Sertorio, el elegido de la diosa blanca 68
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Un acontecimiento trascendental para él, ya que Quirinio se convirtió en su primer amigo de verdad.

Hasta entonces, había estado rodeado de adultos.

Gayo Lucilio era una buena influencia, y Sertorio disfrutaba de su compañía; pero no dejaba de ser un mentor, como lo eran asimismo Mario o Pomponio.

En cuanto a Dagulfo, el leal Dagulfo, la presencia rocosa en la que uno podía confiar del mismo modo en que se confía en que las montañas seguirán siempre donde están, no pasaba de ser un criado.

Tiempo más tarde, cuando Sertorio por fin tuvo un círculo de amigos, Quirinio siguió siendo el mejor de todos ellos.

La ocasión que motivó el reencuentro de ambos chavales fue un juicio en el Foro.

En el futuro, Sertorio participaría en varios litigios como abogado, al igual que hacían muchos otros jóvenes de clase acomodada con la intención de darse a conocer para entrar en política. Aquella vez, sin embargo, lo hizo como simple espectador.

Quien tomaba parte en el proceso era su padre, como miembro del jurado.

Algo que al principio hizo que se lo llevaran cien diablos.

Como miembro del orden ecuestre, Tito había entrado, para su gran disgusto, en la lista anual de los trescientos ciudadanos entre los que se seleccionaban los paneles de jurados que se asignaban a cada juicio.

Durante muchos meses, las fichas del sorteo le habían pasado rozando como proyectiles de honda, silbando junto a sus orejas.

En una ocasión, incluso, su nombre apareció en una lista preliminar, pero los abogados de la parte demandante lo recusaron, alegando que conocía a su cliente y podía albergar inquina personal contra él.

Era lo más cerca que había estado de servir en un tribunal. Tito casi se frotaba las manos con la esperanza de que el año terminara y él se librara de cumplir con aquel fastidioso deber.

Algunos ciudadanos disfrutaban de la pequeña porción de responsabilidad y poder sobre el destino ajeno que se les brindaba como miembros del jurado.

Tito no era de esos.

Para su desolación, a mediados de septiembre le llegó un mensaje con el sello del pretor peregrino. El tabelario oficial que lo traía no se marchó hasta obtener un acuse de recibo firmado por Tito.

Como ya sospechaba, al romper el sello y abrir las tablillas descubrió que acababan de convocarlo como jurado. El caso era una demanda por corrupción que los ciudadanos de Tesalónica habían presentado contra el anterior gobernador de Macedonia, Máximo Eburno.

—Maldito Gayo Graco —refunfuñó Tito.

Desde el día en que hizo su demostración de lectura con Favonio, Sertorio no había dejado de escuchar el nombre de Gayo Graco, un personaje que pocos años después empezaría a presentarse en sus sueños como a otros se les presenta el espectro de su abuelo o cualquier otro pariente fallecido.

—¿Te hizo algo malo ese hombre, padre?

—¿Quién, Graco? Si no fuera por él, me habría librado de ser tribunal, ¿te parece poco? Antes, siempre que se celebraba un juicio contra senadores, los jueces también eran senadores. Desde que se aprobó la ley de Graco, ahora nos toca hacerlo a los équites. ¡Maldita sea su memoria!

A esas alturas, Sertorio ya sabía que ellos eran miembros del orden ecuestre y que se llamaban así porque, desde los remotos tiempos de los reyes, formaban parte de las tropas montadas, ya que poseían riqueza suficiente para mantener corceles de guerra.

En una ocasión le preguntó a su padre por qué, si ellos eran équites, no poseían caballos. Él se salió por la tangente.

El auténtico motivo era que a Tito Sertorio no le gustaban los caballos. No sabía montar y, como mucho, cuando se veía obligado a viajar a Nursia, lo hacía en carros cubiertos, lo más lejos posible de aquellos animales tan grandes que tenían la mala costumbre de morder y cocear.

Después de la dura imprecación que acababa de arrojar contra Graco, su padre meneó la cabeza, como si se arrepintiera de sus palabras. Aunque era algo de lo que procuraba no hablar, en el pasado había sido amigo del difunto tribuno de la plebe.

Sin embargo, cuando el cónsul Opimio decidió aplastar a Graco y destruir todo lo que este representaba, Tito no se comportó como un verdadero amigo. Al contrario, en aquellos días turbulentos huyó de Roma sin querer saber nada no solo de Graco, sino incluso de su propia esposa, que estaba de parto.

—La verdad es que él no tenía mala intención con esa reforma —admitió su padre, ya más ecuánime—. Decía que quería evitar que todo siguiera como siempre y que los senadores, con la excusa de que perro no come perro, continuaran absolviendo a los suyos.

—¿Los perros no comen carne de perro? —preguntó Sertorio, pensando en Coto y Briareo, los dos molosos que guardaban la casa. Estaba convencido de que, si los dejaran un solo día sin alimento, eran capaces de devorarse el uno al otro.

(A él, no. A él no se lo comerían. De eso estaba tan seguro como de que el sol sale por las mañanas. Con él, aquellas dos fieras corrupias meneaban la cola y agachaban las orejas como perrillos falderos).

Tito no respondió a la pregunta de su hijo. Probablemente, ni siquiera la había escuchado. En los últimos tiempos, sus cambios de humor eran cada vez más repentinos, y siempre a peor.

Quienes lo conocían desde hacía años, como Tito Pomponio, lamentaban, nunca delante de Sertorio —aunque él tenía el oído tan fino como un murciélago y se acababa enterando—, que aquel hombre algo insignificante y débil de carácter, pero que siempre había sido afable y poco propenso al enfado, estaba perdiendo estas virtudes sin ganar ninguna a cambio y volviéndose cada vez más irascible.

Una transformación que achacaban al abuso del vino.

Qué de problemas causaba a los hombres aquel líquido, pensaba Sertorio al oír aquellos comentarios. Él ya había probado el vino, claro —era un niño romano, no un bárbaro del norte—, pero todo lo que superara unas cuantas gotas mezcladas en una copa de agua le provocaba repeluznos.

Fuera por culpa de la bebida o, simplemente, por el enojo que le causaba tener que cumplir con sus deberes judiciales, la imparcialidad que había parecido demostrar Tito unos segundos antes hacia el difunto Gayo Graco y sus leyes se disipó tan bruscamente como había venido.

—¡Pero el caso es que, por joder a esos corruptos, el muy mamón nos jodió a nosotros!

Rea no estaba delante, así que no pudo regañar a su esposo por hablar como un arriero delante del niño.

Curiosamente, la mañana del juicio el humor de Tito había mejorado.

En parte se debía a que la víspera, previendo que tendría que madrugar más de lo habitual y estar lo más presentable posible, solo se bebió media jarra de falerno, se acostó más sereno de lo habitual y, por tanto, al levantarse no tenía resaca.

Concurría otra circunstancia que contribuía a que no viera aquel juicio únicamente como una molestia, sino también como una oportunidad. Guardaba relación con la criba de jurados que se había llevado a cabo dos días antes.

Y con una nota garabateada en un trozo de tela que alguien le deslizó bajo la toga.

HS·IIM·ABS

Ocho simples letras, que implicaban la jugosa cifra de dos mil sestercios a cambio de escribir, al final del juicio, algo tan sencillo como ABSOLVO .

Inspirado por ese buen humor, Tito comunicó a su esposa que había decidido llevarse al niño con él.

—Que vea y aprenda cómo funciona la justicia romana.

Rea arqueó la ceja derecha —la de la ironía— y se limitó a mostrar su anuencia con un gesto entre magnánimo y desganado, como una soberana oriental.

A Sertorio le entusiasmó la idea de acompañar a su padre. Ese día no le tocaba jugar al latrunculi con Lucilio, de modo que la previsión era quedarse en casa. Una visita sorpresa al Foro, con el aliciente de presenciar un entretenimiento nuevo, se antojaba algo prometedor.

Durante un rato, el niño contempló cómo Titipor ayudaba a su padre a ponerse la toga, un espectáculo cada vez menos frecuente.

El joven gétulo fue envolviendo a su amo de tal forma que, al pasar por debajo del brazo derecho —el que quedaba libre—, la prenda se ajustara por encima del cinturón, ya que, si este se veía, se consideraba poco elegante.

Luego siguió arreglándole los pliegues hasta acabar sujetándole el umbo , un grueso nudo a la altura del prominente estómago de Tito que afianzaba toda la estructura, pero que no contribuía a estilizar su silueta.

—¿Me puedo poner la mía? —preguntó Sertorio.

—Qué tontería. Yo me tengo que embutir en este armatoste porque no me queda más remedio.

Aunque los ardores de la canícula habían remitido hacía unas semanas, seguía haciendo calor. Sertorio se conformó con vestirse su túnica favorita, una de lana fina adornada con grecas verdes, por encima de la subúcula interior.

Padre e hijo bajaron al Foro acompañados por Dagulfo, Titipor y Catúrix.

Este último —un esclavo celta que se ocupaba de las tareas de mantenimiento de la casa y que a veces trabajaba para otros a cambio de pagarle dos tercios de las ganancias a su amo— tenía estatura y planta suficientes para lucir como una especie de lictor extraoficial, algo que Tito consideró apropiado en su nuevo papel de juez.

Un papel que esa mañana parecía tomarse muy en serio.

—No te hagas muchas ilusiones —aconsejó a su hijo—. Pasado un rato, un juicio puede hacerse muy aburrido. Cuando te hartes, te puedes volver a casa con Dagulfo.

«Para que yo pueda quedarme en la taberna de Fulvio jugando a los dados», entendió Sertorio, que ya tenía muy calado a su padre.

Lo malo de aquellas partidas era que, por cada una de la que Tito volvía con ganancias, había cinco de las que regresaba con la bolsa vacía.

Y, lo que era más grave, con varios pagarés firmados.

En ese sentido, los dos mil sestercios que se le prometían a cambio de absolver al acusado, y que en aquel momento consideró una bendición caída del cielo, fueron el principio de su desgracia.

Porque, animado por esa suma, no tardaría en empezar a sentarse en las mesas donde se jugaba fuerte de verdad.

Pero eso ocurriría ya después del juicio.

Con la intervención de Servilio Cepión y Septimuleyo.

Y por culpa, aunque fuera involuntaria, de su propio hijo.