Sertorio, el elegido de la diosa blanca 64
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—Ha llegado esto —dijo Rea mientras Sertorio jugaba con Quirón, su caballito de madera, a la sombra de la higuera del jardín.

Lo que traía su madre en la mano era una carta.

Habían pasado tres días después de que Sertorio se inscribiera en el censo, con mentira incluida.

La carta en cuestión era un díptico de dos tablillas anudadas con un elegante lazo teñido con ferrugo, la púrpura hispana que, de tan oscura, se veía casi más negra que roja.

Rea, que ya había roto el sello y desatado la cinta, se las mostró a su hijo blandiéndolas delante de él a modo de arma, como algunas madres hacían con las notificaciones que les llegaban de los maestros de sus retoños: «Vuestro hijo es un sinvergüenza que no respeta a los mayores», «Más fácil sería adiestrar a un oso para que toque la lira que enseñar a leer a vuestro hijo», sin olvidar la consabida: «Todavía no he recibido la cuota de este mes».

—¿Es para mí? ¿Es para mí? —preguntó Sertorio.

Una cosa era fingir ante el censor que tenía más edad, irguiéndose para parecer más alto y ahuecando la voz. Dentro de casa, todavía podía seguir siendo un crío de seis años y estirar las manos y ponerse de puntillas para alcanzar aquella carta como si fuera un juguete.

—No. Es para mí —respondió su madre, apartándola de su alcance—. Pero tiene que ver contigo. ¿Sabes quién la remite?

—¿Es de tío Mario?

Ella negó con la cabeza y abrió la carta ante él, lo bastante cerca como para que el niño pudiera leer su contenido, pero sin permitir que la tocara.

Las caras interiores de las dos tablillas estaban cubiertas por sendas capas de cera de un bonito color dorado.

La de la derecha seguía impoluta, como un campo sin arar, mientras que en la de la izquierda se veían primero tres líneas centradas y escritas con una exquisita caligrafía griega, y después el resto del mensaje en latín.

Γαίου Λουκιλίου Ῥέα τῇ τιμιωτάτῃμητρὶ τοῦ συνετωτάτου Κοΐντου Σερτωρίουχαίρειν

—«De Gayo Lucilio, a la nobilísima Rea, madre del inteligentísimo Quinto Sertorio, saludos» —tradujo Sertorio—. ¡Habla de mí!

—¿Lo has deducido? Vaya, sí que eres inteligentísimo. ¿Sabes de quién es? ¿De qué conoces tú a un Gayo Lucilio?

Sertorio estuvo a punto de encogerse de hombros. Enseguida se acordó de que aquel gesto, tan característico de su padre, no le hacía ninguna gracia a su madre, de modo que se limitó a negar con la cabeza.

Lo cierto era que, apenas unos días antes —por ser precisos, el día del censo, tan prolífico en acontecimientos—, había conocido a alguien que se llamaba Gayo.

Pero ignoraba su apellido, con lo cual poseía muy poca información.

Si había en Roma un nombre frecuente, más incluso que el suyo de Quinto, era Gayo.

Debía de haber miles, decenas de miles de Gayos.

Por eso, en las bodas los esposos usaban aquel nombre como genérico y pronunciaban el voto de Ubi tu Gaius, ego Gaia.

Ubi tu Gaia, ego Gaius , «Donde tú Gayo, yo Gaya. Donde tú Gaya, yo Gayo».

—¿Puedo leer yo la carta, madre, por favor?

—Ya te la leo yo. ¡Qué descaro!

Sertorio estuvo a punto de contestar que no había sido descarado, porque se lo había pedido de buenos modos.

En realidad, el comentario de su madre iba destinado al autor de la carta.

Madre que tanto te aferras a lo tierno,

no siempre el fruto ha de colgar del pecho materno.

¿Qué es pequeño?, sin duda. Pero que aprenda

las costumbres de los hombres y las fatigas de la vida

jugando a cielo abierto bajo los rayos del sol.

Yo, veterano de Numancia, juego mientras la vida pasa,

y tu hijo a este anciano aliviaría la carga del tiempo.

Cuando Ulises partió y Penélope dejó ir a su hijo,

al final recibió a un niño que volvió hecho hombre.

Si quieres que tu pequeño Telémaco lo sea,

¡oh, Rea!, no temas a la batalla de los ladrones.

—Parece un poema —dijo Sertorio.

—Es que es un poema.

—¿Las cartas se escriben en verso?

—A veces sí, a veces no. Ahora dime, ¿quién es este hombre? ¿Qué tiene que ver contigo?

Tras escuchar el contenido de la carta, Sertorio ya sabía, casi seguro, quién era el remitente.

Lo había estado dudando hasta el último verso: aunque por separado entendía la mayoría de las palabras, otra cosa era hilvanar el mensaje que intentaban transmitir todas juntas.

Lo cierto era que no se había enterado de nada.

Pero al final, al oír que se mencionaba el latronum proelium , «la batalla de los ladrones», pensó que tenía que ser el mismo Gayo al que conoció en el Foro después de inscribirse en el censo.

O sea, el viejo que jugaba al latrunculi .