Sertorio, el elegido de la diosa blanca 73 #2
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—¡No, en absoluto! Lo más normal es que, cuando un ejército «pierde», como dices tú, sus soldados huyan a todo correr al grito de «samnita el último» mientras tiran el escudo, el yelmo o lo que sea con tal de ir más rápido.

Y como los vencedores no solo no arrojan sus armas, sino que muchas veces van recogiendo las del enemigo como trofeo, no llegan a alcanzarlos.

—Claro, porque pesan mucho y tienen que correr más despacio.

—Eso es. La única forma de que un ejército resulte verdaderamente masacrado es que quede rodeado por el enemigo y no tenga escapatoria. Fue lo que nos ocurrió en Cannas, cuando el zorro de Aníbal nos hizo caer en la trampa hasta los corvejones.

—¿Tú estabas allí?

—Viejo soy, pero no tanto. —Lucilio volvió a reírse. Se lo pasaba en grande contando sus batallitas a un público nuevo y entregado como Sertorio—. Es una forma de hablar. Me refería a nosotros los romanos, incluyendo a nuestros antepasados.

Mientras Cepión proseguía con su parsimonioso paseo, tratando de ganarse votantes, Lucilio se explayó con anécdotas de la campaña en la que combatió contra los lusitanos.

—Aquello ya empezó mal. El padre de ese Cepión al que ves, que había sido cónsul el año anterior, quería su guerra y su triunfo a toda costa ahora que era gobernador de Hispania.

El año anterior, su propio hermano carnal, Fabio Máximo Serviliano, firmó un tratado con Viriato por el que este se convertía en amigo y aliado del pueblo romano.

En teoría, significaba que el conflicto había terminado.

»Eso a Cepión no le convenía. Los generales nuevos siempre quieren guerras.

—¿Por qué?

—Por obtener botín, alcanzar gloria… Sobre todo, por celebrar un triunfo ante el pueblo de Roma. ¿No has visto ninguno?

—Mi madre no me deja —respondió Ser torio en tono un tanto resentido.

No era que no quisiese a su madre. A veces, no obstante, se daba cuenta de que el régimen bajo el que Rea le hacía vivir se parecía mucho a lo que en algunos libros que había leído denominaban «tiranía».

—¡Oh, qué sorpresa más grande! —La ironía era patente en el tono de Lucilio—.

No te preocupes, ya te aburrirás de ver triunfos.

A lo mejor, como eres un chico tan listo, cuando llegue el momento y, en vez de mover fichas de latrunculi , manejes soldados de verdad en el campo de batalla, tú mismo celebrarás uno y recorrerás las calles de Roma montado en un carro.

—¡Ojalá, tiene que ser divertido!

Lucilio volvió a reírse.

—Es una forma de verlo, desde luego. Volviendo a Hispania…

El caso era —prosiguió Lucilio— que, en cuanto llegó a su nueva provincia, Servilio Cepión padre empezó a manipular e intrigar para romper el tratado con Viriato.

A tal fin, no dejaba de mandar incursiones de saqueo contra el territorio de los lusitanos para quemar sus aldeas, robar sus rebaños, esclavizar a sus niños y sus mujeres: acciones más propias de montañeses bárbaros que de romanos supuestamente civilizados.

—Yo tenía a mi mando la caballería de la Segunda Legión, y ni mis hombres ni yo estábamos nada contentos con las órdenes que nos impartía Cepión.

Nos parecía una deshonra actuar de esa manera, como si nosotros, y no los lusitanos, fuéramos los bandidos.

Atacábamos los poblados solo si sabíamos que sus guerreros estaban fuera y, en cuanto nos enterábamos de que regresaban, huíamos con el rabo entre las piernas. ¡Una vergüenza!

La expresión que utilizó Lucilio para el rabo no se refería precisamente a la cola de los animales.

Sertorio estuvo a punto de preguntarle si existía otra forma de llevar ese apéndice que no fuera entre las piernas, pero el viejo poeta se había lanzado en sus críticas contra su antiguo general y no le dejó hueco para intercalar aquella curiosidad.

El padre de Cepión, continuaba el relato de Lucilio, ya era impopular por su exagerada tacañería, que se manifestaba sobre todo en la escasa cantidad y la ínfima calidad de las raciones.

Como solían decir los legionarios, había que hurgar entre los gorgojos y las piedrecillas para encontrar algún garbanzo en el potaje, y no al contrario.

La situación alcanzó un punto en que la principal y casi única diversión de los soldados de caballería consistía en poner a parir a su general e inventar todo tipo de chistes a costa de su racanería.

—Quizá yo tuve algo de culpa —reconoció Lucilio—, porque no pude evitar escribir algunas sátiras anónimas contra él y hacerlas correr por los fuegos de campamento.

—¿Anónimas?

—Significa que no tienen autor.

—Pero entonces…

—Ya sé, las escribí yo. Nunca confesé ser el autor, pero me bastaba ver cómo se ponía el general cada vez que alguien recitaba una para sentirme satisfecho. «Cepión se guarda el botín / y nos niega la soldada. / Si da pan para el festín / o está duro o es cebada».

—¿Cómo se ponía?

—¡Hecho una hidra! Como si sospechara que yo era el autor, la tomó conmigo y con mi unidad.

—¿Qué hizo?

—Quizá no sabrás que en el ejército hay que conseguir todos los días agua para beber y cocinar, leña para las hogueras y forraje para las bestias.

—No lo sabía —reconoció Sertorio—. Yo creía que en el ejército solo se peleaba.

—¡Qué va! Por cada hora de batalla, hay como quinientas horas de cavar zanjas, mil de realizar tareas aburridas y otras mil de esperar mano sobre mano a que pase algo emocionante.

Vaya, pensó Sertorio, a lo mejor no era tan divertido ir a la guerra.

—Las tareas que te digo, recolectar leña y todas lo demás, las llevan a cabo esclavos y soldados de infantería ligera.

La caballería, como mucho, patrulla por los alrededores.

Pues Cepión me encargó durante varios días que llevara a mis hombres a un monte que estaba a una milla del campamento de Viriato para traer leña.

¡Justo allí, bien a la vista del enemigo!

Teníamos que desmontar, recoger la leña que hubiera suelta por el suelo, cortar ramas y talar los árboles más delgados y luego cargar con todo ello de vuelta al campamento.

—Qué rollo —dijo Sertorio.

—Sí, pero tú toma nota de ello. Cuando seas general, acuérdate de esto: si un ejército duerme con los pies secos y come caliente, ya tienes la mitad de la guerra ganada. Así que la leña es imprescindible. Otra cosa es que obligues a los hombres de tu caballería a que la corten ellos.

Lucilio siguió relatándole cómo él y sus jinetes obedecieron sin rechistar. Pero al tercer día, después de escapar ilesos por los pelos de una emboscada enemiga, la indignación que sentían contra su general reventó.

—Yo intenté contenerlos, pero no hubo forma. Estaban tan furiosos que arrojaron toda la leña que habíamos recogido alrededor de la tienda de mando de Cepión y le prendieron fuego.

—¡Hala! ¿Y qué pasó con Cepión? ¿Se quemó?

—¡No, todavía sigue vivo! Lo único que ardió fue su capa cuando salió corriendo por el único pasillo que le dejaron mis hombres.

Aquello era algo más que una travesura, pensó Sertorio.

—¿Y qué ocurrió luego? ¿Os castigó?

—Bien lo deseaba, pero se dio cuenta de que estaba a punto de provocar un motín.

Fingió que había sido un accidente y no se volvió a hablar del asunto.

¡Un accidente! —Lucilio se rio de buena gana—.

¡Un círculo casi perfecto de leña ardiendo alrededor de su tienda y dice que es un accidente! ¡Con un par!

—¿Con un par de qué?

—De nada. Vamos a seguir jugando.

Llevaban un buen rato sin mover fichas sobre el tablero. Lucilio tomó una de las negras y la colocó casi en el centro, en una maniobra que, comprendió Sertorio, amenazaba con bloquearle casi una quinta parte de las piezas en tres jugadas si no le ponía remedio.

—Ya está bien de hablar de Servilio Cepión padre. Otro día, a lo mejor, te hablo del hijo.

—¿También lo conoces?

—Era de los jóvenes que servían con Escipión en Numancia. Pero esa es otra historia.

—¿No te caía bien?

—Decir que no me caía bien sería un eufemismo.

—¿Qué es un eufemismo?

—Pues es un…

Lucilio no llegó a completar la respuesta, porque en ese momento él mismo se distrajo. Cepión hijo, el lustroso candidato, se había acercado a la mesa donde hasta unos minutos antes se había estado celebrando la partida en la que participaba el padre de Sertorio.

Todos se levantaron para saludarlo.

Excepto Tito.

Él seguía sentado, revolviendo los dados en una mano y contemplándolos como si pudiera leer en ellos su futuro, mientras que en la otra tenía agarrada la copa de vino.

Con fuerza.

Tanta que los nudillos se le habían puesto blancos.

Cepión hizo un gesto con los brazos para abrir el círculo de aduladores que lo rodeaba y se acercó a Tito.

Este, por fin, hizo ademán de levantarse.

Cepión se lo impidió poniéndole la mano en el hombro y obligándolo a sentarse cuando ya estaba medio incorporado.

—¡Pero si es mi buen amigo Tito Sardonio! ¿O era Tardonio? ¿Qué tal te trata la vida?

El padre de Sertorio alzó la mirada hacia Cepión. Sus manos seguían blancas, pero la sangre se le había subido al rostro.

—¿Te sigues dedicando a las finanzas?

—Yo…

Sin esperar respuesta, Cepión le agarró la mejilla izquierda, se la pellizcó y después sacudió la mano, haciendo que el moflete e incluso la papada de Tito temblaran como un queso a medio cuajar.

—Cómo me alegra ver caras conocidas. Preséntale mis respetos a esa hermosa mujer que tienes. ¡Y no te olvides de votarme para edil!

Con estas palabras y una última cachetada, en el límite entre lo humillante y lo doloroso, Cepión se alejó.

Aquella noche, el padre de Sertorio regresó aún más tarde que otros días.

Y tan borracho que, al entrar, derribó un gran jarrón, que se hizo añicos y despertó a los perros y, por ende, a toda la casa. Incluido su hijo.

Sí. Podía afirmarse que Quinto Sertorio ya conocía bastante bien a Servilio Cepión.