Sertorio, el elegido de la diosa blanca 70
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—¡Qué ínsula más alta! —exclamó Sertorio mientras recorrían la avenida del Argileto.

—¿No la habías visto nunca?

—Es la primera vez que paso por aquí.

—¡Te falta mucho campamento! —¿Qué quiere decir eso?

Quirinio se encogió de hombros.

—Es lo que suele decir mi hermano mayor cuando cree que sabe algo que yo no sé.

—¿Él ha estado ya en un campamento?

—No. Tiene dieciséis años. El año que viene ya puede alistarse, cuando cumpla diecisiete.

Sertorio no necesitó utilizar los dedos para calcular que, según los datos que constaban en el registro oficial, él podría alistarse con catorce y medio.

Aunque mejor sería esperar un poco más. Si con esa edad se presentaba en casa diciendo que se iba a la guerra, ya podía imaginar la respuesta de su madre, que sí que llevaba bien la cuenta de sus cumpleaños. «Tú ni guerra ni guerro, te quedas aquí conmigo».

Al ver que Sertorio se detenía y torcía el cuello hacia arriba para contemplar el edificio en toda su altura, Quirinio le dijo:

—Esta es la Torre Mamilia. El edificio más famoso de la Subura.

—Ah, pues yo lo conozco.

—No seas trolero.

—¿Trolero?

—Mentiroso.

—No soy mentiroso.

Había mentido al inscribirse en el censo y seguía manteniendo aquel embuste, pero eso no significaba que fuese mentiroso siempre .

¿O sí? A lo mejor quien no decía la verdad en algo importante se convertía, sin remedio, en un embustero para siempre.

—¡Pero si nunca has pasado por aquí! ¡No has visto la Torre Mamilia en tu vida!

—No, pero he oído hablar de ella.

—¿Y eso es conocerla?

Durante un breve rato se enzarzaron en una discusión prematuramente epistemológica sobre qué era «conocer» y qué no lo era.

Lo cierto es que Sertorio había oído hablar de la Torre Mamilia, ya que era allí donde vivía Antiodemis, la amiga de su madre que a veces iba a casa a visitarla.

—Bueno, pues ahora la estás viendo, así que ya la conoces de verdad —concluyó Quirinio. Al hacerlo, orgulloso de haberle revelado la gloria de la Torre Mamilia, abrió los brazos como si por el mero hecho de descubrírsela se convirtiera en su legítimo propietario.

El edificio era más alto todavía que la Torre Argentaria, la primera ínsula que Sertorio recordaba haber visto. Esta tenía siete plantas, ¡nada menos!

En la primera de ellas había una puerta más pequeña, que daba acceso al interior del bloque, y otras cuatro muy anchas, coronadas por arcos de ladrillo, que pertenecían a otros tantos comercios abiertos a la calle. De izquierda a derecha: una zapatería, una tahona, una cerería y un termopolio.

Sertorio fue leyendo en voz baja los rótulos. No porque le hiciera falta —era perfectamente capaz de hacerlo mentalmente, sin mover los labios como el resto de la gente—, sino porque le gustaba cómo sonaban los nombres.

Las encargadas de los negocios —eran todas mujeres— discutían o departían con la clientela a grandes voces y, en cuanto terminaban de despachar a alguien, pregonaban sus mercancías con gritos aún más estridentes.

Sertorio tuvo que taparse los oídos un par de veces.

¡Qué caos! ¡Qué divertido y, a la vez, qué agobiante!

La voz más potente era la de la panadera, una mujer pechugona de mejillas de manzana, con un delantal tejido a cuadros verdes y unas trenzas rubias al estilo celta que se balanceaban a ambos lados de su cara al compás de sus movimientos. Detalle, este último, que fascinó a Sertorio.

Uno de los locales, el termopolio, tenía el portón echado y asegurado con dos cadenas candadas. Un cartelón rezaba: cerrado por defunción, mientras que una pintada de gruesos trazos rojos rebatía esta información: LA ÚNICA DIFUNTA ES LA DECENCIA DE TU HIJA, QUE TE SALIÓ PUTA .

Al leer esta frase, Sertorio se cubrió la boca para disimular una risita. Bien sabía que «puta» era una palabrota, pero le hacía mucha gracia murmurarla entre dientes.

Desde el segundo piso, justo por encima de los arcos de las tiendas, sobresalían balcones parecidos al de casa de Sertorio, su atalaya favorita. En uno de ellos, una mujer tendía túnicas y mantos sobre la balaustrada, ayudada por una niña.

Existía una ordenanza que, por motivos estéticos, prohibía tender la ropa en las barandillas que daban a las calles principales como aquella, pero se trataba de una norma que, como tantas otras, la gente quebrantaba con despreocupada impunidad.

En otro balcón, un anciano sentado en una butaca de enea se limitaba a ver pasar a los transeúntes del Argileto. De vez en cuando señalaba a alguno, se ponía a hablar solo y prorrumpía en carcajadas desdentadas.

Sertorio, que nunca había visto a un hombre tan viejo —si se le juntaban más la nariz y la barbilla, le iba a desaparecer la boca—, pensó que aquel tipo parecía estar conversando con alguien que, a su vez, charlaba con él dentro de su cabeza.

Era la misma impresión que le daba Tifilnia cuando se ponía a relatar ella sola. Claro que, en el caso de la esclava etrusca, se justificaba porque era ciega.

Según la particular lógica de Sertorio, como Tifilnia no podía ver lo que veían los demás, a cambio tenía que ver cosas —e incluso personas— que los demás no veían.

Por otra ventana, en el tercer piso, asomaban las cabezas de un niño y una niña.

El chico aferraba una muñeca de trapo a la que le faltaba un brazo y la sostenía sobre el alféizar, haciendo ademán de arrojarla al vacío como si fuera Tarpeya la traidora.

La cría, más bajita —y que debía de estar dando saltos, a juzgar por cómo su cabeza desaparecía de la vista y volvía a aparecer—, gritaba que se la devolviera.

—¿Tú tienes hermanas? —preguntó Quirinio.

—No. ¿Y tú?

—Una mayor. Una pesada. Menos mal que se casó y ya vive fuera.

—¿Cuántos sois entonces?

—¿Cuántos?

—Hermanos en total.

—Cuatro. —Quirinio los enumeró con los dedos, fuera para dar énfasis a sus palabras o porque realmente le hacía falta para no perder la cuenta—. La mayor, Lucio, yo, y el último el enano, que se llama Gayo.

¡Cuatro nada menos!

—Yo tampoco tengo hermanos —dijo Sertorio, con tono casi compungido, como si reconociera que le faltaban un brazo o una pierna.

—¡Pues qué suerte!

—¿Eso es tener suerte?

—Claro, bobo. Cuando se mueran tus padres, lo heredarás todo tú solo. Mi padre tuvo una bronca con su hermano Sexto por la herencia y desde entonces no se hablan.

—Yo no quiero que se mueran mis padres —dijo Sertorio.

«Sobre todo mi madre», añadió para sí.

—Pero se van a morir igual. Todo el mundo se muere, ¿no?

Sertorio tenía sus propias objeciones a eso.

Que todo el mundo se hubiera muerto hasta ahora no significaba que todo el mundo tuviera que morirse a partir de ahora.

Un argumento que aplicaba en particular a su madre.

Y, claro está, a sí mismo.

Quirinio ya había cambiado de tema.

—¿Sabes que en lo alto de la torre hay una estatua?

—Yo no la veo —dijo Sertorio, torciendo el cuello todo lo que podía. Lo único que alcanzaba a divisar allá en lo alto era el alero del tejado.

—Hay que alejarse un poco para verla. Luego te la enseño.

—¿De quién es la estatua?

—De una diosa llamada Circe. Es etrusca o no sé qué.

Ahí le brotó a Sertorio la vena de marisabidillo.

—Circe no era una diosa. Era una maga que convertía a los hombres en cerdos.

Quirinio encajó la corrección como si no fuera con él y la convirtió en excusa para hablar de nuevo de sus cosas.

—Mi hermana dice que los hombres somos unos cerdos. Nos lo dice a los hermanos, claro. Si se lo dice a mi padre, ¡le da un bofetón que le deja la cara mirando para el culo!

A Sertorio le hizo tanta gracia la imagen de alguien con la cara mirando en la misma dirección que el trasero que rompió en carcajadas. La risa se le contagió a Quirinio y, durante un rato, ambos se divirtieron añadiendo tonterías diversas sobre caras, culos y demás guarrerías.

Estaba bien tener conversaciones de niños de vez en cuando.

Cuando Sertorio dejó de reírse y recuperó el aliento, devolvió su atención a aquel edificio que parecía un mundo en miniatura.

En la fachada, un poco por encima de la planta baja, se veía un gran gancho de metal con la punta hacia arriba. Al lado, unas letras descoloridas por el sol rezaban:

EQVVS·OCTOBER·SVBVRANVS

—«Caballo de Octubre de la Subura». ¿Qué es eso?

—Es un caballo al que le cortan la cabeza en octubre si gana una carrera en el circo.

—¿Lo matan por ganar?

—Ya ves.

—Pues si yo fuera el caballo, entonces dejaría que ganara otro.

—Pero es que los caballos son tontos, no piensan.

—Lucilio dice que los caballos son muy listos. Más que muchas personas.

El poeta era un gran amante de los caballos, a los que había dedicado alguna que otra composición. Le tenía prometido a Sertorio que un día lo llevaría a sus establos, e incluso que le enseñaría a montar en el Campo de Marte.

«Ya que se ve que tu padre no está por la labor», había añadido.

—Hombre, a lo mejor es verdad si son personas como él —dijo Quirinio en voz baja, apuntando con el pulgar hacia Dagulfo.

El teutón se había quedado parado unos pasos por detrás de ellos. La gente sorteaba su corpachón al pasar, y algunos que caminaban en grupitos se dividían como hace el agua de un arroyo al encontrarse con una piedra, para confluir de nuevo una vez superado el obstáculo.

—No digas eso —le regañó Sertorio.

Él no creía que Dagulfo no fuera listo. Solo que pensaba… distinto.

—Bueno, ¿y por qué está ese gancho ahí arriba? —preguntó, volviendo al asunto del Caballo de Octubre.

—Cuando le cortan la cabeza al caballo, los suburanos se pelean con los sacravienses por conseguirla.

—¿Quiénes?

—Los de la Subura, nosotros, contra los pijos de la vía Sacra. Si ganamos nosotros, la cabeza se clava en ese gancho. Si ganan ellos, se cuelga en la pared de la Regia.

Sertorio sí sabía lo que era la Regia: el edificio donde vivía el pontífice máximo, pegado al templo de las Vestales.

—Es el mes que viene —continuó Quirinio—. A ver si esta vez ganamos. Los sacravienses llevan ya cinco años quedándose con la cabeza del caballo.

—¿Tú también peleas?

—Nooo. Aún me falta campamento. Mi hermano Lucio sí que ha peleado ya dos veces. En la segunda, le partieron un diente.