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Después de Hipias, fueron desfilando varios jugadores más para probar suerte.
Uno tras otro, el muchacho los derrotó. Al lado del tablero aparecieron otros dos bolsas de dinero, más un par de tablillas de cera en las que los jugadores daban fe, por escrito, de que la suma que les debía previamente Tito Sertorio quedaba saldada gracias a la victoria de su hijo.
Tito seguía frotándose las manos, eufórico. Pero dejó de hacerlo cuando, tras el cuarto rival vencido por Sertorio, nadie más quiso sentarse frente a él, y mucho menos apostar.
Sertorio observó que la mirada de su padre buscaba al hombre de la arruga en la frente. Este le hizo un gesto con la mano para que se acercara. Tito se levantó, puso la mano en el hombro de su hijo y le dijo:
—No te muevas. No tardaré en volver.
Cogiendo las bolsas y las tablillas, se dirigió hacia la mesa del hombre feo.
Sin contrincantes a la vista, Sertorio se dedicó a observar su entorno.
En otras mesas continuaban las partidas, tanto de dados como de latrunculu Los que se aplicaban a este último juego le dirigían miradas de reojo y hacían comentarios entre sí.
A causa del vino, muchas de esas observaciones eran en voz más alta de lo que los interlocutores creían, lo suficiente como para que Sertorio las escuchara.
—Yo creo que puede que sea tan bueno como Félix —dijo uno.
—¡No jodas! Esas son palabras mayores. ¿Cuándo has visto perder una partida a Félix?
Félix. «Afortunado». ¿Quién sería aquel hombre? Si estaba en la taberna, por el momento no parecía dispuesto a enfrentarse a él.
Siguió observando. A dos mesas de distancia, una mujer se sentó sobre las rodillas de un cliente. Este le bajó la túnica y le descubrió los pechos, entre carcajadas de ambos y de los otros compañeros de mesa.
Sertorio no pudo evitar quedarse mirando, boquiabierto. La mujer se dio cuenta y le sonrió. Le faltaban varios dientes y sus senos, caídos y algo asimétricos, no le parecieron bonitos.
Pero, como diría Quirinio en un silogismo irrebatible, «Dos tetas son dos tetas».
«Esto se lo tengo que contar», pensó Sertorio.
Apartó la mirada, por no parecer descarado. Al hacerlo, vio que Titipor subía por la escalera que llevaba al piso de arriba. Un hombre calvo lo llevaba de la mano.
Antes, mientras él jugaba su primera partida, el esclavo gétulo había ascendido por esa misma escalera, acompañado por un hombre gordo y barbudo.
Sin saber muy bien por qué, Sertorio intuyó que aquel trajín que se traía Titipor guardaba alguna relación con la palabra maldita cuyo significado ya conocía más o menos gracias a Quirinio.
«Catamito».
Después reparó en algo más que le llamó la atención.
Sentado en el suelo cerca de un rincón, con la espalda apoyada en un pilar de roble, había un hombrecillo menudo, con los pómulos hinchados como dos pelotas, las mejillas hundidas y surcadas por dos profundas arrugas y un cabello ralo y grasiento bajo el que se transparentaba un cráneo huesudo.
Sus ojos saltones recorrían la taberna de un lado a otro, como si buscara algo, mientras se toqueteaba constantemente un grueso anillo que llevaba en el dedo corazón de la mano izquierda, como para cerciorarse de que seguía allí.
De repente, el hombre se levantó y se acercó a una mesa en la que cuatro clientes jugaban a las doce muescas.
En ese preciso instante, los cuatro desviaron la vista de forma simultánea hacia la puerta, coordinados como una bandada de estorninos.
El hombrecillo estiró la mano hacia uno de los dos montones de monedas donde se apilaban las apuestas, cogió unas cuantas, se las guardó y, girando sobre los talones, regresó a su sitio.
Pasados unos segundos, los jugadores reanudaron la partida, sin reparar en que les acababan de robar parte del dinero.
Sertorio estaba fascinado. De reojo vio que la misma mujer de antes volvía a exhibir los pechos, pero ya no le interesaba. Toda su atención estaba puesta en aquel sujeto tan peculiar.
Al cabo de un rato, tras comprobar que tenía puesto el anillo, se levantó de nuevo y se acercó a otra mesa en la que dos hombres y dos mujeres charlaban mientras daban cuenta del almuerzo que les había servido la camarera.
De nuevo, todos apartaron las miradas a la vez, ahora en direcciones distintas, y el hombrecillo aprovechó para robarles una sardina en salazón y una rebanada de pan.
Con su nuevo botín, se retiró a aquella especie de escondrijo, a la vista de todos y al mismo tiempo invisible, y devoró el pan y el pescado con bocados rápidos y nerviosos, sin dejar de mirar a los lados.
Sertorio se lo imaginó como un ratón, con los bigotillos temblorosos mientras comía a toda velocidad.
Era muy extraño. Mientras permanecía allí sentado, en el suelo, nadie se fijaba en él ni le dirigía la palabra. Pero resultaba aún más desconcertante que, cada vez que se acercaba a otras personas, estas apartaban la mirada sin reparar en su presencia.
Excepto Sertorio.
Mientras masticaba el último bocado, el hombre cruzó la mirada con él.
Al darse cuenta de que el muchacho lo observaba, se levantó y atravesó la sala, caminando hacia su mesa.
Al hacerlo, pasó entre otros clientes, que apartaban la mirada o se movían para esquivarlo, como si participaran en una coreografía inconsciente.
Al llegar a la altura de Sertorio, el hombrecillo plantó las manos sobre su mesa. Estaban llenas de mugre, como la ropa, pero su anillo relucía como si acabara de abrillantarlo. Era de oro, y tenía grabadas unas muescas diminutas, signos o letras de alguna escritura desconocida.
—Me estás viendo —susurró, girando la cabeza a derecha e izquierda.
—Claro —respondió Sertorio, que se sintió obligado a añadir—: No soy ciego.
—¿Cómo es que puedes verme?
Sertorio se encogió de hombros.
—Tengo ojos.
—No se lo digas a nadie, ¿vale?
—¿Qué es lo que no debo decir?
—No le digas a nadie que me ves.
Imitando a su interlocutor, Sertorio volvió la cabeza a ambos lados. Los ojos de todo el mundo apuntaban en otras direcciones. Nadie miraba hacia el hombrecillo.
Ni, de paso, hacia él.
—Está bien. No se lo diré a nadie.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—Quinto Sertorio.
El hombre abrió la mano izquierda, que había mantenido cerrada todo el tiempo, y la giró para mostrarle la palma.
El anillo tenía una piedra verde, una esmeralda de tamaño considerable.
Lo curioso era que, en lugar de lucirla por fuera como todo el mundo, la llevaba vuelta hacia dentro, y la apretaba tanto dentro del puño que le había dejado una marca en la palma.
—¿Por qué llevas el anillo así? ¿No te hace daño en la mano?
—Sí.
—¿Entonces?
—Tengo que hacerlo.
—¿Por qué? ¿Es que tienes miedo de que te lo roben?
—No. —El hombre volvió a mirar en derredor, con cautela. Esta vez, Sertorio se lo imaginó más como un ciervo abrevando en un riachuelo que como un ratón—. Lo que no quiero es que me vean. No me gusta que la gente me vea.
—¿Y qué tiene que ver eso con el a…?
El hombre se llevó el índice a los labios.
—Chssss. Tú no digas nada, ¿de acuerdo?
Sertorio asintió. En esta ocasión, en lugar de volver a su rincón, el hombrecillo se dirigió hacia la puerta y salió de la taberna.
Años después, Sertorio volvería a tener noticias de aquel individuo tan particular. Para entonces, ya había leído la República de Platón y la historia del anillo de Giges.
Justo después de aquel encuentro tan extraño, una mujer se sentó frente a Sertorio.
Debía de tener la edad de su madre, o quizá algunos años menos.
Era guapa, no tanto como Rea o Antiodemis, pero de formas más voluptuosas.
Su túnica se abría en un escote que, de bajar un poco más, habría dejado ver lo mismo que Sertorio había contemplado antes en la otra mesa.
Tenía el pelo rubio, con un tono descolorido que no parecía natural.
Las raíces, más oscuras, lo delataban. Quizá se lo aclaraba como Edetana, usando espuma cáustica, un jabón elaborado con sebo de cabra y cenizas de haya.
—¿Quieres jugar? —preguntó el muchacho, ya que veía que su padre seguía hablando con el hombre feo y, de momento, no mostraba trazas de regresar a la mesa.
—Ya querría yo tener tiempo —respondió ella.
—¿Por qué no tienes tiempo?
—Porque trabajo aquí.
—¿Cómo te llamas?
—Víbula.
Víbula. «La pequeña Vibia», se dijo Sertorio. ¿Sería la hija del dueño de la taberna? La gente mayor como esa mujer también tenía padres, al fin y al cabo.
No es que él tuviera demasiada experiencia de ello.
En el caso de su familia, no conocía a sus abuelos paternos, que murieron en Nursia antes de que él naciera.
Podría haberse acordado de su abuela materna, Herenia, que se había mudado a casa de los Sertorio cuando su marido se divorció de ella.
O, por decirlo con propiedad, cuando la repudió para sustituirla por una mujer mucho más joven.
El epíteto más suave que Rea, habitualmente elegante en sus expresiones, le aplicaba a la tal Decia Súbula era el de «grandísima hija de puta».
Pero Herenia, fuera por la tristeza y la humillación o porque ya venía de Veyes con una enfermedad royéndole las entrañas, apenas sobrevivió seis meses al divorcio.
Sertorio no había cumplido todavía los dos años y ni siquiera su extraordinaria memoria guardaba recuerdo de aquel breve periodo de su vida.
De Valerio Tapón, su abuelo materno, sí se acordaba. Había venido en una ocasión a visitarlos, cuando él tenía cuatro años. Fue entonces cuando le regaló la toga pretexta que Sertorio se había puesto el día que se inscribió en el censo.
Valerio había tenido la desfachatez de presentarse con su nueva esposa. O su barragana, según Rea, que no le permitió entrar en la casa. De modo que la visita había sido todavía más breve de lo planeado.
Entre unas cosas y otras, Sertorio había llegado a olvidar que su padre y su madre tenían, a su vez, padres y madres.
—Tú eres Quinto Sertorio, ¿verdad? —preguntó Víbula.
—¿Cómo sabes que me llamo…? —empezó Sertorio. Miró hacia la mesa donde seguía Tito y comprendió—. Ya. Conoces a mi padre.
—¿No crees que eres un poco joven todavía para venir a este sitio? ¿Cuántos años tienes? ¿Ocho, nueve?
—Tengo diez.
—Diez siguen siendo pocos para ver ciertas cosas.
Sertorio siguió la mirada de Víbula hacia un rincón en penumbras.
Allí, una mujer estaba sentada en el regazo de un cliente que la besuqueaba en el cuello.
No enseñaba los pechos como la otra, pero a cambio tenía la túnica subida hasta la cintura y sus caderas desnudas sugerían que no llevaba nada debajo.
—Tu padre no debería traerte aquí. Ya he visto que te usa para ganar dinero, pero eso no está bien.
—¿Por qué? —preguntó Sertorio, aunque sabía que ella llevaba razón. Si su madre lo viera en aquel tugurio, pondría el grito en el cielo.
Unos días antes, Quirinio le había dicho: «No hay que hacer siempre lo que quieren nuestras madres».
Pero se refería a las travesuras propias de su edad, no a meterse en un garito que olía a humo, ropa húmeda y sudor, y que poco a poco se iba abarrotando con clientes bastante más borrachos que los asiduos de los locales del Foro.
Víbula estiró la mano por encima del tablero y le acarició la mejilla. Tenía la piel más áspera que su madre y callos debajo de los dedos, pero el contacto le resultó agradable.
—A veces, los que pierden jugando no se lo toman bien. No me gustaría que alguien te rompiera una jarra en la cabeza… o que te clavara un cuchillo.
Sertorio miró alrededor, repentinamente alarmado.
Tal vez porque las velas y las lámparas dejaban más zonas en sombra de las que iluminaban, los rostros de la gente le parecieron más duros, más amenazadores que los de los parroquianos que se reunían a beber a la luz del sol en la taberna de Nisa o en la de Fulvio.
—¿Me clavarían un cuchillo?
—Aquí hay mucho hijo de mala madre. —Víbula se levantó y se inclinó sobre la mesa para darle un beso en la frente.
Su escote se abrió un poco más, brindándole un panorama tan amplio de sus pechos que estuvo a punto de enseñarle los pezones—.
Eres un niño muy guapo y tienes unos ojos increíbles, pero preferiría no verte más por aquí hasta que te pongas la toga viril.
Víbula regresó al mostrador, donde su padre la estaba reclamando. En su camino se cruzó con Tito, que por fin regresaba, con una copa de vino en la mano. Era lo único que traía. Las bolsas con las ganancias y las tablillas se habían quedado en la mesa del hombre del surco en la frente.
—¿Qué te decía Víbula? —le preguntó, revolviéndole el pelo. Se lo veía raro, con una mezcla extraña de satisfacción y nerviosismo.
Sertorio se dejó llevar por un arrebato de sinceridad.
—Que este no es lugar para un chico como yo.
Tito miró alrededor, y su hijo lo imitó.
Desde que entraron, la taberna no había dejado de llenarse.
Las voces sonaban cada vez más altas, muchas de ellas estridentes.
Se había producido un conato de pelea, resuelto cuando el hombrecillo feo envió a otro mucho más corpulento, con pinta de pugilista, con la orden de agarrar del pescuezo a los dos implicados y echarlos a la calle.
—Puede que sea verdad. Nos vamos —dijo Tito.
Sertorio, que se había quitado el manto para doblarlo sobre el taburete a modo de cojín, se lo volvió a poner y siguió a su padre.
Ya en la calle, se arrebujó en él. Agradeció el frío y el aire fresco, aunque viniera cargado con los olores a cieno y cañaveral del río.
Dagulfo, que estaba dormitando con la cabeza apoyada en el codo sobre la mesa, se levantó al verlos salir.
—Nos vamos —dijo Tito.
—¿No esperamos a Titipor? —preguntó Sertorio.
—Conoce el camino a casa, no te preocupes.
Mientras regresaban, su padre seguía rumiando algo. Por fin, dijo:
—Mañana volveremos. Solo una vez, y para una sola partida.
Sertorio se dio cuenta de que su padre no era del todo sincero. Quizá no mintiera al decir que sería «una sola partida», pero tenía claro que le ocultaba información.
Algo le decía que en esa partida se iba a jugar mucho más dinero del que había visto sobre la mesa.