74 #2
Entre esos hombres, uno dejó en Antiodemis una huella más duradera que los demás. Ya había pasado un tiempo y todavía no estaba segura de si la huella había sido para bien o para mal.
Lo había conocido en la boda de Sórix, un actor de mimo que rivalizaba con ella en popularidad. Pese a esa competencia, ambos aseguraban ser buenos amigos.
Al menos, cuando estaban juntos simulaban serlo. Antiodemis sabía de sobra que Sórix la desacreditaba cada vez que surgía la ocasión. Usaba para ello la técnica de envolver el grueso de sus críticas con alabanzas menores, como si fueran las capas de pasta que rodean el relleno de una empanada.
«Es muy guapa y se mueve bien».
Pausa maliciosa.
«Aunque malo sería que no supiera moverse, si no es más que diez libras de carne rodeando treinta de huesos».
O bien: «Como mima es como mejor demuestra su gran talento. Ahora, cuando abre la boca y empieza a cantar o recitar, uno no puede dejar de pensar en pajarillos».
Pausa maliciosa.
«En concreto, en una bandada de estorninos».
Otra pausa.
«Pero ¡cómo la admiro!».
Antiodemis, por no ser menos, le devolvía los golpes, asegurando que las cabriolas de Sórix habrían sido más gráciles si en sus saltitos —ella recalcaba el diminutivo, «saltitos» y no «saltos»— no le temblaran tanto los rodillos de carne de la tripa y las nalgas.
Evidentemente, ambos se guardaban todos esos comentarios maliciosos cuando coincidían. Algo que ocurría siempre en reuniones sociales, jamás actuando. Ninguno de los dos estaba dispuesto a compartir el escenario y correr el riesgo de que el otro le robara la atención del público.
La boda de Sórix había sido tan desenfrenada como solían serlo los festejos de las gentes de la farándula, que, por ser ya de partida personas de condición social infame, no se preocupaban de proteger sus inexistentes reputaciones.
Antiodemis, cuya promiscuidad era en todo caso sucesiva y nunca simultánea, abandonó la celebración cuando el cariz orgiástico que tomaba empezaba a recordarle demasiado a la infausta fiesta en casa de Cepión.
Al salir de casa de Sórix, lo hizo acompañada por un joven al que acababa de conocer.
—Me llamo Lucio —se había presentado él un rato antes.
—¿Romano? —le preguntó ella.
—De muchas generaciones.
—Entonces, tendrás dos o tres nombres, no solo Lucio.
—A decir verdad, tengo más nombres de los que necesito.
Aunque no le quiso revelar cuáles eran sus apellidos, el joven, que conseguía mantener el difícil equilibrio entre el desenfado de quien ha bebido de más y la discreción de quien se mantiene sereno, le contó que pertenecía a uno de los linajes más ilustres de Roma.
Horas después, ya en la alcoba de Antiodemis —él alegó que su propio apartamento no era digno de una mujer de tanta clase como ella y que prefería no llevarla allí—, Lucio añadió algo más de información.
Su estirpe era patricia, nada menos que la ilustre gens Cornelia.
Eso lo convertía en pariente lejano —muy lejano— de los mismísimos Escipiones.
—Es de lo poco que mi padre me legó, aparte de deudas —le explicó en un descanso entre revolcón y revolcón.
Tratándose de amantes resistentes y, al mismo tiempo, inventivos, Antiodemis no había encontrado a otro igual que Lucio. ¿Cuántos orgasmos tuvo con él esa noche? Ella misma había perdido la cuenta.
Cuando Lucio se marchó, bien entrado el mediodía siguiente, la mirada de guasa de Mírrina mientras ponía ropa limpia en la cama lo decía todo.
—Como vuelvas a ponerme esa sonrisita, te vendo para carne en el Foro Boario —la amenazó Antiodemis.
Si a los demás amantes les sacaba regalos —no aceptaba dinero en metálico, pero otra cosa era que lo consiguiera vendiendo o empeñando los obsequios que recibía—, de su relación con Lucio solo había obtenido placer. Ahora bien, debía reconocer que con él había disfrutado del sexo como…
¿Como nunca en su vida?
Probablemente.
Solo del sexo.
Cuando se anudaban el uno al otro y revolvían y embrollaban las sábanas, empapándolas de sudor y otros fluidos, no había nada en ello más que placer físico.
No diría Antiodemis que animal, porque los animales no poseen tanta inventiva para acoplarse.
A ellos dos les sobraba ese ingenio, hasta hacer que el célebre manual Las nueve posturas de Afrodita de la poetisa Elefantis pareciera un simple breviario.
Lo que no encontraba en sus cópulas era el menor rastro de las emociones que cantaba Safo, de ese estremecimiento interior que Antiodemis sentía cuando pensaba en Stígmata.
De hecho, a ratos, cuando se ponía sobre las rodillas y las palmas de las manos para que Lucio la penetrara por detrás, como no veía su rostro se imaginaba que era el del gladiador, surcado por las cicatrices que le daban el sobrenombre.
A ella misma le parecía extraño e inapropiado. Apenas había conocido a Lucio y el sexo entre ambos era demasiado nuevo como para fantasear con otro amante que, además, no era más que una ficción a medias imaginada y a medias soñada por ella.
Pero lo cierto era que le ocurría.
Por otra parte, había algo en Lucio que, sin perjuicio de que la llevara a alcanzar un clímax tras otro, la repelía.
No se trataba de repulsión física. Lucio poseía un cuerpo atlético.
Sin ser tan musculoso como el de Cepión, se lo veía proporcionado y definido como una escultura de Policleto.
Tenía la piel tan blanca que se le transparentaban las venillas en los brazos y los hombros.
Sin necesidad de depilarse como hacía Cepión, apenas le crecía el vello.
A cambio, cuando se esforzaba en la cama, bebía de más o se enojaba por algo, le brotaban unas manchas rosáceas en la cara que lo afeaban un tanto.
Aunque sus rasgos eran más que correctos, había en ellos una dureza que deberían haber transmitido una sensación de fuerza, de virilidad, pero que sus ojos convertían en una inquietante insinuación de crueldad.
Esos ojos.
De tan azules, eran casi transparentes. Pero no de esa transparencia límpida que se veía en los de Artemidoro, a quien Antiodemis no había olvidado a pesar de los años transcurridos.
El azul de Lucio no le hacía recordar su añorada playa de Chipre. El agua de sus iris estaba congelada, y bajo la fina capa de hielo se traslucía el gris metálico de una cuchilla afilada.
A veces, cuando Antiodemis estaba a punto de tener un orgasmo, él le insistía: «No cierres los ojos.
No parpadees». A duras penas, ella lo conseguía.
Al hacerlo, se daba cuenta de que lo que Lucio quería era que se viera a sí misma en las pupilas de él mirándola a ella.
Un extraño juego de espejos en el que Antiodemis se sentía estudiada desde una distancia infinita, más allá de la esfera donde las estrellas arden por siempre gélidas e indiferentes.
En otras ocasiones, Lucio se excedía con la fuerza de sus caricias. Si es que podían llamarse así. Los azotes cuando la poseía por detrás, los tirones de pelo, el mismo vigor de las embestidas. Todo se hallaba en la frontera entre el placer y el dolor.
En una ocasión, cuando le dejó la marca de los dientes alrededor del pezón izquierdo, ella gritó de verdad.
La había mordido cuando Antiodemis se corría, y esta vez ella abrió los ojos no por obedecer su orden, sino asustada.
Él la estaba contemplando, calibrando su reacción.
Lo que había en su gesto en ese momento no era la travesura de un amante un tanto malévolo, ni siquiera crueldad.
Era algo distinto. Como si una entidad inhumana experimentara con ella hasta dónde llegaban los límites de la carne de una simple mortal.
Fuera de esos arrebatos, Lucio era un amante considerado, que podía enterrar la cabeza entre los muslos de Antiodemis todo el tiempo del mundo para llevarla al éxtasis una vez tras otra.
Por otra parte, tenía un ingenio tan ágil y vivo, sobre todo cuando se le empezaba a subir la bebida, que podría haberse ganado la vida en un escenario, replicando con donaires a las gracias de una compañía cómica entera.
Cuando se despertaba —porque, al final, ambos caían rendidos de placer, de vino y de puro agotamiento—, sin embargo, parecía otra persona.
Si bien se despedía de Antiodemis con amabilidad, el hielo de sus ojos era más frío que nunca.
En aquellos momentos, viendo cómo se levantaba de entre las sábanas tan desnudo, tan blanco, tan perfecto, a ella le daba la impresión de que era el mismo Apolo quien abandonaba su lecho para alzar el vuelo sobre los humanos y volver a disparar sus flechas aniquiladoras contra los desgraciados que hubieran incurrido en su ira.
Antiodemis, que ya albergaba muchas dudas sobre aquella relación, decidió dejar de acostarse con Lucio, e incluso de verlo, cuando se enteró de que uno de los personajes de su círculo de amistades era Aulo Vitelio Septimuleyo.
Al parecer, Lucio frecuentaba una taberna al lado del Tíber, un local de baja estofa donde participaba en todo tipo de juegos, patrocinado por Septimuleyo, que apostaba por él.
Decían que no se encontraba otro jugador de latrunculi con más astucia y visión que él, una especie de Aníbal del tablero. Cuando se trataba de lanzar los dados, no había nadie a quien Fortuna le sonriera tanto como a él.
Por ese motivo lo apodaban Félix [27] .