Sertorio, el elegido de la diosa blanca 69
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Los esclavos públicos habían montado una tarima a modo de estrado en el centro del Foro, al lado de una escultura del sátiro Marsias.

Esta se hallaba junto a un árbol que, según se contaba, era la mismísima higuera de Rumina, en cuyas raíces se detuvo la cuna de Rómulo y Remo arrastrada por las aguas del Tíber.

Obviamente, aquel no era el emplazamiento original de la higuera, ya que la habían trasplantado desde la cueva Lupercal.

Al menos, eso aseguraban quienes creían aquel relato.

Muchos otros opinaban que aquel árbol llevaba allí toda la vida sin que nadie lo hubiera reubicado de otro sitio.

Bajo la sombra de sus anchas hojas, Marsias —apenas más alto que Sertorio— sostenía sobre los hombros un gran odre de piedra, cuya boca apretaba con tanto afán como si estuviera ordeñando a una vaca.

—¡Tú sí que sabes! —comentó su padre, pasando los dedos por aquel pellejo que, de haber sido real, le habría bastado para beber al menos tres o cuatro días.

Dagulfo y Sertorio se quedaron cerca de la higuera, mientras Tito ocupaba su puesto en una de las seis hileras de bancos dispuestas a ambos lados del estrado.

Frente a este había otros dos largos escaños. Según le explicó su padre, el acusado y sus abogados se sentaban en uno, y los demandantes en el otro.

A la espera de que el juicio comenzara, los miembros de cada parte conversaban entre ellos, tapándose la boca, como si alguien pudiera leerles los labios, mientras evitaban mirar al bando contrario.

Por detrás se había ido congregando una pequeña multitud. Algunos tenían intereses personales en el juicio, pero no faltaban los curiosos que a esas horas no encontraban nada más entretenido que hacer en el Foro.

Un juicio contra un exgobernador no era algo que se viera todos los días, ni siquiera en una ciudad tan litigiosa como Roma.

A Sertorio ya se le estaba haciendo larga la espera cuando apareció por fin el pretor, acompañado por su escolta. Mientras el alto magistrado se acercaba al estrado, el jefe de los lictores aporreó el suelo con las fasces y exclamó:

—¡Silencio! ¡Que todos se pongan en pie para la llegada del pretor, el noble Lucio Calpurnio Bestia!

Al oír el segundo apellido del magistrado, Sertorio tuvo que sofocar una risita. ¿Cómo podía llamarse alguien «Bestia»? Aunque, pensándolo bien, peor debía de ser llamarse «Bizco» o «Tartamudo» [24] .

Todos los que estaban sentados se levantaron, y los que ya estaban de pie siguieron así, pero en silencio. Mientras el pretor subía al estrado y se recolocaba la toga para acomodarse mejor en su silla plegable de bronce y marfil, el lictor volvió a golpear el suelo y anunció con solemnidad:

—¡El noble pretor Lucio Calpurnio Bestia preside este juicio! ¡Que se mantenga el orden y que se respeten las leyes de Roma!

Aquella fue la señal para que quienes tenían asientos volvieran a plantar sus posaderas en ellos y para que, pese al mandato de mantener el orden, el público empezara no ya solo a murmurar, sino a aplaudir o abuchear a las partes litigantes, según las simpatías o los intereses de cada uno.

A Sertorio le pareció que había más silencio en las funciones de marionetas que allí.

Mientras el abogado de los macedonios exponía el caso y los tres amanuenses sentados bajo el estrado anotaban sus palabras —a Sertorio se le antojó que los punzones se movían sobre las tablillas al compás, como un pequeño coro de danza—, los curiosos seguían acercándose.

Dos de ellos se plantaron delante de Sertorio y le taparon la visión.

El niño resolvió la dificultad pidiéndole a Dagulfo que lo encaramara a su atalaya favorita.

Sus hombros.

—Qué suerte. Desde ahí sí que se tiene que ver bien.

Sertorio miró hacia abajo. Quien le acababa de dirigir la palabra era el mismo chaval al que había conocido en el teatrillo de títeres, el de la toga elegante. Hoy no traía toga, aunque su túnica, inmaculada y sin una arruga, tenía aspecto de ser más cara que la que llevaba Sertorio.

—Hola, Marco Quirinio —lo saludó por los dos nombres. En un entorno formal como aquel, parecía lo más apropiado.

Quirinio no hacía más que ponerse de puntillas y mover la cabeza a los lados para intentar ver mejor.

—¿Quieres que te suba Dagulfo? Puede con los dos, es muy fuerte.

—Él puede, sí —corroboró el teutón.

Tras algunas maniobras, Dagulfo consiguió acomodar a Sertorio en el hombro derecho y a Quirinio en el izquierdo, sujetándolos por las rodillas para que no resbalaran.

—¿A qué has venido tú? —preguntó Quirinio.

Sertorio señaló al tercer banco situado a la derecha del pretor. Allí estaba su padre.

Quiso una desafortunada casualidad que, justo en el momento en que su hijo lo apuntaba con el dedo índice, el de Tito se hallara inmerso en profundas labores de prospección nasal.

—Mi padre es uno de los jueces.

Quirinio, por su parte, señaló hacia el público que estaba de pie tras el escaño de la defensa. Allí se congregaba un nutrido grupo de ciudadanos con toga que en ese momento aplaudían al abogado del exgobernador.

—El mío está allí.

—¿No es juez?

—No.

—¿Por qué ha venido entonces?

—Porque es amigo y cliente de Quinto Fabio Máximo Eburno, el demandado.

Sertorio comprobaría más adelante que lo de amigo era una exageración.

Que el padre de Quirinio se presentara casi a diario en casa del tal Eburno para el rito del saludo matinal no significaba que el exgobernador se acordara tan siquiera de su nombre ni de su cara.

Para esos menesteres, los nobles confiaban más en la memoria de su nomenclátor que en la suya propia.

—¿Y por qué has venido tú? ¿Para ver a tu padre aplaudir?

El comentario podía sonar casi sarcástico, pero Sertorio lo había preguntado tan en serio como solía hacerlo con todo. Quirinio se encogió de hombros.

—No tenía nada mejor que hacer. Todavía no hemos empezado las clases, y me aburría de tantas vacaciones.

—Ah.

—De todos modos, esto también empieza a ser un rollo. Además, me voy a acabar resbalando del hombro de tu esclavo. ¿Nos vamos?

—Él no deja que amigo del amo se caiga —dijo Dagulfo.

—¿Adónde? —preguntó Sertorio.

—Vamos a jugar a mi calle.

Sertorio todavía no se había aburrido del juicio, pero el plan que le proponía su nuevo amigo —Dagulfo acababa de decir «amigo del amo» y Quirinio no le había llevado la contraria— le pareció más divertido.

Instantes después, ambos estaban ya en el suelo y se dirigían hacia el Argileto, siempre escoltados por el teutón.

Por el camino, Quirinio le iba hablando del gobernador al que habían demandado. Lo hacía con escaso respeto, algo que sorprendió a Sertorio. Lo que le estaba contando el muchacho debía de habérselo escuchado a su padre. ¿No se suponía que era amigo del acusado?

—¿Sabes por qué lo llaman Eburno?

—No. ¿Le gusta mucho el marfil?

—¡Eso seguro! ¡Pues no habrá robado estatuas de marfil en Macedonia!

—Pero ¿no se supone que es inocente?

—Qué va a serlo. Es más culpable que Coriolano.

—Entonces, ¿por qué le aplaude tu padre?

—¿Qué tendrá que ver? Mi padre es cliente suyo. Los clientes aplauden, ¿no lo sabías?

Quirinio hablaba casi todo el rato con cierto tonillo de suficiencia que en otro habría resultado irritante.

Sin embargo, con él no terminaba de ocurrir así.

Sería por su elegancia, o porque era un niño bastante guapo, de piel limpia y dientes bien alineados, o por algún otro motivo difícil de dilucidar.

Todo lo que decía parecía caer en gracia. Era de esas personas que actúan con naturalidad, que no sienten que deban explicaciones a nadie y que dan por sentado que no están de más en ningún lugar, porque, vayan donde vayan, el resto del mundo orbitará a su alrededor.

Y todo eso lo hacía sin jactancia, con una desenvoltura que brotaba de él sin pretenderlo.

Sertorio descubrió que le caía bien.

Él, por su parte, quería caerle bien a este nuevo amigo. Era el primero que tenía de una edad parecida a la suya.

Si bien Sertorio no podía saberlo aún, los pensamientos de Quirinio eran similares a los suyos.

En su caso, el hecho de que buscara la amistad de Sertorio se debía a que percibía un aura especial que lo rodeaba, un poder magnético todavía contenido en su interior, como el brillo de una joya guardada en una fina caja de alabastro.

Por ahora, era Quirinio quien llevaba la voz cantante. No en vano le sacaba casi tres años. Una diferencia que, pese a la precocidad de Sertorio, todavía se notaba mucho.

—Entonces, ¿por qué lo llaman Eburno? —insistió Sertorio.

—Porque tiene en el culo una marca blanca como el marfil.

Sertorio pensó en el antojo blanco que él mismo tenía en la espalda. A veces lo examinaba, retorciéndose frente al espejo, para comprobar si cambiaba. No de tamaño, sino de forma. Seguía pareciendo un ciervo, pero como aún no le habían brotado cuernos, eso debía de significar que era una hembra.

«Los antojos no cambian de forma, bobo. Se quedan así para toda la vida», le tomaba el pelo Edetana, la única criada que se atrevía a dirigirse a él con esas familiaridades.

A Sertorio no le molestaba, porque la hispana lo decía sin acritud y, por qué no reconocerlo, porque era la mujer más guapa de la casa.

(Exceptuando a su madre, claro. Pero ella no contaba).

—¿Sabes cómo dicen que le salió esa marca? —preguntó Quirinio.

—No puedo saberlo. ¿No ves que no sabía quién era él?

Tras contestar con un bufido al comentario un tanto pedante de Sertorio, Quirinio explicó:

—Júpiter le lanzó un rayo. Él se agachó y quiso esconder la cabeza, así que el rayo le dio en el culo ¡y se lo quemó!

La imagen le pareció tan absurda a Sertorio que soltó una carcajada. Quirinio lo hizo a coro con él.

Resultaba agradable estar con alguien de su edad —bueno, más o menos— y reírse de las mismas cosas.

—Por eso lo llaman el pollito de Júpiter [25] —añadió Quirinio.

—¿Por eso?

—Claro, por lo del culo. ¿No sabes qué quiere decir «pollito»?

—Cómo no lo voy a saber, es la cría del gallo y la gallina.

Quirinio volvió a reírse. Esta vez a Sertorio le gustó un poco menos, porque se dio cuenta de que se estaba burlando de él.

Pero lo cierto es que tampoco le molestó demasiado.

—Pues es lo mismo que si te dijeran «catamito».

¡Catamito! ¡La palabra prohibida!

Para ilustrar lo que decía, Quirinio hizo el mismo gesto que Sertorio había visto una vez hacer a su padre, usando el índice de la mano derecha para penetrar en un círculo formado por el pulgar y el índice de la izquierda.

—Pues eso —añadió su nuevo amigo—. Por el culo…

Quirinio prosiguió con algunas aclaraciones sobre el procedimiento en cuestión. En parte horrorizaron a Sertorio y en parte lo hicieron troncharse de risa. De vez en cuando volvía la mirada para comprobar si Dagulfo estaba pendiente de su conversación. No lo parecía.

¡Qué cosas tenían los adultos!

En cualquier caso, Sertorio se limitó a escuchar, sin hacer comentarios. Temía delatar su ignorancia y revelar, con ello, que aún le faltaba bastante para alcanzar los diez años de Quirinio.