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Por fin estaban en el Foro. Era como una de las placitas o los cruces de calles que Sertorio había ido viendo por el camino, pero mucho mucho más grande. Y también había mucha mucha más gente.
Y muchos muchos más detalles que contemplar.
Así que Sertorio no dejaba de preguntar.
—Tú pregunta, pero no te detengas —le dijo su padre—. ¿No tenías tanta hambre?
—Sí, padre.
A la izquierda dejaron un óvalo formado por gradas.
Tito le dijo que era el Comicio y que, mucho tiempo atrás, el pueblo romano se reunía en aquel lugar para votar cónsules, pretores y «todas esas mierdas».
Se había quedado pequeño, así que ahora, en las asambleas, los asistentes llenaban prácticamente todo el Foro desde allí hasta el templo de Cástor, en el otro extremo, o se congregaban en el Campo de Marte para las elecciones.
Sertorio pensó que estaba muy feo que su padre dijera «todas esas mierdas», porque sabía que ser pretor como tío Mario era muy importante. ¡Por eso solo los cónsules mandaban más que él!
Pero también sabía que era mejor que no pronunciara su nombre. Eso bastaría para estropear el humor de su padre. ¿Por qué le caería tan antipático el tío Mario?
«A mí me cae muy bien», se dijo. De hecho, mejor que su propio padre. Aunque a lo mejor no estaba bien pensar así.
Por otra parte, le parecía que, aunque no se celebrara ninguna asamblea en este momento, el Foro estaba bien lleno ahora. Desde que atravesaran la muralla la multitud había ido aumentando, y ahora les costaba más avanzar.
Tras dejar atrás el Comido y un edificio que tenía aspecto de templo, pero que no lo era —«Es la Curia, donde se reúnen los senadores, los que se inventan leyes para jodernos a los ciudadanos honrados»—, pasaron junto a un extraño muro que dibujaba una curva y que no formaba parte de ningún edificio.
¿Se habían olvidado de construir el resto de las paredes?
De él sobresalían unas extrañas piezas de metal que brillaban al sol.
Uno de esos reflejos rebotó con tanta puntería que acertó en los ojos de Sertorio como una flecha de luz —a lo mejor era una flecha del dios Apolo, fantaseó— y casi lo hizo estornudar de nuevo.
—¿Qué es esto?
—Es la Rostra.
—¿Para qué sirve?
—Los oradores se suben arriba y hablan a la gente desde allí —dijo su padre, señalando con el dedo a lo alto de aquella pared.
«¿Tío Mario se sube también?», estuvo a punto de preguntar.
No lo hizo.
—¿Y cómo se suben?
—Hay una escalera al otro lado.
—¿Podemos subir?
—¿Te han nombrado tribuno de la plebe y no me he enterado?
—No. ¿Por qué?
Tito resopló.
—Porque entonces no puedes subir.
—Pero ¿podemos ver la escalera?
—Otro día.
Sertorio notó que su padre se estaba cansando de sus preguntas por la forma en que alargó la i , «Otro dííííía».
Decidió cerrar la boca.
El propósito le duró menos de lo que se prolonga el canto de un gallo.
—¿Y toda la gente oye a los oradores?
—O hace como que los oye.
Con el batiburrillo de voces, gritos y músicas variadas que se escuchaban en aquel lugar —aparte de puestos ambulantes de fruta, verdura, embutidos, quesos, retales, loza, calderería y mil cosas más, se veían corrillos alrededor de flautistas, citaristas, mimos, tragasables y acróbatas de todo tipo—, a Sertorio le pareció que era imposible que nadie pudiera oír bien a esos oradores, a no ser que uno se subiera también a esa Rostra y pusiera la oreja muy cerca de ellos.
A no ser que…
—¿La gente se calla cuando hablan los oradores?
—Algunos sí, y otros no. Los hay como tú, que no te callas ni debajo del agua.
Su padre lo dijo con una risotada sarcástica y dándole un pellizco en la mejilla.
A Sertorio no le gustaron ni la burla ni la supuesta caricia.
Además, imaginarse a sí mismo bajo el agua le hizo pensar en Horacio Cocles cruzando el Tíber con la armadura, y de nuevo tuvo aquella extraña sensación.
Como si se insinuara en su memoria algo que no podía recordar, porque todavía no había sucedido.
Lo mejor para librarse de esa sensación inquietante era…
¡Seguir preguntando!
—¿Qué son esas cosas? —dijo, señalando a los salientes de la Rostra.
—Son espolones de barcos.
—¿Para qué sirven?
—Van en la proa de los barcos. ¿Sabes lo que es la proa?
—¡Claro! ¡Lo de delante!
—Pues cuando un barco tiene un espolón como esos, embiste contra otro de esta manera, le hace un agujero en un lado, entra el agua y el barco enemigo se hunde.
Para representar la maniobra, su padre formó un círculo con el índice y el pulgar de la mano izquierda e hizo que el índice de la derecha penetrara una y otra vez en aquel agujero improvisado mientras decía « Niic, niic, niic ».
Por algún motivo, aquello le hizo gracia y se rio mirando a Titipor, que hizo como que también se reía.
—Aaaaaah —respondió Sertorio.
Ya lo entendía. Lo de los espolones, no el chiste de su padre.
Había leído sobre aquello de embestir a otros barcos para hundirlos en un papiro que le dejó Tito Pomponio con el fin de que practicara griego.
El texto hablaba de una batalla en el mar entre griegos y persas en un lugar llamado Salamina.
—¿Y por qué están aquí esos espolones?
—Porque son de barcos enemigos a los que hemos hundido, y después se los hemos cortado.
—Pero entonces, si se han hundido, ¿cómo los han…?
—¿No tenías tanta hambre? ¡Date un poco de prisa!
Quizás era mejor que no siguiera con su interrogatorio. Su padre se estaba impacientando de nuevo.
Sertorio podía entenderlo. A veces, oírse a sí mismo preguntando lo agotaba a él también.
—Es que me cuesta andar tan rápido.
No era mentira. Empezaba a estar cansado. Aunque era maravilloso alejarse tanto de casa, le dolían los pies y también las piernas, sobre todo las espinillas, de mantener el ritmo de los adultos.
Por otra parte, conforme se adentraban en el Foro cada vez veía menos de los edificios que los rodeaban y más cabezas. Era como si él hubiera encogido o la gente allí fuera muy alta.
O, simplemente, que había mucha más y tanta multitud le tapaba el campo de visión por todas partes.
Se le ocurrió una solución.
Agarró la muñeca de Dagulfo —con la desproporción entre sus deditos y el antebrazo de él, más que un agarrón era un pellizco— y tiró.
—A camello —le dijo.
Por alguna razón, llamaban montar a caballo cuando él se subía a la espalda del teutón, se colgaba de su cuello y trataba de rodearle el pecho con las piernas —con el diámetro de aquel torso, era imposible abarcarlo del todo—, mientras que hacerlo a camello era encaramarse sobre sus hombros.
Algo que parecía más peligroso y, al mismo tiempo, más emocionante.
Dagulfo puso una rodilla en el suelo y Sertorio trepó por su espalda como una salamanquesa por una pared hasta colocarle ambas piernas a los lados del cuello.
Cuando el esclavo se incorporó, lo hizo de golpe y balanceándose un poco, tal como le gustaba al niño.
Algo que nunca hacían delante de su madre, aunque Dagulfo se aseguraba de que su jinete no se cayera agarrándolo de los tobillos.
De repente, la cabeza de Sertorio estaba a más de ocho pies sobre el suelo, el doble de su estatura.
Recordando una versión resumida de Homero que había leído —siempre cortesía de «la pequeña Alejandría», la biblioteca de Tito Pomponio—, pensó que así debía de sentirse el gigantesco Áyax cuando caminaba por el campamento de los aqueos.
¡Guau, cómo cambiaba la vista!
Estar encaramado sobre los hombros de Dagulfo era muy diferente a hacerlo sobre los de tío Mario, como aquella noche en que vio el cometa.
(«Que sí, madre, que me acuerdo del cometa», porfió mentalmente con ella).
Mario no lo había vuelto a subir a camello desde que cumplió los cuatro años. Como él decía, «Ya eres un poco grande para esto, y yo no estoy para estos trotes». Aun así, Sertorio recordaba perfectamente aquella sensación y podía comparar ambas monturas.
Los hombros de Mario eran anchos, pero horizontales, y el asiento resultaba seguro, pues los muslos de Sertorio encajaban perfectamente sobre sus clavículas.
Los de Dagulfo, en cambio, eran como las laderas de una montaña.
Sus trapecios eran tan abultados que surgían casi desde sus orejas, para descender en diagonal hacia sus macizos deltoides.
Sertorio tenía que hacer ciertos esfuerzos para no resbalar y, además, abrir bastante las piernas.
Con el tiempo, cuando empezara a montar a caballo, recordaría esa sensación de forzar los muslos y las rodillas y del dolor en las caderas.
La ventaja era que Dagulfo —que no era un cuadrúpedo, aunque el padre de Sertorio se refiriese a él a veces como «ese buey estúpido»— agarraba al niño por los tobillos para evitar que se deslizara.
Aunque en su caso, con aquellas manos que se gastaba, «por los tobillos» significaba casi hasta la rodilla.
Encaramado a las alturas, Sertorio se sentía prácticamente el rey, no ya de Roma —por mal que sonara esa palabra—, sino de la creación entera.
Desde allí arriba, sonreía y saludaba a la gente con la que se cruzaban.
De vez en cuando, su padre se volvía hacia él y le decía que no hiciera el tonto, pero lo cierto era que no lo hacía enfadado.
Todo iba bien.
Pero…
Un movimiento a su izquierda desvió su atención.
Torció el cuello y vio algo que se acercaba a él a toda velocidad.
Ese algo lo golpeó en la mejilla, justo por debajo del ojo.
Con fuerza.
Su primera impresión fue que le habían dado un puñetazo.
No, era imposible. A la altura a la que se encontraba, el atacante invisible habría tenido que ser un auténtico gigante.
El golpe le dolió bastante, mucho más que las pocas bofetadas que había recibido hasta entonces. Además, notaba en la piel algo húmedo, pegajoso. Se llevó la mano a la cara para tocarlo y comprobar si era sangre.
No, no era sangre, sino una especie de jugo.
Al lado de Dagulfo, Titipor se agachó y recogió el objeto agresor.
—Es una manzana —informó.
Por el daño que le había hecho a Sertorio, bien podía haber sido una piedra.
—¡Eh, tú, eres un pringado!
Sertorio volvió la mirada en la dirección en la que sonaba la voz. Allí había un parapeto de piedra de unos tres pies de altura, coronado por una verja de hierro, que rodeaba un recinto rectangular del que luego le dijeron que era el lago Curcio [20] , aunque el agua no se veía por ninguna parte.
Un chaval que debía de ser dos o tres años mayor que él se había subido al pretil y ahora se balanceaba adelante y atrás, colgado de uno de los barrotes de la verja con una mano y apoyado en un solo pie.
—¡Sí, tú! ¿Te gustan las manzanas? ¿Quieres que te tire otra?
Junto a él había dos chicos, amigos o compañeros suyos a juzgar por los gestos que también le dedicaron a Sertorio. Uno de ellos iba descalzo, y las túnicas de los tres estaban tan sucias como si se hubieran revolcado primero por un montón de ceniza y después por un lodazal. O viceversa.
El chico que le había arrojado la manzana volvió a insultarlo, utilizando incluso algunos términos que Sertorio no conocía ni por sus lecturas, pero que guardó en su memoria —no podía evitar hacerlo— para averiguar más tarde qué significaban.
No contento con ello, su agresor se levantó la túnica. No llevaba taparrabos. Agarrándose los genitales con la mano libre, los movió como si fueran una campanilla mientras meneaba las caderas en un gesto claramente dedicado a él.
Todo fue muy rápido. Antes de que Titipor o Dagulfo pudieran hacer algo, los tres malandrines salieron corriendo y se perdieron entre la gente.
No sin antes hacerle a Sertorio el gesto de la higa.
—¿Por qué? Por… por…
Sertorio descubrió que no le salían las palabras. Le dolía la cara donde lo había golpeado aquel tosco proyectil, pero lo peor era el nudo que se le estaba formando en la garganta y que no le dejaba hablar ni casi respirar.
¿Por qué esos chicos a los que no conocía de nada lo habían atacado e insultado de esa manera, con ese odio y ese desprecio que les deformaban los rostros?
No lo podía comprender.
No era justo.
«Yo no les he hecho nada».
La vista se le nubló. Pronto no pudo contener ni las lágrimas ni los hipidos, que se mezclaron con toses.
Con una delicadeza llamativa en alguien de su tamaño, Dagulfo agarró a Sertorio por la cintura, se lo pasó por encima de la cabeza, lo giró cuidadosamente en el aire y lo abrazó contra su pecho.
—¿Qué ocurre? —preguntó Tito—. ¿Qué pasa ahora?
Como Sertorio tenía la cara escondida contra el corpachón de Dagulfo y no dejaba de sollozar, fue Titipor quien explicó lo sucedido.
—A ver, déjame mirar.
Sertorio giró apenas la cara para que su padre le examinara la mejilla.
—No hay sangre, solo se te ha puesto un poco rojo. ¿Tú no querías ser soldado?
El niño asintió débilmente.
—Pues imagínate cuando, en vez de una manzana, te disparen una piedra o una bola de plomo con una honda.
A Sertorio el argumento no lo convencía. Solo por eso, fue capaz de tragarse las lágrimas y los mocos y responder:
—Pero es que si soy soldado estoy en la guerra. Y yo a esos niños… a esos niños…
«No les he hecho nada». La sensación de injusticia, de incomprensión, mucho más dolorosa que el impacto de la manzana, era tan intensa y desconocida para él que le anudó otra vez la garganta. Volvió a esconder el rostro contra los pectorales de Dagulfo.
—Venga —dijo Tito—, a ver si llegamos de una vez.
—¿El amo quiere bajar al suelo? —preguntó Dagulfo.
Sertorio negó con la cabeza, frotando así el rostro contra el pecho del esclavo. Tan pegado a él, notaba el olor habitual de su cuerpo mezclado con el del sudor. Era un aroma fuerte, sin ser desagradable. Una mezcla de tierra húmeda de jardín y de sal, con una nota áspera como hojas de laurel.
Por alguna razón, aquel olor lo tranquilizó, y se acordó de algo que le dijo Mario un día en que se cayó de bruces en el jardín y se hizo sangre en la rodilla.
«Los hombres no lloran».
«Yo no soy un hombre, soy un niño».
«Pero tienes que aprender a serlo».
¿No había dicho al censor que tenía nueve años? No podía gimotear como un crío de seis. Ningún ejército consular iba a respetar a un general llorica.
—Ahora sí —murmuró—. Al suelo.
Dagulfo lo bajó con delicadeza.
Sertorio se prometió no volver a llorar.
No rompería esa promesa hasta la muerte de su madre.