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La historia de la que empezó a hablarle Marta no era del todo nueva para Cepión. Su protagonista era Emilia, virgen vestal de una destacada familia patricia.
Corrección. Vestal, sin duda. Pero ¿virgen?
Cepión ya había escuchado rumores sobre ella.
Se decía que tenía un amante, un senador de escaso fuste llamado Lucio Veturio.
De divulgarse aquello, bastaría para condenarla a muerte por violar el voto de castidad.
Además, en una conversación de madrugada y con tanto vino de por medio que Cepión aún dudaba si la había soñado o si realmente tuvo lugar, había oído que Emilia no se limitaba a fornicar con Veturio, sino que también lo hacía con amigos suyos, de dos en dos o de tres en tres, en el Palacio de Hécate.
El mismo burdel subterráneo al que acudía Nuntiusmortis cada luna llena.
Cepión lo había visitado en una sola ocasión, por pura curiosidad. La experiencia no le resultó agradable. Tuvo que marcharse dejando la cópula a la mitad, porque aquellos túneles angostos y aquellos cubículos tallados en la roca le provocaban angustia, palpitaciones y sudores fríos.
Curiosamente, aunque Marta le habló de la relación impía de la vestal con Veturio, no comentó nada de los rumores sobre sus orgías en el Palacio de Hécate. A modo de colofón, la adivina añadió al final:
—La intachable moral romana se debe de haber relajado mucho cuando la conducta de Emilia no es un secreto y, sin embargo, no ha tenido consecuencias hasta ahora.
—Que se cuenten cosas no quiere decir que sean ciertas —respondió Cepión—. Si alguien cree que esa vestal ha quebrantado su juramento, que lo denuncie ante los pontífices.
Ni a él mismo lo convencían sus palabras.
No había llegado a acostarse con Emilia, pero le bastaba con verla para comprender que de virtuosa tenía poco.
Sus miradas, que solían ser de soslayo y se acompañaban con parpadeos más prolongados de lo necesario, la manera en que sus ropas talares se adherían a sus formas, su actitud general y cierta aura indefinible revelaban que esa mujer había dejado de ser virgen hacía ya tiempo y que, además, le había tomado gusto a saltarse su sacrosanto voto cada vez que le salía de la sacrosanta vulva.
—Eso es justo lo que parece que va a ocurrir en breve —dijo Marta—. Antes de que acabe el año, habrá un juicio que escandalizará a Roma.
Si Cepión hubiera tenido las orejas móviles como los perros, las habría puesto de punta. En lugar de eso, volvió a retreparse sobre el colchón.
—Emilia —prosiguió Marta— tenía un esclavo de confianza llamado Manio que le servía de escolta en sus visitas clandestinas al Palacio de Hécate. Hace años debió de cometer alguna indiscreción, que su ama castigó cortándole la lengua y vendiéndolo a un contratista.
—Un error por su parte —comentó Cepión, que ya presentía el rumbo del relato. Un esclavo muerto siempre es mejor que un esclavo resentido.
—Lo fue. Pese a trabajar picando piedra en una cantera de los montes Albanos, Manio encontró tiempo para aprender a leer y escribir gracias a un compañero, un antiguo pedagogo al que también habían vendido como castigo.
—Me puedo imaginar lo que pasó después.
—Será que tú también tienes dotes de presciencia —dijo Marta, en tono juguetón—.
Como ya habrás adivinado, cuando tuvo suficiente soltura con las letras, Manio puso por escrito todo lo que había visto mientras estaba al servicio de Emilia.
Su dueño lo leyó y pensó que aquello era lo bastante jugoso como para traer al esclavo y presentar aquel opúsculo tan revelador al pontífice máximo.
—Habrá sido una suerte para Emilia que Escévola muriera hace un mes.
—Así es. Por el momento, el puesto sigue vacante. Pero cuando se cubra, el juicio contra Emilia saldrá adelante.
De entre los miembros del colegio de pontífices, se decía que quien contaba con más posibilidades de ser cooptado para sustituir a Escévola —al pedante e insufrible Escévola— era Lucio Cecilio Metelo Dalmático. Sobrino del suegro de Cepión, Metelo Macedónico, y tan soberbio y estirado como él.
Escévola había legado a su sucesor una herencia peliaguda. Nada menos que inaugurar su pontificado con un juicio por impiedad contra una vestal.
«Jódete, Dalmático».
—Veo que sonríes —dijo Marta.
—Además de verlo, seguro que sabes por qué.
—Sonreirás más cuando sepas que el futuro pontífice tendrá que juzgar además a las dos aprendizas de Emilia, Licinia y Marcia. Ellas también han roto su voto de castidad.
Cepión levantó las cejas, sorprendido. Esta última información era nueva para él. Según le aclaró Marta, era la propia Emilia quien había corrompido a sus pupilas. Por puro vicio, para compartir orgías con ellas, o por hacerlas cómplices de sus pecados y evitar que la delataran.
Pensándolo bien, resultaba más que verosímil que Licinia y Marcia, dos atractivas jóvenes de poco más de veinte años, hubieran perdido la virginidad.
Por dar mayor esplendor al colegio de las vestales, las elegían demasiado guapas.
Cepión pensó que, si hubieran escogido como sacerdotisa a su difunta esposa, ningún varón, noble o plebeyo, bárbaro o romano, libre o esclavo, por desesperado que estuviera, habría intentado acostarse con ella.
¡Un juicio contra tres vestales, nada menos! Dalmático se iba a ver metido en un buen cardizal.
—Debo reconocer que ha sido una historia muy instructiva y entretenida.
Te agradezco que me hayas hecho más breve y descansado el trayecto —dijo Cepión, entreabriendo la cortina para asomarse.
Habían llegado al final de la cuesta y estaban entrando en la calle de las Cabezas de Buey, ya en el Palatino—. Aun así…
—Aun así, sigues sin entender qué tiene que ver contigo.
—Exacto. —Levantando la mano como si prestara juramento, Cepión añadió—: No puedo decir que sea del todo inocente del pecado de adulterio…
—… ni que te arrepientas de ello.
—… pero nunca he cometido la imprudencia de acostarme con una vestal. Procuro cobrar mis presas en cazaderos donde mi vida no corra peligro.
—¿Ni siquiera corriste peligro la noche de los idus de enero de hace siete años?
De repente, Cepión se puso tenso y sus dedos se contrajeron sobre la sábana de muselina que cubría el colchón.
No se esperaba aquel cambio de rumbo en la conversación.
—No sé de qué me hablas.
—Relájate, noble Cepión. No me refiero a lo que ocurriera o dejara de ocurrir en la Torre Mamilia. Más bien en lo que pasó, o estuvo a punto de pasar, en la colina de la Salud.
La colina de la Salud. Donde vivían Tito Sertorio y su familia.
Aquello volvía a conectar con el puñetero niño.
—No ocurrió nada.
—Eso he dicho. Que estuvo a punto de ocurrir. ¿No recuerdas haberle dicho a Aulo Vitelio Septimuleyo: «Aquí no me queda más que hacer, mi querido Aulo», justo antes de que sus hombres, delante de ti, prendieran fuego a la alcoba donde…?
—¡Basta! ¡No quiero oírlo!
Condenada bruja. ¿Acaso era capaz de bucear en su memoria a más profundidad que él mismo? Ahora que lo recordaba bien, esas habían sido sus palabras exactas aquella noche. «Aquí no me queda más que hacer».
Cepión se dio cuenta de que seguía aferrando la sábana, con tanta fuerza que se le estaba agarrotando la mano. La soltó, abrió y cerró los dedos y respiró hondo para recuperar la compostura. Con voz más calmada, dijo:
—En todo caso, lo que estuviera a punto de ocurrir, y repito, «a punto», habría sido responsabilidad de Septimuleyo. No mía.
—No tienes que defenderte ante mí, noble Cepión —respondió Marta—. Lo que pretendía antes, al hablarte de la vestal Emilia, era ilustrarte sobre algo.
—Pues termina de ilustrarme. Esta conversación me está empezando a hastiar.
—La impaciencia no es una virtud recomendable para alguien a quien todavía le aguarda un largo camino antes de llegar al elevado lugar que anhela.
Cepión resopló.
—Está bien. Ilústrame. —Tras una breve pausa, añadió con retintín—: Por favor.
—¿Qué opinas del pasado?
—Que pasado está.
Marta sonrió.
—Un juego de palabras fácil, pero no del todo acertado. El pasado no es como un cadáver que se sepulta, se pudre bajo tierra y se puede olvidar. Se parece más al cuerpo de un ahogado que se hunde en el mar. Al final, siempre sale a flote.
—Hoy me he perdido una lectura poética. A cambio, veo que mis deseos de escuchar símiles literarios quedarán satisfechos gracias a ti.
—En el caso de Emilia —prosiguió la adivina, indiferente a su sarcasmo—, ese pasado ha resurgido por culpa del esclavo al que no se decidió a eliminar. En tu caso podría hacerlo por obra de…
Marta hizo una pausa. Cepión la rellenó mentalmente con varios nombres que se le vinieron a la cabeza y que podrían hacer que, tal como había dicho la vidente, el pasado saliera a la luz.
Septimuleyo o sus esbirros. Rea o alguno de sus esclavos. Mario, por supuesto. Poniéndose en lo peor, incluso Nuntiusmortis.
El nombre que salió de labios de Marta fue otro.
—… por obra de Tito Sertorio.
¿Por qué él, precisamente, si no se encontraba en la casa aquella noche, y ni siquiera estaba en Roma?
En los siete años transcurridos desde entonces, Tito Sertorio no había dicho ni media palabra sobre los cinco millones del préstamo a Cepión.
Aunque lo hubiera hecho, no tenía pruebas de la existencia de ese crédito.
El único testigo de la firma, Gayo Graco, llevaba ya más de un lustro al otro lado del río del Olvido.
En cuanto al documento que certificaba el empréstito, se lo había llevado Stígmata, de quien no se había vuelto a saber nada en Roma ni probablemente se sabría jamás.
Pero ¿y si Stígmata reaparecía de alguna manera extraña y espectacular, como ese esclavo deslenguado —en el sentido literal— que había delatado a su ama?
Un ahogado saliendo a flote…
Marta siguió hurgando en aquellos temores.