Sertorio, el elegido de la diosa blanca 79
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Cuando Cepión salió por fin a la calle, Nuntiusmortis seguía donde lo había dejado horas antes, apoyado en el brocal del pozo. ¿Se habría movido, se habría acercado a una taberna a tomar algo, se habría sentado a la sombra de un árbol?

Cepión lo dudaba. Era asombroso lo inactivo que podía llegar a ser su guardaespaldas.

Capaz de pasarse horas con los brazos cruzados, de pie o sentado.

Sin hacer nada. Ni siquiera dormitaba —que ya habría sido hacer algo—.

Normalmente, se limitaba a mirar a la nada.

Sin hablar con nadie, aunque de cuando en cuando movía los labios como si musitara algo para sí.

A veces, Cepión se preguntaba qué pasaría por su mente.

A primera vista, uno podría pensar que nada, que su cabeza no era más que una tablilla de cera virgen y él un bruto sin inteligencia alguna.

Pero el celtíbero daba en ocasiones muestras de ingenio, con una sorna mordaz que rozaba lo fúnebre, y no carecía de cierta astucia.

¿Qué podía motivar a un hombre así?

¿Riquezas? Nuntiusmortis no gastaba en lujos, pese a que la paga de Cepión era más que generosa. Por lo que sabía, ingresaba la mayor parte de su salario en una taberna argentaría del Foro. ¿Estaría pensando en comprarse un terreno y retirarse al campo como un legionario emérito?

¿Comida, bebida? Ni en la una ni en la otra tenía gustos refinados.

Bebía vino barato y, bien fuera porque se moderaba o bien porque era difícil que hiciera efecto en aquel corpachón, nunca se lo veía realmente borracho.

Comía una sola vez al día y siempre lo mismo, un guisote de garbanzos con repollo y carne que no se lo saltaba un samnita.

¿Sexo? Desde que Cepión lo conocía, su guardaespaldas se ausentaba la noche central de cada plenilunio para ir al Palacio de Hécate, el lupanar subterráneo donde los clientes satisfacían deseos que otros burdeles no colmaban.

En el caso de Nuntiusmortis, esos caprichos debían de tener relación con la segunda mitad de su apodo, porque se murmuraba que nadie volvía a ver con vida a las mujeres con las que fornicaba.

Tiempo atrás, Cepión le había preguntado más por curiosidad que por interés:

—¿Por qué es tan importante la luna llena? ¿Qué tienes que hacer en esas noches que no puedas hacer en cualquier otra?

Él se limitó a contestar, en un tono que sugería cualquier cosa menos entusiasmo:

—Me gusta la luna llena. Mucho. Es buena, la luna llena.

A pocos pasos de allí, bajo los soportales de una cantina, aguardaba el grupo de clientes y servidores a los que Cepión había ordenado acompañarlo por el Foro y los mercados de los alrededores.

Estos últimos también eran caladeros de votos, incluso aquellos donde había sobre todo mujeres.

Aunque no votaban en los comicios, muchas de ellas influían en maridos, amantes, hijos o hermanos.

Los miembros de su séquito debían de llevar horas esperándolo.

Cepión los despachó con palabras amables, explicándoles que ciertas gestiones urgentes le habían impedido proseguir con la agenda prevista.

Observó algunos gestos contrariados, pero, en general, lo disimularon bien.

¡Ah, qué falsa era la gente, cómo se humillaba por un cobre o por un vaso de vino!

Hablando de lo cual, invitó a todos a una ronda y se despidió hasta el día siguiente.

Los citó a cuarta hora de la mañana, porque preveía que se acostaría tarde.

Después se dirigió al Palatino, donde vivía Escauro, acompañado tan solo por Nuntiusmortis. Lo habitual era que un senador como él se desplazara custodiado por un cortejo más numeroso. No tanto por seguridad como por prestigio.

Cepión opinaba que tener a su servicio al hombre más temido de Roma, y demostrar que con él le bastaba y le sobraba, acrecentaba su reputación más que si lo escoltara todo el colegio de lictores.

En cierto momento, con intención de atajar, se internaron por un pasaje angosto. Delante de ellos marchaba una litera de lujo, cuyo paso cadencioso los obligó a moderar el suyo hasta llegar a una calle más ancha.

Durante aquel tramo, Cepión tuvo tiempo de observar el vehículo con cierto detenimiento.

Era de madera de cedro, con soportes de bronce en forma de garras de león para apoyarla en el suelo, abundantes apliques de marfil y de plata y borlas doradas que se bamboleaban como si marcaran el compás a los porteadores.

Las cortinas de cuero repujado estaban recogidas por el calor, pero entre ellas colgaban unos visillos de lino que permitían adivinar la silueta de la ocupante, recostada en su interior.

Cuando Cepión estaba a punto de adelantarla, la mujer dio una orden desde dentro.

Los porteadores se detuvieron, doblaron las piernas, manteniendo las espaldas rectas como palos de escoba, y depositaron la litera en el suelo con tal suavidad que no se oyó ni un crujido.

Los visillos se abrieron apenas, y por la rendija asomó una mano de uñas largas y pintadas cuyo dedo índice se curvó como un anzuelo en un gesto inequívoco: «Acércate».

Intrigado, Cepión obedeció.

El visillo se apartó un poco más. Recostada en la litera había una mujer de edad indefinida, pero lejos ya de la juventud, vestida con una túnica verde recamada con hilos de oro.

Cepión la reconoció. Era Marta, la adivina siria.

—Quinto Servilio Cepión —saludó ella—. Qué agradable y venturoso encuentro.

—Agradable, sin duda —respondió Cepión—. Venturoso, no sabría decirlo. Eres tú quien conoce el futuro.

Marta dio una suave palmada sobre el colchón.

—¿Me acompañas un trecho? Yo también voy al Palatino.

—¿También? ¿Cómo sabes adonde voy?

—Tu oficio es llegar a gobernar una república. El mío es saber cosas. ¿Eso incluye conocer el futuro, como tú has dicho? A veces.

Cepión miró al frente. A poca distancia arrancaba la cuesta Palatina. No era la ruta de Aníbal por los Alpes, pero tenía una pendiente apreciable.

La mujer interpretó su gesto.

—Estos mozos tienen fuerzas de sobra para cargar también contigo, no te preocupes.

Los mozos en cuestión eran ocho. Cuando Marta empezó a dejarse ver por las calles de Roma, su litera era menos lujosa y la llevaban solo cuatro porteadores.

Desde entonces había doblado el número de estos y, un detalle mucho más significativo, se acababa de mudar de su pequeña domus en la Subura a otra en las Carinas que la triplicaba en superficie.

Era un hecho irrefutable que había prosperado.

—Ya que tan amablemente me lo ofreces, acepto —dijo Cepión, levantándose un poco la túnica para entrar en el vehículo.

—Me temo que tu esclavo tendrá que seguirnos a pie.

Nuntiusmortis, que estaba lo bastante cerca para oírlo, respondió:

—No soy esclavo de nadie. Lo sabes.

—Lo que yo sepa de ti, queda entre tú y yo. Aparta un poco. No tienes por qué escuchar lo que hable con tu patrón.

—¿Y ellos? —preguntó el celtíbero, señalando a los porteadores.

—Lo que oigan o dejen de oír es asunto mío.

Nuntiusmortis se limitó a manifestar su disconformidad, con un gruñido que más parecía un borborigmo estomacal, y se alejó unos pasos. A Cepión le sorprendió la facilidad con que el exgladiador, que a veces se mostraba lento y remiso para seguir sus instrucciones, obedecía a aquella mujer.

¿Qué había entre ellos dos?

Delante de él, Nuntiusmortis no había tenido ningún contacto con Marta. ¿Se trataba de algo relacionado con sus ausencias en las noches de luna llena?

Cepión se recostó en dirección contraria a la adivina para poder mirarla de frente. Ella se movió un poco a un lado, pero la litera no era tan ancha y las caderas de ambos se tocaron.

El colchón era realmente cómodo. Cepión habría apostado a que estaba relleno de plumas de avestruz combinadas con plumón de cisne.

—Adelante —ordenó Marta. Los porteadores levantaron de nuevo el vehículo y se pusieron en marcha.

La adivina lucía en la garganta un grueso cabujón de color sangre, y junto a él un medallón de oro con un minúsculo cierre que parecía ser una especie de relicario.

Debajo de ambos colgantes, la túnica se abría lo bastante para mostrar el canal entre los pechos.

Para el gusto de Cepión, en aquel escote se acumulaban demasiados lunares, y también los minúsculos pliegues romboidales que, sin ser los hoyuelos que tanto le repugnaban en los muslos de su difunta esposa, delataban que la carne había perdido su lozanía.

Marta sonrió. Sus dientes sí que eran perfectos.

Blancos como la túnica de una vestal, todos del tamaño correcto, sin huecos entre ellos, sin rebeldes torcidos por haber llegado tarde a la fila.

Tan brillantes y regulares, de hecho, que el propio Cepión, que se ufanaba del estado de los suyos, los habría querido para sí.

En los ojos de la mujer, oscuros y rasgados, brillaba una chispa de diversión.

—Sé lo que estás pensando.

—¿Ah, sí?

—Estás pensando que cuando era más joven debí de ser muy bella. Que todavía soy una mujer guapa, pero que, sin ropa, mis carnes deben de estar flácidas. Que ya te hartaste de flacidez acostándote con tu difunta esposa para fecundarla. Así que, físicamente, no tengo nada que te pueda atraer.

Cepión se ruborizó un poco, algo nada habitual en él.

No porque se avergonzara de lo que había pensado, que era exactamente lo que acababa de decir Marta.

Salvo con las ancianas o las extremadamente gordas o feas, no había mujer con la que se encontrase a la que no desnudara y evaluara mentalmente.

Lo que lo había impresionado era que la siria hubiese entrado en su cabeza de esa manera, como quien abre unas ventanas y se asoma al interior de una casa donde todo está a la vista y las esclavas han sido negligentes con la limpieza.

Sería por eso por lo que se ganaba la vida como adivina.

Y muy bien, a juzgar por la litera, los esclavos, la ropa, las joyas.

Llevaba hasta ocho anillos en los dedos, cada uno con una gema distinta.

Ni siquiera Cepión, visitante asiduo de las joyerías del pórtico Margarita, habría sabido decir los nombres de todas ellas.

Lucía ajorcas y pulseras de oro en ambas muñecas e incluso una cadena, también de oro, en el tobillo izquierdo.

—Yo también sé cosas —dijo Cepión.

—¿Ah, sí?

Ella se burló de él no tanto por la forma de repetir sus palabras, sino por la de imitar su entonación, « Áááh, ¿sííí? ». Aunque no se trató de una burla agresiva, a Cepión lo irritó un poco.

—En los últimos tiempos se te ha visto mucho con Gayo Mario —contraatacó.

—No hace falta una red de espías para saber eso.

Cierto. Cepión se preguntó por qué había sacado a colación el nombre de ese individuo al que detestaba. Era como si una voz le hubiera susurrado dentro de su cabeza: «Habla de Mario, habla de Mario».

¿Y qué otra voz podía ser sino la de Marta, infiltrándose en su pensamiento?

Empezaba a sentirse incómodo. Y, al mismo tiempo, intrigado.

—¿Ahora que Mario está en Hispania buscas otros senadores a los que vender tus oráculos? —preguntó Cepión.

—Oh, no me faltaban clientes ni cuando Mario estaba en Roma. —Volvió a sonreír—. Yo no soy una amante exclusiva, como tu bella Antiodemis.

¿Se estaba burlando de él de nuevo? ¿Insinuaba algo?

—No pretendía ser irónica, noble Cepión. Pero ya que has mencionado a Mario y me has recordado que está fuera de Roma…, ¿te das cuenta de que él ya no puede proteger a Tito Sertorio?

No podía ser coincidencia que Marta hablara de Sertorio cuando Cepión acababa de encontrarse con su hijo.

¿Qué estaba ocurriendo aquí?

—¿Por qué iba a tener que protegerlo? ¿Contra quién?

—Tal vez contra alguien que quiera evitar que un pasado comprometedor salga a la luz.

Cepión notó que, debido a la inclinación de la cuesta, se estaba deslizando hacia abajo por la tela resbaladiza que cubría el colchón. Apoyó las manos para enderezarse y, al hacerlo, rozó el tobillo de Marta. La cadenita tintineó.

Ella tenía la piel muy caliente. Demasiado para su gusto.

—¿Vas a seguir hablando en enigmas o tienes algo que decirme?

—Hablar en enigmas es una característica de mi oficio. Otra, la de relatar historias. ¿Me permites que te cuente una? Todavía tenemos tiempo.

Cepión entrecerró los ojos, como si con eso pudiera evitar que aquella mujer siguiera penetrando en su mente.

—Adelante. Cuéntame.