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Sertorio sintió el calor suave de su cuerpo y el aroma dulce de su piel, y por un instante le gustó aquel contacto. Pero al ver a Quirinio mirándolo con una sonrisita, se revolvió un poco para zafarse, incómodo por parecer un crío pequeño delante de su nuevo amigo.
Antiodemis lo soltó, con una sonrisa que sugería complicidad.
A Sertorio le bastó aquel instante entre sus brazos para darse cuenta de que la actriz tenía mucha más fuerza de la que aparentaban sus finos miembros y su talle delicado.
—¿A qué se debe esta visita? —preguntó Antiodemis—. ¿Y quién es ese jovencito tan bien vestido que te acompaña?
—Es Marco Quirinio. Somos amigos —dijo Sertorio, como si, en efecto, lo fueran de toda la vida—. No se creía que yo te conozco.
—¡Eh, no seas chivato! —protestó Quirinio, dándole un codazo en el costado.
Antiodemis rio.
Hasta sus carcajadas tenían musicalidad, o así le pareció a Sertorio.
Mientras hablaban, por el pasillo asomaron otros dos esclavos, atraídos por las voces.
Eran una muchacha de cabello rizado y un hombre joven con una cicatriz en la frente, que se quedaron mirándolos desde el fondo, cuchicheando entre ellos como si esperaran que algo emocionante ocurriera en la sala.
A Sertorio no le llamó la atención.
Los criados de su casa también eran muy curiosos. Cuando había visita, aprovechaban cualquier excusa para aparentar que tenían tarea en las inmediaciones y así enterarse de todo.
Algo que mal les podía reprochar él, con su costumbre de espiar a los mayores pegado al agujero en el suelo de su habitación.
—¡Vaya dos patas para un banco! Vamos, sentaos un momento mientras yo sigo ensayando —dijo Antiodemis, señalando unos triclinios arrimados a la pared.
Sertorio dedujo que bastaba con colocarlos en el centro de la estancia y poner unas mesitas en medio para que esta sirviera también de comedor.
Hablando de comer, Antiodemis chasqueó los dedos hacia los dos esclavos que se habían asomado y les ordenó que trajeran un refrigerio a los invitados.
Mientras los muchachos se encaramaban a uno de los triclinios y se quedaban sentados en el borde, con los pies colgando —Rea le había dicho a Sertorio que no tenía edad aún para reclinarse como los mayores—, la criada del pelo rizado no tardó en aparecer con una bandeja de plata.
En ella traía, aparte de pan y nueces ya peladas, «ciruelas de Damasco, higos de Siria y queso ahumado del Velabro», como ella misma los informó.
Sertorio dudó un instante y después decidió empezar probando un higo, preguntándose si de verdad lo habrían traído de tan lejos. Antes de hincarle el diente, preguntó:
—¿Qué estás ensayando?
—Es un mimo —respondió Antiodemis, sin dejar de moverse—. Cuenta el amor frustrado entre Eco y Narciso. ¿Conocéis la historia?
Sertorio negó con la cabeza. Quirinio, que estaba masticando un trozo de queso, se encogió de hombros por no hablar con la boca llena.
—Eco era una ninfa con una voz muy hermosa, que usaba para distraer a Hera mientras su esposo, Zeus, cortejaba a otras mujeres.
—¿Quiénes eran esos? —preguntó Quirinio.
—Juno y Júpiter —le tradujo Sertorio en voz baja.
Al mismo tiempo que les relataba el mito, Antiodemis lo iba representando con las manos, con la mirada, con todo el cuerpo.
—Cuando Hera se enteró del engaño, castigó a Eco para que nunca más pudiera pronunciar palabras propias.
A partir de ese día, la ninfa únicamente podía repetir las que decían los demás.
Si llegaba una amiga y le preguntaba: «Hola, Eco, ¿qué tal estás?
», ella solo conseguía responder: «Tal estás, tal estás… ».
»Pasado un tiempo, Eco se enamoró de Narciso, un joven de una belleza tan asombrosa que no parecía de este mundo.
Era tan guapo, tan guapo, que hasta dolía verlo, y a todo el que lo contemplaba se le saltaban las lágrimas.
Pero a Eco le resultaba imposible declararle su amor, porque lo único que conseguía hacer cada vez que abría la boca era repetir lo que decía el propio Narciso.
De pronto, Antiodemis dejó de ser Eco.
Se había transformado en Narciso.
Erguida con la rigidez de un cuerpo masculino, la mirada fría, el gesto entre la vanidad y el desdén, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—«¡Tú eres tonta!», le decía Narciso. «¡Tonta, tonta, tonta!», repetía Eco. Estaba tan avergonzada que se retiró a una cueva y dejó de comer. Y claro, como no comía, empezó a adelgazar, a adelgazar, a adelgazar…
Antiodemis, que volvía a ser Eco, parecía estar encogiendo sobre sí misma, al igual que la protagonista del mito.
—… y se consumió, se consumió, hasta que al final lo único que quedó de ella fue su voz.
Entonces se irguió de nuevo, y fue como si creciera de golpe.
—Por eso, en ciertos lugares, cuando gritamos lo bastante fuerte, la desdichada ninfa nos responde —concluyó Antiodemis. Llevándose la mano a la boca a modo de bocina, exclamó—: ¡Eco, eco! Venga, vosotros también.
—¡Eco, eco! —corearon los dos muchachos, aplaudiendo entusiasmados.
Antiodemis hizo una reverencia y después se volvió hacia el espejo para reanudar su ensayo. Sertorio se preguntó si era posible que alguien adelgazara tanto que su cuerpo se volviera solo voz, como si el aire se lo tragara entero.