70 #2
Sertorio no le vio demasiado atractivo a combatir por un trofeo de ese tipo.
Poco podía sospechar que años más tarde los suburanos disputarían la cabeza del caballo siguiendo una táctica planeada por él.
Quirinio, como era su costumbre, ya había cambiado de tema. Por lo visto, aquel pequeño universo que era la Torre Mamilia ofrecía material de sobra para comentar y observar.
—¿Ves esa ventana grande con rejas que hay encima de la zapatería?
—Sí, la veo.
—¿A que no sabes quién vive en esa casa?
—¿Quién?
—Una actriz muy famosa. ¡Está como una torta de miel!
O sea, que era muy guapa, dedujo Sertorio. Muchas expresiones que utilizaba Quirinio no aparecían en los libros ni se las había escuchado a los mayores, pero la mayoría resultaban fáciles de interpretar.
Una actriz famosa.
Muy guapa.
La Torre Mamilia.
Sertorio ató cabos y exclamó:
—¡Antiodemis!
—Sí, se llama así. ¿Cómo lo sabes?
—Es que la conozco.
—Venga ya, otra vez con esas. ¡No me lo creo!
—Que sí, que es verdad.
—¡No trisques, hombre!
La respuesta dejó momentáneamente desconcertado a Sertorio.
¿Qué acababa de decir Quirinio?
Este, mientras tanto, señaló en dirección a la ventana. Uno de los dos postigos estaba abierto, pero la cortina impedía ver el interior de la casa.
—Qué rabia que estén echadas las cortinas. Si no, a lo mejor la veíamos desnuda.
—¿Para qué quieres verla desnuda?
—¡Qué preguntas haces! ¡Porque trisca un montón!
¡Otra vez triscar!
Pronto descubriría Sertorio que «triscar» era un verbo que se utilizaba en la Subura, que no significaba nada concreto y que, por esa misma razón, servía para todo.
Con su curiosidad congénita, trataría de indagar su origen, pero sin alcanzar ninguna conclusión. Quizá fuera un invento, como tantas interjecciones improvisadas. O una mala interpretación de alguna palabra propia de los diversos lenguajes y dialectos bárbaros que se oían en aquel distrito.
En cualquier caso, «triscar» se había hecho muy popular entre los críos y los adolescentes de la Subura, que lo usaban para todo y le habían inventado un muestrario muy variopinto de derivados.
Él mismo no tardaría en utilizarlo con prodigalidad. Incluso delante de su madre.
Hasta que ella le preguntó:
—¿Qué significa esa palabra?
Conteniendo el impulso de encogerse de hombros, Sertorio le respondió:
—Nada.
—Pues deja de usarla. Quien dice cosas que no significan nada es que no tiene nada en la cabeza.
Ahora, ya que todavía ignoraba los usos de aquel vocablo polivalente, Sertorio le preguntó a Quirinio:
—¿Qué trisca un montón? ¿Eso qué es?
—Pues que… pues que está muy bien verla desnuda, ¿tú qué crees? —respondió Quirinio—. ¿Nunca has visto a una mujer desnuda?
—Claro, a muchas —respondió Sertorio, pensando en los frescos que decoraban los dos comedores de su casa.
Quirinio debió de leerle la mente.
—Una mujer desnuda de verdad, no pintada.
Sertorio no terminaba de comprender por qué eso era tan importante.
A lo mejor, lo normal, lo obligatorio incluso, era que los niños de diez años —los que los tenían de verdad, no él, que tenía solo siete y medio— quisieran ver desnudas a las mujeres.
Él mismo, cuando era muy pequeño, debía de haberle visto los pechos a su nodriza Amaltea, aunque no se acordaba de aquello, ni le parecía un recuerdo que mereciera la pena evocar.
La esclava que más anatomía le había mostrado hasta el momento era Edetana, cuyas formas resultaban mucho más agradables de contemplar que las de Amaltea.
Algunos días, sobre todo en primavera y verano, cuando se inclinaba sobre él para peinarlo, lavarle el pelo o colocarle bien la ropa, la criada hispana le brindaba un panorama bastante amplio de sus pechos.
Aunque siempre, por alguna frustrante razón, faltaba una minúscula porción de pulgada antes de que aparecieran aquellos circulitos que coronaban los senos femeninos a modo de pináculo.
(Las ninfas y ménades de las pinturas de su casa tenían los pezones pintados en un vivo color carmesí, lo que hacía deducir a Sertorio que los de las mujeres reales también debían de ser así, a diferencia de sus propias tetillas, descoloridas e insulsas).
Todos estos pensamientos e imágenes cruzaron por su mente en pocos segundos, dejándole unas sensaciones físicas todavía incipientes, pero desconcertantes.
Junto con la conclusión de que tal vez Quirinio estaba en lo cierto. Quizá ver a una mujer desnuda, y en concreto a la guapísima Antiodemis, era algo que triscaba.
¿No le había contado Fulvio el tabernero que la gente le cogió manía a Catón el Viejo porque, cuando iba al teatro, las actrices no se atrevían a quitarse la ropa? O sea, que lo que el público quería era verlas desnudas.
—Entonces no, no he visto a ninguna —reconoció Sertorio.
—Y a Antiodemis no la has visto ni siquiera vestida. ¡No trisques!
(Demostración de que la palabreja era una panacea convertida en verbo).
—Que sí, que la conozco.
—¡Venga ya! ¿Cómo vas a conocerla, si ella es famosa y tú no?
A Sertorio se le escapaba la lógica subyacente en la pregunta de Quirinio, si es que la tenía.
En lugar de contraatacar con otro argumento, como podría haber hecho un abogado versado en retórica, optó por recurrir a un testigo.
—Pregúntale a Dagulfo.
—¿Es verdad que tu amo conoce a Antiodemis la chipriota?
El teutón se movió por fin.
Fue como si una ínsula se despegara de sus cimientos para caminar y acercarse a ellos.
—El amo conoce a Antiodemis y su madre la conoce, y él también.
Con el final de la frase, Dagulfo se refería a sí mismo.
(Un rato antes, al salir del Foro, Sertorio y Quirinio habían hablado de ello, medio en cuchicheos para que el teutón no se enterara.
«Qué raro habla, ¿no?». «¿Has visto el golpe que tiene en la frente?
». «Sí». «Es por eso», aseveró Sertorio, convencido de la veracidad de su teoría.
«Pues es un lío entender lo que dice». «Te acostumbras».
«Qué fuerza debe tener». «Mucha. ¡Tiene la fuerza de cinco hombres!
Si pelea con un oso, le puede, seguro». «¿Por qué no es gladiador?
». «Mi madre no quiere». «¿Por qué?». «Dice que Dagulfo es demasiado bueno para matar a nadie».
«Mi padre dice que la mayoría de las peleas de gladiadores son un tongo, que hasta la sangre es de mentira».
«¿Tú has visto alguna?». «Muchas». «¿Cuántas?
». «Bueno, una. Pero pelearon muchos y a uno lo mataron.
¿Tú no has ido nunca?». «Mi madre no me deja.
Dice que soy pequeño, y que cuando sea grande debería tener el buen gusto de no ir». «¿Tu madre manda en tu casa?». «Sí»).