Sertorio, el elegido de la diosa blanca 71
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Puesto que Quirinio seguía porfiando con él, Sertorio decidió que únicamente había una forma de demostrar que conocía a Antiodemis.

Hacerle una visita.

—Ahora verás cómo es verdad.

—¿Ah, sí?

—Vamos, ven.

Antes de entrar en el inmueble, los dos niños y Dagulfo se detuvieron un instante frente al portal, que estaba flanqueado por la zapatería y la tahona.

El olor de ambos negocios, a cuero y pan caliente, se mezclaba en una extraña combinación.

Sertorio se imaginó aquellos dos aromas flotando y abrazándose en el aire como manchas de aceite en el agua.

Se dio cuenta de que tenía hambre.

Debería haberle sacado a su padre unas monedas para comprar algo en un puesto callejero.

Cuando jugaba al latrunculi , Gayo Lucilio siempre pedía algo de comer a Nisa, la tabernera, y lo compartía con Sertorio.

¡Qué bien le sabían aquellos aperitivos a media mañana!

—¿Qué pasa? —preguntó Quirinio, malinterpretando la pausa de Sertorio—. ¿Ahora no te atreves? ¡Claro, si es que no la conoces!

¿Conque no?, pensó Sertorio.

—¡Vamos! —dijo, adelantándose a Quirinio y Dagulfo para entrar en el portal.

Subieron un tramo de escalera —a Sertorio, que no podía evitar contarlo todo, le bastó un vistazo para saber que tenía dieciséis peldaños— y se encontraron ante un largo pasillo que atravesaba el edificio hasta una puerta por la que se atisbaba la calle al otro lado de la ínsula.

Entre la luz que se colaba por aquella entrada y las linternas de las paredes, el lugar estaba sumido en una semipenumbra que Sertorio, a quien le molestaba la claridad excesiva, encontró agradable.

En el corredor había un hombre que se dedicaba a rellenar el aceite de las lamparillas con una alcuza de latón. Al verlos, dejó el recipiente en una hornacina, junto al candil, cogió el bastón que había dejado apoyado en la pared y caminó hacia ellos con paso decidido.

Un paso que, por lo ostensible de su cojera, parecía aún más enérgico.

Era un individuo flaco y de mediana estatura, con una barba tan corta que cabía la duda de si se la estaba dejando o si, simplemente, no se afeitaba demasiado a menudo.

(Sertorio pensaba que afeitarse debía de ser algo muy molesto, e incluso doloroso, a juzgar por las quejas de su padre cada vez que volvía del barbero con las mejillas y la papada irritadas y algún que otro corte a medio restañar).

Cuando el hombre se acercó más, resultó evidente por qué cojeaba. Bajo la túnica parda asomaba una pierna de madera de olivo recubierta de placas de bronce.

La prótesis y el bastón golpeteaban el suelo con un ritmo en el que Sertorio descubrió un patrón propio, tac-clang, tac-clang, tac-clang . No pudo evitar acompañarlo chasqueando la lengua contra el paladar.

Lo hizo con suavidad para que el hombre no pudiera oírlo.

—¿Adónde vais, renacuajos?

Señalando con el bastón a Dagulfo, el desconocido añadió:

—¿Ese paquidermo que viene con vosotros es galo?

—Él no es galo. Él es teutón —respondió Dagulfo, imperturbable.

Sertorio sospechó que su esclavo no sabía el significado de «paquidermo».

Él tampoco. Más tarde, cuando volvió a casa, se lo preguntó a su madre y se enteró así de que había sido otra forma de llamar elefante a Dagulfo.

—¿Teutón? —insistió el hombre—. ¿Y eso no es de una tribu gala?

—Los teutones no son celtas —respondió Sertorio por su criado, como si recitara una lección.

—¿Tú quién eres para interrogarnos? —intervino Quirinio.

El hombre se golpeó la pantorrilla falsa con el bastón. El tintineo del bronce resonó entre las estrechas paredes como el martillo de un herrero en la fragua.

—Soy Gneo Balonio, veterano de la batalla del Isera.

Allí, a las órdenes del cónsul Fabio Máximo, perdí mi pierna combatiendo contra los galos alóbroges.

Por si no te basta esto, mocoso, has de saber que soy el portero de esta ínsula y decido quién entra y quién no.

Así que, responded, ¿a qué habéis venido?

—A ver a Antiodemis la actriz —dijo Sertorio.

—¡Ja! Muchos quieren verla, pero pagan por ello en el teatro.

—A mí no me dejan ir al teatro.

—Mala suerte, chaval.

—Por eso queremos verla aquí.

—La cuestión es: ¿querrá ella veros a vosotros?

—Es amiga de mi madre —dijo Sertorio.

—Es amiga de su madre —corroboró Dagulfo.

—Él dice que es amiga de su madre —intervino Quirinio.

—¡Vaya! —dijo Balonio, cruzándose de brazos—. Empiezo a sospechar que queréis convencerme de que es amiga de tu madre.

Aunque el gesto era serio, había algo en la forma en que el portero apretaba los labios que hizo pensar a Sertorio que estaba a punto de romper a reír.

El hombre se apartó un poco y señaló con el bastón hacia la izquierda.

—Es la única puerta que tenéis a ese lado.

Llamad, a ver si os abren. Pero como me entere de que no conocéis a Antiodemis y ella se queje de que la habéis molestado, los tres vais a salir de aquí a bastonazos.

Sí, tú también, teutón. No te creas que en la guerra no me merendé a tres o cuatro mastuerzos como tú.

Otra palabra que tenía que preguntar en casa, pensó Sertorio.

Mastuerzo.

La puerta en cuestión tenía una aldaba de bronce en forma de máscara sonriente. Muy apropiada para una actriz que servía más a menudo a Polimnia y a Talía que a la trágica Melpómene.

Con la mano ya extendida para llamar, Sertorio vaciló. ¿Lo reconocería Antiodemis?

Él no olvidaba nunca una cara. Sin embargo, por algún motivo, le resultaba extraño que los demás pudieran recordar la suya.

Por aquel entonces todavía no era consciente de lo llamativos que eran sus rasgos afilados y, por encima de todo, sus ojos. Quienes se encontraban con aquellos iris verdes no los olvidaban fácilmente.

—¿Qué? ¿No te atreves, gallina? —lo desafió Quirinio.

Sertorio llamó tres veces. Esperó. Un rato que a él se le antojó eterno.

Volvió a golpear, esta vez con más fuerza.

—¡Ya va! —contestó alguien de dentro.

La puerta se entreabrió con un chirrido. En el ángulo entre la hoja y el marco asomó el rostro de un esclavo con cara de cultivar pocas amistades.

—¿Es que han llegado las Saturnales y no me he enterado? ¡Largo, que no os voy a dar ni dulces ni nueces!

—No queremos dulces —respondió Sertorio—. Queremos ver a Antiodemis.

Era evidente que el criado se disponía a soltar una respuesta sarcástica al estilo de la que ya habían recibido del portero, cuando un rostro femenino asomó por encima de su hombro.

Sertorio la conocía.

Era Mírrina, la criada que acompañaba a Antiodemis a todas partes.

Sertorio había advertido que, cuando ambas venían de visita y coincidía con que su padre estaba en casa, los ojos de este se iban más a la esclava que a la propia actriz. En particular, a sus pechos, que no solo no tenían nada que envidiar a los de Edetana, sino que incluso eran más llamativos.

En una ocasión, Sertorio entreoyó a su madre comentárselo a Antiodemis, ya a solas:

— Ese —demostrativo que usaba cuando no quería decir el nombre de su esposo— se pone a babear en cuanto ve un par de tetas grandes. ¡Qué guerra me dio durante el embarazo, cuando se me hincharon!

—¿Y llegó a…?

—¡Ja! Te puedo decir que esas manos me han tocado las veces imprescindibles, y todavía han sido más de la cuenta.

—¡Por Juno, pero si es el pequeño de Rea! —dijo Mírrina, empujando a un lado a su compañero y abriendo del todo la puerta—. Pasad, pasad. Tú también, Dagulfo. Ten cuidado con el techo.

El otro esclavo rezongó un poco, pero se apartó y les franqueó el paso.

Sertorio entró primero, seguido por Quirinio —que sacudía la cabeza a los lados como si dijera: «No puedo creérmelo»— y por Dagulfo, que agachó el cuello para no golpearse con el dintel.

La advertencia de Mírrina, observó Sertorio, era exagerada. Una vez pasada la puerta, aunque el apartamento era mucho más pequeño que sudomus y no tenía más que un piso, el techo se hallaba a suficiente altura para no amenazar la integridad craneal del teutón.

Mírrina los condujo hasta el medianum , la sala más espaciosa de la vivienda. Olía a incienso y a velas perfumadas, pero también se captaba un aroma más sutil y levemente dulzón: el de la transpiración de Antiodemis.

El sudor de la actriz se debía a que estaba ensayando movimientos frente a un espejo de bronce, una pieza enorme que dejó fascinado a Sertorio.

El más grande que había en su casa era uno en forma de escudo que Edetana movía arriba y abajo para que él pudiera contemplarse por partes.

Este, en cambio, era casi tan alto como Dagulfo, y en él Antiodemis se reflejaba de cuerpo entero.

La actriz llevaba puestas dos túnicas blancas: una interior, pegada al torso y a los muslos por el sudor; y otra más holgada, a modo de velo largo y vaporoso, que acompañaba y realzaba sus movimientos.

En algunos momentos parecía que tuviera alas, en otros que la rodeara una bruma evanescente.

Extendía las manos temblorosas, como llamando a alguien que no respondía, y enseguida se las llevaba al rostro en un silencio desesperado.

De pronto giraba sobre sí misma, como si se encarase con alguien más, y por alguna magia inexplicable era evidente que se había convertido en otro personaje, aquel a quien el primero llamaba y que solo respondía con desdén.

Sertorio la observaba sin parpadear.

En casa la había oído cantar acompañando a su madre, pero era la primera vez que contemplaba una actuación suya, aunque fuera en un ensayo privado.

A su lado, Quirinio tenía la boca entreabierta, tan embobado como él, o incluso más.

Dagulfo, plantado como un roble junto a la pared, tampoco decía nada, pero no apartaba los ojos.

En apenas unos segundos, Antiodemis había conseguido hechizarlos a los tres.

El encanto se rompió de pronto. Antiodemis se detuvo en mitad de un giro, miró a su improvisado público y exclamó:

—¡Pero si es Sertorio!

Acercándose a él, lo agarró por los brazos, lo levantó en vilo, lo abrazó y le dio un beso en cada mejilla.

—¡Qué grande estás! ¡Ya casi no puedo contigo!