Sertorio, el elegido de la diosa blanca 82
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Durante aquel otoño en que su padre se enfangó más y más en el cenagal del juego y las deudas, la vida continuó para el joven Sertorio. Más variada y divertida que antes, porque para salir de casa ya no dependía únicamente de su amistad con Lucilio, sino también de la de Marco Quirinio.

En ello fue decisivo el hecho de que el muchacho le causó una impresión excelente a Rea.

Aunque su padre —dueño de la mayor lavandería de la Subura, una fullonica donde trabajaban para él más de veinte esclavos y libertos de ambos sexos— no alcanzaba el rango de caballero, Quirinio se las arreglaba para dar la imagen de elegancia y aplomo de un senador en miniatura, tanto cuando se ataviaba con la toga pretexta como cuando se vestía de diario.

A la hora de quedar bien ante adultos como Rea, no se le escapaba ni una sola vez el dichoso verbo «triscar» ni soltaba las obscenidades que con tanta prodigalidad le acudían a la boca cuando Sertorio y él estaban a solas.

Ponía mucho cuidado, además, en no comerse las emes al final de los acusativos, separar bien las palabras diciendo «qué haces» y no «q aces», y no caer en la vulgaridad de convertir au en o como aquellos que se referían a la viuda de Tiberio Graco como Clodia en lugar de Claudia o decían «vamos a ver una comedia de Ploto».

La diferencia entre ambos amigos era de casi tres años, pero Sertorio no solo mantenía la mentira sobre su edad, sino que, a la manera de un audaz jugador de mendacium , había subido la apuesta.

Si al inscribirse en el censo se sumó dos años y medio, más tarde pensó que era mejor no inventar otra fecha de nacimiento por no equivocarse y se añadió tres del tirón.

El resultado era que ahora se suponía que era dos meses mayor que Quirinio, cuyo cumpleaños se celebraba en marzo.

Sostener la ficción con su nuevo amigo no siempre resultaba fácil.

Pese a la inteligencia natural de Sertorio, era evidente que, en muchos aspectos, Quirinio tenía más mundo que él.

O, hablando en términos estrictos, más calle.

Para salir del paso, Sertorio aducía una verdad a medias: que por culpa del asma y de las aprensiones de su madre, lo habían tenido prácticamente encerrado en casa hasta hacía muy poco.

En cuanto a su hogar, delante de Rea no podía fingir esos tres años de adelanto, evidentemente. Si su padre hubiera levantado la perdiz hablando de más, Sertorio habría tenido que dar explicaciones a su madre.

No llegó a ocurrir.

Como la comunicación entre ambos consortes era equivalente a la que podría existir entre un númida ciego y un celta sordomudo, nunca se les ocurría sacar a colación la edad de Sertorio.

Así que el niño tenía siete años para Rea, mientras que para Tito —a quien, siendo realistas, el asunto le preocupaba entre poco y nada— ya había cumplido diez.

Su padre podría haberse preguntado si el muchacho no era algo bajito para su edad, pero tan solo si se hubiese tomado la molestia de pensar en ello.

Al fin y al cabo, la estatura era uno de los diversos dones físicos que los dioses le habían escatimado a él.

¿Por qué no iba a salirle al menos en eso su hijo, ya que tan poco se le asemejaba en todo lo demás?

Para mantener su ficción, Sertorio se esforzaba no solo por parecer lo más alto posible, sino por serlo.

Según los mitos, Prometeo moldeó a los hombres de arcilla.

Si era así, al menos una pequeña porción de esa naturaleza maleable debía de quedar en los humanos, ¿no?

Sobre todo en los niños: por eso él seguía creciendo, mientras que los mayores siempre estaban iguales.

Del mismo modo que una bola de arcilla se puede estirar tirando de los extremos, Sertorio creía que podía hacer lo mismo con su cuerpo y acelerar el proceso.

A Dagulfo, por dócil que fuese, no lo convenció la idea de atar las muñecas del niño a una barandilla y tirar con fuerza de sus tobillos.

Sertorio se tenía que conformar con colgarse de una rama del jardín, cuando no miraba nadie, y quedarse un rato así, confiado en que la tensión que sentía en los brazos y, sobre todo, en los hombros era la de sus miembros alargándose.

Fuese por sus esfuerzos o, lo que parecía más verosímil, por la tendencia natural de su cuerpo, lo cierto era que a los siete años su estatura equivalía a la de otros críos a los ocho y medio o incluso a los nueve.

Con eso, con su vocabulario y con su facilidad para captar pautas y adaptarse a ellas, conseguía su propósito de parecer mayor de lo que era.

Mientras tanto, la otra amistad de Sertorio, aquel vínculo asimétrico entre él y el viejo Lucilio, seguía adelante.

El niño aprendía muchas otras cosas con él mientras jugaban al latrunculi y, de paso, se iba enterando de diversos detalles de su vida.

Unas veces se los relataba él mismo —a la mínima se dejaba llevar por los recuerdos y le hablaba a Sertorio de Hispania, un lugar que al muchacho le fascinaba—, y otras, se los contaba Tito Pomponio, que tenía buena relación con el poeta y guardaba copias de todas sus sátiras.

A diferencia de otros literatos de extracción humilde que dependían de nobles a los que se veían obligados a halagar en sus composiciones, Lucilio era un hombre acomodado.

Además de una casa cerca del Foro, poseía varias haciendas en el campo.

Una de sus pasiones era la cría de caballos, tema del que hablaba a menudo con Sertorio.

—Espero que tu madre te deje venir conmigo un día para que aprendas a montar, ya que tu padre no parece muy dispuesto a enseñarte.

—Es que a mi padre le dan miedo los caballos.

Como no le gustaba ostentar sus riquezas y vestía con modestia, algunos de los que lo veían jugando al latrunculi en el Foro lo tomaban por un viejo desocupado, como tantos otros a quienes sus familias largaban a la calle por no soportarlos en casa.

En realidad, Lucilio no conservaba más familia que sus esclavos. Era viudo desde hacía tiempo, había perdido a dos hijas todavía niñas y a su único hijo varón en una campaña en Dalmacia.

Por otra parte, si por patrimonio hubiera sido, habría podido ingresar en el orden senatorial.

Sin embargo, nunca había querido desempeñar magistraturas.

Eso no significaba que la política no le incumbiera.

Al contrario, era uno de los temas más habituales de sus sátiras.

Pero, gracias a que no le debía nada a nadie ni pertenecía a ninguna facción, su mirada sobre la política y, en general, sobre la sociedad romana era más libre y sincera. Y también más descarnada.

Lo cual no quería decir que fuese objetivo. Sertorio, que tuvo su primer contacto con una sátira de Lucilio en aquel reto de lectura contra su primer grammaticus , le preguntó un día, mientras colocaban las piezas en el tablero:

—¿Por qué dijiste en un poema que Gayo Graco era un catamito?

Aquello fue pocos días antes de que Quirinio le ofreciera una explicación, acompañada por gestos, de lo que significaba aquel término.

Lucilio se acarició la barba y se lo pensó antes de responder.

—Tal vez fui un poco duro con los hermanos Graco, tanto con Tiberio como con Gayo.

Lo he pensado más de una vez, considerando la calaña de algunos de sus enemigos, como Lucio Opimio, o incluso la de los amigos que los traicionaron, como Servilio Cepión.

Pero es que, desde que serví en Numancia, siempre tuve muy buena relación con Escipión.

Y este, aunque era cuñado de los Graco, acabó enfrentándose a ellos por sus reformas políticas.

Quizá ahora no escribiría esas sátiras, pero…

—Lucilio abrió los brazos y añadió—: La tinta no puede volver a la pluma, del mismo modo que la lluvia no puede regresar a las nubes.

—Ya, pero ¿qué quiere decir «catamito»?

Como hacían todos los adultos a los que les preguntaba, Lucilio se salió por la tangente. En lugar de responderle, le brindó una breve disertación sobre la inspiración poética.

—Cuando tomo la pluma, es como si me poseyera una divinidad. Pero no una musa, como les ocurría a Homero o a Hesíodo, sino un genio travieso. ¡A veces pienso que se trata del mismísimo Momo!

—¿Quién es Momo?

—El dios griego de la burla, uno de los innumerables hijos de la Noche.

A veces puede ser muy divertido, pero también muy cruel.

¿Sabes que fue él quien le dijo a Zeus que, si quería diezmar a la humanidad para aliviar la carga de Gea, lo mejor que podía hacer era casar a Tetis con un mortal para que engendrara al guerrero más mortífero de todos los tiempos?

—¡Aquiles! —exclamó Sertorio.

—Así es. Y también fue Momo quien terció para que Zeus engendrara a la mujer más bella del mundo…

—¡Helena!

—… tanto que su simple hermosura, sin manzanas de por medio, bastaba para crear la discordia entre los hombres.

Saltando de un mito a otro, Lucilio se las arregló, como siempre, para hurtarle el significado de aquella dichosa palabra.

En cierta ocasión en que pasó un magistrado por el Foro, los jugadores de las mesas cercanas se apresuraron a esconder el dinero, como ya ocurriera el día en que Servilio Cepión se presentó allí con su toga de candidato.

Aprovechando la ocasión, Sertorio le preguntó a Lucilio si a él no le gustaba apostar.

—¡No! No es buena idea.

—¿Por qué?

—Porque, al final, siempre se acaba perdiendo.

Sertorio, que veía las ganancias de su padre en la taberna de Fulvio, pero ignoraba que perdía mucho más en la de Vibio, no estaba demasiado convencido.

—¿No hay una forma de ganar siempre?

—¿Se te ocurre a ti alguna?

—No sé. La gente también apuesta en las carreras de carros y en los combates de gladiadores, ¿no?

Sertorio sentía una gran curiosidad por esos dos espectáculos, pero su madre se los tenía tan censurados como las obras de teatro en las que Antiodemis y otras actrices insinuaban o incluso exhibían sus cuerpos desnudos.

—Puedes jurar que lo hacen —respondió Lucilio—. Y se juegan más dinero que a los dados.

—Entonces, es muy sencillo ganar.

—¿Ah, sí? ¿Cómo lo harías tú?

—Apostando por los mejores gladiadores o por los caballos más rápidos.

—Si fuera tan sencillo, todo el mundo elegiría a los mismos caballos o a los mismos gladiadores, y no habría dinero que repartir.

—¿Por qué? —Porque los premios que cobran los acertantes salen del dinero de quienes han apostado por los perdedores.

Sertorio no lo había pensado así, pero enseguida comprendió que tenía toda la lógica del mundo.

—Entonces, no entiendo por qué la gente apuesta en esas cosas, si todo el mundo sabe quién va a ganar.

—Porque eso no es así. Es verdad que ni las carreras ni los combates de gladiadores son tan azarosos como los dados, pero, aun así, el resultado nunca es seguro.

—Pero ¿no vencen siempre los mejores?

—Los mejores no siempre son los mejores.

—Eso no lo entiendo.

—El mejor gladiador puede tener un mal día, mientras que otro que no es tan bueno como él se encuentra ese día pletórico de fuerzas, o encuentra un golpe afortunado. O… el mejor, a veces, se deja vencer.

Sertorio levantó las cejas, sorprendido. ¿Había gente que se dejaba vencer? A él no le hacía ninguna gracia perder una partida, y había observado que a Lucilio, que ya no le concedía ventaja en piezas, tampoco le hacía precisamente feliz.

En una ocasión, había oído decir a tío Mario, hablando con su madre: «El día que veas que me gusta perder a algo, ¡haz que me metan en un saco con un perro, una víbora y un gallo y me arrojen al Tíber!».

—A veces, dejarse derrotar es una forma de ganar más a largo plazo —explicó Lucilio.

Sertorio se quedó pensativo. Lo que decía el poeta tenía sentido. En el fondo, era lo que hacía su padre cuando no explotaba toda la información que él le brindaba con sus señas. Si ganara siempre a los dados, nadie querría seguir jugando con él.

Con el tiempo, él mismo obtendría beneficios de dejarse derrotar.

Sin embargo, la primera vez que lo hizo, los resultados fueron desastrosos.