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Al día siguiente, repitieron la misma excusa, la partida de latrunculi con Lucilio.
Para despistar a su madre, Sertorio marchó al Foro acompañado por Dagulfo.
Su padre lo esperaba ya en la cantina de Fulvio, con Titipor.
Debía de ser poco más de la hora tercera, pero ya se había aflojado el cinturón, los ojos se le veían algo vidriosos y el aliento le olía a vino recién bebido.
Desde allí, se dirigieron juntos a la taberna de Vibio.
Cuando entró en el local, precedido por su padre, las voces se convirtieron en murmullos y las miradas confluyeron en él.
Sertorio sintió que la sangre le subía al rostro.
Pero, en lugar de bajar la cabeza, recorrió los semblantes uno a uno, reconociendo algunos de la víspera y fijándose en los nuevos.
Al inspirar, percibió algo distinto. El ambiente se notaba menos viciado que la víspera, cuando abandonaron el lugar, porque al amanecer se abrían las ventanas para ventilar.
No se trataba de eso, sin embargo. Tal vez fueran imaginaciones suyas, pero juraría que allí dentro flotaba el mismo olor picante que precede a la tormenta.
¿Era la tensión contenida de toda esa gente la que saturaba el aire de energía?
«Para una sola partida», le había dicho su padre.
¿Contra quién iba ser esa partida que despertaba tanta expectación?
Recordó una de las conversaciones entreoídas el día anterior.
«Yo creo que puede que sea tan bueno como Félix».
«¡No jodas! Esas son palabras mayores. ¿Cuándo has visto perder una partida a Félix?».
La piel de la nuca y de los antebrazos se le erizó.
Quizá fuera por la energía invisible que impregnaba el aire, o tal vez por la mezcla de emoción y de temor que lo embargaban al comprender que lo iban a enfrentar contra un rival que parecía ser tan imbatible en el latrunculi como el malvado Nuntiusmortis lo había sido en la arena del Foro Boario.
Poniéndole la mano en el hombro, su padre lo guio hasta la mesa que ya lo conocía. Allí lo aguardaba, ya dispuesto, el campo de batalla.
Por mucho dinero que se moviera en las apuestas de aquel local, el tablero era tan sencillo como el que Lucilio y él usaban en la taberna de Nisa.
La víspera ya se fijó en que la plancha de madera tenía dos esquinas astilladas.
Ahora se preguntó si las desportilladuras no se deberían a que algún jugador enfadado hubiera estampado el tablero contra la cabeza de su adversario.
Pensando en los clientes de mal perder, se acordó de la advertencia de Víbula y dirigió la mirada hacia el mostrador.
Allí estaba ella, secando copas con un delantal.
Cuando los ojos de ambos se cruzaron, Víbula meneó la cabeza, como diciendo: «No deberías haber venido».
Sertorio se encogió de hombros, esperando que su gesto transmitiera lo que sentía. «No me ha quedado otro remedio».
Igual que había hecho el día anterior, como si fuera una tradición recién inaugurada, se quitó el manto, lo dobló cuidadosamente y lo colocó sobre el asiento.
Después se sentó, a la espera. Cuando empezara la partida, volvería a ponerse de rodillas en el taburete.
En un rincón del mostrador había un grupo en el que estaban el grandullón que la víspera echó a los dos alborotadores y el hombrecillo feo al que todos trataban como si fuera un cónsul.
A juzgar por la forma en que tenía cruzados los brazos y movía la cabeza a ambos lados mientras su padre gesticulaba, la negociación estaba siendo complicada.
Por fin, pareció que llegaban a un acuerdo.
Un hombre que estaba sentado a una mesa cercana escribió primero en un papiro y después en otro, pegando tanto la cara que Sertorio se preguntó cómo no se la manchaba de tinta.
Cuando terminó, su padre firmó en ambos papiros, y después lo hicieron el hombre del surco en la frente —incluso desde esa distancia, a Sertorio le dio la impresión de que más que firmar marcaba los dos trazos de un aspa— y dos de sus acompañantes.
¿Qué habría escrito el hombre miope en aquellos documentos?
Si el día anterior había bastado con una tablilla de cera para comprometerse a pagar dos mil sestercios, las cantidades plasmadas en aquellos papiros debían de ser muy superiores.
¿Veinte mil, cuarenta mil? A lo mejor ya no contaban ese dinero en sestercios, sino en talentos.
Sertorio podría haber pensado que todo eso suponía una gran responsabilidad. De alguna manera, sin embargo, no acababa de relacionar lo que estaban firmando allí aquellos hombres con el tablero que tenía delante.
Se enfrentara contra quien se enfrentara, quería ganar, por supuesto. Pero por el juego en sí, no por los tejemanejes de su padre, que pertenecían a ese mundo que flotaba dos cabezas por encima de él, el de los mayores.
Por fin, su padre regresó con él. Lo seguían varios miembros de aquel grupo, pero el hombre feo se quedó allí, sentado junto al escribiente miope.
Tito se inclinó junto a él y le susurró al oído:
—Juega como tú sabes.
«No puedo jugar como no sé», pensó Sertorio. En lugar de eso, respondió simplemente:
—Sí, padre.
—No me decepciones. Si lo haces bien, todo quedará saldado. ¿Me entiendes?
Sertorio asintió, aunque en realidad ignoraba qué era lo que había que saldar. Por si tuviera alguna duda —que la siguió teniendo—, su padre insistió:
—Todo.
Alrededor de la mesa se había formado un círculo. Por encima de la primera línea de cabezas asomaban las de quienes eran más altos o, incluso, las de algunos que se encaramaban a bancos y taburetes para ver mejor.
El corro se abrió un momento y por él, como un cuchillo cortando queso —con más experiencia y más viajes, Sertorio lo habría comparado con el espolón de un trirreme separando las olas—, se abrió paso su rival.
Era un hombre joven, alto y bien vestido, con un elegante cinturón apretado en su justa medida, de modo que la túnica formaba un pliegue perfecto sobre su caderas.
Sertorio pensó que, si tocaba aquel embolsamiento, la tela se hundiría porque no había más que aire debajo, mientras que en el caso de su padre su dedo toparía con un rodillo de grasa.
El hombre se sentó frente a él y extendió la mano para saludarlo. Su apretón tuvo la fuerza justa, considerando la edad de Sertorio. Su piel era cálida, seca y al mismo tiempo suave, sin callos en los dedos.
—Soy Lucio Félix —se presentó.
—Yo me llamo Quinto Sertorio.
—¿No eres un poco pequeño para tener diez años?
Sertorio se limitó a señalar con la barbilla a su padre, como si dijera: «¿Y qué esperabas, que con esa herencia fuera un gigante?».
El hombre apodado Félix sonrió. Tenía la piel muy blanca, como Dagulfo, y el cabello rubio con destellos de cobre.
Sus rasgos eran afilados hasta el punto de resultar duros, pero no carecían de armonía. Lo que más llamaba la atención de su rostro, empero, eran los ojos. Azules, fríos. A Sertorio le parecieron tan inquietantes como los demás, según había comprobado, encontraban los suyos.
Recordó la advertencia de su madre —«No debes mirar fijamente a la gente»— y apartó la vista, aunque le habría gustado seguir contemplando los ojos de aquel hombre. Había algo en ellos fascinante y, al mismo tiempo, ominoso.
—¿Eres celta, señor? —preguntó Sertorio.
Félix se rio y respondió que no.
—¿Teutón, como él? —insistió Sertorio, señalando a Dagulfo.
—Romano de pura cepa.
—¡Y de un linaje patricio intachable!
El personaje que acababa de decir esto último, un joven de voz armoniosa, aunque tan aguda que se podía confundir con la de una mujer, puso las manos sobre los hombros de Félix, igual que había hecho el «lanista» de ayer —a falta de otro término mejor, Sertorio se quedó con ese—.
En lugar de limitarse a masajearle los músculos, metió los dedos bajo la túnica y le acarició el pecho.
Félix le apartó las manos.
—Ahora no, Metrobio. Deja que me concentre.
Metrobio. Sertorio conocía el nombre. Era un joven actor que se estaba haciendo muy popular. A juzgar por el retintín con que Antiodemis pronunciaba su nombre cuando salía a colación, demasiado popular para su gusto.
A diferencia de lo ocurrido el día anterior, se decidió —o sea, lo decidieron por Sertorio— que el vencedor de aquel duelo sería el mejor de tres partidas. Un espectador imparcial escondió una pieza en cada mano para que los jugadores eligieran color.
A Sertorio le tocó la ficha negra. Eso significaba que empezaría él tanto la primera partida como la tercera, si esta llegaba a ser necesaria para resolver el empate.
Apenas empezaron, Sertorio comprobó que el estilo de su rival era más agresivo que el de Lucilio.
Tomaba menos precauciones para proteger sus piezas, pero a cambio lograba maniobras sorprendentes y le tendía celadas donde menos se lo esperaba.
En cierto modo, Félix le recordaba a su madre, que improvisaba mucho y atacaba siempre.
En cambio, el viejo poeta seguía en muchas fases del juego patrones ya establecidos por la tradición, con nombres tan bélicos como testudo, cuneus, sagitta o falcata quadriga [30] .
Patrones que Sertorio había aprendido tanto a contrarrestar como a imitar cuando le convenía.
Mientras jugaban, aprovechó para observar a su contrincante.
Cuando pensaba, Félix se llevaba la mano izquierda a la barbilla.
Tamborileaba en ella de vez en cuando y abría los dedos cuando se disponía a mover con la otra mano.
Si se le ocurría una maniobra más agresiva o brillante, el tabaleo era con el dedo pulgar.
Dos golpecitos en el lado izquierdo del mentón.
Sertorio aprendió que, cuando eso sucedía, sus piezas se hallaban en apuros. Que lo previera no significaba que pudiera evitarlo, ya que tenía que esperar al movimiento de Félix para descubrir qué se le había ocurrido.
Los espectadores, entretanto, comentaban entre sí las jugadas, aunque ambos movían tan rápido que —como se quejó uno de ellos— les costaba seguirlas para reconocer la estrategia y la táctica de cada uno.
De vez en cuando, Sertorio miraba de reojo a su padre.
Se había despojado del manto nada más entrar y ahora, además, se acababa de arremangar la túnica.
Tenía la frente sudorosa y las mejillas coloradas, y no hacía más que morderse los labios y después pasarse la lengua por ellos, todo ello entre trago y trago.
—Puede que seas un poco bajo para tus diez años, pero de lo que no hay duda es de que eres más inteligente de lo que corresponde a tu edad —comentó Félix, mientras el campo de batalla entre ambos se iba despejando.
¿Se trataba de una queja o de un halago? Sertorio lo ignoraba. Dejando aparte el gesto del pulgar que anticipaba los movimientos más peligrosos, leer a ese hombre era dificilísimo, casi imposible.
El pulgar tabaleó dos veces, hubo una pausa, luego volvió a hacerlo, y Sertorio se dio cuenta de lo que se le venía encima.
Cuando la maniobra masacró el flanco izquierdo de su pequeño ejército, comprendió que no tenía sentido resistir. Extendió la mano sobre el tablero y reconoció su derrota.
Las voces de la taberna subieron de tono y de volumen.
La tensión que durante un rato había hecho contener las respiraciones se desató.
Hubo aplausos para Félix y gritos de ánimo para Sertorio, ya que, dejando aparte lo que hubiera podido negociar su padre con el hombre del surco en la frente, un buen número de espectadores habían apostado por él y no querían perder su dinero.
Su padre, medio derrumbado sobre una silla, resoplaba mientras una mujer —la misma que el día anterior había enseñado los pechos— le daba aire con un abanico de plumas de cisne.
Alguien puso la mano en la espalda de Sertorio, se la palmeó y le apretó el hombro. No contento con eso, se inclinó sobre él y le gritó al oído: «¡Ánimo, chaval!», salpicándolo de saliva.
Aquello era demasiado para él.
Sertorio cerró los ojos.
Y abandonó el lugar.