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Cuando salieron del apartamento de Antiodemis, Quirinio miró hacia el otro lado del pasillo, en dirección a la puerta contraria a la que habían utilizado para acceder a la ínsula.
Aquel rectángulo de luz debió de parecerle una nueva frontera, la ventana abierta a un mundo desconocido, y le preguntó a Sertorio:
—¿Has probado alguna vez a salir por ahí?
Sertorio seguía muy callado. Su encuentro con Cepión le había dejado un regusto extraño, entre inquietante y desagradable.
Ya guardaba mal recuerdo de la escena que había presenciado en el Foro, cuando el noble humilló a su padre.
Pero ahora acababa de tenerlo mucho más cerca, de oler su sudor acre, de respirar su aliento levemente dulzón y sufrir en su cara el pellizco malintencionado de sus dedos.
Lo peor había sido mirarlo a los ojos. Sertorio había tratado de encontrar algo en ellos, como hacía casi sin darse cuenta cuando escrutaba los de los demás.
Era como asomarse a un espejo que, en vez de reflejar la luz, la absorbiera. En lugar de una imagen, los ojos de Cepión devolvían…
Nada.
Al recordarlo, sintió el mismo repelús que lo hacía estremecerse cada vez que su madre lo obligaba a beber la cocción de llantén que Marta la siria le había recetado para el asma.
Sertorio descubrió que aborrecía a Quinto Servilio Cepión. No por las razones que solía argumentar su padre —embustero, ladrón, corrupto—, sino con una aversión más visceral, una repugnancia arraigada en sus entrañas desde mucho antes de que fuera consciente de ella.
—¡Venga, vamos por ahí, a ver adonde nos lleva! —insistió Quirinio, avanzando entre las débiles luces de las lamparillas que alumbraban el pasillo.
Sertorio lo siguió. Dagulfo, a su vez, los siguió a ellos.
No tardaron en descubrir que habría sido mejor no dejarse llevar por el espíritu aventurero y elegir la misma puerta por la que habían entrado.
La fachada norte de la Torre Mamilia no podía contrastar más con la que daba al Argileto.
La plazoleta a la que salieron tenía forma irregular, el suelo estaba a nivel en algunas zonas y en otras no, faltaba buena parte del enlosado y, donde este se conservaba, se veía levantado por malas hierbas que nadie se molestaba en cortar.
Un par de plátanos daban sombra al lugar, pero, como contrapartida de este servicio, sus raíces abombaban el pavimento en gibosidades que parecían abscesos a punto de reventar.
Normalmente, Sertorio habría barrido con la mirada todo el lugar para absorber los detalles. Pero en el centro de la plazuela había algo que reclamó toda su atención.
Allí, cruzado de brazos y con el ancho trasero apoyado en el brocal de un pozo, sin importarle que su corpachón molestara a la gente que hacía cola para sacar agua con el cubo, estaba Nuntiusmortis.
Sertorio se estremeció. Por alguna razón, quizá un recuerdo atávico grabado en su memoria, estaba convencido de que en los ojos del exgladiador encontraría un vacío aún peor que el que opacaba la mirada de Servilio Cepión.
Nuntiusmortis reparó en ellos. Lo contrario habría resultado difícil, ya que tenía la mirada clavada en la puerta por la que, seguramente, esperaba a que saliera su patrón.
Al verlos, se dibujó en su cara una mueca que debía de ser el equivalente de una sonrisa. Descruzó los brazos, se apartó del pozo y avanzó hacia ellos.
Dagulfo sujetó por un hombro a Sertorio y por otro a Quirinio, los apartó con suavidad y se interpuso entre ellos y Nuntiusmortis.
Al contemplarlos frente a frente, Sertorio, que ya había hecho sus cálculos la primera vez que vio al exgladiador en el Foro, pudo compararlos de cerca.
Dagulfo medía siete pies y tres pulgadas [28] .
Sertorio lo sabía con exactitud, porque el esclavo tenía la santa paciencia de dejar que lo midiera con una cinta de costura una y otra vez y en todas las dimensiones y situaciones posibles: ancho de pecho, ancho de hombros, perímetro de muslos, altura de pie, altura sentado, longitud tumbado.
Nuntiusmortis también era grande, pero no tanto.
A primera vista, Sertorio diría que Dagulfo le sacaba unas ocho pulgadas.
Su esclavo también era más ancho de espaldas, si bien no tanto de caderas.
Pese a que no podía decirse que fuese esbelto, su figura se estrechaba según descendía hacia la cintura.
El exgladiador, en cambio, parecía tener idénticas dimensiones desde los hombros hasta los muslos, como un enorme barril.
Lo mismo que acababa de hacer Sertorio, lo estaba haciendo Nuntiusmortis a su manera. No hacía falta una percepción muy sutil para darse cuenta de que medía a Dagulfo de arriba abajo y después de abajo arriba.
—Sí que eres grande —dijo por fin.
Tenía la voz menos grave de lo que habría esperado Sertorio, pero muy áspera, como gravilla pisoteada. Aunque fingía admiración, el sarcasmo de su tono era evidente.
—Él es grande porque creció mucho —respondió Dagulfo.
Una respuesta típica de su esclavo.
A Nuntiusmortis, no obstante, no debió de resultarle satisfactoria. Sin previo aviso, dio un paso hacia Dagulfo y le propinó un cabezazo. Debido a la diferencia de estaturas, su frente golpeó en la nariz del teutón con un crujido.
Dagulfo retrocedió, llevándose la mano a la cara. La apartó manchada de sangre y se la quedó mirando, entre el desconcierto y la consternación. Una gota roja cayó a sus pies, sobre una losa resquebrajada por la raíz de un árbol ya talado.
—¡Atízale un puñetazo! —masculló Quirinio, haciendo ademán de propinarlo él mismo, como un pugilista.
Sertorio se interpuso entre Dagulfo y Nuntiusmortis.
Obedeciendo a un arranque incomprensible incluso para él —ese tipo de impulsos le acarrearía más problemas en el futuro—, se encaró con el celtíbero.
Plantó las manos en las placas de metal del balteus , el grueso cinturón que debía de ser un recuerdo de los tiempos de gladiador de Nuntiusmortis, y le dio un empujón poniendo todo su peso en él.
Fue como tratar de echar abajo los muros servianos. Lo único que consiguió fue impulsarse él mismo hacia atrás y chocar contra Dagulfo.
Su fracaso no lo amilanó. Señalando con el dedo a Nuntiusmortis, exclamó:
—¡No vuelvas a tocarlo!
—¿O?
El gesto de suficiencia del celtíbero era tan repulsivo, tan odioso, que por un instante hizo olvidar a Sertorio el miedo que infundía su mirada.
—O te mataré.
«Pero ¿qué he dicho?», se dio cuenta al instante.
El exgladiador se limitó a emitir un ruido a medias entre una carcajada y un bufido, y escupió con desprecio. Aun así, antes de hacerlo, tuvo cuidado de girar el cuello a un lado para no echar el salivazo sobre los pies de Sertorio.
Después se ciñó de nuevo el cinturón, que le había resbalado por la tripa, se dio la vuelta y regresó junto al pozo. La gente que rodeaba este llevaba un rato cuchicheando mientras contemplaba la escena. Al ver que la bestia se acercaba, todos se callaron.
Mientras se alejaban de allí, Quirinio agarró la mano de Sertorio y la apretó.
—¡Tío, cómo has triscado! ¡Has hecho que se le metan las pelotas para dentro!
—El amo no tiene que ser tan valiente —dijo Dagulfo—. El criado defiende al pequeño amo, no el pequeño amo al esclavo.
Más adelante, Quirinio reconocería que, desde aquel momento, empezó a mirar a Sertorio de forma diferente.
Lo que Sertorio no le reconoció a su nuevo amigo fue que apenas podía controlar el temblor de piernas y que, cuando volvió a casa, se metió en la letrina y tardó casi una hora en salir.