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Aunque Antiodemis no pudiera mirar dentro de la mente de Cepión, era como si la hubiera leído a través de cada gesto suyo.
Al contemplarse ante aquel espejo —un regalo de mil quinientos sestercios que consideraba amortizado por las veces que había poseído a la actriz por detrás mientras contemplaba el reflejo de ambos—, había examinado su rostro y su cuerpo en el mismo orden deducido por ella siguiendo el movimiento de sus ojos.
El mentón, el cuello, los hombros, la cintura.
De regreso a la cabeza, el cabello.
Y, de nuevo, el cuello.
Este último era lo que más preocupaba a Cepión.
Solía tocarse la nuez de forma casi compulsiva para comprobar si la piel conservaba su tersura.
Había observado que, llegada cierta edad, a la mayoría de los hombres se les descolgaba el cuello de una manera que era un crimen contra la estética peor que el templo de Saturno.
Entre la barbilla y las clavículas aparecían dos extraños salientes verticales, como si por debajo hubiera sendas cuerdas que con el tiempo se destensaran y ya no fueran capaces de soportar el velamen de la piel.
Eso, en el caso de que el hombre en cuestión estuviera delgado.
Si engordaba, como era el caso de su padre, los pliegues que aparecían eran unas ranuras horizontales que enmarcaban unos rollos de grasa temblorosos —dos o tres, según el grado de obesidad—, que ablandaban los rasgos y robaban toda energía y marcialidad incluso al mentón más poderoso.
«Eso no me pasará a mí», se dijo, repasando con el dedo el hoyuelo de la barbilla.
Algo que entrevió en el reflejo llamó su atención. Por un instante, tuvo la impresión de que eran dos luciérnagas y se dio la vuelta.
No, no se habían colado insectos luminosos en la estancia. Eran los ojos de uno de los dos críos que estaban sentados en el triclinio, meciendo los pies mientras lo observaban a él con escaso disimulo.
Uno de ellos, el muchacho moreno de la nariz aguileña, agachó la mirada. Como debía ser.
El otro la mantuvo.
¿Quién era ese mocoso insolente?
Los ojos.
Cepión miró hacia el rincón de su derecha.
Allí, plantado como un armario, había un esclavo cuyo exagerado tamaño hacía más patente, por contraste, la pequeñez de la sala.
Era imposible no reconocerlo con aquella estatura, la piel pálida y el cabello rubio.
Por no hablar de la concavidad de la frente.
Dagulfo. Un corpachón de buey con un corazón también de buey. Uno grande, manso y castrado.
Si el esclavo teutón estaba allí, significaba que el crío de los ojos verdes tenía que ser el hijo de Tito Sertorio.
Cepión se acercó a él, dispuesto a pellizcarle la mejilla como solía hacer con su padre. El niño dejó de columpiar las piernas sobre el triclinio y volvió a clavar los ojos en los suyos.
Por alguna razón, Cepión abortó el gesto a la mitad y se limitó a ahuecar la mano como para darle una palmadita en la cabeza. Algo que tampoco llegó a hacer.
—No te pareces mucho a tu padre.
—Ya lo sé —respondió el crío.
—¿Y sabes que yo lo conozco?
En lugar de responder o de, al menos, asentir con la barbilla, el niño siguió mirándolo sin apenas parpadear.
Esos putos ojos verdes.
Cepión los recordaba bien. La noche en que nació, ya los tenía abiertos.
Era imposible, o debería haberlo sido. Un bebé recién nacido no podía tener los ojos de ese color tan intenso ni fijar la mirada de aquella manera.
Pero Cepión estaba bien seguro de lo que había visto.
De entre todas las cosas ocurridas en aquella interminable noche de los idus de enero, los ojos del hijo de Rea eran una de las que no había olvidado.
Nunca le habían interesado los críos. Ahora que su hijo acababa de cambiar la toga pretexta por la viril y lo acompañaba a veces en sus visitas al Foro y en otras gestiones, empezaba a parecerle una persona.
Perolos niños pequeños —puaj— no eran más que fábricas de mocos, lágrimas, pises y cacas, y fuente de todo tipo de molestias.
No obstante, a Cepión lo tenía tan intrigado el recuerdo de aquellos ojos imposibles que, cuando nacieron sus dos hijas, entró a verlas apenas les cortaron el cordón umbilical para comprobar si miraban así.
Como era de esperar, verificó que los bebés recién nacidos eran poco más que lombrices arrugadas, con ojos desvaídos, tan cegatos e inútiles como los de un topo.
Pensar en sus hijas le hizo evocar un recuerdo que todavía le provocaba escalofríos.
La reconciliación con su esposa.
Tercia quería tener más hijos. Al menos, esa era la razón que alegaba para obligarlo a cumplir con el débito conyugal cada pocas noches. Cepión sospechaba que lo que en realidad deseaba la muy lasciva era disfrutar del placer que él, por su parte, prefería reservar para otras mujeres.
Aquella exigencia le resultó la más ingrata de todas, incluso peor que destrozar la estatua y la pintura que representaban a Antiodemis.
Tercia no había sido hermosa ni siquiera en la flor de la edad. Con los años, y su afición a los dulces, sus escasos atractivos terminaron de disiparse, a la par que su abdomen y sus caderas se hinchaban como esas vejigas de cerdo con que los críos se golpeaban unos a otros en las Saturnales.
Cada vez que recordaba la forma en que la piel de sus brazos y sus piernas se hundía cuando le ponía un dedo encima, lo recorría un escalofrío.
Lo peor no era que aquella carne se deformara, sino ver cómo, al retirar el dedo, la marca palpitaba y se rellenaba poco a poco, igual que una pisada en la arena húmeda de la playa cuando la cubre una ola.
Era como tocar una masa tibia y blanda que parecía latir y respirar por sí misma, absorbiendo el contacto —tragándolo— antes de recomponerse con un estremecimiento vivo.
Para mantener la erección mientras se afanaba entre los rollizos muslos de Tercia, y más todavía para rematar la faena, Cepión tenía que cerrar los postigos aunque fuese de noche —no fuera a filtrarse algo de claridad—, apagar hasta la última lamparilla, cerrar los ojos e imaginar que lo hacía con dos mujeres a la vez.
Su combinación favorita era una que nunca logró materializar, Antiodemis y Urania.
Considerando que había visto cómo Urania se desangraba después de compartirla con Nuntiusmortis —eso fue un detalle de mal gusto, lo admitía—, quizá debería haber evitado fantasear con ella para no enfurecer a su espíritu y traerlo de regreso de ultratumba.
Pero no podía evitarlo. El recuerdo de aquella joven poseía la extraña virtud de hacer que la sangre fluyera como un vendaval para levantar el mástil e hinchar las velas de su navío.
Los sufridos ahíncos de Cepión acabaron rindiendo fruto. En noviembre de ese mismo año, el del consulado de Opimio, nació una niña que, obviamente, se llamó Servilia.
Después de aquello, entre el propio embarazo, la cuarentena posterior y la lactancia, Cepión se las fue arreglando para mantenerse lo más alejado posible de su esposa.
Pasado un tiempo, sin embargo, ella volvió a reclamarlo.
Por suerte para Cepión, su semilla seguía siendo vigorosa y anidó enseguida, por lo que no tuvo que dedicarle demasiadas noches al empeño.
Dos años y medio después, Tercia dio a luz a otra niña, una segunda Servilia a la que, para distinguirla de la primera, llamaban Vilia o, simplemente, la Menor.
No sería la madre quien utilizara el diminutivo.
Su afán por seguir reproduciéndose le costó la vida, ya que durante el parto sufrió una hemorragia que nadie pudo contener.
Después de enviudar, a Cepión no le faltaron ofertas para emparentar con otras familias.
Aunque tomaba en consideración aquellas más provechosas para su carrera política o su hacienda, hasta ahora no se había decidido.
Por una parte, había acabado más que escarmentado de las quejas, reproches y obligaciones de tener una esposa, un suegro y demás parentela política.
Por otra, la viudedad era lo más parecido a la soltería. ¡Qué deliciosa libertad!
—¿Quinto?
La voz de Antiodemis arrancó a Cepión de sus recuerdos. Parpadeó rápido y sacudió un par de veces la cabeza, como para espabilarse después de una siesta demasiado prolongada.
El crío seguía mirándolo a los ojos. Como pequeña venganza por haber sido la causa de que se acordara de su finada esposa, Cepión, esta vez sí, le apretó el moflete.
Había poca carne que agarrar allí, a diferencia del rostro regordete de su padre, con aquellas mejillas entre pringosas y resbaladizas que le dejaban un residuo de sudor en las yemas de los dedos.
Al sentir el pellizco, el niño frunció el ceño y entrecerró los párpados. Sus pupilas se contrajeron de una forma muy extraña, como si no fueran del todo humanas. Quizá fuera una ilusión óptica, pero por un instante Cepión tuvo la impresión de que adquirían forma de ranura, como las de un gato.
Apartó la mano y la abrió separando bien los dedos, tentado de castigar con un bofetón la mezcla de amenaza e insolencia que transmitía la mirada del mocoso.
Antiodemis le agarró el brazo, justo por encima de la sangradura del codo. Cepión contrajo el bíceps. Los dedos de ella lo acariciaron. ¡Cómo le gustaba toquetear sus músculos cuando se ponían duros!
La sensación hizo que se le endureciera otra cosa y que olvidara su efímero propósito de disciplinar a aquel Sertorio en miniatura.
—Deja que los chicos se vayan —le susurró Antiodemis al oído—. Seguro que los echan de menos en su casa.
Cepión retrocedió un paso. Por fin, el niño apartó la mirada, la fijó en el suelo y se dejó caer del triclinio.
¡No era más que un crío! ¿Cómo podía haberse sentido amenazado por un renacuajo?
Y, sin embargo.