Sertorio, el elegido de la diosa blanca 80 #2
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—Por no hablar de que Sertorio podría enterarse en algún momento de que su casa estuvo «a punto» de arder con su esposa y su hijo dentro —dijo, completando un pensamiento que Cepión ni siquiera había llegado a verbalizar en su mente, pero que estaba ahí—.

Por ahora, no lo sabe. Su mujer no se lo contó, porque tendría que haber justificado la presencia aquella noche de otro hombre en su casa.

—Stígmata.

—Así es. Pero ¿se mantendrá ese silencio para siempre? Por eso, ahora que Mario está lejos de Roma, como te decía, es el momento de que te asegures de que el ahogado permanece por siempre en el fondo del mar.

—¿Qué sugieres? ¿Qué incendie de verdad su casa?

—Hay otras maneras de arruinar a una familia.

Cepión estuvo distraído durante buena parte de la velada en la mansión de Escauro.

El anfitrión apenas reparó en ello. Le encantaba oírse hablar y por momentos solo se prestaba atención a sí mismo.

¡Magnífica idea la de los censores al nombrarlo príncipe del Senado y concederle la prerrogativa de intervenir el primero en cada sesión después de los magistrados!

Uno de los invitados era precisamente uno de esos censores, el obeso Domicio Ahenobarbo, que hacía apenas unos meses había cesado en su cargo.

Mientras criticaba la intemperancia de «la juventud de nuestros días» y expulsaba a varios senadores por sus costumbres disipadas, había engordado por lo menos treinta libras, en un cuerpo que ya antes de ser censor parecía una enorme peonza.

Seguramente el muy virtuoso había ganado ese sobrepeso a base de comer gachas de cebada y galleta legionaria. ¡Ja!

También estaba allí Gneo Papirio Carbón, cónsul designado para el año siguiente.

Un puesto que le venía grande, en opinión de Cepión.

(A fuer de sinceros, pensaba lo mismo de casi todos los cónsules a los que iba conociendo).

Había unos cuantos senadores más, la mayoría de rango consular o pretoriano.

Cepión era de los más jóvenes y el que todavía se encontraba en el peldaño más bajo del cursus honorum .

Muchos habrían calificado el banquete de agradable, aunque Cepión habría utilizado otros adjetivos, como «anodino» o «insustancial».

No había cánticos animados ni bailes licenciosos, tan solo la mansa música de un trío de flauta, lira y cítara formado por tres mujeres no muy agraciadas y que, además, llevaban túnicas de lana gruesa hasta el cuello bajo las que debían de estar derritiéndose como cera al sol.

El vino tiraba a aguado y los esclavos solo lo escanciaban cuando lo ordenaba el simposiarca.

Es decir, Escauro, que por no interrumpir su propio discurso se demoraba tanto antes de proponer cada brindis que Cepión acababa metiendo el dedo entre los posos del fondo de su copa y chupándolo después.

Para variar, no se estaba emborrachando. No podía decir que se aburriera del todo, ya que durante la cena y la sobremesa se escucharon algunas informaciones suculentas sobre lo que ocurría en Numidia y el descaro con que Opimio había cometido cohecho.

Él mismo estuvo tentado de sacar a colación el asunto de las vestales. Se reprimió, pensando que seguramente le preguntarían cuál era su fuente de información. De haber bebido en más cantidad y con menos dilación, se le habría soltado la lengua, pero no fue el caso.

En algunos momentos, acunado por el soniquete de la voz de Escauro, se abstraía y recordaba de nuevo la conversación con Marta.

—Si te aconsejo es solo porque quiero ayudarte a evitar que tengas problemas legales en el futuro que amenacen tu carrera política. Debes continuar con ella…

—Esa es mi intención —respondió Cepión, con sequedad. ¿Acaso una mujer extranjera pretendía dictarle a un senador romano lo que tenía que hacer?

Marta hizo caso omiso y terminó su frase.

—… porque es vital que te conviertas en cónsul en el momento preciso y adecuado.

—¿Preciso y adecuado para qué?

—Para enfrentarte a la amenaza que se cierne sobre Roma. Debes ser tú quien lo haga, y nadie más.

Al oír esto último, Cepión no pudo evitar hinchar el pecho.

—Te refieres a Yugurta.

—No. Yugurta no es importante.

—La mayoría del Senado no opina lo mismo que tú.

—Los senadores opinan. Yo sé .

—Ah. Tú sabes.

—Por mucho que crezca el poder de Yugurta, el único peligro que supone para Roma es el de una infección purulenta que acabaréis sajando. Pero hay poca gloria en vencer a un enemigo que tiene más dinero que soldados y que es más tramposo que buen general.

Como si tener dinero no fuera importante, pensó Cepión, que estaba invirtiendo el que tenía y el que le faltaba en su campaña para edil.

Marta había insistido. Su tono sonaba cada vez menos divertido y más solemne, como si le hablara desde las retumbantes profundidades de la gruta de la mismísima sibila de Cumas.

—Yo me refiero a otra amenaza mucho peor. Una fuerza arrasadora que incluso ahora, mientras hablamos, desciende hacia el Mediterráneo desde las regiones desconocidas del norte.

—¿Qué amenaza es esa?

—Los cimbrios. Pronto tú y toda Roma oiréis hablar de ellos.

—¿Los cimbrios?

—El enemigo más formidable que alcances a concebir. Los cimbrios son guerreros más valientes y salvajes que los galos, y los superan tanto en estatura como los galos superan a los romanos.

—¿Qué tienen que ver conmigo? Estoy en campaña para ser edil, no cónsul.

—¡Impaciente de nuevo! Si haces lo que te digo, y si sabes esperar, llegará tu momento, y te enfrentarás a ellos en el combate más grande que hayan presenciado los estandartes romanos.

Aquello, Cepión tuvo que reconocerlo, sonaba muy épico.

—Continúa.

—Es cierto que quien derrote finalmente a Yugurta celebrará un triunfo.

Pero solo conseguirá someterlo gracias al engaño, y todo el mundo lo sabrá.

En cambio, quien venza a los cimbrios lo hará con el poder de las armas, y cuando lo haga será llamado fundador de Roma, como antes lo fueron Rómulo y Camilo.

—Fundador de Roma —murmuró Cepión. Eso sonaba todavía mejor. Su mirada se desenfocó por unos segundos, perdida en la lejanía de un futuro triunfal.

—¿Quieres ser tú ese hombre?

Como era de esperar, Cepión había respondido que sí.

—Para que llegue ese momento, primero debes cortar los cabos sueltos.

Y en ese momento, Marta le explicó su plan.

Cepión no podía ni sospechar que el verdadero protagonista de aquella trama no era él, sino Quinto Sertorio. El propósito de Marta era apartar al niño del sendero por el que parecía destinado a encaminar sus pasos, colocarlo en otro tablero de latrunculi y convertirlo en alguien distinto.

Una pieza de hueso en lugar de marfil y, sin embargo, más valiosa.

También más impredecible. Más caótica.

Se dice que los dioses, aburridos en sus moradas de mármol, provocan guerras entre los hombres para entretenerse y aliviar su tedio.

Si eso es cierto de ellos, ¿qué podría decirse de las Moiras, que ven incluso los rincones del tiempo que les están vedados a los dioses y conocen el origen y el final de los supuestos inmortales?

Para ellas, introducir el caos no es un capricho.

Es una necesidad.