Sertorio, el elegido de la diosa blanca 66
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De lo que sí le habló, aunque muy rápido, porque ella quería pasar cuanto antes al asunto de su «nuevo» amigo, fue de la obra de marionetas que había visto.

Se trataba de un teatrillo montado al otro lado del Foro, en las Tabernas Nuevas, a poco más de treinta pasos de la taberna de Fulvio.

Antes de que Rea se indignara más, Sertorio se apresuró a aclararle que no fue solo, que lo acompañaba Dagulfo, a quien su padre dio una monedilla de cobre para que pagara la función.

En el público había sobre todo niños, sentados o acuclillados en el suelo, bajo un toldo de arpillera tendido entre el instalache de los titiriteros y unos árboles.

La sombra que ofrecía aquel tejido basto y poroso dejaba pasar demasiada luz.

Con tanta claridad, Sertorio, aparte de estornudar un par de veces como le solía suceder en esos casos, tenía que entrecerrar los párpados todo el tiempo.

Ello no le impidió fijarse en los detalles.

Tanto en el argumento de la obra —se trataba de una versión del Anfitrión de Plauto que quizá no fuese la más adecuada para un auditorio mayormente infantil— como, sobre todo, en los movimientos de los muñecos y de los dos hombres que los manejaban.

Estos habían colocado un tablón alargado a la altura de sus cabezas para ocultar los rostros y, además, vestían túnicas del mismo tono ocre que el telón del fondo.

Con ello conseguían camuflar su presencia lo suficiente para que el público se olvidara de ellos y se concentrara en las actuaciones de las marionetas como si estas poseyeran vida propia.

Aunque Sertorio se dejaba llevar en parte por esa ilusión, por otro lado le era imposible dejar de observar cómo los titiriteros usaban las manos con habilidad de arpistas y cómo sus gestos sutiles se transmitían a los hilos para convertirse en movimientos ampliados de los brazos y las piernas de los muñecos.

Se preguntó si en el mundo real no ocurriría algo parecido a lo que pasaba en aquel teatrillo. ¿Habría unos seres invisibles que movían unos hilos igualmente invisibles con los que manejaban a las personas a su antojo?

Del mismo modo que los críos que rodeaban a Sertorio no veían ni los hilos ni a los titiriteros, o al menos fingían no verlos, mientras que él sí reparaba en ellos, ¿habría gente que podía ver a los númenes, aquellos seres etéreos que manejaban las vidas humanas?

Gente como Marta, la mujer que se le había aparecido en su pradera privada.

O como Tifilnia. Que era ciega, pero a cambio —según aseguraba ella misma—, poseía una segunda visión que le permitía captar la verdadera cara de las cosas.

«Igual que lo harás tú cuando llegue el momento —le decía a Sertorio, recorriéndole el rostro con sus manos cuarteadas—.

Recuerda que eres un elegido de la diosa».

(Tifilnia no solo poseía una segunda visión, sino también algo no menos insólito: un segundo gusto. Le bastaba dar un lengüetazo en la frente a Sertorio para saber lo que había comido. Una extraña forma de glotomancia que solo practicaba cuando Rea no estaba delante.

Además de servirle para adivinar comidas y pronunciar ensalmos, la lengua de Tifilnia poseía otra habilidad, a la que también recurría en secreto.

Cuando a Sertorio se le metía en el ojo una pestaña, una mota de polvo o cualquier partícula diminuta y molesta, la anciana etrusca le pasaba la punta de la lengua y se la extraía a la primera.

Ni que decir tiene que, igual que sucedía con la glotomancia, nunca lo hacía en presencia de su ama).

Cerca del final de la obra, cuando el monigote que hacía de malo asomaba con andar sigiloso por el borde del escenario, los chavales empezaron a gritar para advertir al protagonista:

—¡Ten cuidado, Sosias, que viene Opimio!

Sertorio se animó y chilló y rio con los demás. A su lado, un chico le dijo:

—No grites tanto, que me dejas sordo.

Sertorio se volvió hacia aquel chaval. Su cabeza estaba un poco más alta que la de él, tanto porque era algo mayor como porque se sentaba con la espalda muy tiesa.

A Sertorio le llamó la atención que llevara puesta una toga pretexta como la que él se había quitado ya hacía un buen rato.

—¿No te mueres de calor con eso?

El chico, que tenía nueve años de verdad, miró a Sertorio sin bajar apenas la barbilla. Con un gesto tan displicente, nadie habría dicho que algún tiempo después se convertirían en grandes amigos.

—Enséñame las manos —respondió.

Tras comprobar que estaban limpias —después de comer la torta, Sertorio se las había lavado en el caño de una fuente cercana—, le dejó que pellizcara el tejido para apreciar la calidad del tejido.

—Es más fina que la mía, es verdad —reconoció Sertorio.

—Tú no llevas toga.

—Es que mi esclavo la ha guardado.

Sertorio señaló hacia atrás, donde Dagulfo, incluso sentado en la última fila, destacaba como una montaña.

(«¿Te ha gustado la obra?», le preguntó más tarde. «Él se ha divertido mucho —respondió Dagulfo—, pero le gusta más cuando actúa la amiga de la señora Rea».

El esclavo teutón no sabría hablar en primera persona, pero su gusto en cuestión de arte y mujeres no iba desencaminado).

—¡Qué grande es! Costará el doble vestirlo que a un esclavo normal.

Aquel chico, como Sertorio comprobaría más adelante, tenía cierta obsesión por la vestimenta.

—¡Y darle de comer cuesta cuatro veces más!

—respondió Sertorio, orgulloso de destacar por el tamaño de su esclavo, ya que no lo hacía por la finura de su ropa.

Su mente no tardó en pasar de un brinco a otro asunto.

Conjeturando que el otro chico vestía la toga por la misma razón que él la había llevado un par de horas antes, le preguntó—: ¿Te has inscrito en el censo hoy?

—Sí.

—¿En qué tribu?

—En la Suburana. La mejor.

«Qué bien», pensó Sertorio. Así que la Suburana, que era su tribu —y eso que no vivía en la Subura, como haría a no mucho tardar—, era la mejor de todas.

—¿Con qué nombre te has inscrito? —preguntó Sertorio.

—¡Qué cosas dices! ¿Con cuál me voy a inscribir? Con el mío.

—¿Y cuál es?

—Marco Quirinio. ¿Y tú?

—Yo soy Quinto Sertorio.

El breve diálogo entre ambos niños quedó interrumpido por los gritos y aplausos del resto de los espectadores, que estaban encantados viendo cómo la marioneta protagonista daba de palos —literalmente— al mormolýkeion , un espantajo que ejercía de malo de la obra y al que, tal como había informado previamente el narrador, llamaban Opimio.

Cuando Sertorio le contó esto a su madre, Rea se rio por primera vez durante el relato.

Lo hizo con la delicadeza con que lo hacía siempre, como si se riera hacia dentro.

Consideraba que las carcajadas estentóreas eran una falta de decoro y se lo recordaba a su hijo cada vez que este prorrumpía en las risotadas escandalosas propias de los críos.

—Quién te vio y quién te ve ahora, Lucio Opimio —murmuró.

En aquel momento, no expandió su comentario, por más que su hijo quiso saber a qué se refería.

Más adelante, Sertorio se enteraría de que Opimio había sido cónsul sénior el año en que él nació.

Si se lo recordaba en Roma no era tanto porque hubiera sido el más votado de los candidatos, sino porque odiaba tanto al extribuno Gayo Graco que no había parado hasta matarlo y organizar una masacre entre sus seguidores [21] .

Por lo que se sabía del carácter de Opimio, en su época de cónsul jamás habría tolerado que lo convirtieran en objeto de escarnio ¡y nada menos que en una función de monigotes para la chusma!

Pero su influencia se había ido difuminando con los años y muchos de los que en su momento se dejaron manipular por él lo criticaban ahora.

No contribuyó a su popularidad el hecho de que, después de instigar una matanza en la que perecieron tres mil personas, se hubiera permitido la insultante ironía de consagrar en la parte oeste del Foro un templo dedicado a la Concordia.

¡Nada menos que a la Concordia! «Hay que tenerlos más grandes que el caballo de Marcio Trémulo», lo resumía tío Mario, que no albergaba el menor cariño por aquel personaje.

Terminada la obrita, muchos niños se quedaron a verla de nuevo.

No era que el argumento ofreciese grandes sutilezas pendientes de dilucidar, pero tampoco parecía que tuvieran nada mejor que hacer.

Sertorio, sin embargo, descubrió que volvía a tener apetito y se levantó para regresar a la cantina, con la idea de convencer a su padre de que le comprara algún otro bocado suculento de esos que no acostumbraba a probar en casa.

Por el camino se topó con algo que lo hizo olvidarse momentáneamente del hambre.

Su padre se había atrincherado dentro de la cantina, donde seguía en una conversación cada vez más animada con sus amigos.

Pero no era aquel el único lugar donde la gente disfrutaba de su ocio.

En la calle había un buen número de mesas a la sombra de los soportales o de toldos que se recogían al caer la tarde.

Algunas pertenecían a la taberna de Fulvio y otras al negocio cercano, también una popina , que regentaba una mujer llamada Nisa.

Casi todas esas mesas estaban ocupadas, aunque algunos de los clientes ya empezaban a abandonarlas para retirarse a sus casas a echar la siesta.

(Parecía mentira en un día tan repleto de acontecimientos, pero todavía era relativamente pronto.

Años más tarde, al recordarlo, Sertorio se maravillaría de lo despacio que pasaba el tiempo cuando era niño y de cómo en aquella época los días parecían semanas, las semanas se antojaban meses, los meses años y los años…

¡Los años eran existencias enteras!).

En la mayoría de esas mesas, aparte de comer y beber, se jugaba a los dados. Había partidas normales, en las que simplemente se ganaba o se perdía por el resultado de las caras, y otras en las que se jugaba a las doce muescas [22] , moviendo pequeñas fichas según los números de las tiradas.

Sertorio, que no conocía este último juego, se arrimó a una partida para husmear.

Los participantes acababan de recoger las fichas y repartirlas para empezar de nuevo, dejando a la vista una serie de marcas circulares grabadas sobre la mesa que servían de camino para las piezas.

En cada marca se veía una letra, y todas juntas componían un mensaje.

Como ninguna línea podía superar los seis espacios, una de las palabras había quedado truncada.

PUNICI OCCISI

HANNIB VICTUS

LUDITE ROMANI

—«Aniquilados los púnicos y vencido Aníbal, jugad, romanos» —leyó Sertorio.

—Tú, mocoso —le gruñó un viejo, agarrándolo del brazo para apartarlo sin miramientos de la mesa—. Los mirones son de piedra y traen vino a los que juegan.

—Yo no soy de piedra y no traigo vino —respondió Sertorio, explicando lo obvio.

—Pues eso, que te largues, renacuajo. ¡Fuera, fuera! —lo espantó el viejo como quien avienta a una mosca.

Los jugadores se rieron, aunque uno de ellos le recordó al anciano cascarrabias que él tampoco estaba participando en la partida y que lo mejor que podía hacer era callarse o, ya que lo mencionaba, traer vino.

Sertorio se arrimó a Dagulfo, que lo había seguido sin incrustarse entre los demás mirones (de haberlo hecho, habría desplazado a tres o cuatro con su mole y ellos habrían protestado, sin duda), y le pidió que sacara la toga del saco y lo ayudara a colocársela.

—¿El amo tiene frío?

—Un poco.

A medias mentía y a medias decía la verdad.

Si bien era cierto que no tenía tanto calor como antes, el motivo por el que quería ponerse la pretexta era porque le había molestado sobremanera que aquel viejo (al que catalogó en la categoría de gente que hace cosas malas porque sí, como el chico de la manzana y sus secuaces) lo llamara «renacuajo» con tanto desprecio.

Con la toga parecería mayor y más respetable, o así lo quiso suponer, pensando en lo airoso y elegante que se veía, incluso sentado, al niño al que acababa de conocer, Marco Quirinio.

Ataviado de nuevo como un magistrado en miniatura, Sertorio se acercó a otra mesa de juego.

En esta solo había dos hombres sentados.

Uno era joven. El otro más viejo. No tanto como el que lo había ahuyentado de la partida de las doce muescas.

Ni, por supuesto, como Tifilnia, que en opinión de Sertorio debía de ser la persona más vieja del mundo.

Aun así, el rostro de aquel hombre se veía surcado de arrugas y sembrado de manchitas marrones.

No era de extrañar que su tez estuviera tan tostada.

Mientras que su contrincante más joven se guarecía bajo la sombra del balcón que se proyectaba sobre sus cabezas, el viejo tenía la silla echada hacia atrás y, cuando no estaba meditando su propia jugada, se retrepaba y entrecerraba los párpados mientras el sol le daba en la cara, como si sus rayos lo alimentaran.

Sertorio se quedó a mirar en esa mesa por dos motivos.

Uno era que los dos hombres estaban echando una partida de latrunculi , un juego que le resultaba más que familiar.

Había visto a su madre enfrentarse —y ganar— a algunos amigos que la visitaban en casa, como Tito Pomponio o Gayo Cicerio.

Con quien más a menudo jugaba era con tío Mario, que insistía en ello pese a que se lo llevaban los demonios cuando perdía una partida tras otra.

El segundo motivo por el que Sertorio se quedó a curiosear fue que, a diferencia de lo ocurrido en la mesa de las doce muescas, aquellos dos jugadores no lo echaron. A decir verdad, ni siquiera parecieron reparar en su presencia.

Había algunos mirones más cerca de la mesa. Seis, para ser precisos. (Sertorio tenía tendencia a contar todo aquello que viera formando grupos, pero en este caso no le era necesario. Con un golpe de vista le bastaba para captar cuántos eran).

Tras unas cuantas maniobras, el jugador más joven, al ver que las escasas fichas que le quedaban estaban rodeadas por las de su adversario, se rindió. Lo hizo tendiendo la mano al más viejo. Un gesto que, por lo que fuera, Sertorio no había observado entre Mario y su madre.

Reconocida su derrota, el joven se levantó y se marchó.

Los mirones disolvieron asimismo su pequeño corrillo, no sin que antes dos de ellos llevaran a cabo un rápido intercambio de monedas.

Una maniobra que hicieron casi a espaldas del jugador viejo, como si no quisieran que este se diera cuenta de ella.

No tardaría en averiguar Sertorio que lo que hacían aquellos individuos era apostar en partidas ajenas, del mismo modo que otros se jugaban los dineros en combates de gladiadores, carreras en el circo o cualquier otra actividad cuyo desenlace fuera en alguna medida incierto.

También descubriría que uno de los que más apostaba era su propio padre. Con resultados, por lo general, menos que satisfactorios.

Algo que no estaba contribuyendo precisamente a mejorar las finanzas de la familia.