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Hasta ahora, no le había contado a su madre sus experiencias del día del censo por una razón muy sencilla.
Ella no le había preguntado.
Si no le preguntaba, ¿para qué iba a contárselo él? «Ay, calla un rato, que pareces como un zumbido de moscas», le decía Rea a veces cuando llevaba parloteando demasiado rato seguido.
Para colmo, en los últimos días se la veía más enfadada de lo habitual. No convenía poner a prueba su paciencia.
El enojo se debía, precisamente, a lo ocurrido en relación con el censo. Por otra parte, tenía un destinatario muy claro. Que no era el pequeño Sertorio.
Cuando fueron pasando las horas de aquella (larga) mañana sin que ni padre ni hijo aparecieran por casa, a pesar de que ya había transcurrido tiempo más que suficiente para apuntarse en el registro de la tribu Suburana, e incluso para alistarse en las legiones si fuera menester, Rea envió a dos esclavos al Foro, sospechando dónde podía encontrarse su marido.
Y no solo dónde, sino también en qué estado.
El niño había regresado con aquellos dos criados y con Dagulfo.
Un poco a regañadientes, porque se lo estaba pasando como Príapo en un burdel (expresión que cazó al vuelo esa misma mañana y que comprendió instintivamente que era mejor no utilizar delante de su madre).
Pero lo cierto era que ya se encontraba cansado, así que al poco de llegar a casa se desplomó en la cama como un árbol talado y durmió casi doce horas de un tirón.
Algo desusado en él, que normalmente lo hacía a saltos, pasando del sueño a la vigilia y de la vigilia al sueño no menos de siete u ocho veces por noche.
En cuanto a su padre, que se había quedado en el Foro con Titipor, volvió bastante más tarde, a una hora en la que ya era necesario andar por las calles alumbrándose al menos con una lámpara o, todavía mejor, con una antorcha.
Su estado era tan descriptible como previsible.
Ya habían pasado tres días de aquello.
En circunstancias normales, no podía decirse que ambos cónyuges abusaran del placer de la conversación.
En esos momentos, sin embargo, el silencio que flotaba entre ellos y que se extendía por el resto de la casa era más espeso y ponzoñoso que los vapores mefíticos que se levantan de los Campos Flégreos o de la laguna del Averno, y se había contagiado a todos los habitantes de la domus, hasta el punto de que los esporádicos y siempre sutiles maullidos de Thot parecían despertar ecos en las paredes.
El silencio se rompió, por fin, esa mañana a la hora tercia, con la llegada del recadero que traía la carta que Rea le acababa de leer a su hijo.
—«Tu hijo a este anciano aliviaría de la carga del tiempo» —repitió su madre con retintín, enarcando la ceja izquierda.
Sertorio, que no perdía un detalle de nada —otra cosa era que le faltara experiencia para comprender los significados más profundos de los gestos—, sabía que esa era la preocupante.
La ceja derecha podía ser escéptica, irónica, incluso divertida.
La izquierda, en cambio, anticipaba problemas. Tito Pomponio decía que en la curva de una sola ceja de Rea había más peligro que en las dos fruncidas de Gayo Mario. «¡Lo que ya es decir!», añadía.
—¿Se puede saber a qué se refiere todo esto? ¿De qué carga has aliviado tú a no sé qué anciano?
Como no entendía muy bien qué significaba lo de la carga y el alivio, Sertorio decidió contárselo todo.
Salvo que le habían tirado una manzana a la cabeza, no fuera a pensar su madre que ir al Foro era demasiado peligroso y no le dejara repetir la experiencia.
Después de aquella agresión que Sertorio seguía sin comprender, cuando llegaron por fin a su destino, su padre cumplió su promesa y le compró comida.
¡Comer en la calle! Era algo que la élite romana miraba mal, algo sórdido, de mal gusto.
Según Pomponio —que no se privaba de manjares ni de buenos vinos, pero siempre en casa—, entre los clientes habituales de las tabernas y los termopolios no se encontraban más que esclavos fugitivos, ladrones, marineros, actores, putas, enterradores y fabricantes de ataúdes.
(Y gente como Tito Sertorio, claro. Pero eso Pomponio no lo decía en voz alta delante de su hijo, ni siquiera delante de su esposa).
La cantina de Fulvio, el local favorito de su padre, estaba situada en las llamadas Tabernas Viejas, en la parte sureste del Foro.
Frente a ellas, en el lado norte, se encontraban las Tabernas Nuevas: la gente no se quebraba la cabeza a la hora de ponerles nombre.
A aquella hora y con el calor apretando por momentos, las Viejas se veían mucho más concurridas, ya que estaban protegidas del sol por los balcones que se proyectaban sobre ellas y que la gente llamaba maeniana por un tal Menio que, al parecer, fue el primero que se atrevió a construir salientes con aquellas vigas voladizas tan audaces (y no exentas de accidentes, pero la vida era riesgo).
A Sertorio le encantó el sitio. Lo cual no evitó que, ante tantos estímulos nuevos para sus sentidos, se agobiara un poco y en un par de ocasiones se retirara a su pradera privada.
Lo hizo de forma muy breve y disimulada, de modo que su padre no se dio cuenta.
«¿Que no se dio cuenta? Qué extraño», habría dicho su madre con su sorna habitual.
Esto último, en el caso de que Sertorio le hubiera contado ese detalle en particular, cosa que no hizo. Había descubierto hacía tiempo que era mejor no hablar de sus trances, por poco tiempo que duraran.
De lo demás sí le habló. Al menos, lo intentó. Ella, impaciente por llegar al meollo y averiguar en qué momento entraba en el relato el tal Lucilio, trataba de meterle prisa para que se saltara pormenores.
Era una lástima, porque a él le habría gustado comentarle cómo era por dentro la taberna de Fulvio, local que su madre se limitaba a describir como «Ese antro donde a tu padre le gusta entromparse».
No era tal antro, en realidad. Los auténticos tugurios estaban en otras zonas, como el interior de la Subura, el Bajo Aventino o las orillas del Tíber.
En cambio, la taberna de Fulvio se hallaba casi pegada al templo de Cástor (pobre Pólux, la gente nunca se acordaba de mencionarlo), en el Foro, donde los locales tenían más categoría.
Allí Sertorio se comió por fin —¡qué hambre, por los dioses!— una torta muy rica, muy pastosa, muy dulce, que se quedaba tan pegada a los dientes que el tabernero que se la sirvió le dijo:
—Cuando tengas la boca llena, prueba a decir «¡Pompeya!».
Él lo hizo y, al ver que de su boca salían disparados pequeños proyectiles, se tronchó de risa. Lo que provocó una andanada todavía mayor.
(Aunque su madre hubiera tenido más paciencia, eso tampoco se lo habría contado, no señor. Era demasiado pulcra para que esas cosas le hicieran gracia. Pero ¡es que la tenían!).
La torta, una mezcla de queso, harina y miel —tanta miel como para que perecieran pegadas las mil moscas de la fábula—, se llamaba placenta.
El tabernero, a quien Sertorio parecía haberle caído en gracia, le aclaró que no se trataba de una placenta de verdad, aunque había quien se comía las secundinas de las vacas y de las cerdas.
El crío, asomando apenas la barbilla por encima del mostrador, asintió muy serio a la explicación, como si supiera a qué se refería con aquello de las secundinas o la «placenta de verdad».
—El nombre viene del griego por la forma en que se trenza. O eso dicen —añadió el tabernero.
Aquel hombre tan simpático no era otro que Fulvio, el mismo que daba nombre al negocio por la sencilla razón de que era quien lo regentaba.
Era un tipo bastante corpulento. Llevaba el mandil enrollado por encima de la panza, dejando al descubierto un pecho y unos hombros tan velludos que Sertorio pensó en el estado asilvestrado de la hierba del jardín cuando Mirra dejaba de cortarla.
Con el calor de la cocina y de sus propios trajines, Fulvio tenía el rostro colorado y no hacía más que enjuagarse el sudor para que no cayera sobre los alimentos que servía.
No siempre lo conseguía y, además, el hecho de que la mayoría de las veces usara para secarse la frente unos antebrazos no menos hirsutos que los hombros hizo pensar al niño que su madre habría arrugado la nariz en un gesto de repugnancia.
Su padre, que estaba ya repartiendo abrazos y palmeando espaldas con otros parroquianos, no era tan melindroso. Con tal de tener la copa llena y algún platillo de golosinas o aperitivos a mano, estaba más que contento.
Sertorio, en un terreno intermedio entre los escrúpulos de su madre y las tragaderas de su padre, se limitó a examinar su torta, en particular, para comprobar que no hubieran caído en ella fluidos extraños.
Aunque Fulvio servía algunas de sus raciones en cuencos —había clientes que se traían las escudillas de casa, observó Sertorio—, la torta se la envolvió a él en un trozo de papiro.
¡Que estaba escrito!
El niño lo desplegó un poco. Aunque el texto se veía borroso por el tiempo y por las manchas de grasa, consiguió leer unas cuantas palabras.
—«… un carro viejo, las herramientas viejas, el esclavo anciano, el esclavo enfermo y cualquier otra cosa que sobre, que lo venda. El paterfamilias debe vender, no comprar».
—Pero, bueno, ¿sabes leer? —se asombró el tabernero.
Sertorio asintió.
—¿Un niño tan pequeño y sabe leer?
—No soy tan pequeño.
—¿Cuántos años tienes?
—S… —Cuando estaba a punto de responder «seis», se acordó de lo que había dicho delante del censor y de su padre y se corrigió al momento—: Nueve, señor.
—¡Nueve!
—¡Pero leo desde que tenía cuatro!
—¡Qué chico tan listo! Cómo se nota que eres hijo de tu padre.
La mirada de reojo que echó Fulvio a Tito —este seguía en su animado coloquio— le dio que pensar al niño. Había un poco de guasa tanto en el gesto del tabernero como en el tono de sus palabras. ¿Se estaba burlando de él? ¿O tal vez de su padre?
—¿Sabes que Tito Pomponio me deja libros? —le dijo a Fulvio.
—¡Bien por Tito Pomponio! ¡Qué buena persona!
—Pues me ha dicho que el papiro es muy caro y que hay que cuidarlo y no mancharlo.
—¡Bah, eso depende de quién haya escrito ese papiro!
¿Sabes de dónde he arrancado este? —dijo el tabernero, mientras usaba otro pliego para envolverle una ración de caballa a un nuevo cliente, sin dejar de atender a su conversación con Sertorio.
Al parecer, se lo estaba pasando en grande hablando con él.
—¿De un libro?
—¡Pero no de cualquiera! De una mierda de tratado sobre el campo que me dio un borrachuzo que no tenía con qué pagarme los congios de vino que me debía. ¿Sabes quién lo había escrito?
Sertorio negó con la cabeza.
—Un auténtico hijo de puta (y perdona mi griego, chaval), llamado Catón.
A Sertorio no le dio la impresión de que «hijo de puta» sonara a griego, pero no dijo nada.
—Catón el Viejo, Catón el Censor, lo llaman —precisó Fulvio—. Catón el Avinagrado, digo yo. ¿Sabes que cuando asistía a los Juegos Florales, las actrices no se atrevían a desnudarse en el escenario, y que no se quitaban la ropa hasta que el muy mojigato se marchaba?
—¿Las actrices se desnudan? —preguntó Sertorio. No sabía muy bien qué pensar, si eso estaba bien o mal, pero en cualquier caso despertó un extraño gusanillo en su interior.
Fulvio se había dejado llevar por su arrebato de locuacidad y ni le escuchó.
—Mi abuelo, que sirvió con él en las Termopilas y lo sufrió, lo llamaba Catón el Malparido. Así que me acordé de las palabras de mi abuelo y ahora uso el libro de Catón para envolver salchichas y pescado y para limpiarme el… ¿Tú escribes poesía, chaval?
Sertorio, que volvía a tener la boca llena de torta y se estaba deleitando en la sensación de aquella fuerza poderosa que se resistía a dejarle separar las mandíbulas, negó una vez más con la cabeza.
—Pues si lo haces alguna vez, hazlo bien, porque ya sabes cómo acaban también los versos de los malos poetas.
—Fulvio señaló detrás de él. En la pared tenía un par de alcayatas, y colgados de ellas varios pliegos de papiro con letras que, desde esa distancia, ni siquiera la aguda vista de Sertorio alcanzaba a distinguir.
Lo que sí veía era una teja en la que habían pintado un jamón y una cara de cerdo y, con letras no muy elegantes, se leía: «Mi jamón está tan rico que los clientes lamen hasta la sartén donde lo cocino».
Otro detalle que le provocó una carcajada al imaginarse la escena, pero que tampoco le describió a su madre.