí no había ningún marionetista. Tampoco hilos. Solo eran patrones dibujados por sus ojos que se estaban desvaneciendo, dejando en el aire unas fugaces líneas de luz y, después, nada.

Pero no podía dejar de pensar en Marta.

¿Qué consecuencias tendría lo que acababa de hacer? ¿Serían tan graves como sugería la desaforada reacción de su padre?

Miró en derredor. El corro de espectadores se había disuelto.

Algunos regresaron a sus mesas, otros salieron a la calle para estirar las piernas o, quizá, volver a sus casas.

En aquel espacio más despejado, los ojos de Sertorio se cruzaron con los del hombre de la arruga en la frente, que seguía sentado al fondo de la taberna.

El tipo parecía muy satisfecho. Tanto como si la partida la hubiera ganado él, no Félix. Con una sonrisa que casi lo afeaba más, levantó la copa hacia Sertorio en un brindis burlón.

¿Qué era lo que tendría que haber quedado saldado entre aquel individuo y su padre? ¿Por qué uno estaba tan contento y el otro había salido corriendo de allí como si pretendiera arrojarse al Tíber?

—No creas que no me he dado cuenta.

Sertorio miró a su izquierda. Allí estaba Félix, ya levantado de su asiento. Al igual que el hombrecillo feo, él también tenía una copa de vino en la mano. A su lado, Metrobio le estaba metiendo de nuevo la mano bajo la túnica, ahora para sobetearle el pecho.

Félix se apartó un momento del actor y, agachándose junto a Sertorio para que los demás no lo escucharan, añadió:

—Sé que te has dejado ganar. No ha sido muy descarado, solo un jugador tan bueno como tú o como yo se habría percatado de ello.

—Yo…

Sertorio empezó la frase con el pronombre. Después, no supo cómo continuarla.

—Chsssss. Lo puedo entender. Si mi padre no se las hubiera arreglado para arruinarse él solo, me habría encantado arruinarlo yo, como acabas de hacer tú con el tuyo.

—¿He arruinado a mi padre? ¿Qué quieres decir?

—Me temo que no vas a tardar en entenderlo. —Félix le acarició la cabeza casi con ternura—. Pero no te preocupes. Saldrás adelante. Alguien que juega al latrunculi como lo haces tú tiene que ser, por fuerza, hombre de recursos.

Metrobio y otros ya tiraban de Félix para llevarlo hasta el mostrador. Él se volvió hacia Sertorio una vez más y se despidió diciendo:

—Volveremos a jugar.

Aquel fue el primer encuentro, pero no el último, entre Quinto Sertorio y Lucio Cornelio Sila, conocido como Félix, «el Afortunado».