74
Precedido por Mírrina, Cepión entró en la estancia.
Traía puesta la toga con la que llevaba semanas recorriendo las calles de Roma en su campaña electoral para edil.
A pesar de que solía perfumarse tanto el cuerpo como la ropa, la prenda desprendía un ligero olor a los vapores de azufre empleados para blanquearla en la fullonica .
Podía ser peor, pensó Antiodemis disimulando un gesto de desagrado. Al menos no olía a orina, como sucedía con la ropa tratada en las tintorerías más baratas.
La primera intención de Cepión fue abrir los brazos para que Gayano y Mírrina lo ayudaran a despojarse de la toga. Al verse ante aquel espejo tan grande, sin embargo, volvió a bajarlos, incapaz de resistirse a la tentación de acercarse a comprobar si llevaba la prenda bien ajustada.
Mientras se recolocaba un pliegue rebelde, levantó la barbilla.
Antiodemis, que lo conocía bien, se dio cuenta de que estaba evaluando su propio mentón.
Casi pudo leer sus pensamientos. «El hoyuelo se me ve tan marcado como siempre.
No me está saliendo papada como a mi padre.
—Era una preocupación que había manifestado a menudo en presencia de la actriz—.
Mis hombros siguen siendo mucho más anchos que mi cintura, conservo el cabello intacto… ».
Antiodemis se preguntó si algún día Cepión no acabaría congelado delante del espejo como Narciso ante el estanque, y si, una vez muerto, no seguiría admirando su propio reflejo en las aguas infernales de la Estigia.
Finalmente, Cepión permitió que le quitaran la toga, con instrucciones de que la extendieran bien para que se arrugara lo mínimo y, de paso, se oreara.
Debajo vestía una túnica igualmente blanca, para que no contrastara con la toga, pero con las gruesas franjas verticales de color púrpura que proclamaban su condición de senador.
Esta prenda no se veía tan inmaculada como él, tan preocupado por su aspecto, habría deseado.
Bajo las axilas se le habían formado sendos cercos de sudor.
Pese a que la toga que se acababa de quitar era de lana finísima —y muy cara, de eso Antiodemis no tenía la menor duda—, ese día hacía bastante calor.
Aunque las noches eran ya casi tan largas como los días, el verano se resistía a despedirse de Roma.
—Me alegra saber que mi regalo te está resultando útil —dijo Cepión.
Se refería al espejo. Había hecho que se lo trajeran sus esclavos a principios de mes, otro de esos obsequios con los que Antiodemis se dejaba agasajar por él.
Lo que la joven no había vuelto a permitir era que él pagara el alquiler. Ropas, perfumes, joyas, incluso manjares caros, sí. El apartamento no. Quería mantener al menos esa pequeña ilusión de independencia: un oasis de libertad dentro de la ínsula donde vivía.
Después de los sucesos de aquellos idus de enero, que por más tiempo que pasara seguían vívidamente grabados en la memoria de Antiodemis, ella y Cepión habían dejado de verse.
Durante un tiempo, él estuvo enviando cartas en las que le juraba su amor con versos de composición propia, más sonrojantes que conmovedores.
En ellos le explicaba que, en su coyuntura actual, no le quedaba más remedio que reconciliarse con su esposa.
A la que —«Bien lo sabes tú, Antiodemis, Febo Helios de mis días y llama de la lámpara de mis noches»— no soportaba ni deseaba, ni mucho menos amaba.
Mas, puesto que el matrimonio era un mal necesario e inevitable para alguien de sangre noble como él, prefería mantenerse prisionero bajo el yugo actual y no arriesgarse a probar suerte ofreciendo el cuello para verse uncido en otro que podría resultar aún peor.
Aunque Antiodemis encontraba entre embrollada y ridícula la maraña de alianzas y rencores que unían o enfrentaban a las familias poderosas de Roma, procuraba estar enterada de la trama general, calculando siempre los beneficios que podía obtener de ese conocimiento.
Sabía, así pues, que aunque la familia de la mujer de Cepión, los Cecilios Metelos, era de origen plebeyo, en los últimos tiempos había adquirido poder y riquezas más que suficientes para rivalizar en la cima con los Servilios Cepiones y con otras dinastías patricias.
Si no quería perjudicar su futuro político, a Cepión le convenía reconciliarse con su esposa y, sobre todo, con su suegro.
El final de la carta era la parte favorita de Antiodemis.
Cuando tenía ganas de reírse.
«En cuanto este proceloso piélago que navego se serene, volveremos a botar la barca viajera de nuestra pasión».
Incluso Cecina, el poeta etrusco que vivía encima de Antiodemis, sonaba menos ridículo en las cartas de amor que escribía por encargo, a un as la pieza.
Como los esclavos ven y escuchan todo lo que ocurre en el interior de las casas donde sirven, y como después se juntan en los mercados, los templos y las tabernas y chismorrean entre ellos, Antiodemis no tardó en enterarse gracias a sus sirvientes de que, como requisito para evitar el divorcio, Cepión se había visto obligado a destruir con sus propias manos las dos obras de arte en las que ella le había prestado su rostro y su cuerpo a Ártemis.
Por la pintura, que Antiodemis nunca llegó a ver terminada, no derramó ni una lágrima. La relacionaba con la descontrolada fiesta en que posó para Sópolis y, sobre todo, con los sucesos aciagos que vinieron después.
En cambio, sí lo lamentó, y mucho, por la escultura.
Era un vínculo que la unía con Chipre y con Eufranor.
Y, a través de este, con ese padre cuya imagen era un esbozo cada vez más borroso, trazado a partir de un pálido recuerdo que ni ella misma sabía ya cuánto tenía de memoria y cuánto de invención.
Al principio, Antiodemis agradeció su nueva libertad. La que le brindaba no depender de aquel hombre al que apodaba Egomeméi, yo, mí, me, conmigo’, por la veneración con que ofrendaba sacrificios en el altar de su único dios, que no era otro sino él mismo.
¡Libertad! Desde los años de su infancia, soportados más que vividos en casa de una tía amargada y unos primos más salidos que Príapo, aquella era la meta de Antiodemis.
Para alcanzarla, necesitaba dinero.
Puesto que no había tenido la suerte de nacer rica —siempre le venían a la mente Casandra, su sarcasmo y sus pistachos—, si quería conseguir el dinero imprescindible para ganarse la libertad, tenía que sacrificar esta antes trabajando para otros. Una paradoja.
Al no contar con la «generosidad» de Cepión —ella misma utilizaba la expresión recalcándola con el soniquete de las palabras que significan algo más de lo que parecen—, Antiodemis tuvo que multiplicar sus apariciones ante el público.
Durante un tiempo no hubo festival oficial en el que no participara: desde los Juegos Plebeyos a los Florales, los Megalenses o los Apolinares, todos contaban con ella en sus carteles.
También empezó a actuar en fiestas particulares, en domus de Roma durante el otoño y el invierno y en villas de recreo cuando llegaban los calores estivales y los aristócratas abandonaban Roma buscando aires más frescos.
Aunque lo habitual era que la contrataran en pantomimas y comedias un tanto chuscas, en algunas ocasiones representaba escenas y fragmentos de los trágicos griegos para patrocinadores y espectadores más refinados.
Puesto que la ley y la tradición le prohibían ser Antígona, Ifigenia o Electra en los grandes escenarios, Antiodemis se permitía, al menos, el placer de interpretar las líneas de estas heroínas en algunas funciones privadas.
Por ejemplo, un buen amigo de Rea, Fito Pomponio, le había pagado una suma más que decente para que le recitara en su biblioteca todos los parlamentos de Medea, ya que prefería escuchar el célebre lamento «¡De todas las criaturas que viven y razonan, nosotras, las mujeres, somos las más desgraciadas!
» de labios de una actriz auténtica y no en la voz atiplada de Metrobio, el histrión más cotizado del momento.
Tampoco le faltaban recitales de canto y poesía, pagados en ocasiones por los propios autores, que oían así cómo sus versos sonaban doblemente vivos en la interpretación de Antiodemis.
Durante ese tiempo, viajó varias veces fuera de Roma, invitada por los magistrados que organizaban los festejos teatrales en ciudades como Capua y Neápolis, e incluso cruzó el mar hasta lugares más lejanos como Siracusa o Masalia.
(Precisamente en Masalia había visto al hombre de las cicatrices.
Al reconocerlo entre el público, sentado en la sexta fila —lo recordaba con precisión—, el pulso se le detuvo primero y después se le aceleró, y durante un instante dejó de cantar, con los dedos curvados en el aire sin llegar a pulsar las cuerdas de la lira.
Después, ya terminado el recital, mientras se lavaba la cara y se cambiaba de ropa en el camerino, fantaseó con que él se presentara allí, como hacían otros espectadores, para felicitarla o para regalarle una corona de flores.
En eso había quedado su esperanza, en fantasía sin más).
Gracias a tanta actividad, Antiodemis juntaba suficiente para mantenerse a sí misma y a su pequeña familia de criados. Incluso estaba guardando ahorros con los que planeaba comprarse algún día una casa.
Sabía que sería pequeña. Difícilmente podría permitirse algo más. Pero se había prometido a sí misma un requisito imprescindible.
Un patio con jardín.
Era lo que más envidiaba de la mansión de Rea. Sentarse a media tarde, escuchar a los pájaros, sentir el sol y la brisa en el rostro y respirar el perfume de las flores.
Durante todo aquel tiempo, entre funciones, recitales y viajes, Antiodemis compartió la cama con algunos hombres, aunque con ninguno de forma tan regular como lo había hecho antes con Cepión. Procuraba siempre que fueran atractivos o, por lo menos, rentables sin resultar físicamente repugnantes.