Sertorio, el elegido de la diosa blanca 83
60%

83

Sertorio estaba destinado a encontrarse con aquel pueblo, pero aún faltaba tiempo. Mucho antes de eso, en los primeros días de aquel año, fue cuando puso la piedrecilla final.

La que reventó al asno.

En pocos meses, las deudas de juego de su padre habían crecido de forma desmesurada. Los miles de sestercios se convirtieron primero en decenas de millar, después en centenas de millar y, para cuando los nuevos cónsules tomaron posesión de su cargo, ya superaban el millón.

Y eso, sin contar los débitos que arrastraba de antes.

Tito llevaba años endeudándose y capeando los temporales a base de remiendos. Apagaba fuegos de uno en uno o, a lo sumo, de dos en dos. Ahora, su pasión descontrolada por el juego había convertido esos fuegos en un incendio arrasador que lo cercaba por todos los flancos.

Él mismo, que en su época de prestamista tenía buena cabeza para recordar las sumas que facilitaba a otros, había perdido ya la cuenta de los pagarés que había firmado en los últimos tiempos.

Con el dinero que le prestaban unos cubría lo que debía a otros, pero se trataba de una solución a corto plazo que no hacía más que empeorar su situación.

Era como intentar salir de una ciénaga tirándose de las correas de las sandalias: cada intento por liberarse lo hundía un poco más.

Si alguien hubiera seguido los hilos que unían a sus distintos acreedores, habría acabado encontrando al titiritero que los manejaba a todos, el que se había hecho con los pagarés, ya fuera comprándolos o persuadiendo a sus poseedores de que lo mejor para ellos era entregárselos gratis.

Ese titiritero no era otro que Septimuleyo.

Tito había llegado al extremo de ofrecer a Titipor como pago para zanjar más de una deuda. No vendiéndolo —aunque se le pasó por la cabeza aceptar un par de ofertas—, sino alquilándolo.

A fuerza de dejarse sodomizar por extraños, el joven esclavo conocía ya de memoria los desconchones de las paredes en la buhardilla de la taberna de Vibio y los dibujos que formaban las humedades de las bodegas, y tenía contados los árboles y juncales que crecían entre el edificio y el río.

Su amo, a pesar de no ser el hombre más perspicaz del mundo, se daba cuenta de que Titipor estaba cada vez más demacrado y de que sus grandes y hermosos ojos negros iban acumulando una mezcla de desesperanza y rencor.

Pese a ello, a Tito no le quedaba más remedio que actuar así.

Como algunos acreedores más impacientes y violentos le habían dicho sin rodeos: «Tú verás si prefieres que le rompa el culo a tu esclavo o que te parta a ti las piernas».

En cualquier caso, tratar de liquidar sus deudas de esa manera era como evitar el hundimiento de un trirreme embestido por un espolón tapando la vía de agua con el dedo meñique.

En cierto momento, Tito recurrió a su hijo.

No a la manera en que lo estaba haciendo con Titipor. No llegaba a tal extremo.

O quizá era que Septimuleyo no le había puesto en esa tesitura. ¿Qué habría ocurrido si el hampón le hubiese propuesto tachar con una raya roja la enorme cifra que reflejaba su deuda a cambio de entregarle al niño?

Pero no sucedió así.

Tito había observado que a su hijo se le daba cada vez mejor el latrunculi .

En muy poco tiempo, había adquirido tal maestría que vencía más de la mitad de las partidas a Lucilio, considerado uno de los mejores jugadores de Roma.

La propia Rea, que quería comprobar los avances del crío, lo puso a prueba un día.

Después de perder tres partidas seguidas, decidió no volver a medirse con él.

(A Tito, que conocía bien el temperamento soberbio de su esposa, no le extrañó en absoluto).

En la taberna de Vibio también se jugaba al latrunculi .

Aquellas partidas se parecían poco al apacible pasatiempo de los soportales del Foro, y más a los combates de gladiadores o las peleas clandestinas de pancracio.

Los jugadores tenían patrocinadores, a modo de lanistas, que les pagaban un dinero fijo a cambio de apostar sumas mucho mayores por ellos y quedarse con las ganancias cuando las había.

Tito, aunque entendía poco del latrunculi , curioseó, preguntó y acabó concluyendo que su hijo podía enfrentarse a muchos de esos jugadores.

Tal vez no al mejor, que por lo visto era un joven de piel lechosa y ojos gélidos al que llamaban Félix, «el afortunado», pero sí a otros rivales de nivel inferior.

La ocasión se presentó a principios de enero. El viejo Lucilio había salido de Roma para pasar unos días en una de sus fincas. Al enterarse, Tito le preguntó a su hijo:

—¿Tú quieres seguir jugando al latrunculi ?

El niño asintió. No tanto por jugar como por seguir saliendo de casa.

—Pues yo te puedo llevar a otro sitio donde hay muy buenos jugadores. Seguro que te diviertes. Pero…

Tito dejó el resto flotando en el aire. Impaciente, el niño le preguntó cuál era el pero.

Su padre se lo explicó.

Eran dos peros, en realidad. El primero, que no podía decirle nada a su madre. «Porque esa taberna está al lado del río, y ya sabes cómo se pone, que si la humedad, el asma y esas zarandajas».

El segundo, que, en realidad, no iba a jugar él.

—Voy a hacerlo yo. Tú me vas a ir diciendo cómo tengo que mover para ganar.

—¿Con señas? Eso es muy difícil.

—No, me dirás las jugadas al oído directamente.

Al día siguiente se dirigieron a la taberna, acompañados por Titipor y Dagulfo. Tito —con ayuda de su hijo, que tenía más ascendiente sobre él— había logrado convencer al gigante teutón para que no contara a Rea que, en lugar de ir al Foro, se encaminaban al Aventino.

Durante el trayecto, Sertorio se detuvo varias veces, fascinado por la novedad.

Era la primera vez que veía los almacenes del Emporio, las naves, los amarraderos, las grúas cargando y descargando mercancías, los estibadores subiendo y bajando cajas y ánforas por las pasarelas de embarque.

Todo ello acompañado por los chillidos de las gaviotas, que volaban desde la costa, a quince millas de allí, para alimentarse de los desperdicios que los descargadores y pescadores arrojaban al agua.

Pese a sus lecturas, la ingenuidad de sus pocos años le pudo esta vez.

—¿Esto es el mar? —preguntó.

—¿Cómo va a ser el mar, bobo? —respondió su padre.

—Mira, amo, el mar está por allí, pero tan lejos que no se ve —dijo Titipor, agachándose a su lado y señalando río abajo.

La taberna de Vibio se hallaba pasado el Emporio, donde el río describía una curva a la izquierda para dirigirse hacia el sur.

El cuerpo principal del edificio era de ladrillo, apoyado sobre el talud que descendía hacia el agua.

Delante había un embarcadero, sostenido por pilotes de madera, que según le dijo Titipor —su padre parecía pensativo y apenas abría la boca— cuando hacía buen tiempo servía de terraza.

Entre el embarcadero y la puerta de la taberna se alzaba un porche sustentado por columnas de roble, sobre el que asomaba una galería con barandales cubierta por el alero del tejado. Tanto en el uno como en la otra, pese al frío, unos cuantos clientes comían y bebían al calor de braseros humeantes.

—No veo a nadie jugando —dijo Sertorio.

—Es porque están dentro. Vamos.

Tito ordenó a Dagulfo que se quedara fuera. Cuanto menos viera de lo que ocurría dentro, menos podría contarle a Rea.

—Pero él protege a joven amo —objetó el teutón.

—Ya me encargo yo, que soy su padre —respondió Tito—. Si nos hacen falta tus servicios, te enviaré a Titipor.

Mientras Dagulfo se acomodaba junto a una mesa vacía, los otros tres pasaron al interior.

La taberna de Vibio se animaba sobre todo a partir de media tarde, pero por la mañana —que era cuando Tito se atrevió a llevar a su hijo— también estaba bastante concurrida.

De hecho, casi nunca cerraba. Solo se recordaba que hubiera permanecido clausurada un tiempo durante el consulado de Opimio, cuando la crecida del Tíber se llevó por delante la terraza y buena parte de la fachada.

Nada más entrar, Sertorio barrió el lugar con la mirada, mientras sus oídos y su nariz recogían y acumulaban la información que no entraba por los ojos. ¡Cuántos estímulos nuevos!

El lugar olía a humo de lámparas y braseros —cada uno tenía un matiz particular, uno más untuoso y el otro más acre—, a salmuera y carne especiada, a madera encerada, a vino derramado y a serrín húmedo.

Por supuesto, a sudores de todo tipo, a alientos avinagrados y a ropa que no había pasado por la fullonica desde hacía meses.

El rumor de las voces llenaba el aire, aderezado con carcajadas y mezclado con el entrechocar de los cubiletes y el golpe seco de las fichas sobre las mesas.

El día se había ido entenebreciendo. Las nubes altas tejían un sudario en el que la luz del sol se dejaba la mayor parte de su brillo y su calor para asomar al otro lado reducida a un resplandor vago y mortecino, casi funerario.

Dentro del local, las contraventanas, cerradas para conservar el calor, apenas dejaban pasar unos hilos de claridad por las rendijas.

Aquí y allá ardían lucernas y velas, creando islas de luz rodeadas de sombras.

La penumbra que reinaba en la taberna no molestó a Sertorio.

Bajo el sol directo solía estornudar y tenía que entrecerrar los ojos, mientras que en la oscuridad se manejaba tan bien como Thot.

Al cabo de unos instantes, su vista se acostumbró y distinguió formas y siluetas, incluso las que se ocultaban entre las sombras.

Clavadas en las paredes se veían redes y otros aparejos de pesca que despedían un vago olor a brea y a río.

De las vigas del techo pendían, en cambio, jamones y salchichas, aves desplumadas y pieles curtidas que se balanceaban suavemente con las corrientes de aire del local.

Al fondo, tras un mostrador de piedra ennegrecido por el humo y la grasa, el propio Vibio vigilaba el local, sujetando en la mano un trapo con la misma autoridad con que un centurión empuñaría su vara de sarmiento.