Sertorio, el elegido de la diosa blanca 72
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Bam-bam-bam… Bam-bam-bam… Bamm-bamm.

Los golpes en la puerta resonaron con tal fuerza que Sertorio dio un respingo en el triclinio, se le cayó la nuez que estaba a punto de meterse en la boca y por poco no dio con los huesos en el suelo.

La llamada se repitió.

Bam-bam-bam… Bam-bam-bam… Bamm-bamm.

Golpes rítmicos.

Tres seguidos.

Una pausa.

Tres seguidos.

Otra pausa.

Por último, dos más espaciados.

Al oírlos, a Antiodemis se le borró la sonrisa. Sus facciones se descolgaron un instante como velas sin viento.

A Sertorio le dio la impresión de que algo había huido de ella.

En casa, su madre tenía un pomo de alabastro finísimo que en tiempos contuvo perfume.

Ahora que estaba vacío, a veces lo rellenaba de aceite y encendía una mecha dentro, a modo de lamparilla.

A Sertorio le gustaba ver cómo la llama alumbraba el frasco desde dentro, atravesando con su resplandor la piedra y tiñéndola de una cálida luz dorada.

Iluminadas así, las paredes del tarro parecían transparentes y quebradizas como cáscaras de huevo.

Era como si el semblante de Antiodemis fuera ese pomo de alabastro y un soplo de aire repentino hubiese apagado la llama.

Aquella oscuridad duró apenas un momento.

Enseguida volvió a sonreír, y su sonrisa, como la luz que se desplaza por el suelo cuando una nube pasa por encima y se aleja, le subió desde la boca, le tensó las mejillas y acabó izando las comisuras de sus párpados en un gesto de aparente alegría.

Pero la chispa que segundos antes ardía en sus pupilas no se volvió a encender del todo.

Aquella nueva sonrisa era la de una actriz que trabajaba para el público.

Antes, mientras actuaba para los niños y para Dagulfo —otro niño, a su manera—, no representaba. Era . Sertorio no habría sabido argumentarlo con esas palabras, pero lo percibía.

Del mismo modo que había percibido ese instante fugaz en que las facciones de Antiodemis se quedaron inertes.

Pensar en ello lo asustó un poco. Fuera quien fuese el que llamaba a la puerta, no era alguien bueno.

Sin perder la sonrisa que había logrado componer, Antiodemis exclamó:

—¡Gayano, abre la puerta al noble senador Quinto Servilio Cepión!

A Sertorio no le extrañó que ella supiera quién era su nuevo visitante incluso antes de verlo.

La forma en la que había aporreado la puerta, bam-bam-bam…

, bam-bam-bam…, bamm-bamm… , debía de ser algo estipulado entre ambos.

Lo que sí le llamó la atención fue que Antiodemis anunciara su llegada de un modo tan solemne, casi declamando su nombre.

¿Quería advertirlos a Quirinio y a él para que no dijeran ni hicieran nada inconveniente delante de alguien tan importante?

Sertorio no pensaba meter la pata. A ser posible, no iba ni siquiera a abrir la boca.

De sobra sabía quién era Servilio Cepión.

¿Cuántas veces no había oído a su padre despotricar contra él?

Corrupto, ladrón, embustero, traidor: era lo mínimo que le llamaba.

Más otro tipo de palabras gruesas que, si a Sertorio se le hubiera ocurrido repetirlas en voz alta delante de su madre, le habrían valido un sopapo en la boca.