78
Cuando Cepión salió de casa de Antiodemis, ya caía la tarde.
No era su intención demorarse tanto en el apartamento, pero se había relajado en demasía.
Tras un refrigerio, unas cuantas copas de vino fresco y una sesión de sexo rápido en la alcoba de la actriz, su plan consistía en echar una cabezada, lavarse la cara, envolverse de nuevo en la toga cándida y salir a pescar más votos por las calles antes de cumplir ciertos compromisos sociales que tenía apalabrados.
Antiodemis, sin embargo, le había dejado dormir, con la celosía entreabierta para que corriera el aire, y la cabezada acabó convirtiéndose en una siesta de tres horas. Al despertar, Cepión lo hizo con la cabeza embotada y un humor mejorable.
Ella se disculpó.
—Lo siento. No quería despertarte.
—Pues deberías haberlo hecho. Seguro que es muy tarde.
—Hacía demasiado calor. He pensado que ya tendrías tiempo mañana de seguir con tu campaña.
—He pensado, he pensado —rezongó Cepión, incorporándose en la cama.
Al mirarse el hombro derecho, que era el lado sobre el que, al parecer, había dormido todo el rato, observó que se le habían marcado las rayas de las sábanas.
—Qué rabia me da. ¿No se me habrán quedado en la cara también?
Ella se acercó a comprobarlo.
—Solo un poco. Seguro que se te quitan enseguida.
—Enseguida, enseguida… ¡Eso habrá que verlo!
Sentado en la cama, Cepión resopló. Era verdad que hacía calor. O quizá era él, que lo tenía metido en el cuerpo.
Un leve soplo de aire se coló por el enrejado y le enfrió el sudor en la espalda. Al menos, los días se iban acortando, y gracias a eso las noches se volvían más soportables.
—¿Qué hora será?
—Se lo preguntaré a Procopio. Tiene una clepsidra dentro de su cabeza.
Procopio. El mayordomo, recordó Cepión.
Antiodemis salió un momento, dejando entornada la puerta. Cepión se levantó y se desperezó, desnudo como estaba, estirando los brazos hacia el techo hasta que le dolieron los omóplatos.
La puerta se abrió de nuevo. Antiodemis pasó y se lo quedó mirando de arriba abajo. De forma no del todo consciente, Cepión metió la tripa y contrajo todos los músculos que podía tensar sin llegar a parecer un gladiador posando en una subasta para damas lujuriosas.
—¿Cuántos candidatos de mi edad crees que se conservan así? —preguntó, palmeándose los abdominales. Por el momento, apenas tenía grasa en esa zona.
Antiodemis sonrió.
—Si las elecciones se celebraran como el juicio de las tres diosas, seguro que ganabas de calle.
—¿Qué hora ha dicho tu clepsidra viviente que es?
—La décima.
Era tarde, ciertamente. Por un momento pensó en vestirse a toda prisa y salir corriendo de allí, pero se notaba pegajoso de sudor.
—Haz que me preparen el baño. Rápido. No hace falta que calienten el agua, bastante calor tengo yo.
La tina del apartamento, donde solo cabía encogiendo las piernas, era una ridiculez comparada con las tres enormes bañeras de las que disponía en su mansión, pero le serviría para salir del paso. Y, al menos, el apartamento disponía de agua corriente.
Cuando entró en el cuarto de baño, las esclavas estaban terminando de llenar la tina. Cepión, que al salir de la habitación se había puesto la túnica, se la quitó sin esperar a que las criadas se fueran y se quedó delante de ellas tan desnudo como una estatua griega.
Y casi con el mismo vello, porque se había depilado la víspera.
La esclava más joven apartó los ojos y se ruborizó un poco. En cambio, Mírrina, que llevaba toda la vida con Antiodemis —y que no estaba nada mal pese a que iba cumpliendo sus años—, le dirigió una mirada apreciativa, mientras la comisura de su boca se levantaba ligeramente.
—Vamos, vamos —dijo Antiodemis, sacando a las esclavas casi a empujones—. Hace mucho calor para que estemos tantas aquí dentro.
Cepión se sentó en la bañera, riéndose.
—Qué prisa tienes por echarlas.
—Te puedo bañar yo misma.
«Digan lo que digan, todas son celosas», pensó Cepión.
Mientras Antiodemis le pasaba la esponja por la espalda y los hombros, Cepión comentó:
—¿No te dije que me habían invitado a una lectura de poemas?
—No lo recordaba. ¡Esta cabeza mía, tan hueca!
—Pues el caso es que me habían invitado —insistió Cepión. Esperaba que, recalcando el verbo, quedara claro que, por culpa de ella, se le había hecho tarde.
Lo estaba intentando, pero no se le acababa de pasar el mal humor.
—¿Son poemas buenos?
—¿Bromeas? Los ripios de ese jovenzuelo no sonarían bien ni aunque los recitaran las ocho musas juntas. Pero es el sobrino favorito de Cornelia Mérula, que tiene mucha mano entre las mujeres de los senadores. ¡Y ahora ya no me da tiempo a llegar!
—¿No dicen que es de buen tono que los hombres importantes os presentéis siempre un poco tarde?
—Un poco tarde, sí. Pero no tanto. Cuando llegue, sus aduladores ya lo estarán sacando a hombros como si hubiera recitado los mismísimos Epitafios de Píndaro.
(Era de suponer que Cepión estaba pensando en sus Epinicios , pero a veces se le trabucaban los nombres.
E incluso los números).
—En ese caso, lo mejor que puedes hacer es no ir. Como dice Cecina: «La vida vuela / y tú la pierdes oyendo malos versos».
—¿Y ese quién es?
—Otro poeta mediocre, por no decir malo. Pero ya conoces la fábula de las dos alforjas. Uno solo ve la que contiene los defectos ajenos y en cambio no ve la…
—Para, para. Si ese tipo no es bueno, ¿de qué demonios lo conoces? ¿O es que ahora te dedicas a recitar a poetas del censo por cabezas?
—Da la casualidad de que Cecina vive en esta ínsula.
—Ah. ¿Y suele visitarte, como buen vecino?
—Solo me cruzo con él de vez en cuando. ¡Vamos! Si lo vieras no se te ocurriría estar celoso. Blancuzco, flacucho… ¡Una lombriz mal vestida!
Antiodemis se colocó detrás de él y se pegó de tal modo que sus senos le rozaron la espalda. Sus manos le recorrieron los hombros y los masajearon, y después bajaron hasta sus pectorales. Al sentir que ella los apretaba, Cepión los contrajo automáticamente.
—¿Quién querría comer carne de burro viejo cuando tiene a mano los manjares más suculentos de Roma? —dijo Antiodemis.
Cepión sonrió, halagado, cogió la mano de ella, la metió bajo el agua y la llevó a su miembro. No lo tenía del todo erecto, pero sí en un estado apreciable.
—Pues aquí tienes el plato principal.
Ella lo acarició unos instantes entre el pulgar y el índice. Cepión empezó a animarse, y se le ocurrió que, ya que de todos modos no iba a llegar al recital…
Antiodemis apartó la mano y volvió a pasarle la esponja por zonas menos relacionadas con Venus.
—Si no quieres quedar mal por no ir a la lectura, puedes hacerle un regalo.
—¿A quién, al poetastro? Quita, quita, no vaya a pensar que me lo quiero cepillar. Estos jóvenes de ahora no distinguen, y menos los que se creen poetas.
—Me refería a la dama Cornelia. ¿No es su amistad la que te conviene?
—Lo cierto es que sí. —Cepión se quedó pensativo un instante. Mirando de reojo al mueble donde Antiodemis tenía el surtido de aceites, cremas y perfumes que usaba para su acicalado diario, dijo—: Algo pequeño, de buen gusto. Un frasco de vidrio de Sidón, por ejemplo, con perfume de nardos de Siria.
—Sin duda le gustaría, pero a lo mejor podría pensar lo que no es. El nardo es tan sugerente…
Sus manos volvieron a acariciarlo, pero no bajaron más allá del ombligo.
—Puede que tengas razón. Mejor un perfume de Mendes en alabastro de Tebas.
—¡Ah, el hechizo del viejo Egipto!
—Haré que le manden unos cuantos tarros de la perfumería de Antípatro.
—Una excelente elección.
—En una bolsa de vitela, envuelta con un lazo de ferrugo.
—¿Y una nota de tu puño y letra?
—Claro, ¿qué pensabas?
El puño y letra de Cepión casi siempre era el de Nicómaco.
Mientras Antiodemis lo secaba y le ungía el cuerpo con aceite aromático, Cepión, que esa misma mañana ya se había dado un baño completo, recordó las charlas del pelmazo de Escipión Emiliano censurando los excesos modernos de la higiene.
—Nuestros mayores se lavaban cada día las manos, los pies y los brazos. En suma, las partes de su anatomía que se ensuciaban trabajando o con las armas. ¡Y solo se bañaban de cuerpo entero cada nundina, y no a diario como estos pisaverdes afeminados de hoy día!
—Pues cómo olerían —había comentado el propio Cepión.
La ocurrencia suscitó algunas risas. Entre otros, en Yugurta. Pero también le valió a Cepión la mirada censora del gran general, imitada y aumentada por las cejas peludas de su perro faldero, Gayo Mario.
—Claro que olían —remachó Emiliano—. Pero a los olores más honrados del mundo. A milicia, a trabajo. ¡A virilidad!
Ahora, satisfecho de no oler ya tanto a virilidad, Cepión se puso una subúcula limpia. El arcón donde guardaba esa y otras prendas en casa de Antiodemis era para él como la guarnición legionaria en un reino aliado. Una avanzadilla y un recordatorio de dónde se hallaba el verdadero poder.
Aunque ya era tarde para el recital —del que, en el fondo, se alegraba de haberse librado—, todavía estaba a tiempo de asistir a una cena en casa del cónsul del año anterior, Emilio Escauro, recién nombrado príncipe del Senado.
Honor que Cepión consideraba excesivo, vistas sus cuestionables virtudes militares y, sobre todo, su tediosa y ampulosa oratoria.
En pocos días, Escauro embarcaría rumbo a Numidia al frente de una delegación cuya misión era terciar en la prolongada disputa entre Adérbal, hijo del difunto rey Micipsa, y su primo Yugurta.
Años antes, otra comisión presidida por Lucio Opimio repartió el reino entre ambos parientes.
Yugurta se llevó la parte del león de los territorios —el oeste, más fértil y con mejores tropas—, y Opimio, la parte del león de los sobornos repartidos por el propio Yugurta.
Lo que más le interesaba a Cepión de esa cena era la posibilidad de escuchar informaciones jugosas que, a la larga, pudiera utilizar contra Opimio.
Siete años antes, aquel personaje gozó de su momento de gloria cuando consiguió que el Senado aprobara un decreto que declaraba traidores y reos de muerte a Gayo Graco y sus seguidores.
Cepión no olvidaba ni perdonaba que, en esa misma sesión, el entonces cónsul hubiera ordenado que fuese otro decenviro, Lucio Perperna, y no él, quien leyera el pasaje de los Libros Sibilinos en el que se fundó la condena.
Cepión estaba convencido de que llegaría un punto en que la ambición de Yugurta, que ya había hecho asesinar a Hiémpsal, el hermano de Adérbal, desbordaría todos los cauces.
Entonces, por mucho talento que tuviese como estratega, no quedaría otro remedio que declararle la guerra abiertamente y aplastarlo como el mosquito que era frente al poderío de Roma.
Cuando eso ocurriese, no tardarían en salir a la luz los nombres de quienes se habían dejado sobornar por Yugurta.
El propio Cepión, que lo conocía desde Numancia y durante el asedio entabló una buena relación con él, había recibido del númida una cantidad de dinero más que apreciable con la que financiaba parte de su campaña electoral.
Pero, a diferencia de otros incautos, él tuvo el buen juicio de hacerlo a través de testaferros de los que después procuró desvincularse.
Esto último, considerando que el encargado de romper esos vínculos había sido Septimuleyo, era un eufemismo.
La cena en casa de Escauro, aunque estaban invitados algunos políticos de alto rango, iba a ser más o menos informal.
No hacía falta que llevara toga, pero tampoco le parecía apropiado ponerse el típico conjunto para las cenas festivas, la sýnthesis de túnica y manto a juego que se había puesto de moda en los últimos tiempos.
Mientras seguía mirándose en el espejo, vio pasar al mayordomo por detrás de él. Le faltaba caminar de puntillas con tal de no llamar su atención.
En vano. Chasqueando los dedos, Cepión le dijo:
—Propicio, tráeme la túnica laticlavia.
—Enseguida, señor.
Cepión sabía de sobra que se llamaba Procopio, pero le encantaba mortificarlo confundiendo su nombre (más de una vez se dirigía a él como Prepucio) y ordenándole tareas por debajo de su rango.
Aquel individuo, que por muy atriense que fuera no pasaba de ser un vulgar esclavo, había nacido con un palo metido por el recto.
La túnica se la trajo, finalmente, Mírrina.
Prometiéndose que haría pagar a Procopio por aquella ridícula rebelión, Cepión dejó que la esclava le colocara la prenda.
La había hecho confeccionar de tal manera que las franjas púrpura que proclamaban su condición de senador marcaran también sus poderosos deltoides.
—Sigues siendo un hombre muy apuesto, noble Cepión —le dijo la esclava, para después retroceder sin darle la espalda y salir de la estancia.
Él sonrió, sin dejar de contemplarse. Después reparó en que el supuesto halago venía envuelto en una objeción. ¿Cómo que «sigues siendo»? ¿Qué había querido decir Mírrina?
Antiodemis entró entonces, acompañada por la joven esclava que le había preparado el baño, y que ahora traía la toga.
—No creo que refresque demasiado esta noche —dijo Cepión.
—Yo tampoco lo creo. ¿Por qué lo dices?
—Voy a dejar la toga aquí. Haz que la lleven a la tintorería para que la laven y le den otra capa de blanqueo. Cuando esté lista, haz que me la envíen a casa.
—Así se hará —respondió Antiodemis.
Cuando Cepión salió del apartamento por fin, Antiodemis ordenó a Trife que quitara la ropa de la cama y se la diera a Crésimo para que la llevara a lavar junto con la toga y la túnica sucia de Cepión.
—Pero, ama, acabamos de cambiar las sábanas. El otro juego bueno sigue en la tintorería.
—Da igual, quítalas y pon las que tengamos.
Le daba igual dormir en sábanas que ya amarilleaban o en otras de invierno con pelotillas. No quería seguir oliendo el sudor de Cepión en su cama.
También mandó que vaciaran la tina, la frotaran bien con estropajos y después le prepararan el baño.
Mientras Mírrina le pasaba la esponja por la espalda y los brazos, Antiodemis se dijo que ojalá una pudiera también frotarse con ella por dentro y limpiarse el alma.