67
Al darse cuenta de que Sertorio no hacía más que mirar las piezas y el tablero, el viejo le preguntó:
—¿Quieres aprender?
—Ya sé mover.
—¿Ah, sí? ¿Quién te ha enseñado?
—No sé. Nadie.
—Pero ¿has jugado alguna vez?
—No.
—Entonces, ¿cómo es que sabes?
—He visto a mi madre jugar.
—¡Tu madre! ¡Perpol! ¡Eso sí que es raro! ¿Y quién ha enseñado a tu madre?
—Eso no lo sé. A lo mejor le enseñó su madre.
—Mira que lo dudo. El latrunculi no es un juego de mujeres. ¿Con quién echa las partidas tu madre?
—Con gente.
—¿Con mujeres?
—No, con hombres.
El viejo hizo un gesto de moderada sorpresa. No de censura ni de escándalo, eso no. Simplemente de sorpresa.
—Juega sobre todo con tío Mario —dijo Sertorio, y se apresuró a añadir—: Bueno, no es mi tío de verdad.
—¿Se llama Mario, sin más?
—Gayo Mario.
—¡Gayo, como yo! ¡Qué casualidad!
—Hay mucha gente que se llama Gayo.
—En eso llevas razón. —El viejo se quedó pensativo unos instantes y añadió—: ¿Te refieres a ese Gayo Mario? ¿El pretor?
Sertorio asintió muy serio.
—Sí que estás bien relacionado, muchacho.
Ya decía yo que, con tantas bandas púrpura en la toga…
¡Tienes que ser cónsul por lo menos! Y con ese mocetón que vale por doce lictores él solo —añadió, señalando a Dagulfo, que permanecía a un par de pasos, firme como si en verdad perteneciese al colegio de lictores.
Sertorio se miró la toga y se recolocó un pliegue. Se dio cuenta de que el viejo no hablaba en serio. Pero se notaba que no se burlaba de él, sino que lo estaba haciendo cómplice de su broma.
Le cayó bien.
Ya que aquel día estaba conociendo a tanta gente nueva, mejor que algunos fueran como Fulvio el tabernero o como este hombre de la cara curtida, y no como el viejo antipático de la otra mesa o, sobre todo, como aquellos gamberros que le habían tirado la manzana.
—¿Y has aprendido, simplemente, viéndolos jugar? —le preguntó el tal Gayo.
Sertorio se encogió de hombros.
—Juegan muy bien. Bueno, sobre todo mi madre. Siempre gana.
—¡Una mujer que no solo juega a latrunculi , sino que además siempre gana! Interesante y, a la par, sorprendente. Así que la dama Rea de los Valerios derrota a nuestro pretor urbano.
—¿Cómo sabes que mi madre se llama Rea…, señor? —preguntó Sertorio, acordándose de añadir domine al final. Había que ser educado.
El viejo se volvió un poco hacia su izquierda y señaló con la barbilla hacia la taberna de Fulvio. Como el arco de la entrada era muy amplio, se veía perfectamente el mostrador.
Allí estaba su padre.
Era curioso. En casa solía pasar el tiempo tumbado, ya fuera durmiendo en su alcoba o recostado en el triclinio. Como mucho, se lo podía ver sentado ante su mesa en el tablino, aunque cada vez entraba menos en él.
En la cantina, al parecer, prefería estar de pie. Además, no paraba de moverse, gesticulando, abriendo y cerrando el corrillo con sus amigos y acercándose ora a uno, ora a otro.
—Conozco a tu padre, Tito Sertorio. Hace tiempo hice negocios con él. —Señalando ahora a Dagulfo, el viejo añadió—: Y tu guardaespaldas no es un personaje que pase precisamente desapercibido.
Sertorio no sabía lo que era una litotes, pero tradujo mentalmente la del viejo. «No pasar precisamente desapercibido» significaba «llamar mucho la atención».
—Pero ¿de verdad has aprendido a mover viéndome jugar? —preguntó Rea, interrumpiendo el relato de su hijo.
Si Dagulfo era incapaz de utilizar la primera persona del singular, Rea hacía todo lo contrario y solía convertir el plural del nos en ego . Como hizo en este caso, olvidando que el pequeño no la había visto jugar sola ni contra un fantasma, sino contra Gayo Mario.
—¿Cómo se aprende si no? —preguntó Sertorio.
Su madre meneó la cabeza. No por primera ni última vez, pensó que su hijo seguía siendo una jarra llena de sorpresas.
—Y entonces jugaste con él.
—Sí, madre. —Con un gesto casi compungido, añadió—: Pero no gané.
—¡Solo hubiera faltado que lo hubieras hecho la primera vez que jugabas!
—Podía haber ganado.
Para no tener la barbilla tan baja sobre la mesa y llegar mejor a las piezas, Sertorio se puso de rodillas en el asiento.
Aunque ya había contado las casillas del tablero en el momento en que se acercó a la mesa, volvió a hacerlo.
Doce filas de doce cuadritos, eran ciento cuarenta y cuatro en total.
(Casi es innecesario añadir que a esas alturas ya había memorizado las tablas de multiplicar sin que nadie se lo ordenara).
Antes de que empezaran a colocar fichas —las blancas Sertorio y las negras Gayo—, este apartó cuatro de las suyas y las guardó en una cajita de madera en la que se veía escrito: «Juega a los ladrones, pero no seas tú un ladrón / estas piezas son de Nisa la tabernera».
—¿Por qué las guardas?
—Es por darte ventaja.
—Tío Mario y madre juegan con las mismas fichas.
—A veces se da ventaja a los principiantes.
—¿Yo soy un principiante?
—Claro. Es la primera vez que juegas.
El viejo se quedó pensativo un momento.
—¿Cuántos años tienes?
Esta vez, Sertorio se lo pensó antes de que la s de «seis» le brotara sola de la boca. Tras una brevísima vacilación, respondió:
—Nueve.
Gayo entornó los ojos, lo que hizo que alrededor de las comisuras se marcaran más las arruguitas.
Sertorio pensó que tenían forma de abanico.
Después el viejo volvió a separar más los párpados y las arruguitas se abrieron.
Por dentro aquellas minúsculas grietas se veían más blancas que el resto de la piel.
Algo que Sertorio observó, pero, de momento, no supo interpretar.
—¿Nueve? ¿Seguro?
Sertorio notó que se le calentaban las orejas. Para disimular, bajó la mirada y retocó la colocación de una piedrecilla que estaba ligeramente descentrada en su escaque.
—¿Quién empieza?
—¿No sabías jugar? Siempre empiezan las negras.
—Es verdad.
La partida fue bastante rápida. El viejo apenas tardaba en pensar sus jugadas y mover, y Sertorio no era ni mucho menos tan lento como Mario.
Al final, cuando se vio bloqueado, el niño recordó lo que le había visto hacer al adversario de la partida anterior y tendió la mano para reconocer su derrota.
La palma de Gayo le recordó al tacto del papiro.
El viejo no apretó apenas. No tanto porque la mano de su contrincante fuera más pequeña, sino porque —Sertorio lo descubriría más adelante—, aunque no tenía los dedos tan deformados como Tifilnia por la artrosis, las articulaciones casi siempre le dolían.
«Por eso me pongo al sol siempre que puedo», explicaba él.
Fue entonces cuando llegaron al Foro los criados enviados por Rea.
Tras conversar un momento con su padre, este los envió donde estaba Sertorio.
No porque lo hubiera visto a él, sino porque Dagulfo seguía allí, de pie al lado de la mesa, tan llamativo con su estatura como el estandarte de un manípulo en torno al cual se congregan los soldados en la batalla.
—La señora nos manda para que nos llevemos al joven amo a casa —dijo el portero Polión, dirigiéndose a Dagulfo.
—¿Ya es hora de irse? —preguntó Sertorio.
—Era hora de irse hace mucho rato, me temo —respondió Polión, mirando de nuevo a Dagulfo como si este tuviera la culpa.
Algo en el gesto de los esclavos convenció a Sertorio de que era mejor no protestar, de modo que se bajó del asiento y se dispuso a marchar.
Sin quitarse la toga.
—Tienes madera de gran jugador —le dijo Gayo.
—He perdido.
—Ganarás, seguro. ¡Y sin que te dé ventaja! Puedes venir a jugar conmigo cuando quieras. Estoy aquí siempre. ¿Te gustaría que te enseñara algunos trucos?
Sertorio asintió con vigor. Luego se acordó de su madre y pensó que, a juzgar por lo nerviosos que se veía a los esclavos, debía de estar muy enfadada, y respondió que, aunque sí que le gustaría, ella no le iba a dejar.
Que era la primera vez que le permitía estar tanto tiempo fuera y tan lejos de casa.
—Deja que yo convenza a tu madre.
Sertorio no estaba muy seguro de que eso fuera posible.
Aun así, asintió.
Cuando se marchó, se dio cuenta de que no sabía cómo se llamaba aquel viejo, aparte de Gayo.
Seguro que tenía otro nombre, o incluso dos o tres más. Los únicos con un solo nombre eran los esclavos, y él, desde luego, no lo parecía.
—Entonces, ¿no sabías quién era aquel hombre?
Sertorio volvió a negar.
Su madre, que había ordenado a Metilia que le trajera una silla, escuchó el final del relato sentada ante el velador en el que solía jugar con Mario.
De vez en cuando tabaleaba con las uñas sobre la superficie de mármol.
Las llevaba largas, siempre impolutas, sin grietas ni cercos de negrura.
(Una cosa era procurar que la casa estuviera impecable y otra muy distinta que fuese ella quien se manchase las manos barriendo o fregando).
Cuando hacía esos ruiditos con las uñas, tap-tap-tap, tap-tap-tap , en series de sonidos que Sertorio ya tenía aprendidas y cuya cadencia casi podía anticipar, significaba que estaba dándole vueltas a algo en la cabeza.
De algún modo, el compás del tableteo variaba acompañando a sus argumentos y contraargumentos internos.
—¿Recuerdas el día en que leíste delante de mí y de aquel maestro?
Sertorio asintió.
—¿Cuántas veces te diré que no digas que sí o que no moviendo la cabeza como si fueras un caballo?
«¿Los caballos dicen que sí?», se preguntó Sertorio, a quien fascinaban aquellos animales que por el momento solo había visto de lejos.
—Sí, madre, me acuerdo.
—¿Y recuerdas quién era el autor de ese poema?
—¿Dónde decía que Graco era un catamito?
—Mira que sabía que te ibas a acordar precisamente de eso.
—¿Por qué lo dices? ¿Es que ya me puedes decir qué significa?
Sertorio sospechaba que no, porque ella le había dicho que se lo explicaría el día en que se pusiera la toga viril. Una fecha que, aunque él hubiera engañado en dos años y medio al censo, todavía le quedaba muy lejana.
—Te he hecho una pregunta y tú me has contestado con otra. ¿Qué te tengo dicho sobre eso?
—Que no se debe hacer.
Aunque su madre lo hiciera a menudo.
Pero Sertorio ya había aprendido que el código moral que le exigía Rea a él —y a los demás— no se lo aplicaba a sí misma.
Ella únicamente obedecía a su propio código privado, más arcano que las antiquísimas Doce Tablas.
—¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—¿Quién era el autor?
—¡Ah! —Una lamparita se encendió en el cerebro del niño—. ¡Dijiste que el autor se llamaba Lucilio, como el hombre del latrunculi !
Ella asintió con la barbilla y enarcando la ceja.
Demostrando que la prohibición de decir que no con la cabeza —«como un caballo»— tampoco se le aplicaba a ella.
Rea se volvió hacia Metilia, que permanecía un poco apartada, a la espera de lo que le ordenara su ama. Como solía ocurrir en esos casos con los esclavos, tenía la mirada perdida en la nada, como si su mente hubiera abandonado su cuerpo.
Esa mirada inexpresiva, casi opaca, era un gesto aprendido, pero no significaba que la criada no estuviera atenta a escuchar cada detalle de su conversación. Algo que los dueños de los esclavos, acostumbrados a su presencia como parte del mobiliario, muchas veces olvidaban.
Sertorio no lo olvidaba. Él era consciente de cada presencia que lo rodeaba.
—Trae el tablero y las piezas —ordenó Rea.
Metilia no tardó en regresar con lo que se le había pedido, lo colocó sobre el velador y volvió a apartarse. Sin darle la espalda a su ama en ningún momento.
Aquel tablero era de madera de cedro. Las líneas que separaban las casillas estaban trazadas con filamentos de plata, no pintadas como en el de la taberna de Nisa. Las piezas, por otra parte, no eran simples piedrecillas pulidas, sino fichas talladas en marfil y ébano.
Pero, aunque se librara en un campo de batalla más caro y lujoso, el juego no dejaba de ser el mismo. —Si eres capaz de ganarme, te dejaré que vayas de vez en cuando a jugar con ese hombre.
—Pero, madre…
—Ni pero ni pera. Ve colocando las piezas.
—¿Vas a dejarme ventaja como él?
—No sueñes con eso.
Desde el punto de vista de Sertorio, su madre lo masacró.
Desde el punto de vista de ella, el desarrollo de la partida debió de sorprenderla lo suficiente como para que, contradiciéndose a sí misma, tomara la tablilla en la que le había escrito Gayo Lucilio y usara la cara derecha para responder a los versos de la izquierda.
Días después, cuando Sertorio estaba otra vez de rodillas sobre el asiento de la taberna de Nisa y se disponía a colocar las piezas, Lucilio le preguntó:
—¿Tu madre no te ha dicho lo que respondió a mi carta?
Sertorio negó con la cabeza. Como Rea no estaba delante, le daba igual que alguien pudiera compararlo con un caballo. Además, descubriría a no mucho tardar que a Lucilio le encantaban los caballos y había dedicado algún que otro poema a esos animales.
Después de la partida en que arrasó a Sertorio, su madre estuvo un rato escribiendo en la cara vacía del díptico sin decir nada. Tras atarla y sellarla, se la entregó a Aunio, el joven esclavo que, cuando no ayudaba en la cocina, iba a comprar al mercado y a hacer otros recados.
—Llévasela de vuelta a Gayo Lucilio.
Para sorpresa de Sertorio, unos días después su madre le dijo a Dagulfo que lo acompañara al Foro. Y allí se encontró, esperándolo, a Lucilio.
Quien ahora sonreía, recordando la contestación de Rea.
Contestación que se guardó para sí.
Saludos de Rea, madre de Sertorio, para G. Lucilio
Te permito que juegues con mi hijo, pero no sin condiciones.
Siempre en la misma mesa, a media mañana.
Bebe vino si te place, pero aguado y con moderación.
Quiero que mi hijo mejore su juego, no que empeore su carácter con vicios ajenos.
Ya tiene suficientes malos ejemplos en casa.
No necesita, para colmo, ver a veteranos borrachos.
Yo no me sentaré en las tabernas, porque soy una matrona, pero ten en cuenta que todo lo observo desde aquí y de todo me entero.
Jugad, pues, los dos, sabio Lucilio, pero no olvides aleccionar a mi hijo en las buenas costumbres.