Sertorio, el elegido de la diosa blanca 81
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«Hay otras maneras de arruinar a una familia», había dicho Marta la siria.

Si la de Sertorio se arruinó, la culpa fue principalmente de su padre.

Él, sin embargo, también tuvo parte de responsabilidad a partir de cierto momento. Y fue quien colocó en las alforjas la piedrecilla final cuyo peso acabó por romper el espinazo del burro.

Fito ya llevaba un tiempo aficionándose a apostar, tanto a los dados como en las carreras del Circo Máximo o los combates del Foro Boario. Aun así, si se envició tanto con el juego del mendacium fue debido a su hijo.

Todo empezó un día en que Gayo Lucilio tuvo que marcharse antes de tiempo debido a un ataque de artrosis más doloroso de lo habitual. Lo único que lo aliviaba en tales casos era un baño muy caliente y cataplasmas de asfalto, cera y salitre, remedios que solo podía recibir en su casa.

Sertorio, que no quería volver tan pronto a la suya, se quedó zascandileando un rato por los soportales y acabó acercándose a la mesa donde estaba jugando su padre.

Acostumbrado a la tranquilidad de sus partidas de latrunculi , en las que Lucilio y él deslizaban las piedrecillas sobre el tablero con suavidad y conversaban sin elevar el tono, sentía curiosidad por aquel otro juego tan ruidoso.

Los participantes golpeaban la mesa con los cubiletes como si quisieran partirla en dos y hacían tintinear las monedas, se oían carcajadas, maldiciones y algún que otro insulto, e incluso había amagos de pelea que normalmente eran abortados por los robustos y peludos brazos de Fulvio el tabernero.

Aunque Sertorio procuró mantener cierta distancia —ya había aprendido que a los jugadores no les gustaba sentir en la nuca el aliento de nadie—, observó con atención cómo funcionaba el juego.

El jugador al que le correspondía el primer turno lanzaba cuatro dados, de forma que quedaban ocultos bajo el fritillus , el cubilete de cuero.

Luego proclamaba el resultado, bien fuera el real o uno superior pero falso —de ahí, comprendió Sertorio, el nombre de mendacium , «mentira»—, y pasaba el cubilete al siguiente.

Este podía levantarlo si no se creía la jugada.

Si desenmascaraba al embustero, ganaba. Si su rival había dicho la verdad, perdía.

La otra opción era dar la tirada por buena y tratar de superarla.

Para ello, el jugador levantaba el fritillus de modo que solo él viera los dados, apartaba aquellos que quisiera dejar por fuera —por ejemplo, una pareja de doses—, lanzaba de nuevo los restantes y pasaba el cubilete al próximo anunciando una jugada mejor que la que había recibido.

El mendacium , comprendió Sertorio, premiaba la suerte. Pero, por encima de ella, recompensaba el arte de engañar a los demás sin alterar el gesto y la ciencia de adivinar las mentiras ajenas.

Las apuestas solían empezar con cuadrantes, ases o, como mucho, con unos pocos sestercios. Lo justo para dar emoción a la partida. Pero bastaba con que a un jugador se le calentara la boca y otro se picara con él para que los denarios salieran de las bolsas.

Cuando la cosa iba aún más lejos —circunstancia nada inusual dada la cantidad de vino que se consumía en el ínterin— y alguien se quedaba sin dinero para cubrir la postura, no era raro ver cómo se añadían anillos y colgantes de plata y de oro a la pila de monedas, cómo se ofrecían préstamos al vuelo o cómo se firmaban pagarés sobre tablillas enceradas en las que los jugadores no implicados escribían sus nombres como testigos.

Más tarde, ya entrada la noche, las partidas más arriesgadas se trasladaban a otras tabernas más alejadas del Foro.

De eso, Sertorio aún no sabía nada. Para cuando descubriera que existían aquellas timbas, su padre ya debía dinero a gente con la que no solo no debería haberse endeudado, sino a la que ni siquiera tendría que haber saludado.

Al día siguiente de aquella primera partida de mendacium que se dedicó a estudiar, Sertorio le habló a su padre de algo en lo que se había fijado.

—Ese hombre medio calvo que tiene una verruga junto al ojo izquierdo…

—Gabinio.

—… cada vez que te iba a pasar una jugada falsa, estaba a punto de pellizcarse la verruga.

—¿A punto?

—Sí, no llegaba a hacerlo.

La víspera, al observar al tal Gabinio, Sertorio pensó que a lo mejor le ocurría lo mismo que a él, que cuando tenía una postilla y se la iba a arrancar se acordaba de lo que le decía su madre, «No te la toques», y apartaba los dedos.

Bueno, los apartaba a veces. Otras, bien que tiraba de la costra y se acababa haciendo sangre de nuevo.

El caso era que el tipo calvo, Gabinio, solo hacía ese gesto cuando declaraba una jugada falsa. De eso estaba más que seguro.

Su padre lo miró con extrañeza.

—¿Y tú cómo sabes eso?

El niño se encogió de hombros.

—No sé. Me he dado cuenta.

—¿También te dabas cuenta de cuándo mentían los demás?

—Pues… sí.

—¿Y de cuándo mentía yo?

Sertorio asintió, bajando la mirada.

—¿Y si miento cuando no estoy jugando?

—Pues…

Su padre le tapó la boca.

—Déjalo, no digas nada. Mentir está mal si no es en un juego. Por eso, yo solo lo hago con los dados.

Sertorio sabía que lo que acababa de salir de boca de su padre era, precisamente, una mentira.

Se lo calló.

Mientras tanto, las poleas de la mente de Tito empezaron a girar. ¿Por qué no sacar provecho del don de su hijo? Con la sagacidad que en tiempos mejores aplicara a los negocios, no tardó en pergeñar un plan.

Dos días después, cuando ambos coincidieron de nuevo en el Foro —Sertorio jugando al latrunculi con Lucilio y su padre apostando al mendacium —, empezaron a pasarse señales.

Aunque la idea había sido de Tito, fue su hijo quien propuso ir variando el sistema de señas para no levantar sospechas. Aquel fue su primer contacto con el mundo de los mensajes codificados, algo que años más tarde desarrollaría de forma más eficaz en el ejército.

A esas alturas, Sertorio jugaba tan bien al latrunculi que, mientras Lucilio se pensaba la jugada, él podía permitirse mirar de reojo hacia la mesa de su padre.

Cuando le correspondía el turno a este, Sertorio se tocaba la oreja derecha o la izquierda, cruzaba o descruzaba los brazos, o bien se rascaba la cabeza o un hombro, según lo convenido.

Así le indicaba si el jugador que le pasaba el cubilete mentía o decía la verdad.

No siempre acertaba, y en ocasiones no hacía ninguna señal porque no encontraba indicios suficientes para saber si los rivales de Tito eran sinceros o no.

Pero, en general, las ganancias de su padre aumentaron.

Nadie sospechaba de sus trucos. ¿Quién iba a recelar de un crío que estaba sentado en otra mesa y que no podía ver lo que se escondía debajo del cubilete?

Tito procuraba equivocarse por no despertar suspicacias, pero solo si no había demasiado dinero en juego.

Cuando veía un buen montón de cobre y plata en el centro de la mesa, se aseguraba de no arriesgarse a no ser que su hijo le dejara claro que el contrincante de su derecha le estaba mintiendo.

Entonces fingía dudar, amagaba con aceptar la jugada y, al final, levantaba el dado proclamando « Mendacium!

», descubría la mentira y arramblaba con las monedas.

Esa racha de éxitos fue, como ocurre con los jugadores que convierten la afición de apostar en compulsión enfermiza, el principio de su perdición.

Animado por sus ganancias por una parte y, por otra, convencido de que estaba aprendiendo a juzgar a otros jugadores con casi tanta perspicacia como su hijo, se dejó tentar, precisamente, por Gabinio el de la verruga.

—¿Quieres venir esta noche a la taberna de Vibio?

—¿Esa no es la que está a la orilla del río? —preguntó Tito.

—Esa misma.

Tito había oído hablar de las partidas que se jugaban allí. Las apuestas eran más altas, pero con el riesgo también crecían las posibilidades de enriquecerse.

Gabinio lo animó.

—Esas partidas son más exclusivas que la fiesta de la Bona Dea, pero si vienes conmigo te aceptan, seguro.

Tito, que acababa de guardarse casi cien denarios en la buchaca, se sentía tan eufórico que accedió. Sin pasar siquiera por casa, aquella noche entró por primera vez en la taberna de Vibio, jugó y ganó el triple de lo que llevaba encima.

Esta vez no le debió su éxito a la clarividencia de su hijo.

Quien hacía señas desde un rincón de la taberna no era el pequeño Sertorio, sino otro personaje no mucho más alto, pero sí bastante más entrado en años.

En este caso, sus gestos no iban dirigidos a Tito, sino a sus rivales, para que se dejaran ganar.

Cosa que hicieron esa primera noche y la siguiente.

En la tercera, Tito perdió todo lo que llevaba encima y todavía tuvo que firmar un pagaré por veinte mil sestercios.

A nombre de Aulo Vitelio Septimuleyo.

El hampón del Aventino lo estaba pasando en grande al ver cómo aquel pez gordo e incauto se había dejado atrapar en sus redes.

Unas redes que había tendido por sugerencia de Quinto Servilio Cepión, quien, a su vez, seguía los consejos de otra persona.

Como habría dicho Homero Μάρτης δ’ ἐτελείετο βουλή , «Cumplíanse los designios de Marta».