Sertorio, el elegido de la diosa blanca 73
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Sertorio no solo conocía a Servilio Cepión de oídas. Hacía menos de una nundina que lo había visto en el Foro.

Él estaba en la mesa de siempre, jugando al latrunculi en la terraza de la cantina de Nisa.

Como era habitual, Gayo Lucilio se había colocado de cara a la puerta del establecimiento, con la copa de vino a mano y los pies cruzados bajo la mesa.

Los intercambiaba cada poco rato, el derecho sobre el izquierdo, el izquierdo sobre el derecho, porque decía que se clavaba él mismo los huesos de los tobillos y no aguantaba demasiado rato en la misma posición. «Gajes de la edad», explicaba.

Frente a él, Sertorio tenía la mirada orientada hacia las Tabernas Nuevas. Desde allí quedaba al alcance de su vista prácticamente todo el Foro. ¡Cómo había crecido su mundo desde que su única atalaya al exterior era la terraza que le permitía contemplar el jardín de los vecinos!

Su padre se hallaba en la taberna de Fulvio, a la derecha de Sertorio, separado de él por unos cuantos pasos y por una valla de madera que Nisa había plantado en medio para evitar que su vecino de negocio le invadiera el terreno con más mesas.

Una empalizada de campamento que no necesitaba más centinelas para protegerla de asaltantes que la lengua arrabalera de Nisa cuando la contrariaban.

Últimamente, Tito no se quedaba dentro de la cantina para charlar y beber con los amigos, como había sido siempre su costumbre. Ahora se sentaba fuera, apostando con otros jugadores al mendacium [26] , un juego de dados muy popular desde hacía unos meses.

Que no se acodara en la barra no significaba que no bebiera tanto como antes. Quizá incluso bebía más. Se notaba por la manera en que, conforme pasaban las horas, su cuerpo cada vez más orondo parecía desparramarse sobre el asiento como la cera de una vela reblandecida.

La mesa de Tito y sus compañeros de juego se encontraba lo bastante cerca como para que Sertorio alcanzara a captar comentarios sobre la partida y sobre otros asuntos que no estaban destinados a que los escuchara un niño.

Motivo este último por el cual, precisamente, se esforzaba por aguzar el oído lo más posible.

En las mesas de alrededor, tanto las de la cantina de Nisa como las de Fulvio, había muchas otras partidas en curso. Algunas eran de las doce muescas, ya una vieja tradición, pero el mendacium les estaba comiendo terreno a modo de conquistador macedónico.

La excepción, la única mesa donde se enfrentaban las fichas blancas y negras del latrunculi , era la de Sertorio y Lucilio. No obstante, incluso allí se movía dinero. Entre los mirones no faltaban quienes cruzaban apuestas sobre quién ganaría la siguiente partida, si el viejo o el niño.

A esas alturas, Sertorio jugaba ya sin ninguna ventaja y empezaba a obtener tantas victorias como su rival.

—Pronto me ganarás nueve de cada diez veces, te aburrirás y ya no querrás venir —pronosticaba Lucilio.

—¡Seguro que no!

—¿Seguro que no me ganarás?

—¡Seguro que no me aburriré!

Estaban a mitad de la tercera partida, la que iba a resolver el empate de las dos anteriores, cuando empezó a notarse cierto revuelo.

Una corriente sorda, como el rumor del viento entre los árboles, recorrió las mesas.

Uno tras otro, los jugadores recogieron sus monedas y escondieron las bolsas de dinero.

Las manos que segundos antes trasegaban fichas sobre la mesa o mareaban dados en los cubiletes pasaron a frotarse la barba, rascarse la nuca o entrelazarse entre sí, con un aire pensativo que se notaba tan falso como un denario de latón.

Algunos incluso se levantaban presos de una urgencia repentina, alegando lo tarde que se les había hecho y lo mucho que aún tenían que trajinar ese día.

—¿Qué pasa? —preguntó Sertorio.

—Mira a tu izquierda y lo comprenderás —respondió Lucilio.

Avanzando bajo los soportales venía un hombre alto, envuelto en una toga tan blanca que Sertorio tuvo que entrecerrar los ojos para no quedar deslumbrado. Por su porte y por la comitiva que lo seguía, saltaba a la vista que no se trataba de ningún chisgarabís.

—¿Quién es? —preguntó Sertorio.

—Quinto Servilio Cepión. Hijo del glorioso vencedor de Viriato —dijo Lucilio, untando de sarcasmo el adjetivo «glorioso». Sertorio sospechó que allí se escondía alguna historia—. Y ahora mismo, como puedes ver, candidato en las elecciones para edil curul.

—¿Como puedo ver? ¿Por qué lo dices?

—¿Te has dado cuenta de que su toga no tiene ni un adorno, ni una franja púrpura? Es blanca como la nieve.

—Nunca he visto la nieve —reconoció Sertorio. Enseguida añadió—: Pero sé que es blanca.

—La toga cándida que lleva es la propia de quienes se presentan ante los ciudadanos para convencerlos de que los voten.

—Candidato —susurró Sertorio.

Ahora lo entendía.

Había otro hombre que destacaba en el séquito de Cepión y que caminaba apenas un par de pasos por detrás de él.

Era incluso más alto y tan ancho que le sobresalía por ambos lados.

La barba espesa y negra le cubría el rostro hasta los pómulos, si es que los tenía, y sus rasgos, toscos como una estatua esculpida directamente con el martillo, contrastaban con las facciones aristocráticas y las mejillas rasuradas de Cepión, del mismo modo que su túnica negra se veía todavía más oscura al lado de la toga reluciente del candidato.

Por debajo de aquella prenda asomaban dos pantorrillas musculosas y gruesas como muslos. ¿Qué diámetro no tendrían estos?

—¿Quién es ese hombre?

—Un antiguo gladiador. Lo llamaban, y lo siguen llamando, Nuntiusmortis.

«Mensajero de la muerte».

Sertorio descubrió que era incapaz de desviar la mirada de aquel hombre. De él emanaba una sensación de amenaza que parecía distorsionar el aire a su alrededor, como las ondulaciones que se levantan del suelo en un mediodía de verano, pero negras, un espejismo de sombras que devoraban la luz.

Quizá eran imaginaciones suyas. En cualquier caso, el aspecto de aquel hombre le hizo pensar que su apodo no era casualidad.

Por fin, logró apartar los ojos del exgladiador.

Su curiosidad todavía no había quedado satisfecha.

—¿Por qué la gente se ha guardado las monedas al ver a ese hombre?

—Porque está prohibido jugar apostando dinero.

—¿Está prohibido? Entonces, ¿por qué lo hacen?

—Los romanos somos únicos para darnos a nosotros mismos leyes que después nos saltamos —respondió Lucilio, encogiéndose de hombros—.

Normalmente, las autoridades son bastante tolerantes con las apuestas, pero nunca se sabe cuándo puede aparecer un censor o un edil más puritano y aficionado a poner multas. En este caso, un candidato a edil.

Lucilio movió por fin su pieza. La partida que jugaban Sertorio y él estaba muy igualada, pero ambos se habían distraído con la aparición de Cepión y su séquito.

—Ahora se han alarmado con poca razón —continuó—.

Declinar juntos los términos «Servilio Cepión» y «puritano» es como mezclar agua y aceite.

Por no hablar de que el propio Cepión apuesta a los dados, a las carreras de carros o a los combates de gladiadores diez veces más dinero que toda esta gente junta.

Mientras hablaban, el recién llegado se paseaba zigzagueando entre las mesas y se detenía a saludar a todo el mundo, estrechando manos, palmeando espaldas y prodigando abrazos.

Incluso hubo una mujer que le acercó un bebé, al que el candidato tomó en brazos y besó en la frente para deleite de la madre.

Aquello le provocó un escalofrío a Sertorio, como si intuyera algún peligro para la criatura, y no se sintió más tranquilo hasta ver que el noble se la devolvía a la mujer.

Aunque Cepión llegó a estar a pocos pasos de Lucilio, este no se levantó, ni tan siquiera volvió la mirada, al contrario que otros clientes de las Tabernas Viejas, que abandonaban sus asientos y se daban empujones y codazos para rodear al candidato y, prácticamente, rendirle homenaje.

—¿Tú no le saludas?

—¿Has visto que él venga a saludarme a mí?

—No. ¿Es que no os conocéis?

—¡Oh, todo lo contrario! Nos conocemos más de lo que me gustaría. Yo serví a las órdenes de su padre en la campaña contra Viriato, hace más de veinte años.

—¿Eras muy joven?

—¡Nooo, ya era talludito por entonces! Había problemas para reclutar soldados y oficiales, porque nadie quería ir a una guerra tan ingrata como esa, así que me presenté voluntario y serví como tribuno militar, aunque ya había cumplido los cuarenta.

O sea, calculó Sertorio, que Lucilio pasaba de sesenta años. Con razón tenía el rostro tan curtido y surcado de arrugas.

Sertorio sabía que Viriato había sido caudillo de los lusitanos, un pueblo bárbaro y muy belicoso que habitaba en la parte más recóndita y alejada de Hispania, la Ulterior. La misma provincia a la que Mario había viajado como gobernador unos meses atrás, una vez cumplido su año como pretor en Roma.

Algo que no pudo evitar comentar.

—Tío Mario está ahora en Hispania.

—Lo sé. Según las noticias que llegan, está luchando contra bandidos en las montañas de la Bética. Pero mucho me temo que, cuando vuelva, no podrá celebrar un triunfo.

—¿Por qué? ¿No es buen general?

—Es tan buen militar como se puede ser. Esa no es la cuestión. Su problema es que es demasiado honrado, y no falseará las cifras como hacen otros. Para obtener un triunfo hay que acreditar que se ha matado al menos a cinco mil enemigos en una batalla.

—¿Y eso es muy difícil?

—Si haces caso a las crónicas históricas, no hay nada más sencillo en el mundo. Pero no es verdad. Si te enfrentas a un ejército de treinta mil hombres, que ya es mucho decir, tendrías que matar al menos a uno de cada seis. —Lucilio chasqueó la lengua—. Muy difícil, sí.

—Pero ¿cuando un ejército pierde, no mueren todos?

Lucilio se rio de su ocurrencia.