75
Por si fueran pocas razones para desligarse de Lucio, en aquella época Cepión apareció de nuevo en su vida.
En cierto momento volvieron las cartas, pero antes de eso su presencia se hizo sentir indirectamente, del mismo modo en que se nota la presencia de la luna nueva, aunque sea invisible, por la sombra con que cubre el sol en los eclipses.
Antiodemis se había dado cuenta de que ocurría algo extraño a su alrededor, aunque en un primer momento no supo encontrar el motivo. Todo empezó cuando, con la excepción de Tito Pomponio y un par de amigos suyos, dejaron de llamarla para actuar en fiestas privadas.
De por sí, aquel vacío era preocupante, ya que sus ingresos empezaron a menguar.
Lo que terminó de alarmarla fue que, a principios de año, no recibió las invitaciones habituales para los festivales de abril.
Ni los Juegos Megalenses, ni los Ceriales, ni los Florales contaron con ella.
En cambio, Sórix, Metrobio y prácticamente todos los actores a los que conocía sí fueron convocados.
Indagando sobre las razones de aquella exclusión que únicamente la afectaba a ella, descubrió que, si tiraba de los hilos para llegar al centro de aquel laberinto, allí estaba siempre el mismo Minotauro, aguardándola.
Cepión.
Por si sus pesquisas no fueran suficientes, en marzo él mismo se delató como instigador del vacío que rodeaba a Antiodemis.
Lo hizo con una nueva carta. En ella, sin versos melifluos ni artificios literarios altisonantes, Cepión le decía que lamentaba haber visto su nombre fuera de los programas de todos los festivales teatrales.
Tenía marcada y subrayada la palabra «todos» con tanto énfasis, casi con inquina, que la punta del estilo había rasgado la cera hasta arañar la madera de la tablilla.
«Te puedo asegurar que, si yo fuera edil, eso jamás habría ocurrido, y te prometo que el año que viene, una vez que entre en el cargo para el que el pueblo romano me va a elegir dentro de unas meses, estos errores no se volverán a repetir».
A continuación añadía que, ¡ejem! —la tosecilla de falsa modestia la puso la imaginación de Antiodemis mientras leía la carta—, aunque todavía no desempeñaba esa magistratura, tenía buenas relaciones con los ediles actuales.
Si bien los programas teatrales de ese año ya habían sido publicados en los tablones del Foro y apenas quedaba un mes para que empezaran los festivales, estaba convencido de que se podría hacer una excepción para modificarlos e incluir en ellos el nombre de Antiodemis.
E inscribirlo, además, por encima del de Sórix, «ese bailarín gordinflón que no te llega ni a la suela de los zapatos».
¿Qué condición ponía Cepión para ayudarla recurriendo a su influencia y sus contactos?
Ninguna.
Salvo…
Que Antiodemis lo invitara a cenar para conversar sobre esos y otros asuntos.
Tendría que ser en el apartamento de la Torre Mamilia, pero no porque él no quisiera acogerla en su casa, sino porque era la misma Antiodemis quien dijo que no pensaba volver a pisar la mansión de Cepión, de la que había tenido que salir corriendo en mitad de la noche.
Bastaba con que ella pusiera el salón, el triclinio y la servidumbre.
Por cuenta de él correrían los manjares, más sendas jarras de maroneo tinto y ariusio blanco que —sin duda— calentarían el ánimo de Antiodemis y la harían olvidar los últimos sinsabores.
«Y de paso podremos recordar juntos tiempos que fueron mejores para ambos», concluía la nota.
Ya entendía ella a qué se refería Cepión con calentar el ánimo y recordar tiempos mejores.
Por si hiciera falta, los manjares mencionados en la carta incluían ostras del lago Lucrino, caracoles con puerros picados en salsa de comino y huevos de codorniz cocidos sobre un lecho de rúcula.
Todo un repertorio de platos afrodisíacos que, según la sabiduría popular, lograrían levantar la erección de un muerto y humedecer la vulva de una estatua.
Antiodemis estaba sorprendida de que Cepión quisiera reanudar su vieja relación.
Cierto era que había enviudado hacía un tiempo y que, por el momento, no había vuelto a ofrecer el cuello para que se lo uncieran en otro matrimonio, tal como lo habría podido expresar él mismo.
No existía, pues, esposa ninguna que pudiera recriminarle que él se acostara con una actriz.
Pero ¿por qué volver con ella, una pieza de caza que ya había cobrado en su momento, cuando estaba a su alcance adquirir amantes más jóvenes que podría lucir como joyas o mobiliario nuevos?
Antiodemis tenía ya veintiséis años. «Estás más guapa que nunca, y todavía mejorarás», le decía Rea, acariciándole las mejillas, pero a ella le preocupaban las insinuaciones de arrugas que empezaban a marcársele en las comisuras de los ojos y la boca.
Por otra parte, conociéndolo como lo conocía, sospechaba que a Cepión le molestaba que ella compartiera lecho con otros amantes.
¿No había sido capaz de matar a la infortunada Urania por despecho, por la simple razón de que ella prefirió a un hombre como Artemidoro, a quien Cepión consideraba tan inferior?
El caso es que Antiodemis captó perfectamente todas las indirectas —por dignificar con tal nombre insinuaciones tan descaradas— que dejaba Cepión en su carta.
O cedía y se convertía otra vez en su amante o, al menos, aceptaba cenar con él.
De lo contrario, su futuro profesional en la urbe se presentaba muy lúgubre.
Incluso, tal vez, en otras ciudades. La mano de un romano tan poderoso como Cepión podía tener un alcance mucho más largo del que ella sospechaba.
Si quería volver a actuar y no tener que prostituirse —esta vez literalmente— para no morir de hambre, a Antiodemis no le quedaba otro remedio que resignarse y aceptar.
Y eso fue lo que hizo.
Como era de esperar, la cena acabó en la cama. Desde entonces, Cepión volvió a ser un visitante asiduo del apartamento de la Torre Mamilia.
Lo más fastidioso para Antiodemis, en general, era escucharlo. Sus alardes, sus opiniones tan severas con los demás y tan indulgentes consigo mismo, su desprecio por todo aquello que no pudiera tasarse en oro o, al menos, en plata. No había dejado de ser el Egomeméi que ella recordaba.
Como amante no había mejorado. Seguía terminando enseguida.
Antiodemis tomaba la precaución de tener al menos un orgasmo o, si no lo conseguía, de fingirlo para que la vanidad de él quedara a salvo.
Por suerte, Cepión casi siempre remataba fuera su breve faena, ya que le resultaba excitante ver cómo su semilla se derramaba sobre el vientre y el ombligo de ella.
Después se adormecía o, directamente, empezaba a roncar.
Aquella rapidez suponía un alivio para ella, que ni tenía que aguantar demasiado tiempo con el miembro de Cepión en su interior ni, sobre todo, seguir oyendo sus peroratas.
«Es un mal menor», se decía a sí misma.
No siempre lograba convencerse de ello. En especial cuando él se dormía después de copular, a menudo boca arriba, y ella se quedaba observándolo, ya fuera a la llama de las lamparillas o bajo los haces de sol que se filtraban por la celosía cuando sus breves sesiones de sexo eran diurnas.
Contemplando aquel perfil del que Cepión se sentía tan orgulloso, la joven no dejaba de pensar en lo ocurrido la noche de los idus de enero.
Cada vez más lejana, pero nunca tanto como para olvidarla.
Era incapaz de quedarse dormida a su lado, sabiendo lo que él era en realidad.
Más de una noche la pasaba en vela junto a él.
Cuando el sopor empezaba a adueñarse de ella, en ese momento en que los pensamientos eluden el control de la mente y deambulan por su cuenta hasta convertirse en sueños, volvía a contemplar una escena que, de tanto imaginarla, casi creía haber presenciado.
Urania violada por aquel hombre y su esbirro infernal. Desangrada. Muerta.
No podía engañarse.
Tenía por amante y protector a un asesino.