Sertorio, el elegido de la diosa blanca 83 #2
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Tito empujó a su hijo con un leve gesto y se abrió paso entre los bancos y los taburetes.

En una de las mesas, un jugador se levantó maldiciendo y dejando caer una bolsa de monedas junto al tablero de latrunculi .

Su asiento, todavía caliente, quedó libre.

Tito, tras pedir permiso, ocupó su lugar.

Sertorio se quedó de pie a su lado, intentando no mirar demasiado a una mujer con el vestido abierto por el costado que reía a carcajadas en la mesa vecina, ni a un hombre que dormía una borrachera temprana apoyado sobre los brazos, con un reguero de saliva en la boca abierta y una moneda pegada a la mejilla.

El jugador que había ganado la partida anterior y que, por tanto, permanecía en la mesa, era un hombre alto y enjuto, con una cicatriz que le cruzaba el rostro desde la frente hasta la mejilla contraria, atravesándole en el camino la nariz y un ojo.

Este tenía el mismo aspecto opaco y vidrioso de los ojos de los peces que llevan demasiado tiempo en el mostrador de la pescadería.

El hombre extendió la mano por encima del tablero, el gesto habitual en las partidas de latrunculi , y dijo:

—Soy Hipias.

El padre de Sertorio se la apretó y se presentó con su nombre. El tal Hipias, que por el nombre parecía ser griego, se miró después la palma de la mano con gesto de desagrado y se la secó en la ropa. A Sertorio no le extrañó. Su padre siempre tenía las manos sudorosas, incluso en invierno.

Detrás de Hipias había tres hombres de pie, observando. Uno de ellos le masajeaba los hombros, como si aquel juego exigiera un esfuerzo comparable al de un combate de pugilato. Debía de ser una especie de patrocinador, a la manera de un lanista, porque fue él quien preguntó a Tito:

—¿Has traído el dinero?

—Bueno, más o menos.

—¿Más o menos? Son dos mil sestercios.

La cifra dejó impresionado a Sertorio. Su padre, en lugar de sacar la bolsa donde guardaba las monedas, le hizo un gesto a Titipor, que traía un zurrón de piel.

El esclavo sacó una tablilla de cera y se la entregó a su amo.

Tito la abrió, escribió en ella un compromiso de pago por dos mil sestercios, firmó y después estampó en la cera la marca de su sello.

—¿Qué mierda es esta? —protestó el «lanista»—. ¡Queremos ver dinero contante y sonante! Nos han dicho que estás más pelado que un álamo en diciembre.

—Tranquilo, Veleyo. Tito Sertorio tiene crédito en esta casa.

Sertorio hijo volvió la mirada hacia la mesa de la que provenía la voz.

Conocía al hombre que acababa de hablar.

Era Gabinio, el que amagaba con tocarse la verruga cada vez que mentía jugando a los dados.

Se produjo un breve intercambio de miradas entre él, el tal Veleyo y su padre, y después todos asintieron.

Mientras los dos contrincantes colocaban las piedrecillas, Sertorio observó de reojo a Gabinio. Este, a su vez, se había girado para dirigir su mirada hacia el rincón más alejado.

Allí, sentado en una silla con respaldo —una de las pocas del local—, había un hombre de una fealdad que Sertorio encontró casi fascinante.

Tenía la nariz ancha y chata, con unos agujeros en los que habrían cabido sendos huevos de codorniz, y una arruga que le descendía en vertical por la frente, como si frunciera el ceño de manera perpetua.

El entrecejo, en particular, llamaba la atención por lo protuberante.

Al verlo, Sertorio no pudo evitar tocarse sus propias cejas y seguir con los dedos el borde de los huesos por encima de las órbitas oculares.

Los de aquel hombre sobresalían como el alero de un tejado y proyectaban una sombra que impedía distinguir sus ojos.

Gabinio le hizo una seña, y el hombre asintió.

Sertorio tuvo la impresión de que aquel individuo tan feo era quien de verdad mandaba allí.

En la misma mesa se sentaban otros tres, más altos y corpulentos, pero la actitud que mostraban hacia él era obsequiosa, casi servil.

El propio tabernero se acercaba cada poco rato para rellenarle la copa o servirle platitos y cuencos con aperitivos.

Si en aquel lugar Vibio era el centurión, aquel otro hombre no podía ser sino el general.

Su padre le dio un suave codazo para llamarle la atención.

—¿Qué hago ahora?

Hipias ya había empezado a mover. Sertorio se acercó más a su padre y comenzó a darle instrucciones, señalando con el dedo las jugadas.

El griego frunció el ceño. En un latín con fuerte acento, protestó:

—¿Quién va a jugar, tú o el chico? Si es él el que mueve, que se siente.

Su comentario provocó unas cuantas carcajadas y burlas entre los espectadores.

Sertorio conocía de vista a uno de ellos, un apostador habitual de sus propias partidas con Lucilio.

El hombre se inclinó sobre Hipias y le susurró algo prácticamente junto a la oreja.

El comentario no estaba destinado a que lo escucharan los demás, pero Sertorio tenía el oído muy fino y lo captó.

—Ten cuidado. El cabrón del crío juega muy bien.

—A ver si es verdad —respondió Hipias, con displicencia.

Tito se levantó y le cedió el puesto a su hijo.

Sertorio, algo bajo para la altura de la mesa, se puso de rodillas sobre el taburete para ver mejor el tablero.

El gesto suscitó nuevas risas, que él ignoró.

Desde esa perspectiva más elevada, sus ojos no tardaron en trazar patrones entre las piezas, y se dejó llevar por ellos.

Las risas se transformaron pronto en murmullos de admiración.

Pasados unos minutos, Hipias tendió la mano sobre el tablero para reconocer su derrota a regañadientes y se levantó.

Su lanista dejó sobre la mesa una bolsa tan pesada que la hizo temblar con un tintineo de metal.

Sertorio pensó que, si ahí cabían dos mil sestercios, las monedas no debían ser de cobre, sino de plata o incluso de oro.

Su padre se agachó sobre él, le besó la coronilla y le acarició la cara con sus manos resbaladizas.

Tenía el rostro congestionado, y por la papada le corrían gotas de sudor que humedecieron el pelo del niño.

Aunque fuera hacía frío, dentro de la taberna los braseros, los fogones de la cocina y, sobre todo, la aglomeración de gente que no dejaba de entrar hacían que el aire fuera sofocante.